En noviembre de 1919, Franz Kafka tenía 36 años y llevaba prácticamente toda su vida intentando hacer algo que nunca había conseguido: hablarle de verdad a su padre. No conversar con él sobre el negocio familiar, el trabajo o alguna obligación doméstica, sino decirle qué había significado crecer bajo su autoridad. Como frente a Hermann Kafka las palabras se le paralizaban, Franz hizo aquello que sabía hacer mejor. Se sentó a escribir.
El resultado fue una carta descomunal. La versión mecanografiada ocupaba unas 45 páginas, a las que Kafka añadió todavía algunas páginas manuscritas; el original escrito a mano era mucho más extenso. No era una carta de saludo ni una reconciliación sentimental. Era el inventario de una infancia, de un miedo y de una relación que Kafka llevaba décadas intentando comprender.
Comenzó prácticamente confesando lo que nunca había podido decirle a la cara: “¿Por qué afirmo que te tengo miedo?” Y desde ahí ya no retrocedió.
EL HOMBRE QUE OCUPABA TODA LA HABITACIÓN
Hermann Kafka había construido su vida a fuerza de trabajo. Era comerciante, corpulento, enérgico, ruidoso y convencido de sus opiniones. Franz se veía a sí mismo exactamente al contrario: delgado, enfermizo, silencioso, inseguro y permanentemente encerrado entre libros.
La diferencia entre ambos no habría tenido necesariamente que convertirse en tragedia. El problema fue que, para Franz, el temperamento de su padre adquirió durante la infancia las dimensiones de una autoridad absoluta. Hermann no era simplemente un hombre grande. Era la medida con la que el niño aprendía a calcular el mundo y, casi siempre, Franz sentía que quedaba demasiado pequeño.
En la carta recuerda discusiones, burlas, órdenes y gestos aparentemente menores que fueron acumulándose durante años. Describe a un padre capaz de imponer reglas que él mismo podía romper, ridiculizar entusiasmos infantiles o convertir una opinión diferente en una especie de desafío personal.
Kafka no escribe, sin embargo, como alguien que simplemente quiere declarar culpable al otro. Eso es precisamente lo que hace la carta mucho más dolorosa. Una y otra vez intenta comprender a Hermann. Reconoce su trabajo, su sacrificio, su fortaleza y hasta su cariño. Sabe que su padre no se veía a sí mismo como un tirano. Probablemente creía estar preparando a un hijo demasiado sensible para sobrevivir en un mundo difícil. Pero el efecto sobre aquel hijo fue otro.
UNA NOCHE, UN VASO DE AGUA Y UN BALCÓN
Entre todos los recuerdos aparece uno sorprendentemente simple. Cuando Franz era pequeño, una noche insistió varias veces en pedir agua. Él mismo admite que probablemente ni siquiera tenía tanta sed; quizás estaba jugando o tratando de llamar la atención. Su padre perdió la paciencia. Hermann lo sacó de la cama, lo llevó al balcón vestido solamente con su ropa de dormir y lo dejó allí durante unos momentos.
Para un adulto puede parecer un castigo insignificante. Para el niño se convirtió en otra cosa. Kafka explica que durante años no consiguió comprender la relación entre una petición absurda de agua y aquel terror enorme. Lo que quedó dentro de él fue la sensación de que el hombre que representaba la máxima autoridad podía, casi sin motivo, sacarlo de su cama y dejarlo fuera. Desde entonces obedecer no significaba simplemente respetar una regla. Significaba evitar algo que el niño no sabía calcular.
Ese mecanismo reaparece constantemente en la carta. Franz no acusa solamente a Hermann por las cosas que hizo, sino por la expectativa de lo que podía hacer. Una amenaza podía pesar más que un castigo. Un gesto, una voz elevada o una mirada bastaban para devolverlo al mismo lugar. Con el tiempo aprendió a callarse.
EL PADRE QUE TAMBIÉN SABÍA SER TIERNO
Sería mucho más fácil convertir esta historia en la descripción de un monstruo. Kafka no lo hace.
Recuerda momentos en los que veía a su padre agotado después del trabajo, dormitando sobre una mesa. Recuerda verlo llorar cuando su madre estuvo enferma. Y recuerda una escena particularmente delicada: Franz estaba enfermo y Hermann entró silenciosamente, se quedó junto a la puerta y levantó una mano para saludarlo sin molestarlo. Esos momentos lo conmovían profundamente.
Precisamente ahí está una de las partes más humanas de la carta. Kafka no escribe porque nunca recibió amor. Escribe porque lo recibió mezclado con algo que le producía miedo. Había ternura, pero él sentía que tenía que atravesar primero una muralla para alcanzarla.
Esa contradicción convirtió la relación en algo mucho más complejo que una simple pelea entre padre e hijo. Franz quería alejarse de Hermann y, al mismo tiempo, deseaba desesperadamente su aprobación. Incluso mientras escribía contra él, seguía escribiendo para él.
EL DÍA EN QUE SU PADRE HUMILLÓ SU MATRIMONIO
La situación terminó explotando en 1919. Kafka había conocido a Julie Wohryzek, una joven de Praga con la que decidió casarse. Hermann rechazó la relación, en buena medida por el origen social de Julie, y reaccionó con palabras que Franz consideró profundamente humillantes. El episodio abrió una herida que en realidad llevaba décadas abierta.
Kafka comprendió que tenía 36 años y que todavía estaba intentando justificar ante su padre una de las decisiones más íntimas de su vida. Había estudiado Derecho, tenía empleo, había publicado libros y era un hombre adulto, pero frente a Hermann seguía sintiéndose como aquel niño incapaz de defenderse. Entonces regresó a Schelesen, hoy Želízy, y escribió.
No solamente habló del matrimonio. Volvió hasta la infancia, revisó la educación recibida, la religión, el negocio familiar, sus hermanas, sus inseguridades, sus relaciones sentimentales y su incapacidad para independizarse completamente de aquella figura paterna. Era como si hubiera esperado treinta años para terminar una conversación.
CUANDO LA LITERATURA SE CONVIERTE EN UNA HUIDA
Hay un momento de la carta que permite mirar toda la obra de Kafka desde otro lugar. Su padre nunca mostró demasiado interés por la literatura de Franz. Cuando llegaba uno de sus libros, Kafka recordaba una reacción que terminó haciéndose habitual: dejarlo simplemente sobre la mesa de noche.
Para cualquier escritor la indiferencia duele. En este caso había algo más profundo. Kafka había encontrado precisamente en la escritura el espacio donde podía existir lejos de la autoridad paterna. Y entonces dejó una confesión extraordinaria: “Mis escritos trataban de ti.”
No significa que La metamorfosis, El proceso o el resto de su obra sean simples retratos de Hermann Kafka. Sería reducir demasiado a uno de los escritores más complejos del siglo XX. Pero permite entender de dónde podía proceder una parte de ese universo en el que individuos pequeños se enfrentan a poderes enormes, inexplicables e imposibles de discutir.
Kafka escribió personajes atrapados frente a autoridades que dictan reglas que nadie termina de comprender. Él conocía desde niño esa sensación. Escribir fue una de sus formas de ganar distancia. No consiguió escapar completamente. Pero consiguió respirar.
NO QUERÍA VENGARSE
La carta resulta especialmente poderosa porque Kafka no parece buscar una victoria.
Podía haber escrito una acusación despiadada contra su padre. En cambio, constantemente se corrige, reconoce sus propios defectos y admite que Hermann probablemente actuó siguiendo su propia naturaleza. Incluso llega a plantear que ninguno de los dos era verdaderamente culpable de la distancia que los separaba.
Lo que quería obtener era algo mucho más modesto y, quizá por eso, mucho más triste: “No una vida nueva, pero sí una especie de paz.”
Kafka sabía que no podían recuperar la infancia ni empezar nuevamente la relación. Hermann ya era un hombre mayor y Franz estaba enfermo de tuberculosis. No esperaba una transformación milagrosa. Quería que su padre comprendiera. Eso era todo.
Que entendiera por qué aquel hijo se escondía en su habitación, por qué hablaba poco delante de él, por qué se refugiaba en los libros, por qué sus matrimonios parecían imposibles y por qué incluso siendo adulto continuaba cargando con una sensación de inferioridad que no conseguía abandonar.
LA CARTA LLEGÓ HASTA SU MADRE
Cuando terminó, Kafka no se atrevió a entregársela personalmente a Hermann. Se la dio a su madre, Julie Kafka, para que ella se la hiciera llegar. Julie la leyó. Y decidió no hacerlo. Le devolvió la carta a su hijo.
No sabemos qué habría ocurrido si Hermann Kafka hubiera recibido aquellas páginas. Tal vez habría comprendido algo. Tal vez se habría defendido furiosamente. Tal vez habría considerado todo aquello otra exageración de Franz. Tal vez padre e hijo habrían conseguido hablar por primera vez con una sinceridad desconocida entre ellos. Nunca ocurrió.
Hermann Kafka murió en 1931 sin haber leído aquella explicación gigantesca que su hijo había escrito para él. Franz había muerto siete años antes, en 1924, con apenas 40 años.
UNA CARTA QUE NO LLEGÓ A SU DESTINO Y TERMINÓ LLEGANDO A TODOS
Existe una ironía difícil de ignorar. Kafka escribió decenas de páginas para un único lector. Ese lector nunca las vio.
Sin embargo, décadas después, la carta fue publicada y terminó siendo leída por millones de personas. Aquello que Franz no consiguió decirle a un hombre sentado al otro lado de una habitación terminó hablando a hijos y padres de generaciones enteras.
Quizá porque debajo del apellido Kafka no hay solamente una historia literaria. Hay algo reconocible para cualquiera que alguna vez haya querido la aprobación de alguien que parecía imposible de satisfacer; para quien haya descubierto que puede amar a una persona y, al mismo tiempo, sentirse pequeño delante de ella; para quien haya llegado a la edad adulta y todavía escuche dentro de sí una voz que nació muchos años antes.
Kafka no escribió aquellas páginas para destruir a su padre. Si hubiera querido hacerlo, probablemente la carta habría sido mucho más sencilla. Las escribió porque todavía quería ser comprendido. Y eso convierte su final en algo mucho más doloroso que cualquier enfrentamiento. Franz Kafka encontró finalmente las palabras. Su padre nunca llegó a leerlas.




