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CUBA: EL PAIS QUE SE FUE

Éxodo, deterioro social y reconstrucción del individuo cubano después de más de seis décadas de autoritarismo

Cuba no constituye únicamente uno de los procesos migratorios más persistentes de la historia contemporánea latinoamericana. Constituye también un caso excepcional de fragmentación nacional. Durante más de seis décadas, millones de cubanos han abandonado un territorio relativamente pequeño en sucesivas oleadas que, aunque diferentes en su composición social, sus rutas y sus circunstancias históricas, comparten una interrogante fundamental: ¿qué ha ocurrido dentro de Cuba para que marcharse haya terminado convirtiéndose, generación tras generación, en una alternativa recurrente de realización individual?

Reducir el éxodo cubano a una búsqueda de prosperidad económica sería insuficiente. Los seres humanos han emigrado siempre hacia sociedades donde esperan encontrar mejores salarios y oportunidades. El caso cubano posee otra dimensión. Desde 1959, la emigración ha estado asociada también a la concentración del poder político, la supresión del pluralismo, las restricciones a las libertades civiles, la persecución del disenso y, posteriormente, a un deterioro económico y social que ha adquirido características estructurales. El éxodo no puede comprenderse, por tanto, exclusivamente como desplazamiento demográfico. Es también la exteriorización de una crisis política, institucional, cultural y psicológica prolongada.

La Revolución cubana llegó al poder en enero de 1959 presentándose como un proceso de restauración nacional frente a la dictadura de Fulgencio Batista. Sin embargo, el nuevo poder evolucionó rápidamente hacia un modelo de concentración política que eliminó progresivamente la competencia partidista y subordinó las instituciones fundamentales del país al proyecto revolucionario. Fidel Castro terminó ejerciendo el poder durante casi medio siglo, mientras se consolidaba un Estado de partido único en el cual la discrepancia política podía generar consecuencias que trascendían el debate ideológico e intervenían directamente en la vida profesional, académica, familiar y personal del ciudadano.

La represión política posterior a 1959 se encuentra ampliamente documentada. Hubo ejecuciones, largas condenas de prisión, persecución de opositores, vigilancia, confiscaciones, expulsiones profesionales, restricciones a la libertad de expresión y sucesivas campañas contra individuos considerados ideológicamente incompatibles con el proyecto revolucionario. Human Rights Watch ha descrito el legado político de Fidel Castro como la construcción de una maquinaria represiva destinada a castigar prácticamente cualquier forma de disenso. La permanencia de presos políticos y las restricciones a la libertad de expresión, asociación y reunión después de su salida del poder demuestran, además, que el problema cubano nunca dependió exclusivamente de la personalidad de un dirigente. Castro edificó y consolidó instituciones capaces de perpetuar una determinada concepción del poder.

Pero la cárcel física constituye solamente la manifestación más visible del autoritarismo. Existe otra forma de confinamiento mucho más difícil de cuantificar: aquella que termina instalándose en la psicología del individuo. Generaciones de cubanos aprendieron que no todo pensamiento debía expresarse, que una conversación podía cambiar dependiendo de quién estuviera presente y que determinados espacios exigían una representación pública diferente de las convicciones privadas. Cuando esta conducta se prolonga durante décadas, la censura deja de necesitar permanentemente un censor. El individuo interioriza los límites y comienza a administrarlos por sí mismo.

Václav Havel examinó un mecanismo semejante en El poder de los sin poder al analizar las sociedades comunistas de Europa oriental: ciudadanos obligados a participar en rituales ideológicos cuya aceptación exterior no necesariamente correspondía con sus convicciones íntimas. La importancia de esta observación trasciende la política. Una sociedad en la que decir la verdad puede resultar inconveniente termina desarrollando complejos mecanismos de simulación. El doble discurso deja entonces de ser exclusivamente una estrategia política y puede penetrar las relaciones laborales, institucionales e incluso personales.

Este fenómeno ayuda a comprender uno de los daños menos estudiados del sistema cubano: la transformación de determinadas conductas sociales bajo condiciones permanentes de escasez, control y precariedad. Resultaría intelectualmente simplista afirmar que el cubano ha “perdido sus valores”, como si se tratara de una mutación moral espontánea. La cuestión verdaderamente inquietante es otra: ¿qué ocurre con la ética cotidiana cuando sobrevivir obliga sistemáticamente a transgredir las normas establecidas por el propio Estado?

Durante décadas se incorporaron al lenguaje cotidiano cubano expresiones que describían mecanismos informales de supervivencia: “resolver”, conseguir algo “por la izquierda”, recurrir a un contacto, intercambiar clandestinamente un producto, apropiarse de determinados recursos estatales o aparentar adhesión a aquello que privadamente se rechazaba. Estas prácticas no demuestran una inferioridad moral de la población. Demuestran la capacidad humana de adaptación a un entorno disfuncional. El problema surge cuando la excepcionalidad se prolonga durante generaciones y la conducta de emergencia termina normalizándose.

Una sociedad basada en la escasez permanente puede producir desconfianza, oportunismo, debilitamiento del sentido de propiedad colectiva y una progresiva erosión de las normas de convivencia. La cortesía, el respeto por el espacio público, determinados códigos de comportamiento y la confianza interpersonal no existen independientemente de las condiciones materiales e institucionales. Necesitan estabilidad, previsibilidad y una mínima confianza en que respetar las reglas no colocará al individuo en desventaja frente a quien las viola.

La pérdida de valores que muchos cubanos perciben en la sociedad contemporánea debe analizarse precisamente desde esta perspectiva. No se trata de acusar moralmente a una población sometida durante décadas a circunstancias extraordinarias, sino de responsabilizar a un sistema que convirtió la excepcionalidad en normalidad. Cuando conseguir alimentos, medicamentos, transporte o vivienda consume una proporción desmesurada de la energía cotidiana, el horizonte psicológico del individuo se reduce. El futuro se contrae y la supervivencia inmediata adquiere prioridad sobre la planificación, la participación cívica y, en determinadas circunstancias, incluso sobre la solidaridad.

A esta degradación se suma actualmente una creciente preocupación por la inseguridad y la criminalidad. Robos, asaltos, violencia interpersonal y homicidios aparecen de manera recurrente en testimonios y reportes procedentes de la isla. La ausencia de estadísticas públicas suficientemente detalladas y verificables dificulta establecer comparaciones rigurosas sobre la evolución de determinados delitos, circunstancia que obliga a evitar cifras especulativas. Esa carencia de transparencia constituye en sí misma un problema institucional: una sociedad no puede diseñar políticas públicas eficaces contra aquello que no mide o cuyos datos no permite examinar independientemente.

La percepción creciente de inseguridad adquiere una gravedad particular cuando coincide con pobreza, escasez, deterioro urbano y desconfianza institucional. El ciudadano puede terminar experimentando simultáneamente inseguridad económica, inseguridad jurídica e inseguridad física. En semejantes circunstancias, la confianza social —uno de los capitales invisibles sobre los cuales se construye una comunidad funcional— comienza a deteriorarse. El miedo deja entonces de estar relacionado únicamente con el poder político y comienza a extenderse hacia el entorno inmediato.

La crisis demográfica constituye quizás la evidencia más contundente de la profundidad del problema cubano. El país no solo pierde población: pierde una proporción fundamental de sus generaciones jóvenes y laboralmente activas mientras aumenta el peso relativo de la población envejecida. Las estadísticas oficiales cubanas han reconocido una contracción poblacional extraordinaria durante los últimos años, acompañada por una natalidad históricamente baja y una emigración masiva. Más de una cuarta parte de la población tiene ya sesenta años o más, mientras cientos de miles de jóvenes han abandonado la isla durante la más reciente crisis migratoria.

La dimensión humana de estas cifras es considerable. Padres cuyos hijos viven en otro continente; abuelos que conocen el crecimiento de sus nietos mediante una pantalla; matrimonios separados durante procesos migratorios; familias distribuidas entre La Habana, Miami, Madrid, Houston, Tampa, Toronto, Montreal o Ciudad de México. Cuba se ha convertido progresivamente en una nación cuya geografía humana excede ampliamente sus fronteras.

El envejecimiento posee, además, consecuencias económicas difíciles de revertir. Una sociedad necesita población económicamente activa para sostener sus sistemas productivos, sanitarios y de protección social. Cuando emigran cantidades significativas de jóvenes mientras disminuye la natalidad, la relación entre quienes producen y quienes necesitan cuidados se vuelve progresivamente desfavorable. La pregunta deja de ser solamente cuántos cubanos permanecen en Cuba. La cuestión es quiénes permanecen y qué estructura demográfica tendrá el país dentro de veinte años.

A ello debe añadirse una formidable descapitalización intelectual. Cuba ha formado durante décadas médicos, profesores, científicos, ingenieros, artistas, investigadores y profesionales que posteriormente han desarrollado una parte sustancial de sus capacidades fuera del territorio nacional. Cuando emigra un profesional, el país no pierde únicamente un habitante. Pierde también los años invertidos en su formación, su experiencia acumulada y aquello que esa persona habría podido transmitir a la generación siguiente.

Una carretera destruida puede reconstruirse. Un edificio puede levantarse nuevamente. Una red eléctrica puede modernizarse. La reconstrucción del capital humano, en cambio, requiere generaciones. Cuando se marcha un profesor universitario, desaparece también una parte de la formación que habría proporcionado a centenares de estudiantes. Cuando emigra un investigador, no se pierde solamente su conocimiento presente, sino los proyectos que podría haber dirigido. Cuando se marcha un médico joven, Cuba pierde potencialmente décadas de ejercicio profesional. La fuga de capital humano produce, por tanto, un efecto multiplicador.

Existe también una descapitalización cultural menos cuantificable. Las costumbres no se conservan únicamente mediante libros, archivos o canciones. Una cultura se reproduce porque una generación transmite conocimientos, códigos y comportamientos a la siguiente. Los abuelos transmiten memoria; los profesores, conocimiento; los artesanos, oficio; las familias, determinadas formas de convivencia; los escritores, lenguaje; los barrios, códigos comunitarios. Cuando millones de individuos se dispersan geográficamente y las familias permanecen separadas durante décadas, la cadena de transmisión cultural inevitablemente se modifica.

El éxodo cubano es, en consecuencia, también un éxodo cultural.

Miami constituye el ejemplo más extraordinario de esta transferencia humana. La ciudad no fue únicamente receptora del exilio cubano: fue profundamente transformada por él. Las sucesivas comunidades de exiliados y emigrantes construyeron empresas, bancos, restaurantes, periódicos, emisoras, organizaciones políticas, instituciones culturales, iglesias, galerías y asociaciones profesionales. La Freedom Tower permanece como uno de los grandes símbolos de aquella primera reconstrucción: miles de cubanos recién llegados acudieron allí durante los años sesenta para recibir asistencia mientras intentaban comenzar una existencia completamente nueva.

Muchos pertenecían a una población profesional y culturalmente formada que perdió propiedades, posición social y reconocimiento al abandonar la isla. Médicos, empresarios, escritores, profesores, artistas y trabajadores comenzaron nuevamente desde niveles económicos inferiores a los que habían conocido. Algunos limpiaron oficinas, trabajaron en fábricas, condujeron vehículos, sirvieron mesas o aceptaron cualquier empleo disponible. Lo extraordinario no consiste en romantizar ese sufrimiento. Consiste en observar lo que ocurrió después.

Pudieron reconstruirse.

La experiencia del exilio cubano en Miami plantea por ello una comparación históricamente incómoda. Personas procedentes del mismo país y portadoras de la misma cultura demostraron, bajo condiciones institucionales diferentes, una notable capacidad empresarial, profesional, académica y cultural. Esto no convierte a Estados Unidos en una sociedad perfecta ni significa que todos los emigrantes hayan prosperado. La emigración implica discriminación, pérdida de estatus, precariedad, fracaso, soledad y enormes sacrificios. La diferencia esencial radica en la existencia de mecanismos que permiten al individuo modificar sus circunstancias.

Fuera de Cuba, muchos emigrantes descubren que mejorar económicamente constituye solamente una dimensión de la libertad. Pueden cambiar de trabajo, estudiar nuevamente, emprender, adquirir patrimonio, viajar, acceder a fuentes contradictorias de información, criticar públicamente al gobierno, organizarse políticamente y decidir qué proyecto personal desean intentar. Pueden triunfar y también fracasar. Esta última posibilidad resulta fundamental: la libertad incluye el derecho del individuo a equivocarse con su propia existencia.

La prosperidad económica posee entonces un significado que trasciende el consumo. Genera autonomía. Un individuo capaz de producir, ahorrar, adquirir bienes y tomar decisiones laborales posee un margen de independencia que modifica profundamente su relación con el poder. La propiedad, el empleo y la capacidad de elección dejan de ser únicamente variables económicas y adquieren una dimensión política y psicológica.

Sin embargo, abandonar Cuba no significa abandonar inmediatamente las consecuencias de haber vivido en Cuba. El aeropuerto modifica la geografía mucho más rápidamente que la psicología. El emigrante puede transportar consigo desconfianza, hipervigilancia política, comportamientos desarrollados bajo la escasez, dificultad para confiar en determinadas instituciones, culpa por quienes permanecieron, resentimiento, nostalgia y una identidad profundamente fragmentada.

Los estudios sobre la diáspora cubana han examinado ampliamente esta relación entre memoria, identidad y desplazamiento. María Cristina García documentó en Havana USA la formación política y cultural del exilio cubano en el sur de Florida. Gustavo Pérez Firmat exploró en Life on the Hyphen la identidad del cubanoamericano situado entre dos universos culturales. Susan Eva Eckstein ha analizado las diferentes generaciones migratorias y la compleja relación transnacional entre quienes se marcharon y quienes permanecieron.

Existe una paradoja particularmente dolorosa: un individuo puede construir una existencia exitosa en otro país y continuar psicológicamente habitando una calle que abandonó treinta años antes. Los territorios pueden dejarse en cuestión de horas; la pertenencia, la memoria y el trauma no obedecen a las fronteras.

Por eso Miami no constituye simplemente una concentración demográfica de cubanos. Es también un archivo viviente del país que salió de Cuba. Conserva acentos, comidas, música, religiosidad, conflictos políticos, memorias familiares y hasta antagonismos que nacieron décadas atrás. En determinados aspectos, el régimen también emigró con sus adversarios: sus heridas, sus polarizaciones, sus miedos y su lenguaje sobrevivieron fuera de la isla.

Cuba posee hoy una existencia cultural simultáneamente interior y exterior. Resultaría imposible escribir una historia contemporánea de la nación ignorando Miami, del mismo modo que sería absurdo ignorar Madrid, Nueva Jersey, Tampa y las numerosas comunidades cubanas dispersas por el mundo. La diáspora ya no constituye una periferia de la nación. Es parte de la nación.

Quizás uno de los aspectos más difíciles de explicar a quien nunca ha vivido la experiencia cubana sea la normalización del absurdo. Un profesional universitario cuyo salario resulta insuficiente para cubrir necesidades elementales; familias sostenidas económicamente por el hijo que tuvo que abandonar el país; ancianos cuya subsistencia depende de remesas procedentes del capitalismo que el discurso oficial condenó durante décadas; personas altamente cualificadas dedicando horas de su jornada a conseguir productos elementales; edificios deteriorándose durante generaciones; jóvenes que incorporan la emigración como proyecto fundamental de vida. Cada una de estas realidades puede analizarse separadamente. Reunidas, describen una sociedad en la que lo extraordinario ha adquirido características de cotidianidad.

Ese proceso posee consecuencias psicológicas profundas. El ser humano necesita algo más que alimentos y vivienda. Necesita proyectarse hacia el futuro. Necesita imaginar que determinados esfuerzos presentes pueden modificar su situación posterior. Cuando desaparece esa expectativa, la existencia se concentra en el presente inmediato. Sobrevivir reemplaza progresivamente a construir.

Tal vez allí se encuentre uno de los daños más profundos ocasionados por el régimen cubano. No únicamente en aquello que prohibió, confiscó, encarceló o destruyó, sino en la cantidad de energía humana que obligó a consumir simplemente para resolver la existencia cotidiana.

Sería igualmente incorrecto explicar todos los problemas económicos cubanos ignorando el embargo y las sanciones estadounidenses. Han existido durante décadas y han tenido consecuencias económicas reales. Un análisis intelectualmente responsable debe reconocerlas. Pero reconocer factores externos no elimina la responsabilidad interna. El embargo no estableció el partido único cubano, no prohibió el pluralismo electoral, no encarceló disidentes por expresar sus opiniones, no diseñó la censura nacional, no creó los mecanismos internos de vigilancia política ni explica por sí solo por qué el Estado cubano ha restringido sistemáticamente derechos fundamentales. Confundir ambas cuestiones ha servido durante décadas para convertir cualquier crítica interna en una discusión sobre un adversario externo.

La responsabilidad política no desaparece porque existan circunstancias internacionales adversas.

El régimen cubano debe ser juzgado por aquello sobre lo que efectivamente ejerció control: sus instituciones, sus leyes, su política económica, sus mecanismos represivos y el tratamiento otorgado a sus propios ciudadanos.

Después de más de seis décadas, el resultado no puede evaluarse únicamente mediante estadísticas económicas. Tampoco basta contar presos políticos, ejecutados, exiliados o personas que perdieron la vida intentando abandonar el país. Existe una contabilidad histórica mucho más difícil de realizar: la de las vidas posibles.

Las empresas que nunca fueron creadas. Las investigaciones que nunca comenzaron. Los libros que no pudieron publicarse. Los profesores que terminaron enseñando en otra nación. Los médicos que ejercieron lejos de sus familias. Los hijos que crecieron sin sus abuelos. Los matrimonios separados. Los ciudadanos que aprendieron a callar. Las opiniones que nunca llegaron a pronunciarse. Los años invertidos en sobrevivir. Las carreras profesionales iniciadas dos veces. Los cubanos que murieron deseando regresar y aquellos que finalmente regresaron para descubrir que el país conservado durante décadas en su memoria había dejado de existir.

La tragedia cubana no consiste únicamente en haber perdido habitantes. Cuba ha perdido millones de futuros posibles.

El mayor éxodo cubano no ha sido, por tanto, exclusivamente territorial. Ha sido también intelectual, económico, cultural, familiar y psicológico. Millones de personas abandonaron la isla buscando algo más complejo que un salario superior. Buscaron la posibilidad elemental de imaginar una existencia propia.

Un país no es su gobierno. Tampoco es un partido, un dirigente, una ideología ni siquiera exclusivamente un territorio. Una nación es, fundamentalmente, la comunidad humana que la constituye y la cantidad de futuro que esa comunidad es capaz de producir.

Cuando durante más de seis décadas generaciones sucesivas llegan a la conclusión de que para construir una vida necesitan abandonar el lugar donde nacieron, la pregunta histórica no debería continuar dirigiéndose exclusivamente al emigrante: «¿Por qué te fuiste?».

Después de tantos años, de tantas familias fragmentadas, de tantas generaciones dispersas y de tantos cubanos reconstruyendo sus vidas en otras sociedades, la pregunta debe dirigirse al poder que permanece:

¿Qué hicieron con Cuba para que tantos cubanos hayan necesitado irse para poder vivir?

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Fuentes / Referencias

Human Rights Watch. “Cuba: Fidel Castro’s Record of Repression.” Análisis del sistema represivo consolidado durante el gobierno de Fidel Castro, incluyendo restricciones a la libertad de expresión, encarcelamiento de opositores y persecución del disenso.
https://www.hrw.org/news/2016/11/26/cuba-fidel-castros-record-repression

Amnistía Internacional. Cuba 2025. Informe sobre derechos humanos, detenciones arbitrarias, represión de la disidencia, situación penitenciaria, deterioro del acceso a alimentos y medicamentos y crisis demográfica.
https://www.amnesty.org/es/location/americas/central-america-and-the-caribbean/cuba/report-cuba/

Migration Policy Institute. Wei, Jiaxin; Batalova, Jeanne. “Cuban Immigrants in the United States.” 7 de septiembre de 2023. Estudio demográfico sobre la inmigración cubana a Estados Unidos. El informe señala, entre otros datos, que cerca de 1,3 millones de inmigrantes nacidos en Cuba residían en Estados Unidos en 2021 y que el 76 % se concentraba en Florida durante el período analizado. (Migration Policy Institute)
https://www.migrationpolicy.org/journal/spotlight/cuban-immigrants-united-states

Migration Policy Institute. “Cuban Immigrants in the United States.” Edición de 2015. Fuente especialmente útil para las oleadas históricas del exilio: los Freedom Flights de 1965-1973, el éxodo del Mariel de 1980 y la crisis de los balseros de 1994. (Migration Policy Institute)
https://www.migrationpolicy.org/journal/spotlight/cuban-immigrants-united-states-2015

University of Miami Libraries — Cuban Heritage Collection. Principal archivo académico dedicado al patrimonio cubano fuera de la isla y una de las fuentes fundamentales para investigar la historia del exilio y de la diáspora cubana mundial. Su colección incluye documentos personales, publicaciones, fotografías, correspondencia, archivos de organizaciones y materiales audiovisuales. (University of Miami Libraries)
https://www.library.miami.edu/chc/index.html

García, María Cristina. Havana USA: Cuban Exiles and Cuban Americans in South Florida, 1959–1994. University of California Press, 1996. Estudio histórico sobre la formación del exilio cubano en el sur de Florida, su integración económica y política y su papel en la transformación de Miami. (Google Books)
https://books.google.com/books/about/Havana_USA.html?id=8g6RQgAACAAJ

Pérez Firmat, Gustavo. Life on the Hyphen: The Cuban-American Way. University of Texas Press, edición ampliada de 2012. Investigación sobre la identidad cultural cubanoamericana y la llamada “generación 1.5”, formada por quienes salieron de Cuba siendo niños o adolescentes y construyeron su identidad entre ambos países. (University of Texas Press)
https://utpress.utexas.edu/9780292735996/life-on-the-hyphen/

Eckstein, Susan Eva. The Immigrant Divide: How Cuban Americans Changed the U.S. and Their Homeland. Routledge. Investigación sociológica sobre las diferentes generaciones del exilio y la emigración cubana, así como sus relaciones económicas, familiares y políticas con Cuba.

Farber, Samuel. Cuba Since the Revolution of 1959: A Critical Assessment. Haymarket Books, 2011. Evaluación histórica, política, económica y social del sistema surgido después de 1959. Farber, cubano y profesor emérito de Ciencias Políticas, realiza una crítica extensa del autoritarismo revolucionario y de sus resultados institucionales. (haymarketbooks.org)
https://www.haymarketbooks.org/books/385-cuba-since-the-revolution-of-1959

Farber, Samuel. Cuba Since the Revolution of 1959: A Critical Assessment. Versión bibliográfica y vista parcial en Google Books. (Google Books)
https://books.google.com/books/about/Cuba_Since_the_Revolution_of_1959.html?id=9zmYNo-AascC

Havel, Václav. El poder de los sin poder. Ensayo político utilizado como referencia comparativa para analizar la autocensura, el doble discurso, el conformismo público y los mecanismos psicológicos desarrollados por individuos sometidos a sistemas comunistas autoritarios.

Arenas, Reinaldo. Antes que anochezca. Tusquets. Testimonio autobiográfico fundamental del exilio intelectual cubano. Arenas relata la censura, la persecución, el encarcelamiento, la represión cultural y su salida de Cuba durante el éxodo del Mariel.

Eire, Carlos. Waiting for Snow in Havana: Confessions of a Cuban Boy. Free Press. Memoria autobiográfica sobre la Revolución, la Operación Pedro Pan, la separación familiar, el exilio y la reconstrucción de la identidad cubana en Estados Unidos.

Fuentes académicas especialmente relevantes sobre Miami y el exilio cubano

Para el apartado dedicado a Miami, tres referencias deberían considerarse fundamentales: la Cuban Heritage Collection de la University of Miami, que se define como el mayor repositorio de materiales sobre Cuba fuera de la isla y la colección más extensa dedicada a la historia del exilio y la diáspora cubana; Havana USA, de María Cristina García, dedicado específicamente al desarrollo del exilio en el sur de Florida entre 1959 y 1994; y los estudios del Migration Policy Institute, que permiten contextualizar cuantitativamente el extraordinario peso de Florida y Miami en la geografía del exilio cubano. (University of Miami Libraries)

Gëlico

Gëlico es escritor, pintor, ilustrador, actor, director y diseñador gráfico cubano-canadiense. Graduado de Actuación y Dirección en la Escuela Nacional de Arte de Cuba, también estudió Diseño Gráfico y Ciencias de la Computación en Toronto, donde obtuvo honores académicos. Su trabajo creativo abarca la pintura, la ilustración, la literatura, el cine y los medios digitales.

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