Una promesa que necesita un enemigo
El comunismo comienza prometiendo justicia para los pobres. Para conseguir apoyo divide a la sociedad entre víctimas y culpables: pobres contra ricos, trabajadores contra empresarios, revolucionarios contra contrarrevolucionarios. No necesita demostrar que cada persona acusada haya cometido un crimen. Le basta con colocarla dentro de una categoría considerada enemiga.
El empresario se convierte en explotador. El propietario, en ladrón. El periodista independiente, en mercenario. El artista crítico, en delincuente. El homosexual, en degenerado. El religioso, en una amenaza ideológica. El que abandona el país, en gusano. El que protesta, en agente extranjero.
Una vez convertido el ciudadano en enemigo, quitarle su propiedad, su trabajo, su libertad o su vida puede presentarse como un acto de justicia. Ese es uno de los mecanismos más perversos de esta ideología: primero deshumaniza a la víctima y después convierte su castigo en una virtud revolucionaria.
Lenin, Stalin y Mao: cuando la utopía comenzó a contar cadáveres
La violencia no apareció por accidente después de la revolución comunista. Estuvo presente desde sus primeros sistemas de poder.
Bajo Lenin se estableció el partido único, se persiguió a opositores, se creó la policía política y se utilizó el Terror Rojo como instrumento de control. La revolución que afirmaba liberar al trabajador comenzó prohibiéndole escoger libremente quién debía gobernarlo. Stalin perfeccionó esa maquinaria.
Las purgas, ejecuciones, deportaciones, colectivización forzada y campos del Gulag convirtieron a la Unión Soviética en un territorio donde una palabra, una denuncia o una sospecha podían destruir una familia completa. Solamente durante la Gran Purga de 1936 a 1938, las estimaciones históricas sitúan las muertes entre cientos de miles y más de un millón, dependiendo de los criterios y documentos utilizados.
A esas víctimas se suman quienes murieron en campos de trabajo, deportaciones y hambrunas vinculadas a las políticas soviéticas. Las cifras exactas continúan siendo discutidas, pero ninguna discusión estadística puede esconder la escala del crimen.
Mao Zedong llevó otra promesa de transformación social a consecuencias todavía más estremecedoras. El llamado Gran Salto Adelante, una campaña de industrialización y colectivización impuesta desde el poder, contribuyó a una de las mayores hambrunas de la historia. Las estimaciones varían ampliamente, desde alrededor de quince millones hasta varias decenas de millones de muertos. No fueron simples errores administrativos.
Cuando un gobierno controla la tierra, la producción, la información y el derecho a contradecirlo, una decisión equivocada deja de ser corregible. Nadie se atreve a decirle al líder que está destruyendo el país. Las estadísticas se falsifican, los subordinados mienten para sobrevivir y la población muere mientras el poder continúa celebrando sus victorias.
El comunismo nunca reconoce su fracaso
Cuando una empresa fracasa, puede desaparecer. Cuando una familia administra mal su dinero, debe reducir sus gastos. Cuando el comunismo fracasa, culpa a un enemigo. Nunca falta una explicación externa.
El imperialismo. Los empresarios. Los contrarrevolucionarios. Los campesinos que no cooperaron. Los intelectuales que sembraron dudas. Los países extranjeros. El clima. La guerra económica. El embargo. Todo puede ser culpable, excepto el sistema. Por eso el comunismo nunca anuncia que ha fracasado. Afirma que necesita más control, más vigilancia, más sacrificio y más tiempo.
El ciudadano debe esperar un futuro maravilloso que jamás llega. Mientras tanto, el dirigente vive en condiciones que el pueblo no puede alcanzar.
Cuba: la isla convertida en prisión
Fidel Castro se proclamó libertador y terminó construyendo un Estado en el que criticar al libertador podía llevarte a la cárcel. Prometió devolverle Cuba a los cubanos, pero confiscó empresas, tierras y propiedades. La iniciativa privada fue destruida o subordinada al Estado. La prensa libre desapareció. Los sindicatos dejaron de representar al trabajador para representar al gobierno. Las escuelas se convirtieron en espacios de adoctrinamiento político.
La revolución no se limitó a gobernar el país. Intentó fabricar un cubano nuevo. Desde la infancia se nos enseñaba quién era el héroe, quién era el enemigo y qué debíamos pensar. Los libros mostraban guerrilleros, milicianos, mártires y niños dispuestos a defender al líder y la bandera contra Estados Unidos. Eso no era educación. Era doctrina.
Educación significa enseñar a una persona a pensar. Adoctrinamiento significa enseñarle qué puede pensar sin ser castigada. Fidel también reescribió la historia nacional. La República anterior a 1959 fue reducida a una caricatura de corrupción, pobreza y subordinación. Los logros, instituciones y figuras que no servían al relato revolucionario fueron minimizados o reinterpretados.
La historia dejó de pertenecer al país. Pasó a pertenecer al poder.
Yo estuve preso por pintar
Mi crítica no nace solamente de una lectura histórica. Yo fui encarcelado por pintar. Cuando comenzaba mi carrera como caricaturista, destruyeron mis obras de sátira política. La policía entraba en mi casa para inspeccionar lo que estaba creando. Me llamaban delincuente por ser artista. No había cometido un delito. Había utilizado una imagen para expresar una idea.
En una sociedad libre, una caricatura puede molestar al presidente. En una dictadura, el presidente puede destruir al caricaturista. Esa experiencia explica mejor el comunismo que muchos tratados políticos. Un sistema que afirma representar al pueblo le teme a una pintura realizada por uno de sus ciudadanos.
Le teme porque una imagen puede revelar en segundos lo que la propaganda intenta ocultar durante décadas.
El Che que no aparece en las camisetas
Resulta difícil comprender que todavía existan jóvenes occidentales capaces de llevar al Che Guevara estampado en el pecho como símbolo de libertad. Lo hacen desde universidades costosas, con teléfonos de última generación, libertad para protestar y la posibilidad de criticar abiertamente a sus gobiernos.
Condenan el capitalismo mientras disfrutan de las comodidades, derechos y oportunidades que ese mismo sistema les permite tener. No han pasado hambre dependiendo de una libreta de racionamiento. No han visto entrar a la policía en su casa para inspeccionar una pintura. No han sido encarcelados por una opinión. No han tenido que lanzarse al mar para escapar de su país. Para ellos, el comunismo es una camiseta. Para millones de personas ha sido una prisión.
El Che no fue solamente el joven romántico de una fotografía. Fue un defensor de la violencia revolucionaria, participó en la construcción del nuevo aparato represivo y tuvo responsabilidades en La Cabaña durante los juicios y fusilamientos posteriores al triunfo revolucionario. También impulsó la idea del “hombre nuevo”: un individuo cuya conciencia, deseos y conducta debían someterse a las necesidades de la revolución.
La frase frecuentemente atribuida al Che sobre enviar homosexuales a cortar caña para “hacerlos hombres” necesita una fuente primaria sólida antes de citarse literalmente. Pero no hace falta utilizar una cita dudosa para demostrar la naturaleza represiva del sistema que ayudó a construir.
Las UMAP: fabricar hombres mediante el castigo
Entre 1965 y 1968 funcionaron en Cuba las Unidades Militares de Ayuda a la Producción, conocidas como UMAP.
El nombre burocrático intentaba ocultar su realidad: campos de trabajo donde fueron internados homosexuales, religiosos, objetores de conciencia y personas calificadas como antisociales o políticamente indeseables. Allí debían trabajar, entre otras tareas, en el corte de caña. La disciplina, el aislamiento y el trabajo físico pretendían corregir a quienes no encajaban en el modelo de hombre revolucionario.
El Che había abandonado Cuba cuando las UMAP comenzaron formalmente a operar. Por eso no debemos atribuirle falsamente su administración directa. Sin embargo, había defendido el trabajo disciplinario y participó en la creación del campamento de Guanahacabibes, un antecedente del castigo laboral revolucionario.
Las UMAP fueron propuestas bajo Fidel Castro e implementadas bajo la estructura militar dirigida por Raúl Castro. Décadas después, el propio Fidel reconoció la injusticia cometida durante la persecución de los homosexuales.
Por eso resulta especialmente grotesco ver el rostro del Che en camisetas utilizadas como emblema de liberación sexual. Quien lleva un símbolo debería conocer aquello que ese símbolo ayudó a representar.
El éxodo: un cementerio sin tumbas
¿Cuántas familias cubanas quedaron en el estrecho de Florida? No existe una cifra capaz de reunir a todos los que desaparecieron en balsas, embarcaciones improvisadas o intentos de escape que nunca fueron registrados. Cada número representa una familia que esperó una llamada que jamás llegó.
Nadie se lanza con sus hijos a un mar peligroso porque viva en un paraíso. Los cubanos se marcharon porque no podían decidir su futuro. Se fueron por hambre, persecución, falta de oportunidades y asfixia política. Algunos llegaron. Otros quedaron en el mar. El régimen los llamó traidores y gusanos.
Después comenzó a necesitar desesperadamente su dinero.
Los “gusanos” que sostienen la revolución
Durante años, la propaganda insultó a quienes abandonaron Cuba. Les confiscó propiedades, los separó de sus familias y los presentó como enemigos de la patria. Pero una de las grandes ironías del castrismo es que la economía cubana terminó dependiendo de las remesas, medicinas, alimentos y paquetes enviados por esos mismos exiliados.
El exiliado trabaja en Estados Unidos, Canadá o Europa. Envía dinero a sus familiares. La familia necesita utilizar canales y comercios controlados por el Estado. Las divisas regresan a estructuras estatales o militares mientras el trabajador cubano continúa cobrando en una moneda debilitada. Los llamados gusanos alimentan a la isla que la revolución prometió convertir en un paraíso.
Cuba no ha sobrevivido gracias al éxito del comunismo. Ha sobrevivido, en buena medida, gracias al sacrificio de quienes escaparon de él.
El pollo estadounidense y el supuesto bloqueo absoluto
Embargo y bloqueo no son la misma cosa. Estados Unidos mantiene un embargo que restringe operaciones comerciales y financieras con Cuba. Ese embargo existe, produce consecuencias reales y no debe negarse. Pero Cuba no ha permanecido completamente bloqueada por el mundo. Ha comerciado con Canadá, España, China, México, Rusia, Venezuela y numerosos países. También ha comprado alimentos a Estados Unidos bajo las excepciones permitidas.
Una cantidad importante del pollo consumido en Cuba ha procedido del mercado estadounidense. Sin embargo, parte de los alimentos importados termina en hoteles, instalaciones turísticas o tiendas estatales que exigen moneda extranjera. El trabajador recibe su salario en pesos, pero debe conseguir divisas para comprar productos importados por el mismo Estado que controla su economía.
El pollo lleva bandera estadounidense hasta que llega a la mesa del cubano. Entonces la propaganda vuelve a llamarlo bloqueo. El embargo limita las relaciones económicas con Estados Unidos. El bloqueo interno de los Castro impide que el cubano produzca, prospere, importe, invierta y decida libremente.
Petróleo recibido, escasez para el pueblo
Durante décadas, Cuba recibió petróleo soviético, ruso, venezolano y mexicano. Venezuela sostuvo durante años un intercambio de petróleo por servicios cubanos. México también envió cantidades considerables de crudo y productos petroleros. A pesar de ello, el pueblo ha sufrido apagones, escasez de combustible y transporte paralizado.
Existen acusaciones de desvío, triangulación o reventa de recursos, pero cada caso debe documentarse antes de presentarlo como un hecho. Lo indiscutible es la opacidad: el ciudadano cubano no puede auditar cuánto petróleo entra, quién lo administra, dónde termina ni quién obtiene los beneficios.
La pregunta es completamente legítima: ¿Dónde fueron a parar tantos recursos recibidos durante tantos años?
Un país que dejó de pagar
El comunismo cubano confiscó empresas y propiedades, acumuló deudas y perdió progresivamente la confianza de acreedores e inversionistas. No se puede construir una economía confiable si las reglas dependen de la voluntad del poder, si una propiedad puede ser confiscada y si las obligaciones financieras se posponen indefinidamente.
Las disputas por deuda cubana han llegado incluso a los tribunales de Londres. El problema no es solamente el embargo estadounidense. También es la reputación de un Estado que durante décadas ha encontrado enormes dificultades para pagar aquello que debe.
Un país no queda aislado únicamente porque alguien lo sancione. También puede aislarse porque deja de resultar confiable.
La exportación del virus
Fidel Castro no se conformó con transformar Cuba. Intentó exportar la revolución al continente.
El castrismo apoyó movimientos guerrilleros, entrenó combatientes, desarrolló redes de inteligencia y promovió una narrativa capaz de seducir a generaciones: el líder como salvador, Estados Unidos como enemigo, la propiedad privada como pecado y toda oposición como traición.
Nicaragua
Cuba apoyó al Frente Sandinista antes y después de su llegada al poder en 1979. La cooperación incluyó entrenamiento, asesores, inteligencia, educación y salud.
Daniel Ortega y Rosario Murillo terminaron construyendo un sistema reconocible: concentración familiar del poder, persecución de adversarios, eliminación del pluralismo y represión de las protestas.
La revolución que prometió liberar a Nicaragua terminó necesitando silenciar a los nicaragüenses.
Venezuela
Con Hugo Chávez, el castrismo encontró petróleo, dinero y un país inmensamente rico.
La relación fue presentada como cooperación médica y social, pero se extendió hacia áreas estratégicas del Estado. Durante años se ha documentado la presencia de asesores cubanos en estructuras de seguridad, inteligencia y organización gubernamental.
Cuba aportó experiencia para conservar el poder. Venezuela entregó recursos que ayudaron a sostener al régimen cubano.
El resultado fue otro país empobrecido, instituciones debilitadas, oposición perseguida y millones de personas obligadas a emigrar.
Cuba no podía exportar prosperidad porque nunca consiguió producirla. Exportó mecanismos de control: culto al líder, fabricación de enemigos, dependencia estatal, censura y miedo.
¿Por qué siempre termina mal?
El comunismo fracasa repetidamente porque parte de una idea enferma sobre el poder. Para imponer la igualdad económica necesita concentrar una autoridad extraordinaria en el Estado. Pero ese Estado está dirigido por personas, y las personas que reciben poder absoluto rara vez lo devuelven voluntariamente.
Primero controlan las empresas para evitar la explotación. Después controlan la prensa para proteger la revolución. Luego controlan las escuelas para formar al hombre nuevo. Más tarde controlan el arte para impedir la desviación ideológica.
Finalmente controlan la vida completa porque cualquier libertad individual puede amenazar el sistema.
El resultado no es una sociedad sin clases. Es una nueva clase privilegiada: la burocracia revolucionaria, los militares, los dirigentes y sus familias. El pueblo pierde sus propiedades. Los gobernantes adquieren el país.
Comunismo es destrucción
El comunismo promete crear un hombre nuevo, pero comienza destruyendo al hombre que existe.
Destruye su independencia.
Destruye su propiedad.
Destruye su memoria.
Destruye su derecho a disentir.
Destruye la confianza entre vecinos, porque cualquiera puede convertirse en informante.
Destruye a la familia, porque obliga a unos a marcharse y a otros a permanecer.
Destruye la creación, porque un artista libre siempre será peligroso para un gobierno que necesita controlar la realidad.
Han pasado casi siete décadas de adoctrinamiento en Cuba y todavía son pocos quienes se atreven a hablar sin miedo. Ese miedo no demuestra la fortaleza de la revolución. Demuestra el tamaño de la prisión. El comunismo no fracasó por falta de tiempo. No fracasó porque no se aplicara correctamente. No fracasó únicamente por Estados Unidos.
Fracasó porque para imponer su paraíso necesitó quitarle al ciudadano su propiedad, su pensamiento, su voz y su libertad.
Yo no escribo esto porque me lo contaron. Lo escribo porque fui preso por pintar. Lo escribo por mis obras destruidas, por la policía entrando en mi casa, por las familias divididas, por los homosexuales enviados a campos de trabajo, por los fusilados, por quienes murieron en el mar y por quienes todavía tienen miedo de pronunciar una verdad elemental:




