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DESCUBREN CÓMO UN AGUJERO NEGRO PUEDE “APAGAR” UNA GALAXIA

En el centro de una galaxia puede esconderse un objeto relativamente diminuto comparado con los cientos de miles de millones de estrellas que lo rodean. Sin embargo, su influencia puede extenderse cientos de miles de años luz y terminar decidiendo algo monumental: si esa galaxia continuará fabricando estrellas o comenzará lentamente a apagarse. Astrónomos han encontrado ahora una de las evidencias observacionales más claras de cómo los chorros lanzados por agujeros negros supermasivos alcanzan mucho más allá de la galaxia visible y alteran precisamente el gas del que deberían nacer futuras generaciones de estrellas.

Una galaxia no termina donde dejamos de ver sus estrellas. Mucho más allá existe una inmensa envoltura de gas conocida como medio circumgaláctico, o CGM. Es una región gigantesca que puede extenderse entre diez y veinte veces más que la parte visible de una galaxia y funciona como una especie de depósito de combustible cósmico. Allí permanece buena parte de la materia que, si consigue enfriarse y caer hacia el interior, podrá condensarse y participar en el nacimiento de nuevas estrellas.

Eso plantea desde hace tiempo un problema. Si las grandes galaxias viven rodeadas de semejante reserva de materia prima, ¿por qué muchas dejan de producir estrellas? La respuesta puede encontrarse en uno de los lugares más violentos del universo: el agujero negro supermasivo situado en el corazón de la propia galaxia.

Cuando uno de estos monstruos está activo y devora materia, parte de la enorme energía generada en sus alrededores puede escapar en forma de chorros extremadamente estrechos de plasma que viajan a velocidades enormes. No estamos hablando de una explosión uniforme que se propaga en todas direcciones. Son auténticas lanzas cósmicas capaces de atravesar la galaxia y continuar su viaje mucho más allá de sus estrellas. Sabíamos que esos jets existían. Lo difícil era demostrar exactamente qué hacían cuando alcanzaban las enormes reservas de gas que rodean la galaxia.

Un equipo dirigido por Sanchayeeta Borthakur, de Arizona State University, y Namrata Roy, del Raman Research Institute, decidió buscar precisamente esa huella. Para conseguirlo combinó dos enormes conjuntos de observaciones: los datos ópticos del Dark Energy Spectroscopic Instrument, DESI, y las observaciones de radio del LOFAR Two-meter Sky Survey, LoTSS.

El problema era que la señal buscada resultaba demasiado débil en una sola galaxia. Los investigadores tuvieron que reunir información de cientos de galaxias con agujeros negros activos y comparar cuidadosamente qué ocurría en distintas direcciones alrededor de ellas. Entonces apareció el patrón.

Cuando promediaban el gas en todas las direcciones, la señal era débil. Pero cuando observaban específicamente a lo largo del eje por donde viajaban los chorros de radio, la emisión H-alfa del hidrógeno ionizado se hacía clara y mucho más intensa. El gas estaba dejando una especie de rastro luminoso siguiendo el camino del jet.

Eso importa porque permite conectar físicamente dos mundos de escalas casi absurdamente diferentes. Por un lado está el agujero negro central, pequeño comparado con la galaxia que lo contiene. Por otro, una reserva de gas que se extiende cientos de miles de años luz hacia el espacio. Entre ambos aparece ahora una línea de influencia observable.

Los investigadores encontraron además que la señal es especialmente intensa en dos regiones: cerca de la galaxia, donde el jet comienza a encontrarse con el medio circumgaláctico, y mucho más lejos, hacia las regiones exteriores, donde parece depositarse una cantidad importante de energía.

El agujero negro, por tanto, no gobierna solamente lo que ocurre en sus inmediaciones. Está tocando las reservas futuras de la galaxia. Y ahí aparece la parte más fascinante del descubrimiento.

Para fabricar estrellas, el gas necesita enfriarse. Cuando lo consigue, puede caer hacia el interior de la galaxia, concentrarse en regiones cada vez más densas y finalmente colapsar bajo su propia gravedad. De esas nubes nacen estrellas y, alrededor de muchas de ellas, sistemas planetarios.

Pero si los jets del agujero negro calientan, ionizan y agitan continuamente ese gas, el proceso se vuelve mucho más difícil. Parte del combustible permanece demasiado caliente o perturbado para regresar al interior y participar eficientemente en nuevas generaciones de estrellas. El agujero negro puede estar cerrando el grifo.

No lo hace de repente. Una galaxia no se apaga como una bombilla. Tampoco significa que un solo jet destruya todas sus estrellas; las estrellas existentes pueden continuar viviendo durante miles de millones de años. Lo que puede disminuir es la capacidad de producir estrellas nuevas.

Ese detalle es fundamental. Cuando los astrónomos hablan de una galaxia “apagada” o quiescente, hablan de un sistema cuya formación estelar ha disminuido enormemente. Continúa conteniendo estrellas, pero la gran fábrica cósmica que produjo muchas de ellas ha reducido su actividad. El nuevo trabajo ofrece una explicación observacional de cómo un agujero negro puede contribuir a provocar ese destino.

Los investigadores hicieron además una comprobación importante utilizando magnesio como indicador del gas más frío. A diferencia del resplandor H-alfa, este material aparecía distribuido de una manera mucho más uniforme y no mostraba la misma relación con la dirección de los jets. Eso refuerza la idea de que el patrón detectado en el hidrógeno ionizado no es simplemente una característica general del halo gaseoso, sino que está relacionado específicamente con el camino seguido por los chorros.

El hallazgo ayuda también a responder una pregunta mucho mayor: ¿cómo puede algo tan pequeño controlar algo tan gigantesco?

Un agujero negro supermasivo puede tener dimensiones comparables, en términos astronómicos, con nuestro sistema solar, mientras la galaxia que lo rodea contiene decenas o cientos de miles de millones de sistemas estelares. Parecería imposible que el primero determinara el destino del segundo. Pero el agujero negro no necesita alcanzar cada estrella. Solo necesita alterar el combustible del que nacerán las siguientes. Esa diferencia cambia completamente la perspectiva.

Durante mucho tiempo imaginamos los agujeros negros fundamentalmente como devoradores: objetos cuya gravedad atrapa materia y de los que ni siquiera la luz puede escapar una vez atravesado el horizonte de sucesos. Hoy sabemos que los agujeros negros activos también pueden convertirse, indirectamente, en algunos de los motores más poderosos de su entorno. Mientras absorben materia por un lado, el sistema que los rodea puede expulsar cantidades extraordinarias de energía por otro.

Y esa energía puede viajar hasta lugares donde el agujero negro parecería no tener derecho alguno a mandar. Cientos de miles de años luz después, el gas responde. Se calienta. Se ioniza. Deja de comportarse como antes. Y quizá, millones o miles de millones de años más tarde, estrellas que podrían haber nacido nunca llegan a hacerlo.

Por eso este descubrimiento no trata únicamente de agujeros negros. Trata de la historia de las galaxias y, en última instancia, de la nuestra.

Nuestro Sol nació del gas de una galaxia que consiguió enfriarse y condensarse. La Tierra existe porque generaciones anteriores de estrellas pudieron formarse, vivir, fabricar elementos pesados y morir, enriqueciendo el material del que posteriormente surgieron nuevos sistemas planetarios.

Cuando estudiamos qué determina si una galaxia continúa produciendo estrellas, estamos estudiando también qué determina si seguirá teniendo oportunidades de fabricar mundos. En el centro de todo aparece una paradoja extraordinaria: el objeto más oscuro de una galaxia puede terminar decidiendo cuánta luz nueva llegará a existir en ella.

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Fuentes / Referencias
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