Los viajes a través de husos horarios no desorientan solamente a los seres humanos. Un estudio publicado en la revista Science demuestra que las pardelas pichonetas pueden sufrir un desfase de su reloj biológico durante vuelos rápidos de este a oeste o de oeste a este, y ese pequeño desajuste es suficiente para alterar la brújula solar que utilizan para regresar a casa.
VEINTE AÑOS SIGUIENDO AVES SOBRE EL ATLÁNTICO
El equipo, dirigido por investigadores de la Universidad de Oxford, analizó dos décadas de datos GPS de 1.045 pardelas pichonetas, cuyo nombre científico es Puffinus puffinus. El conjunto completo incluyó 3.688 viajes de alimentación desde colonias situadas frente a las costas occidentales de Reino Unido e Irlanda.
Estas aves pueden internarse alrededor de 1.000 kilómetros en el Atlántico para buscar alimento. Cuando emprenden el regreso y avanzan rápidamente hacia el este, atraviesan longitudes donde el amanecer ocurrió antes. Su reloj interno, sin embargo, no se reajusta de inmediato. Puede quedar retrasado hasta aproximadamente una hora respecto a la hora solar local.
EL SOL SE CONVIERTE EN UNA BRÚJULA IMPERFECTA
Muchas aves utilizan la posición del Sol para orientarse. El problema es que el Sol cambia de posición durante el día, por lo que el animal necesita combinar lo que ve en el cielo con su reloj circadiano para calcular correctamente una dirección.
Si ese reloj sigue funcionando con la hora del lugar que el ave dejó atrás, la posición aparente del Sol ya no coincide con la que su cerebro espera. Los científicos comprobaron que las desviaciones de vuelo seguían precisamente el patrón que debería producir ese desfase.
En 335 vuelos de regreso realizados fuera de la vista de tierra, las direcciones tomadas por las aves coincidieron estrechamente con los errores que predecía el modelo del reloj interno. El análisis favoreció esta explicación frente a una alternativa basada en cambios del campo magnético terrestre.
HASTA 15 GRADOS FUERA DE RUMBO
Los errores observados alcanzaron aproximadamente 15 grados. No parece suficiente para perder definitivamente a una pardela adulta experimentada, porque estas aves pueden volver a calcular su posición y corregir progresivamente el trayecto.
Los investigadores estiman que un ejemplar que regrese desde 1.000 kilómetros de distancia con un error medio de siete grados y corrija continuamente su ruta recorrería apenas unos cinco kilómetros adicionales antes de alcanzar las proximidades de su colonia.
Pero el resultado plantea una cuestión mucho mayor. Un animal joven en su primera migración, o una especie que no pueda recalcular continuamente su posición, podría acumular pequeños errores durante cientos o miles de kilómetros y terminar muy lejos de su destino.
NI SIQUIERA VER LA COSTA ELIMINA EL ERROR
Uno de los resultados más llamativos apareció cuando las pardelas ya tenían referencias terrestres visibles. Incluso mientras volaban junto a la costa continuaron mostrando desplazamientos coherentes con el error de su brújula solar.
Cuando el desfase predecía una orientación hacia tierra, las aves volaban más cerca de la costa. Cuando el mismo cálculo apuntaba mar adentro, tendían a alejarse de ella. Esto indica que no abandonan simplemente su brújula solar al reconocer un paisaje familiar, sino que combinan diferentes sistemas de navegación.
Los científicos describen un proceso parecido a utilizar primero un mapa para determinar dónde se encuentra el animal respecto a su destino y después una brújula para decidir en qué dirección debe moverse.
UN JET LAG MUY PARECIDO AL NUESTRO
El mecanismo biológico es esencialmente el mismo que produce el jet lag humano. Un viaje rápido cambia la hora ambiental antes de que el reloj circadiano pueda adaptarse. En nosotros puede alterar el sueño, la concentración y el apetito. En estas aves, el estudio demuestra por ahora una consecuencia concreta en la navegación.
Todavía no se sabe si el desfase también afecta el descanso, la alimentación o la fisiología de las pardelas. La pregunta es importante porque suelen alimentarse poco después del amanecer y antes del anochecer, cuando peces y otras presas se encuentran más cerca de la superficie. Un reloj desajustado podría hacerles perder parte de esas ventanas de alimentación.
LAS AVES PODRÍAN ENSEÑARNOS ALGO SOBRE NUESTRO PROPIO RELOJ
La investigación abre una nueva vía para estudiar la cronobiología fuera del laboratorio. Las pardelas realizan estos desplazamientos repetidamente y podrían haber desarrollado mecanismos para tolerar mejor los cambios de hora que otros animales.
Comprender cómo reajustan sus relojes, cuánto tardan en hacerlo y qué consecuencias fisiológicas soportan podría ayudar a entender mejor un fenómeno que también afecta a millones de personas.
Lo sorprendente es que una diferencia de apenas minutos en un reloj que nadie puede ver termine escrita sobre el océano en forma de una trayectoria equivocada. Durante miles de kilómetros, el Sol sigue siendo una brújula extraordinaria. Pero para leerla correctamente, incluso un ave necesita saber qué hora es.




