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Rocío Soria R. :: Poesía

Un candado transparente con sus bordes inferiores deformados sobre un fondo negro; fotografía surrealista en blanco y negro.

POEMA 1

Llevo horas tratando de regresar las piezas a su sitio

atando el fardo

volviendo el contenido a la manga.

La gelatina cuaja en las cerraduras.

               Gira un coleóptero rojo.

Una hoja fresca cae desde la turgencia de su labio inferior.


POEMA 2

Es el momento en que el azul oscuro trinca los espacios de la alcoba.

Tiende los brazos como la sombra de un cristo

                                                                              orina

                                                                                              respira

                                                                                                            cojea

                                                                                                                 tose.

 

Los dibujos sobre la cama se arrancan uno a otro

                         separan las canicas de sus ganglios

        por tamaños, colores y consistencias.

Rosas purpúreas saltan de sus bocas.


POEMA 3

La mirada rueda como un cacharro

se vuelve cajetilla vacía.

Abraza las rodillas al estómago

con todas las muecas indóciles de la enfermedad,

boquea espeso,

jadea,


guarda los brazos bajo la bata.



POEMA 4

Sumerge sus dedos para comprobar la tibieza del cultivo

no hay nada de especial en el frasco salvo un vapor dulzón,

tiembla por ese recuerdo de su colección de bolas y botones

aspira hasta llenarse

aprieta los labios para darse el valor y permanecer al filo del lienzo

cierra los ojos con la fe del último esfuerzo

se contiene

se columpia

 

tiembla por las veces en las que sin causa aparente

 

tiembla por las manos volteando los ojos en las escaleras.

 

¿Escuchas?

son las voces que vienen del túnel

y que se le adherían a medida que iba creciendo, canciones parcas.

 

El dolor, en este punto, no es más que un cosquilleo raquídeo

      o levedad suspendida en vasijas comunicantes.


Ya no hay recuerdos

        sólo ese susurro interminable de los olvidos como en un velorio…




POEMA 5

Las antiguas de mí misma

deben haber muerto

en fibras blancuzcas,

en aserrines

tropezándose en sus mismos pies,

ahorcándose en sus propios brazos.

Las otras de mí

deben haberse contenido el peso de las pupilas

en los pañuelos de sangre,

deben haberse colgado en los muros

a desgajarse el pellejo a piedras.

Encuentro que estoy hecha de fríos

como las otras

lo sé porque el dolor de vivir

se me ajusta a la espalda

y me circula como un hematoma negro.

Voy oscura, descalza

como si ya me hubiera unido a las sombras para siempre

como si ya hubiera vivido siempre

trago cuchillos,

me deleito sorbiendo agua sal por las ternillas

hasta llenarme el estómago,

hasta volverme cianótica.

El dolor es una especie de éxtasis:

lloro detrás de la cortina

y me gusta cómo mis lágrimas se van espesando.

Es como haber ingerido solvente.

¿Hasta cuándo podré reír?

no puede existir un placer tan gratificante

como el dolor que me abunda.

¿Hasta cuánto fuego podré tolerar?

Estoy hecha de eritemas

como quien guarda alacranes en el cajón

y se los traga

y deja que lo piquen hasta hacerse inmune.

No hay poción, ni raticida para el dolor

solo me queda apretarlo hasta que de tanto apretarlo

me vuelva insaciable.

Sin embargo

hoy no estás y eso si es insalvable

es una nueva mutación del dolor.

Las otras de mí deben haberse colgado en los muros

y despellejado a piedras.


POEMA 6

Ya nadie quiere cuidar de esta mano

cuyos movimientos involuntarios han pretendido, dicen, ahorcarme.

La envuelvo

la cubro

le doy un beso en la cabecita

le arrullo

me amanezco meciéndola pero ella nunca duerme

está vigilante

pendiente

se sobresalta al menor ruido y me araña de desesperación el pecho.

Quiere llamar mi atención porque sabe que ya está cerca.

Le digo que sea cautelosa pero ella es muy impulsiva.

Es peor cuando la máquina de los latidos empieza a bombear toda la noche, sin descanso

y no termina de morirse ese pitido en mis ojos

o se vuelve a una sola hebra

y el hombre de blanco viene con su abulia masculla algún silencio que

   he olvidado

dice algo que no entiendo.

Se acerca

se la lleva

le muele a sondas el cuello.

Él no entiende

que ella solo pretendía advertirme.

Se la lleva.

Estoy sola.

Miro por el estrecho agujero del parapeto común.

El hombre de la pieza seis se ha levantado

y camina descalzo hacia el fondo

agitando la pierna como si quisiera lanzarla.

El hombre de las flores amarillas

se golpea la cabeza contra la pared

repitiendo la misma frase.

El martes arañaba con la cuchara el plato vacío

en un ritual interminable de invocación.

Ya nadie quiere atar estos cordones blancos que me crecen cuando llueve,

nadie quiere cuidar de esta mano

cuyos movimientos involuntarios han pretendido,

dicen, ahorcarme.

La envuelvo

la cubro. 

 

Espero.
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Sources / References

Texto de Rocío Soria R., publicado por Cañasanta el 16 de mayo de 2008, según la página original. Recuperado de la copia conservada en Internet Archive. Se conserva íntegramente el texto de la fuente y se limpia su formato, sin completar ni reconstruir pasajes.

La página acredita a Rocío Soria y su semblanza firma «Rocío Soria R.». Se conservan íntegros los seis poemas con sus títulos numerados y la disposición de sus versos.

Rocío Soria R.

Poeta nacida en Quito en 1979. La semblanza de Cañasanta de 2008 indica que realizó estudios en la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Central del Ecuador. Menciona sus poemarios «Huella Conceptual» y «El Cuerpo del Hijo» (2008), así como el Premio Nacional de Poesía Fanny León Cordero de 2005. Estos datos corresponden a la ficha histórica, firmada Rocío Soria R.

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