José Martí no necesitó morir en Dos Ríos para convertirse en una figura gigantesca. Cuando cayó el 19 de mayo de 1895 tenía apenas 42 años, pero había vivido varias vidas dentro de una sola. Poeta, periodista, ensayista, orador, diplomático, organizador político y revolucionario, era heredero de la sensibilidad romántica del siglo XIX y, al mismo tiempo, uno de los grandes precursores del modernismo hispanoamericano. La Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua lo sitúan entre los escritores latinoamericanos fundamentales de aquel siglo, admirado posteriormente por Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez y Gabriela Mistral.
Pero reducir a Martí a la literatura sería tan incompleto como reducirlo a la política. Había pensado América como pocos hombres de su tiempo. Había escrito sobre Estados Unidos después de vivir durante años dentro de aquella sociedad, había observado sus virtudes y sus peligros, había recorrido buena parte del continente y había terminado construyendo una idea de Cuba que no consistía solamente en expulsar a España. Quería una república civil, propia, moderna y capaz de impedir que la isla cambiara una dependencia por otra. Por eso su figura terminaría creciendo mucho más allá de Cuba. Martí pertenece a esa rara estirpe de hombres en los que literatura, pensamiento y acción política parecen formar una sola cosa.
Tenía, además, una biografía que ya parecía escrita para la posteridad. Había conocido el presidio español siendo casi un adolescente y llevó durante el resto de su vida las marcas de los grilletes en la pierna. Fue deportado, estudió en España, vivió en México, Guatemala, Venezuela y Estados Unidos, escribió para periódicos de diferentes países y convirtió Nueva York en uno de los grandes observatorios desde donde interpretó el mundo. Mucho después de su muerte, aquellas marcas del presidio serían utilizadas para identificar un cuerpo descompuesto que España necesitaba demostrar que pertenecía realmente a él.
EL HOMBRE QUE ORGANIZÓ UNA GUERRA Y DECIDIÓ ENTRAR EN ELLA
Durante años Martí había trabajado para reunir a los cubanos que permanecían dispersos después del fracaso de la Guerra de los Diez Años. En 1892 organizó el Partido Revolucionario Cubano y puso buena parte de su talento, sus viajes, su correspondencia y su oratoria al servicio de un objetivo: reiniciar la lucha por la independencia.
La guerra finalmente comenzó en Cuba el 24 de febrero de 1895. Martí todavía estaba fuera de la isla. El fracaso del llamado Plan de Fernandina, descubierto por las autoridades estadounidenses en enero, había destruido buena parte de la operación logística preparada para enviar armas y expediciones, pero no consiguió detener el levantamiento.
El 25 de marzo de 1895, en Montecristi, República Dominicana, Martí y Máximo Gómez firmaron el manifiesto que explicaba públicamente las razones de la nueva guerra. El documento no presentaba aquella contienda como una venganza contra los españoles que vivían en Cuba, sino como una guerra independentista con aspiraciones republicanas y continentales. El original está documentado en el Archivo General de la Nación dominicano.
Martí podía haber seguido siendo el cerebro político de la revolución desde el extranjero. No quiso. Quería estar en Cuba. Quería compartir el peligro de los hombres a los que durante años había pedido sacrificios.
“DICHA GRANDE”
La noche del 11 de abril de 1895, después de una travesía complicada, Martí, Máximo Gómez y otros cuatro expedicionarios llegaron a la costa oriental cubana por Playitas de Cajobabo. El mar estaba difícil y el desembarco se hizo en condiciones precarias. Martí fue de los últimos en abandonar el bote.
En su diario escribió solamente dos palabras capaces de explicar lo que aquel momento significaba para él: “Dicha grande”. Por fin estaba en Cuba.
Durante las semanas siguientes recorrió montañas, campamentos y caminos junto a combatientes que muchas veces lo recibían con una mezcla de admiración y curiosidad. El intelectual elegante de Nueva York estaba ahora durmiendo en hamacas, cruzando ríos, comiendo lo que aparecía y avanzando por territorios en guerra.
Su diario de campaña muestra a un Martí sorprendentemente atento a todo. Describe árboles, comidas, animales, campesinos, conversaciones y paisajes mientras, alrededor de él, se organiza una revolución. Es probablemente uno de los documentos más humanos de sus últimas semanas.
LA MEJORANA: LAS DIFERENCIAS QUE TODAVÍA NO ESTABAN RESUELTAS
El 5 de mayo ocurrió uno de los encuentros más discutidos de la historia cubana: la reunión de La Mejorana entre Martí, Máximo Gómez y Antonio Maceo.
Los tres querían la independencia, pero no necesariamente imaginaban del mismo modo la relación que debía existir entre el poder militar y el futuro gobierno civil. Lo ocurrido dentro de aquella reunión ha generado más de un siglo de interpretaciones porque no quedó un acta completa y algunas páginas relacionadas con aquellos días han provocado controversias posteriores.
Lo que sí sabemos es que Martí estaba obsesionado con impedir que la guerra terminara produciendo simplemente otra estructura autoritaria. Para él, las armas eran necesarias para conquistar la República, pero no debían convertirse en la República. Dos semanas después estaría muerto.
18 DE MAYO: UNA CARTA QUE PARECE ESCRITA DESDE EL BORDE DE LA MUERTE
El 18 de mayo, en el campamento de Dos Ríos, Martí comenzó a escribir a Manuel Mercado, su amigo mexicano. La carta quedó inconclusa. En ella aparece una de las frases más conocidas de toda su obra política:
“Ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país”.
Después explica que uno de sus propósitos era impedir que la expansión estadounidense por las Antillas terminara pesando sobre el resto de América. No sabía que le quedaban horas.
La carta tampoco llegaría normalmente a su destinatario. Después de la muerte de Martí quedó entre los documentos capturados por las fuerzas españolas y no sería publicada hasta años después.
Y existe un detalle todavía menos conocido: aquella no fue necesariamente la última cosa que escribió. El propio 19 de mayo dejó una breve nota dirigida a Máximo Gómez sobre movimientos inmediatos del campamento. El hombre que durante toda su vida escribió compulsivamente siguió haciéndolo hasta prácticamente las últimas horas.
DOMINGO 19 DE MAYO
Aquella mañana el campamento tenía un ambiente muy diferente al que después asociaría la historia con Dos Ríos.
Habían llegado fuerzas dirigidas por Bartolomé Masó. Hubo comida, conversaciones y discursos. Máximo Gómez dejó escrito en su diario que Martí habló con “verdadero ardor y espíritu guerrero”. No estaba actuando como un visitante protegido de la revolución. Quería presentarse ante aquellos hombres como alguien dispuesto a compartir exactamente el mismo riesgo que ellos.
Mientras tanto, una columna española al mando del coronel José Ximénez de Sandoval avanzaba por aquella región. Las versiones sobre el número exacto de hombres y los movimientos inmediatamente anteriores al choque varían según las fuentes cubanas y españolas, pero lo esencial está fuera de discusión: las dos fuerzas terminaron encontrándose y comenzó el combate. Gómez era un veterano extraordinario. Martí no. Era la diferencia entre un hombre que llevaba décadas pensando la guerra y otro que llevaba décadas peleándola.
EL MOMENTO EN QUE MARTÍ DEJÓ DE SER EL POLÍTICO
Aquí comienza la zona más discutida de la historia. Según la versión ampliamente aceptada, Gómez indicó a Martí que permaneciera atrás y evitara exponerse. Algunos testimonios afirman que incluso insistió. Martí, sin embargo, terminó avanzando acompañado por un joven combatiente llamado Ángel de la Guardia.
A Martí se le atribuye entonces una frase que atravesó generaciones:
“Joven, vamos a la carga”.
El terreno era confuso. La vegetación, los senderos, las posiciones españolas y el desplazamiento de las fuerzas cubanas dificultaban enormemente saber dónde estaba exactamente cada unidad. Lo que parece claro es que Martí y Ángel de la Guardia terminaron avanzando hacia una zona dominada por soldados españoles.
No existe una filmación, naturalmente, ni un testimonio capaz de reconstruir segundo por segundo aquella cabalgata. Las fuentes posteriores se contradicen en detalles relevantes. Incluso existe un estudio académico dedicado específicamente al debate historiográfico sobre su muerte, basado en testimonios españoles y cubanos que no coinciden plenamente. Pero el resultado no admite discusión. Los españoles dispararon. Martí cayó.
TRES BALAS
Cuatro días después, cuando el cadáver fue exhumado para identificarlo, el médico Pablo Aurelio de Valencia y Forns describió tres heridas de bala.
Una atravesaba el pecho y había fracturado el esternón. Otra había entrado por el cuello y provocado graves lesiones en el rostro. Una tercera alcanzó la pierna derecha. El cuerpo presentaba además otras contusiones relacionadas tanto con el combate como con el tratamiento posterior del cadáver.
Hay que hacer una precisión importante: durante muchos años se habló de aquello como “la autopsia de Martí”, pero los estudios médico-legales posteriores consideran que no fue una necropsia completa en el sentido moderno. Fundamentalmente se realizó un reconocimiento para identificar el cadáver y prepararlo para su conservación y traslado. No se reconstruyeron de manera adecuada las trayectorias internas de los proyectiles, lo que explica por qué todavía existen discusiones sobre el orden exacto de los impactos y la dinámica de la caída.
LOS OJOS QUE SANDOVAL NO OLVIDÓ
Las fuerzas españolas llegaron hasta el cuerpo. Años después, Ximénez de Sandoval describió el instante en que vio a Martí tendido en el terreno. Lo recordó boca arriba, sin sombrero, con aquella frente que inmediatamente asoció con su inteligencia y con:
“entreabiertos sus ojos azules”.
Sandoval aseguró que sintió una profunda pena al contemplarlo y escribió con respeto sobre un hombre que, apenas unos minutos antes, había sido su enemigo.
El detalle de los ojos debe tratarse con cuidado. El reconocimiento forense posterior habló simplemente de “ojos claros”, y otros contemporáneos dejaron descripciones diferentes sobre su color. Pero eso no disminuye el valor del testimonio. Sandoval no estaba redactando una ficha antropométrica. Estaba recordando una imagen que aparentemente nunca consiguió borrar: Martí muerto sobre la tierra, todavía con los ojos entreabiertos. Era un hombre de 42 años. Y el coronel español sabía perfectamente quién acababa de caer.
ESPAÑA TENÍA EL CUERPO
La pérdida fue comprendida inmediatamente por los cubanos. Ángel de la Guardia logró regresar y comunicar lo ocurrido. Gómez intentó recuperar a Martí, pero las posiciones españolas y el desarrollo del combate lo hicieron imposible. Aquella noche, el Generalísimo escribió una de las frases más dolorosas de su diario:
“Ya nos falta el mejor de los compañeros y el alma podemos decir del levantamiento”.
No era una exageración emocional. La revolución acababa de perder al hombre que había dedicado años a unir sus diferentes facciones, recaudar dinero, construir una organización política y articular una idea de República. Mientras Gómez asumía la pérdida, el cadáver estaba en manos de España.
Los españoles revisaron las pertenencias encontradas junto al muerto. Las diferentes relaciones documentales incluyen un reloj, documentos, un revólver, papeles militares, una cartera, un cortaplumas, una escarapela cubana y otros objetos personales. Algunos fueron enviados posteriormente a altos mandos españoles y parte de ellos regresarían a manos cubanas muchos años después. España tenía algo todavía más importante que aquellos objetos. Tenía la prueba física de que José Martí estaba muerto.
UNA NOCHE DE LLUVIA Y UN CADÁVER SOBRE EL CAMINO
Sandoval ordenó trasladar el cuerpo a Remanganaguas. La marcha se hizo bajo una lluvia intensa y casi continua. El cadáver llegó al poblado durante la madrugada del 20 de mayo y fue enterrado allí en tierra, sin ataúd, en el cementerio local. Las investigaciones médico-legales posteriores documentan aquel primer enterramiento y las deficientes condiciones de conservación del cuerpo. Pero muy pronto apareció un problema. ¿Y si aquel muerto no era Martí?
Para las autoridades españolas no bastaba con anunciarlo. La muerte de una figura de aquella dimensión iba a ser discutida por los revolucionarios, por la prensa extranjera y por simpatizantes de la independencia en Estados Unidos y América Latina. Desde Santiago se transmitió una orden muy clara: había que demostrarlo. El cuerpo tendría que volver a salir de la tierra.
23 DE MAYO: DESENTERRAR A MARTÍ
Cuatro días después de la muerte, el cadáver fue exhumado. El joven médico Pablo Aurelio de Valencia y Forns recibió la responsabilidad de identificarlo y tratar de conservarlo suficientemente como para trasladarlo a Santiago de Cuba. El estado era malo.
Habían transcurrido cuatro días en un clima cálido y húmedo; el cadáver había viajado en condiciones difíciles y después había permanecido enterrado en suelo húmedo. El proceso de descomposición estaba avanzado.
El médico comparó el cuerpo con información proporcionada sobre Martí: cabello castaño oscuro y rizado, frente amplia, entradas pronunciadas, bigote fino, características dentales y, sobre todo, aquella señal en la pierna producida años atrás por los grilletes del presidio español. El pasado acabó identificando al muerto. La cicatriz que España había dejado en el joven Martí preso ayudaba ahora a España a confirmar que aquel cadáver era el mismo hombre.
CARMEN ZAYAS BAZÁN QUERÍA A SU MARIDO
Mientras todo esto ocurría, en La Habana una mujer trataba de recuperar el cuerpo.
Carmen Zayas Bazán, esposa de Martí y madre de su hijo José Francisco, escribió el 23 de mayo al periódico La Lucha. Quiso aclarar públicamente por qué había pedido hablar con las autoridades. Su intención era obtener el cadáver de su marido para enterrarlo en el panteón de su familia. No sucedió. El cadáver continuó bajo control español y siguió su camino hacia Santiago de Cuba.
Por encima de todos los discursos sobre el Apóstol, el Presidente, el revolucionario, el escritor o el enemigo de España, había también algo mucho más sencillo: una mujer pidiendo que le devolvieran el cuerpo de su esposo.
EL EXTRAÑO CORTEJO FÚNEBRE
El cuerpo fue colocado en un féretro rústico y trasladado hacia Palma Soriano y después hacia San Luis, desde donde continuaría en tren hasta Santiago.
Las fuerzas cubanas intentaron interceptar la columna española durante el traslado. Documentación militar española registra varios enfrentamientos producidos mientras los insurrectos trataban de hostigar la conducción del cadáver. Es difícil encontrar una escena comparable en la historia cubana.
Un ejército transportaba el cadáver del principal organizador político de la revolución mientras los hombres de esa revolución trataban de arrebatárselo. El muerto continuaba siendo estratégicamente importante.
EL FOTÓGRAFO
Cuando el cuerpo llegó finalmente a Santiago de Cuba, las autoridades permitieron que permaneciera expuesto durante horas para facilitar su reconocimiento. Allí apareció Higinio —o Iginio, según algunas transcripciones— Martínez, fotógrafo vinculado a La Caricatura. Martí llevaba ocho días muerto.
Martínez obtuvo autorización y fotografió el cadáver pese a su avanzado estado de descomposición. La imagen es terrible precisamente porque no se parece en nada al Martí de los monumentos posteriores. No hay mármol, pedestal ni bandera. Hay simplemente el cuerpo deteriorado de un hombre muerto.
La fotografía terminaría apareciendo en La Caricatura el 9 de junio de 1895 y se convirtió en una de las pruebas visuales más contundentes de que el hombre de Dos Ríos era realmente José Martí.
Hoy existe además abundante iconografía periodística de aquellos meses. Blanco y Negro, en Madrid, publicó un dibujo de Martí al informar de su muerte el 1 de junio y posteriormente una reconstrucción gráfica de Dos Ríos; La Ilustración Ibérica publicó otra representación del combate el 29 de junio. No eran fotografías de la muerte, sino intentos de una prensa del siglo XIX por reconstruir visualmente un acontecimiento que ya se había convertido en noticia internacional.
EL ENEMIGO DESPIDIÓ EL DUELO
El 27 de mayo se realizó la identificación y entierro en el
cementerio de Santa Ifigenia. El cadáver fue reconocido por oficiales españoles y también por cubanos que habían conocido a Martí. Finalmente fue depositado en el nicho número 134 de la galería sur.
Y entonces ocurrió otra de las escenas extraordinarias de esta historia. No había allí familiares ni compañeros de armas que pudieran despedir públicamente al muerto. Ximénez de Sandoval tomó la palabra. Pidió que los presentes dejaran de ver delante de ellos al enemigo y contemplaran simplemente al hombre muerto, porque con la muerte debía cesar el rencor.
Era el coronel de la fuerza que había acabado con Martí pronunciando su oración fúnebre.
LA NOTICIA VIAJÓ MÁS RÁPIDO QUE LA CERTEZA
Mientras el cadáver atravesaba Oriente, otra batalla ocurría en los periódicos. La prensa española comenzó a informar de la muerte desde el 22 y 23 de mayo. Diarios de Madrid presentaron el acontecimiento como un golpe enorme contra la insurrección. No era difícil comprender por qué: eliminar al organizador político de la guerra podía parecer, desde España, una victoria capaz de desmoralizar a los independentistas.
En Estados Unidos la situación era diferente. Había dudas. No todos estaban dispuestos a aceptar inmediatamente las noticias procedentes de fuentes españolas. Durante días circularon versiones contradictorias y rumores de que Martí podía estar vivo.
He New York Sun, periódico en el que Martí había colaborado, publicó el 23 de mayo un obituario extraordinariamente respetuoso. Lo describió como un hombre de genio, imaginación, esperanza y valor, y honró a alguien que había muerto luchando por aquello en lo que creía. Estudios posteriores señalan que ningún otro gran periódico neoyorquino en inglés publicó en aquellos días un homenaje comparable.
RUBÉN DARÍO
El 1 de junio, apenas trece días después de Dos Ríos, La Nación de Buenos Aires publicó un artículo de Rubén Darío sobre José Martí.
El documento original está conservado en el archivo de la Universidad Nacional de Tres de Febrero.
Aquello también dice mucho sobre la verdadera dimensión de Martí. España podía verlo como dirigente de una insurrección y Cuba como organizador de su independencia, pero uno de los hombres que estaba transformando la literatura en lengua española entendió que también había muerto un escritor excepcional. La muerte militar de Martí y su consagración literaria comenzaron prácticamente al mismo tiempo.
SU PROPIO PERIÓDICO TODAVÍA NO QUERÍA CREERLO
Quizá ninguna parte de esta historia resulte más reveladora que lo ocurrido en Nueva York con Patria, el periódico fundado por Martí. Las semanas pasaron. Martí estaba muerto. España había tenido su cadáver. Había sido exhumado. Un médico lo había reconocido. Había sido trasladado a Santiago. Lo habían fotografiado. Había sido enterrado. Y Patria todavía no lo confirmó oficialmente.
No fue hasta el 17 de junio de 1895, veintinueve días después de Dos Ríos, cuando el periódico publicó en su sección de última hora que acababan de recibir la: “cruel certidumbre”. José Martí había muerto. La edición siguiente, del 25 de junio, estuvo dedicada a su memoria.
Es difícil imaginar mejor medida de lo improbable que resultaba para quienes habían trabajado junto a él aceptar su desaparición.
¿BUSCÓ MARTÍ LA MUERTE?
Aquí debemos separar historia de mito. Durante décadas se ha discutido por qué Martí se expuso de aquella manera. Algunos interpretaron su avance como inexperiencia militar. Otros como entusiasmo desbordado ante su primer gran combate. Algunos han sugerido que se desorientó intentando reunirse con otra parte de las fuerzas cubanas. También existe una tradición que presenta su muerte casi como una inmolación consciente.
No existe evidencia suficiente para afirmar seriamente que Martí fuera a Dos Ríos con intención de suicidarse.
Sí existe, sin embargo, abundante evidencia de que conocía perfectamente el riesgo que estaba corriendo. Sus cartas anteriores hablan una y otra vez de la posibilidad de morir. Pero un revolucionario que acepta la posibilidad de la muerte no es necesariamente un hombre que la busca.
La historiografía continúa discutiendo detalles del combate y los estudios forenses modernos han vuelto sobre las heridas, las trayectorias de los proyectiles y las limitaciones del reconocimiento médico de 1895. Lo responsable es conservar esas preguntas abiertas donde las fuentes no permiten una certeza absoluta.
EL ERROR QUE CAMBIÓ LA HISTORIA
Quizá ahí reside la verdadera tragedia. Martí era probablemente más importante para aquella revolución vivo que muerto. Máximo Gómez lo sabía. Muchos de los hombres cercanos a él también.
Era el político capaz de hablar con los militares, el intelectual capaz de conseguir apoyo internacional, el organizador capaz de mantener unidas facciones históricamente enfrentadas y el hombre que había pensado con extraordinario detalle qué clase de República debía nacer después de la guerra. Y desapareció en cuestión de minutos.
No sabemos qué habría ocurrido si Martí hubiera sobrevivido hasta 1898. No sabemos qué posición habría adoptado frente a la intervención estadounidense. No sabemos cuánto habría pesado su autoridad en el nacimiento de la República. No sabemos si habría podido impedir algunos de los conflictos que después dividieron a Cuba. La historia no permite responder esas preguntas. Solo sabemos que murió antes de ver realizado el país que había dedicado su vida a imaginar.
EL HOMBRE TERMINÓ. LA FIGURA APENAS COMENZABA
La muerte de Martí contiene casi todos los elementos capaces de fabricar un mito nacional: un poeta convertido en revolucionario, una carta inconclusa escrita a la víspera, un primer combate, una cabalgata hacia el fuego, tres balas, un cadáver capturado por el enemigo, unos ojos todavía entreabiertos, una tumba provisional, una exhumación, una fotografía terrible y un coronel español despidiendo finalmente al hombre que sus propios compañeros no pudieron recuperar.
Pero convertirlo solamente en mito también puede empequeñecerlo. Martí no necesita que inventemos nada. Su vida real es suficientemente extraordinaria.
Fue uno de los grandes escritores de América, un periodista formidable, un precursor del modernismo, un intelectual que intentó pensar una identidad latinoamericana independiente de los grandes poderes y el principal arquitecto político de la guerra cubana iniciada en 1895. Y al mismo tiempo fue un ser humano que cometió errores, que tuvo conflictos, que se enfrentó a hombres tan enormes como Maceo y Gómez y que aquel domingo tomó una decisión que resultó irreversible.
Quizá Ximénez de Sandoval comprendió algo de eso cuando miró al hombre tendido sobre la tierra de Dos Ríos. Las armas habían terminado la discusión. Quedaba el cuerpo. La frente descubierta. Los ojos entreabiertos. Y una historia que apenas comenzaba. Porque José Martí murió el 19 de mayo de 1895. Pero el hombre que España recogió del campo de Dos Ríos ya era demasiado grande para caber en una tumba.



