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Paul Brito Ramos :: El crimen del Siglo :: Narrativa

Hombre bajo la lluvia en una ciudad para El crimen del Siglo

Para esa época Superman había comenzado a perder el oído. Y había comenzado a perder fuerza al volar, como un carro cuando comienza a acabársele la gasolina o a ensuciársele el carburador. Y Luisa Lane parece que había cometido sus errores en el pasado y ahora era que Superman se enteraba. De modo que no eran los mejores tiempos para el superhéroe.

Según lo que había escuchado, Luisa Lane le había puesto más de dos veces los cuernos con otros periodistas de El Planeta y no era para menos con todo el tiempo que Superman la desatendía por tratar de arreglar el mundo, cuando el mundo no lo arregla nadie. Y Luisa Lane no se iba a aguantar de por vida que su novio, además de la jornada de periodista, dedicara el tiempo libre a no estar con ella. Cualquier mujer se aburre. Si al menos le pagaran a Superman por ejercer de superhéroe, entonces las cosas serían distintas, porque así él podría dejar el periodismo y dedicar ocho horas diarias, como cualquier cristiano, a ganarse la vida de esa forma y el resto del tiempo a dedicarlo sagradamente a su mujercita. Pero no. A nadie le pagan por arreglar el mundo o le pagan mal. Si no, miren a los sacerdotes, a los antiguos guerrilleros, a los poetas, a las putas.

La cosa es que un día un amigo le cuenta a Superman que Luisa Lane le había pegado los cuernos hacía un tiempo y quién sabe si ahora también, digamos que le cuenta el fotógrafo ése, que en este momento no recuerdo el nombre y que le servía de alcahuete a Luisa hasta ahora que se pelearon y se distanciaron y se sacaron los trapitos al aire. Entonces Superman va directo donde Luisa y se lo echa en cara dolido afirmándole que no sabe si va a poder perdonarla, pero Luisa Lane no se queda atrás y saca a relucir todo ese tumulto de rencores, resentimientos y reproches que las mujeres van acumulando disciplinadamente en su interior para restregárselo en la cara a los hombres en el momento oportuno y hundirlos en la culpabilidad.

Aprovecha y le dice que ella ya no aguanta más, que quiere terminar la relación definitivamente y le hace ver a Superman que los errores de él son mucho más graves que esas canitas que alguna vez ella, por culpa del mismo Superman, se echó al aire, porque o si no, qué hubiera sido de ella esas largas horas en que Superman estaba atendiendo un terremoto, equilibrando una falla tectónica, apagando un gigantesco incendio, qué iba a hacer cuando se sentía tan sola y desamparada por él que paradójicamente era el protector de los débiles, de los desdichados, de las víctimas. Por eso más de una vez había tenido que buscar cobijo en algún compañero de trabajo que la comprendiera, que la abrazara, que la escuchara, que la acariciara, que le hiciera el amor, en fin, que la hiciera sentir importante. Y Superman, que podía ser todo lo superhombre que quieras, pero también era hombre y estaba enamorado y estaba expuesto a humillarse, sintió que iba a perder definitivamente a Luisa y la comprendió y asumió toda la culpa, pero que iba a tratar de cambiar, que iba a dedicarle más tiempo, que ahora las cosas iban a ser distintas y que quizá ahora sí podían tener el hijo que siempre habían deseado, porque entre otras cosas él ya tenía que ir pensando en un sucesor, porque mira mi Luisita linda, fíjate, ahora vengo sintiendo que me quedo sin fuerzas al volar y antes escuchaba hasta el zumbido de una abeja a mil metros de distancia y ahora tengo que ponerle vibrador a mi teléfono celular porque o si no, no lo escucho, mira qué vaina.

Pero Luisa, al ver que tenía a Superman a sus pies y al ver que Superman ya no era tan súper hombre como antes, pensó que podía ser el momento para aspirar a una mejor vida, a un mejor hombre, a un súper súper hombre. Pensó que era el momento de espantar de una vez por todas esa mosca fastidiosa revoloteando alrededor del mundo, ese ridículo ser en calzoncillos rojos paseándose por ahí como un niño pequeño pensando que el mundo es de buenos y malos, de policías y rateros, en vez de conseguirse un hombre de verdad verdad que llegue a su casa y le eche un buen polvo a su mujer y se encargue de arreglar las cosas de su casa, no las del vecino, no sea tan huevón.

Pero Superman seguía enumerando la lista de su decadencia pensando que con ello iba a invocar la compasión de Luisa o la seguridad de que ahora todo iba a cambiar y lo que estaba haciendo era reconfirmarle a Luisa que así menos le servía, pues además de superhéroe era ahora un superhéroe en deterioro. Hasta que al fin ella, al ver que no se lo podía sacar de encima, al ver que no lo podía mandar a volar, le pidió que se dieran un tiempo para pensar mejor las cosas, para reencontrarse con ellos mismos: “Así tendrás más libertad de volar y arreglar los entuertos que quieras sin estar pensando en volver temprano para verme”. Pero ahora Superman no tenía ganas de hacerse el héroe, sino de recuperarla, de estar a su lado mimándola. Que el mundo se las arreglara como pudiera. Se puso a rogarle y a insistirle que siguieran juntos, que debían superar ese trance unidos, pero Luisa ya había tomado la decisión y él ya no podía hacer más que consolarse con la esperanza que ella le había dado.

Así estaban las cosas cuando se despidieron. Entonces él quiso volar, pero apenas pudo llegar hasta la azotea del edificio siguiente. Tuvo que bajar por las escaleras porque ni siquiera había ascensor. Cuando llegó a su casa, metió el disfraz en una bolsa y lo guardó en el armario. Desde ese día Superman comenzó a escuchar rumores de que a Luisa la habían visto en una discoteca con nosequiencito, que la habían visto besándose con el director de no sé qué sección, que la habían reconocido en una taberna con un misterioso hombre de impermeable verde, y él mismo a ver que ella había cambiado su forma de vestir, que ya no usaba gafas sino lentes de contacto, que se había pintado el cabello de otro color. Entonces él sufría mucho con estos detalles y se iba volviendo cada vez más débil, más susceptible, más vulnerable, como si tuviera kriptonita en el corazón. Al mismo tiempo, el mundo volvía a ser el mundo que Dios hizo, con peligros, muertes y catástrofes. Pero a Luisa Lane le importaba un carajo lo que le pasara al mundo, o se curaba en salud pensando que ella ya había cumplido con su conciencia al dejar libre a Superman. Allá el mundo y allá Superman, ella lo que quería era vivir su propia vida, agotar todas sus posibilidades, ser feliz, en fin, lo que cada uno debe buscar por sí mismo, sin asistencia de superhéroes, milagros, billetes de lotería ni nada por el estilo. Atrás quedó el tiempo en que ella tenía fe en Superman, el tiempo en que era una mujer sumisa y abnegada, entregada a los caprichos de un hombre egoísta que sólo pensaba en el beneficio ajeno, en el beneficio del mundo.

Entonces fue pasando el tiempo. Superman se cambió a otro periódico para dejar de ver a Luisa Lane y dejar de escuchar rumores y dejar de percibir su nueva y desenfadada vida. Y poco a poco fue superando el luto del despecho, como cualquier hombre, sin apoyo de ningún poder especial. Y conoció a otra mujer –una secretaria del suplemento dominical– y comenzó a salir con ella, y se divirtió y se dio cuenta de que el mundo no era Luisa Lane, que había otras personas en el mundo, miles de personas anónimas que antes precisamente él salvaba, rescataba y defendía, pero que desde hacía un tiempo estaban abandonadas a la buena de Dios.

Entonces removió el armario y sacó el viejo disfraz que ya olía a sótano y a cucaracha. Y lo lavó y lo planchó y se lo puso. Y se fue a la azotea a ver si podía volar, y efectivamente lo hizo, no con la levedad y la desenvoltura de sus mejores años ni con esa sonrisa de tranquilidad que parece estar diciendo esto es pan comido, sino con una cara cómica y dramática de esfuerzo, de alguien que está pariendo o tratando de extraer algo indócil de sus entrañas. Pero al menos así podía cubrir el radio de su barrio y atajar a un par de atracadores de baja monta casi que dándose trompadas como cualquier hijo del vecino, a uno hasta tuvo que morderle la oreja para ganarle. Pero todo esto, viéndolo positivamente, le servia de entrenamiento para ejercicios mayores, para alcanzar poco a poco el nivel de antes.

Mientras tanto seguía viéndose con esta chica del dominical, que era una mujer menos compleja que Luisa Lane, más ingenua y menos exigente, al menos por ahora.

Para esa época Superman comenzaba a abarcar otros barrios de los alrededores y a recobrar hasta donde le era posible su estado físico. Lo que sí parecía estancado era su oído; escuchaba menos que el común de la gente y eso era el colmo, porque una cosa es dejar de ser superhombre para ser un hombre cualquiera y otra cosa es pasar a ser directamente un discapacitado. Estas cosas preocupaban mucho a nuestro superhéroe por esos días y ocupaban obsesivamente sus pensamientos. Además, la secretaria del dominical tenía un tono de voz muy bajo y Superman tenía que estar pidiéndole que le repitiera lo que le acababa de decir. Esto se tornaba más critico en los momentos íntimos, cuando ella quería estar hablando en susurros.

De manera que Superman, casi sin darse cuenta, comenzó a añorar el tono chillón con que Luisa Lane acostumbraba a implorar sus servicios. Y ella, para la misma época, comenzó a echar en falta la ternura de acero de nuestro superhéroe. Así que un día Superman percibe la vibración de su móvil y a continuación escucha el timbre cimbreante de la voz de Luisa, un tono que perfora sus entrañas como una bala increíble y que desbarata en cuestión de segundos lo que había levantado el tiempo. Entonces ella dice que quiere que se encuentren para hablar como amigos y Superman, que aún puede rescatar unos trozos de dignidad, le responde que quizás otro día porque ahora está muy ocupado. Pero ella parece no escucharlo y repone que saldrá a las seis del trabajo, que pase sin falta por ella y cuelga.

Superman se queda totalmente confundido. No acierta a concretar decisión alguna. Acaba llamando a ese fotógrafo que todavía es la hora y no me acuerdo cómo se llama y que al fin y al cabo es amigo de ambos y puede aconsejarle. El consejo inmediato que recibe es que vaya a buscarla, claro que sí, cómo no, que se den otra oportunidad, el muy pastelero. Y el bobo de Superman se llena de romanticismo barato y vuela, qué digo, flota a buscarla sin siquiera poner la cara de alguien que se viene herniando. Y encuentra a Luisa Lane muy segura esperándolo y le dice que sigan juntos, que vuelvan a intentarlo y Superman, en vez de –por lo menos– hacerse el rogado, le dice qué casualidad mi Luisita linda yo también te iba a proponer lo mismo, estamos hechos el uno para el otro.

Entonces reanudan la relación. Superman va cada día a buscarla al trabajo, pero muchas veces tiene que dejarla en cualquier esquina porque ha visto un “movimiento sospechoso” en la ciudad. Si bien su oído no funciona correctamente, su vista sigue siendo óptima; en ese sentido no se puede quejar. La que comienza a quejarse es Luisa Lane, que no entiende cómo ha vuelto a caer en lo mismo. Pero algo logra suavizar su temperamento y volverla más tolerante: está embarazada. Superman está feliz y eso le da mas fuerzas para luchar contra el mal.

Pero una vez nace el niño y Luisa Lane ve que Superman no la ayuda de a mucho, se le desvanece de golpe toda la tolerancia. Anda amargada paseándose infeliz por la casa, arrullando sola a ese niño que no para de llorar y de pedir comida. Finalmente decide dejar a Superman por segunda y última vez.

La ciudad que estaba acostumbrada a un Superman como el de los viejos tiempos, tiene que acostumbrarse de nuevo a un superhéroe de medio pelo.

Y Luisa comienza a recibir visitas diarias del fotógrafo ése, amigo de ambos. ¿Será posible que todavía no recuerde el nombre y que nadie sea capaz de recordármelo? Pues bien, allí donde lo ven, como personaje secundario, como personaje que a todo el mundo se le olvida el nombre, se estaba enamorando de Luisa –o quizá siempre lo había estado– y la estaba conquistando, le estaba robando protagonismo a Superman.

Al principio, cuando Superman iba a visitar a su hijo y encontraba al fotógrafo, no sospechaba nada, no le metía malicia al asunto o quizás lo subestimaba. Pero un buen día Luisa le comunica la decisión de aceptarlo como novio. A Superman se le viene el mundo abajo. Le advierte que está cometiendo un grave error, pero ella le contesta que el peor error fue haberse fijado alguna vez en él. Superman se va derrotado a la calle. Camina a ras del suelo, desinflado bajo la lluvia. A través de su ropa empapada se adivinan los colores chillones del traje. Pero a él ya no le importa, no le importa nada. Es un Superman estoico, anestesiado, sin poderes ya, sin fuerzas. No puede caminar más y cae derrumbado en un charco.

De todas partes de la metrópolis lo están llamando, invocan su auxilio, pero él no escucha nada; está completamente sordo. Apenas puede percibir un chillido lejano, un hilo sonoro a punto de quebrarse y que es lo único que lo mantiene unido al mundo, quizás el eco de un viejo grito de Luisa.

A unos metros del charco, con las manos metidas en los bolsillos y la cabeza hundida en la capucha de un impermeable (un impermeable verde), un hombre de pie y ligeramente encorvado observa con mucha atención los últimos chapoteos del superhéroe.

Dejemos a Superman derretido en este charco inmundo compartiendo espacio con colillas de cigarrillo, latas de cerveza y papeles inciertos, y sigamos de vuelta al misterioso hombre del impermeable verde, que ha estado siguiendo a Superman desde que salió del apartamento de Luisa. Sigámoslo con desconcierto y expectación durante las cinco calles de regreso al apartamento. Subamos con él las escaleras escuchando el ta-ta-ta-tán de sus pasos y, luego, los tres golpes suspensivos que da a la puerta de Luisa. Aguardemos en el rellano preguntándonos qué carajo es lo que está pasando, quién demonios es este hombre.

Abren la puerta Luisa y el fotógrafo, que reciben al visitante con mucha cordialidad y efusión. El niño ya está durmiendo (ese niño que al final de cuentas era de Jimmy Olsen; así se llama el fotógrafo: no volvamos a subestimar este nombre). En ese momento el personaje misterioso se endereza y echa hacia atrás la capucha del sobretodo, de modo que podemos apreciar por fin, en toda su extensión, el brillo y la circunferencia de una calva perfecta.

¡Sí, señores, es Lex Luthor que estalla en una risa maquiavélica irguiendo todo su volumen y estatura! Felicita animosamente a Luisa y al fotógrafo y aplaude con regocijo y satisfacción. Luego se frota las manos con siniestra fruición dirigiéndose a la mesa del comedor, donde están dispuestos ya planos, papeles y lápices…

Ahora que se han deshecho de Superman, pueden darle los últimos retoques al robo del siglo.

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Sources / References

Republicación del archivo histórico de Cañasanta. Texto recuperado de la captura conservada de «El crimen del Siglo», de Paul Brito Ramos. La captura disponible es del 23 de agosto de 2008; el archivo recuperado no conserva una fecha de publicación verificable.

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