Me enteré de la otra por pura casualidad. La vida, en su gran sabiduría, nos había mantenido ocultas. Nos vimos cara a cara en la puerta de un local y las similitudes se nos desparramaron con tal evidencia que ninguna osó enunciar palabra.
En ella habitan mis ojos marrones, pero, en vez de ser apagados como los míos, brillan con chispa, como si la vida cobrara mayor fuerza en ellos. Mi nariz puntiaguda que algunos tildan de bruja, en ella sólo puede ser calificada de aristocrática. Mi cabello negro se esponja emborrachado de estática, pero en ella se manifiesta azabache y soberbio con bucles que dan ganas de acariciarlos.
¿Cómo se explica que mis hombros estén caídos y los de ella erguidos? El mismo talle largo en mí se ve desgarbado y en ella, elegante. Nos hubiésemos mirado todo el día si no es porque alguien venía entrando y al vernos se ha asustado: ¿Y es que son gemelas?
No, dije yo. La palabra salió de mi boca y rodó justo frente a mis pies. Ella, la otra, la recogió, se la metió a la boca y la regurgitó. No, dijo también.
No nos hemos visto más. Yo sé que la vida nunca quiso que nos encontráramos, porque la vida además de sabia tendría que ser cruel. ¿Se puede ser sabio y cruel? Mostrarle a su tubo de ensayo, a su borrador, a su prototipo, el producto final, es algo que se le escapa a la vida misma.




