El auto da la vuelta, se echa en reversa y se estaciona.
Una portezuela se abre.
Desde mi observatorio ocasional miro con atención: un agente de tránsito corre desde la esquina en donde controla el tránsito hasta el estacionamiento y ante la puerta abierta, se cuadra respetuosamente.
Del Palacio Municipal, un hombre inmerso en su ya acostumbrado traje claro, beige preferentemente, para junto al vehículo y, con un movimiento de cabeza, apenas perceptible, saluda.
Sube.
Tras permanecer el chofer al acecho de una oportunidad para mezclarse entre el tránsito del día, consigue finalmente penetrar al carril y desaparecer con el sopor de la tarde.
– No, mira, es que no quiere salir… –dice la secretaria con voz queda, simulando escribir a máquina, pero más atenta a que no escuchen sus comentarios-
-Me vayan a correr –dice-, hay que echarlo fuera, llevarlo por las comunidades, por los barrios. Date cuenta, ayer estuvimos en la comunidad San Juan de las Marchas y
-“…Un refresco señor, échese un taco…” -le ofrecían los campesinos.
– No, gracias, desayuné temprano y ando algo mal del estómago…-trataba de justificarse.
Las tortillas calientitas, como salen del comal, los frijolitos de la olla. ¡Ay infeliz..!! si vieras lo mal que me cae. Crees que el cabrón no quiso nada, únicamente el pinche refresco se tomó.
– Ándele señor, no nos decepcione… –le dijo uno de los lugareños. Pero de su “no quiero…” no lo sacaron.
“No le dé asco…” -le hubiera dicho yo, pero me corren.
Cuando volvimos de la comunidad, me dijo:
– “¿En dónde me vine a meter? ¿qué carajos estoy haciendo aquí si yo no sé nada de esto…?”
– Ni modo señor, ya está aquí y ahora hay que salir adelante. El gobernador no se equivoca dos veces…
En las reuniones a las que asiste, se le ve cumpliendo únicamente por compromiso con el protocolo, hastiado por lo trivial de las pláticas, las sonrisas sintéticas, la diplomacia en el asestar estocadas y mantener la calma. Pero sí, prefiere estas reuniones, los desayunos y comidas con los de su clase y no con esos mugrosos campesinos, hediondos a sudor, a sol y tierra. Dice que a esos cabrones debieran encerrarlos o echarlos lejos.
Y nosotros tenemos que atender aquí, recibir gente:
– “Señor, nos falta esto… lo otro… no tenemos…”- y se esconde:
-“Está ocupado, si gusta esperar o volver otro día. Sí, como no, yo le paso su recado.”
El secretario de ayuntamiento y yo atendiendo a todo el que le busca…
– “¿Que se le ofrece? Sí, lo haremos de su conocimiento… Sí, trataremos de que se resuelva pronto su situación… como no, adiós, no tenga cuidado…”
Infeliz, lo he visto jalarse los cabellos, desesperado:
– ¿En dónde me vine a meter…?
Hay veces en que quisiera huir de las reuniones, salir a escondidas de las salas. Debían verlo de cuclillas en los actos políticos cuando nadie le pone atención o hay alguien más importante que él. Se nota que no soporta el hastío o se pierde, distraído, pensando a saber Dios en qué, por lugares remotos, lejanos…
“… El auto viejo, puta madre que tienes que bajarte y empujar. Dame una manita ¿sí? Empujar. En pujar se te va la tarde hasta que prende el maldito auto y tratas de salir de ese asqueroso barrio, pinche lodazal y atascadero de mierda, ese puto barrio del que no has podido olvidar su nombre, del que no olvidas el cuartucho con goteras, a lo largo… plic… plic… y a lo ancho… plic… plic… del techo… plic… con el goteo toda la noche en temporada de lluvias, pudriéndote de frío por la humedad, por el aire helado que se cuela por todas partes, tan lejos de la ciudad, tan lejos de todo eso…”
Perdido con el sopor de la tarde mientras que el auto cruza la ciudad.
– Llegamos señor… señor, ya llegamos…
– Eh… ¡ah…!! Sí, llegamos….
– ¿Le pasa algo señor…?
– No, no, nada, sólo venía distraído, pensaba en lo enorme que me parece en ocasiones la ciudad.




