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Gëlico :: Fotos de muertos :: Narrativa

Cementerio antiguo en blanco y negro, fotografía documental de archivo

No necesito tu dinero. Hasta hoy en día tuve ninguno. Así que me muero como viví —me dijo soberbio y con un odio infatigable en sus pupilas…

Cuando el Departamento de Policía de mi pueblo cerró el caso del robo de las fotos del cementerio, no imaginó que el culpable se descubriría 40 años más tarde. Todo empezó en una calurosa mañana de mayo, cuando Porfirio, el viejo sucio y con barba amarillenta, y el cual todos dábamos por loco, colocó un puesto insólito en una de las esquinas de las calles del centro: en la misma acera, había situado algunas varillas de madera que se ataban a cuerdas y de ellas colgaban las innumerables fotos. En el piso, y en un cartón mugriento, había escrito, con su puño y letra: SE BENDEN FOTOS.

Los primeros días, más que como un puesto de venta, la esquina lució como una exposición muy exitosa, donde todos los que pasaban se detenían a observar las singulares caras. Hasta que, poco a poco, los espectadores fueron reconociendo conocidos, amigos y familiares en algunas de las figuras. Rápidamente la voz se fue corriendo entre todos en el pueblo y Porfirio llegó a tener un mundo de personas delante de él. Para ese entonces ya había multiplicado los cordeles, las varillas y la cantidad de fotografías, también, la cantidad de visitantes. Algunos le compraban las fotos olvidadas de sus familiares. Otros apuntaban con el índice y cientos de nombres reaparecían en el aire. Los ojos del viejo brillaban de felicidad y su sonrisa, manchada y con dos dientes, ilustraba mucho más la escena. ¡Finalmente el pueblo había rescatado las fotos perdidas!

Al tercer día, el rumor llegó a oídos de la policía, que se dirigió al lugar de la feria, con la misma velocidad con que les llegó la noticia, es decir, tres días después. Allí, con las ropas tan sucias como su cara, estaba sentado en una lata oxidada, de las grandes de aceite, el viejo y arrugado Porfirio que, con su sonrisa común, dio la bienvenida a los agentes…

 

Porfirio aún era un niño cuando su mamá cayó enferma bajo temblores de espasmos y demencia. El infante nunca entendió el por qué de la enfermedad de su madre, tampoco de la total pobreza en la que vivían. Sólo sabía que su mamá, lo único que tenía en el mundo, se deshacía poco a poco entre sus manos. La mujer enferma, que se incrustaba en la cama con fuertes dolores, solo dejaba salir de su boca ‘quiero mi foto’, entre sollozos y delirios. El niño Porfirio corrió por todo el pueblo, habló con los que pudo, con tal de conseguir un fotógrafo que pudiera retratar a su madre antes de morir. Cada día regresaba a su casucha con la promesa no cumplida de traer un experto. Llegó a conocer a muchos, y aunque con esfuerzos, llantos y gritos, nunca pudo adquirir alguno: sus súplicas siempre fueron en vano. Ya su madre volaba, se iba, y él sin concederle su último deseo. Finalmente su madre murió y no fue hasta el tercer día que la vinieron a recoger, debido a las quejas de los vecinos por el olor que expedía la casita. Porfirio estuvo sentado a su lado todo el tiempo, desde que se murió hasta que se la llevaron, al parecer, resignado por la muerte. Jamás nadie se preocupó de él. Muy pocos apenas se asomaron a la ventana a mirar aquella criatura desamparada, muchos menos se preocuparon. Excepto mi padre y yo que, a veces, dejábamos caer pan viejo por la ventana…

 

La joven y bella Lucía sangraba de pie a cabeza y quedó inconciente por bastante tiempo. Uno de sus hijos, de pocos meses de nacido, permanecía a su lado como lo habían dejado los atacantes. Fue tal la golpiza que Lucía perdió su memoria para siempre y crió a su pequeño hijo a duras penas. Mi padre la visitaba a menudo, para asegurarse que continuaba igual, y le llevaba una bolsa de pan viejo o alguna otra cosa por el estilo. Muchos años después, mi viejo pensó que se recuperaba de la cabeza y la envenenó. La mujer fue muriendo poco a poco…

Desde adolescente, Porfirio fue fuerte y consiguió, desde muy temprana edad, un trabajo de enterrador en el cementerio del pueblo, labor que realizó por el resto de su vida. Cada tarde, al finalizar su jornada, se sentaba junto a la tumba de su madre y le contaba que sería un gran fotógrafo y que retrataría a las mujeres más lindas del universo. Lamentablemente, Porfirio contaba con el salario suficiente para alimentarse a la semana. No entiendo cómo imaginaba que podría comprarse una cámara fotográfica.

Entonces, supongo que esa fue la época en que comenzaron a desaparecer las fotos de los muertos. Las quejas llegaban por todos los lados. De las lápidas desaparecían las imágenes de un día para otro, solo quedaban los marcos y alguna sombra de recuerdo. La algarabía llegó al punto de convertirse en un escándalo nacional, los habitantes del poblado comenzaron a decidir no enterrar más a sus muertos en aquel cementerio. Otros comenzaron a sellar con cemento y gomilla las moldurillas de las fotos, con el objetivo de que no se pudieran abrir. Otros iban a las tumbas y dejaban maldiciones para que cayeran sobre el ladrón. Y Porfirio allí, con su pala entre las manos, mirando a todos e ingeniándose el próximo efugio. ¡El muy condenado llegó a recopilar casi dos mil fotografías de muertos!

 

Supe hace poco que estoy enfermo y que voy a morir. Producto de mi enfermedad, he imaginado mi nicho muchas veces y al viejo Porfirio robándose mi fotografía. Esa imagen nunca se me borra de la cabeza. Fue entonces que decidí visitarlo y sacar todo lo que llevo dentro. Ya, frente a él, me encontraba muy nervioso, casi no me salían las palabras. Fue cuando le confesé la misma historia que me había contado mi padre, su padre. Lo observé detenidamente y, aunque estaba malgastado por el tiempo, supe que éramos idénticos, como dos gotas de agua, con la única diferencia que a él lo envolvía la amargura, las arrugas, la barba y la mugre.

Le conté que pertenecía a una de las familias más ricas del pueblo y que producto de la ambición y maldad de mi padre, fui separado, arrancado de nuestra madre y él de las riquezas. En aquel momento, cuando mi padre se cegó por el dinero de mi madre, fue cuando llegó el abandono, lo precario y con ello el olvido. Mirando a sus manos le propuse compartir mi fortuna con él.

No necesito tu dinero. Hasta hoy en día tuve ninguno. Así que me muero como viví, me dijo soberbio y con un odio infatigable en sus pupilas. Nunca me sentí tan aborrecido en el mundo, tan despreciado con tan solo una mirada. Al levantarme, saqué del bolsillo de mi camisa una foto de Lucía, nuestra madre, y la posé en la pequeña mesa que estaba a su frente. Noté en él un gesto, un cambio de color indescriptible. Me alejé y, antes de salir por la puerta, me voltee a ver a mi hermano, el loco Porfirio. Lo dejé allí, solo como siempre vivió, llorando callado, ahogado frente a la foto.

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Sources / References

Del archivo de Cañasanta. Publicado originalmente el 30 de enero de 2011. Relato recuperado íntegramente de la edición archivada.

Original: Cañasanta.com. Copia preservada por Internet Archive, 12 de marzo de 2011.

Gelico

Gëlico is a Cuban-Canadian writer, painter, illustrator, actor, director, and graphic designer. A graduate of the National School of Art in Cuba with a degree in Acting and Directing, he also studied graphic design and computer science in Toronto, where he earned academic honors. His creative work spans painting, illustration, literature, film, and digital media.

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