Mayito iba a buscar la moto. Bajo unos arbustos cerca del Hotel la ataba con una cadena, allí tenía también el agua dulce en un litro de Tropicola y cada noche, después de la última ronda, se echaba el agua por encima para sacarse la sal y los restos de arena del cuerpo, y luego partía a Santa Martha, cerca de Varadero, donde le alquilaba una habitación a Aurora Barrios, una mujer mayor y autoritaria que era íntima amiga de la tía Silvia.
A la tía Silvia tenía que agradecerle Mayito mucho en la vida. Con ella se crió prácticamente, porque como sus padres eran profesores y siempre andaban ocupados en los asuntos de la Universidad, apenas si tuvieron tiempo para verlo crecer. La tía en cambio era dueña de su vida.
Como la mejor peluquera de Matanzas solía presentársele la tía a la gente.
– Cortes, tinturas, permanentes, visos… De todo hago yo, y con productos de allá -decía señalando al Norte.
Mayito sabía que eso era mentira. La tía reenvasaba en frascos antiguos lo que conseguía de contrabando en el salón de belleza del pueblo, pero la clientela se creía la historia y la tía trabajaba hasta en las noches y los fines de semana.
-Sin abandonar mi casa -presumía ante la hermana.
No obstante se llevaban bien ella y Cari, la mamá de Mayito. Por eso cuando el muchacho estuvo en edad de decidir qué iba a hacer con su vida, nadie se cuestionó los consejos de la tía Silvia:
-Vete a Varadero, en la playa vendiéndole artesanía a los turistas vas a hacer mucho más que estudiando cinco o seis años una carrera inútil.
Mayito era más bien tímido y no se imaginaba en esos trasiegos de vendedor. Además tenía un promedio envidiable y le gustaban la mecánica y el dibujo. Existía una carrera militar relacionada con el ensamblaje de aviones y se presentó a la prueba de aptitud:
-¿Padeces de algo? -preguntó el médico con grados de capitán.
-Asma.
-Entonces no haces nada aquí. Esta es una carrera para hombres de acero.
Salió muy aplastado. La entrevista previa tampoco había sido un éxito, y como daba por hecho que iba a conseguir la carrera no había optado por nada más en el modelo que le entregaron en el preuniversitario.
El padre lo recriminó.
-No pueden desaprovecharse las opciones. Ahora habrá que buscarte algo, un Técnico Medio, no sé; porque si te quedas en la calle seguro que vas derechito al Servicio Militar en un mes o dos.
La tía Silvia le puso una taza de café delante al padre:
-¡Servicio Militar!, que se atreva alguien a llamarlo al Servicio Militar. Si no puede estudiar lo que quiere porque es asmático, tampoco puede hacer el Servicio.
El padre se llevó el café a la sala y prendió la tele.
-A Varadero te me vas tú. Aurora Barrios tiene contactos con gente que vende corales y joyas de todo tipo allá, y ellos te van a ayudar.
Y Mayito se fue. Conocía a Aurora de pasar algunas vacaciones en su casa y le resultaba familiar la mujer:
-Aquí, nada de pericas -le dijo cuando le entregó la llave de la habitación que tenía entrada y baño independiente, y una hornillita eléctrica.
A Mayito le hizo gracia. Tampoco pensaba en pericas. Desde niño le gustaba Casandra, una muchacha que ahora era alumna de su madre en la Facultad de Letras. Y si por algo decidió finalmente venir a abrirse camino en la playa fue por Casandra, que era exigente para vestirse y tenía grandes aspiraciones.
El primer día se fue con Ricardo, un vecino de Aurora. Salieron casi de madrugada en el transporte que llevaba los empleados al Hotel. Ricardo usaba muy poco ese transporte, tenía su propio auto y no le gustaba exhibirse entre la gente de las empresas turísticas, pero ese día quiso que Mayito los conociera.
El chef, dos ayudantes de cocina, algunas camareras, la Jefe de Recepción y uno de los policías de la playa.
Todos eran importantes y todos podían ayudar en un momento preciso. Pero también había que mantenerlos a raya. Ellos eran empleados por cuenta libre y si no se hacían respetar se los comía el león, le dijo Ricardo.
-Como quince de esos han pasado por aquí desde que opero en la zona -le comentó por lo bajo señalando al policía que andaba de civil siempre-, si me respetan, los respeto. Si tratan de interferir en mi trabajo a la larga son ellos los que pierden.
Mayito no quiso preguntar. Ya aprendería con el tiempo cómo funcionaba el negocio. Ricardo empezó por pasarle algo de artesanía. Baratijas que al muchacho casi le daba vergüenza proponer, pero los extranjeros lo compraban todo.
Luego entró a vender habanos, langostas, camarones, alhajas valiosísimas que nunca se preguntó de dónde salían, medicamentos restringidos…
El modo de sonreír, la juventud, la estatura, el dorado de la piel y un peculiar encanto de la mirada entre romántica y dolorosa le abrían las puertas.
De haberlo querido más de una canadiense o francesa se lo hubiera llevado lejos, pero Mayito seguía pensando en Casandra que hasta le escribió un poema una vez. Y con los primeros dólares le compró una blusa blanca bordada y un jean celeste claro que era un encanto. De marca todo.
Llegaba temprano y jamás acosó a nadie ni merodeó por los territorios ajenos. En la playa existían sus reglas y cada cual debía respetarle los espacios al otro. Se hizo tarjetas, eso sí. Y a través del personal del Hotel muchos turistas lo buscaban. Gente recién llegada preguntaba en la recepción por el Señor Mario Ferrán, y Sandra, la recepcionista, le avisaba:
-Quieren cinco de Cohíbas.
-¿Te quedan aguamarinas?
Eran amiguísimos él y Sandra. Le filmó la boda con su propia cámara, porque entre lo que hacía y los regalos, Mayito andaba completando ya para el auto.
La tía Silvia no quería que hiciera inversiones en nada:
-Lo que tienes es que irte, tú no te das cuenta, pero esto está cada vez peor.
Mayito se quedaba en silencio. No acababa de declarársele a Casandra, pero se podía decir que eran casi novios. Hasta que se enteró de que ella salía con un médico argelino que estaba haciendo un entrenamiento en el Hospital Provincial.
Quiso morirse. Se pasó dos días sin ir a la playa. Ricardo por poco le echa abajo la puerta y luego empezó con las preguntas y la perorata. Que si tenía problemas contara con él, que los amigos estaban para ayudarse…
Mayito se vistió callado, preparó café y cuando acabó de tomarse el suyo se quedó mirándole el fondo a la tasa. Le habían dicho que por ahí se veía el destino. El suyo parecía borrascoso y complicado.
Ricardo volvió a la carga, pero él se limitó a sacar la moto.
-Vamos -dijo.
Ricardo salió tras él:
-No, yo hoy no puedo ir, vine a verte porque me preocupaba que te pasara algo, pero hoy no puedo ir, tengo que recoger un paquete.
El día fue extraño. Ni se acuerda durante cuánto tiempo contempló el horizonte en lo último de la caleta. El mar estaba liso, de un azul cobalto y él seguía con ganas de morirse.
Casandra. Seguro que se iba con el argelino.
Le dolía el estómago y el corazón, y sentía que los miembros no le iban a responder si intentaba caminar.
Lloró, como un niñito perdido en la inmensidad de un mundo ajeno y hostil, lloró sin consuelo. No era posible que Casandra le hiciera eso a él. El no le había dicho que la amaba, pero ella tenía que saberlo. La quería con todas sus fuerzas. Tan linda, con esa voz que parecía una campanita de luz. Y los ojos, enormes, de azúcar dorada. Y las pestañas…se la sabía de memoria.
A nadie iba a querer él nunca como a esa muchacha. Total, se hubiera ido al Servicio, quién sabe si hasta lo hubieran mandado a pelear a Angola o alguna otra parte. Pisar una mina o que lo aplastara un elefante, todo era preferible a este sufrimiento.
Pasado el mediodía caminó por su área. No vendió nada, ni lo intentó siquiera, pero alguien había olvidado una banana bajo unas uvas caleta. Doscientos dólares en efectivo y un reloj, caro al parecer.
Sin recato de ningún tipo se colgó el hallazgo del brazo y siguió andando. Si le preguntaban no iba a molestarse diciendo que lo encontró. Por robo podían meterlo en la cárcel. Y hasta la cárcel era preferible a este inventar que nada le ocurría y seguir viviendo sin Casandra.
Nadie lo detuvo, y como a las cinco volvió a la caleta y estuvo nadando cerca de dos horas. También podía dejarse ahogar.
Sí, si se lo proponía se ahogaba por su voluntad. Nadar lo más lejos posible era lo primero. Nadar lejos hasta agotarse y perder toda la energía. Llevaba como veinticuatro horas sin comer algo sólido y si era capaz de consumir sus fuerzas, el resto sería esperar el desvanecimiento, y luego descender al fondo…
Pero qué locuras estaba pensando, lo que tenía que hacer era irse a Matanzas esa misma noche y buscar a Casandra y decirle lo que sentía por ella. El podía hacerla feliz, estaba seguro.
Salió del agua y volvió a hacer el recorrido de antes. Ricardo fue el que le aconsejó lo de la última ronda, porque los turistas suelen olvidar cosas.
-Toallas, sandalias, lo que sea. Todo vale -le aconsejaba Ricardo.
No encontró nada. Pero qué más podía pedir por hoy:
-Fatal en el amor -se dijo, y se encaminó hacia donde guardaba la moto.
Ella estaba dormida, o muerta, o acaso fuera un ángel caído del cielo. Una aparición divina, pálida bajo la luna.
Se arrodilló y tuvo miedo tocarla. Era de una belleza extraordinaria y olía a las primaveras de su infancia. El no quiso moverse para no despertar de lo que le parecía un sueño. Pero las presencias suelen hacerse sentir y la muchacha tembló, susurró algo y finalmente abrió los ojos, unos ojos azules como el mar de la tarde, con las pupilas inmensas, dilatadas por la noche y el asombro.
Contrariamente a lo que podía esperarse no se incorporó de inmediato, se quedó de espaldas sobre la arena mirando a Mayito con sus pupilas nocturnas y luego se sentó despacio, como suelen hacerlo algunas bailarinas o gimnastas.
Con efecto de mercurio derramado, el cabello onduló luminoso sobre el rostro y los hombros, y ella se lo acomodó hacia atrás, lo que le hizo levantar el pecho firme y bonito.
Mayito suspiró y se dejó caer. Entonces la muchacha volvió a la posición inicial y quedaron juntos, respirando al unísono, con la luna sobre ellos hasta que él se levantó y le ofreció la mano.
La sentía pegada a su cuerpo tras la moto y continuaba con la sensación de navegar un sueño. Recordó que quiso ahogarse en la tarde. Tal vez se ahogó en realidad y a estas horas anduviera muerto por el Paraíso. El Paraíso actual no debía ser como el que describen las escrituras, ahora seguro que hay motos y doncellas en traje de baño en el Paraíso, para que los infelices olviden sus penas terrenales y sus traidoras Casandras.
Pero llegó a la casa de Aurora Barrios y advirtió que no podía ser ese el Paraíso. La mujer estaba en el portal y aunque no dijo nada lo miró de un modo que lo hizo sentir culpable.
Adentro de la habitación Mayito trató de entenderse con la muchacha en algunos de los idiomas con los que se manejaba en la playa a nivel técnico, como solía decir Ricardo, pero ella se limitaba a sonreírle y a hacer signos en el aire.
A Mayito le entró pánico. Muda, seguro que era muda la mujer, y hasta dejó de parecerle un ángel.
Le dio vuelta y le revisó los codos. Ricardo decía que a las mujeres se le conocía la edad por los codos.
Los de ella eran tersos, con unos hoyuelos inocentes. Una niña menor de edad capaz que fuera. Una niña muda.
Le dieron ganas de llorar, de abrazarla y protegerla. Y empezó a sacar cosas de la nevera y a ofrecerle: leche, yogurt, helados…
La muchacha negaba con su cabecita de reina y sonreía mirándolo como se debe mirar a Dios. Luego le tomó la cara entre las manos y lo besó en la boca.
Fue un beso rápido, como el roce de una mariposa, pero a Mayito empezó a latirle el corazón a galope y durante mucho tiempo la estrechó suavemente contra su pecho. Cuando estuvo más calmado la condujo a una silla y le indicó que esperara allí.
Aurora permanecía en el portal, abanicándose:
– Me encontré a esa niña en la playa -dijo Mayito.
Aurora no se dio por aludida:
– Necesito su ayuda. No entiende nada de lo que le pregunto y creo que lo mejor es avisarle a la policía.
-Pues avísale.
Mayito fue hasta el teléfono y marcó el número de emergencia.
La persona que lo atendió le dijo que esperara en línea y enseguida lo interrogó otra voz:
Mayito dio todos los datos, sin omitir un detalle y el hombre le ordenó que se mantuviera en el lugar.
Media hora después llegaron en dos carros. Una patrulla y un Mercedes oscuro. A Mayito lo subieron a la patrulla y a la muchacha, a pesar de sus lágrimas, en el Mercedes.
En la comisaría volvieron a interrogarlo, pero ya no vio más a la muchacha.
En la mañana Ricardo fue por él. Había pasado la noche sin dormir junto a dos borrachos y seguía sin entender nada en absoluto.
Con cara de perdonavidas el oficial que le devolvió sus pertenencias le dijo que no quería volver a tener noticias suyas. La tía Silvia lo estaba esperando donde Aurora y todos pensaron que lo mejor era que Mayito volviera a Matanzas de inmediato.
Pero en la tarde otra patrulla fue a buscarlo a casa de la tía Silvia. Los padres no habían ido a trabajar y se quejaban desesperados. Ellos sabían que Mayito iba a acabar mal.
El mismo oficial de la mañana intentó tranquilizarlos y les dijo que si querían podían acompañar al muchacho.
La tía Silvia se sentía con derecho a ir ella y no otra persona. Su hermana sería muy Doctora en Letras Filológicas, pero defenderse no sabía defenderse; no obstante cuando Cari había accedido a quedarse la tía concedió que no, era la madre quien debía ir con el hijo.
En su cabeza ya bullía otro plan, Gilberto Galvarino, el jefe de la División Central era amigo suyo desde años y él le iba a sacar al muchacho de su problema.
Galvarino la recibió feliz. Silvia era de esas mujeres espléndidas, independientes y seductoras que se hacen amar, y él la amó siempre.
Luego de dos o tres llamadas Galvarino la invitó a almorzar en el club Militar.
-A una celebración, más bien.
-Yo sabía que no podía haber problema -confirmó la tía, oronda.
-No, seguro que no lo hay. A menos que el muchacho se niegue a casarse.
-¿Cómo a casarse?.
-A casarse, sí. La sueca dice que no se va sin él.
A la tía se le aflojaron las piernas, recuerda. Y luego le dio por reírse. Mayito, qué le habría hecho Mayito a la mujer.
-Nada, que uno se cree que son niños y lo que han desarrollado es tremenda experiencia. Nacen sabiendo estos muchachos de ahora y vuelven loca a cualquier mujer, porque mira tú, una sueca. Con lo experimentadas que son las suecas -comentaba.
El joven en cambio apenas si habló del asunto en las semanas previas al acontecimiento.
Seguidos de un cortejo de abogados, notarios, diplomáticos, asistentes y dos sacerdotes luteranos, los familiares de Biella arribaron a Cuba en un jet privado.
De la mano del padre, Mayito, semejante a un bardo de otro siglo en su traje Versace, recibió a la novia, levísima como un hada en su amplio y ligero vestido de lienzo colonial, diseño exclusivo de Hannibal Laguna. Calzaba zapatos forrados en organdí trébol y sobre la cabecita, descubierta de velo, llevaba una corona de oro blanco en juego con el fino anillo de diminutos brillantes.
El aro matrimonial del novio lo habían encargado a la joyería Damiani. Oro rojizo de interior amarillo.
En las mesas, cubiertas con mantelería veneciana y adornadas con delicados ramos de violetas de los Alpes, destellaban las vajillas parisinas y los cristales de Bohemia..
Goran Persson, Primer Ministro sueco, envió reposteros vieneses que se encargaron del Pastel de Boda, y el rey Carl Gustaf, finísimo champaña para el brindis por la felicidad eterna de los novios.
-Claro, no era una boda cualquiera, era la boda de la hija de Federico Whontini, el Príncipe Misionero -le comentaba la tía Silvia a su clientela.
Y aunque durante la celebración posterior a la ceremonia religiosa, la peluquera sufrió lo indecible espiando a los comensales que lo mismo hurtaban un ecler que un completo servicio de platería, andando el tiempo solo guardó en el recuerdo el fasto, la belleza y el esplendor, del día en que sus genealógicos manantiales plebeyos se mezclaron con la sangre azul de los antiguos monarcas europeos.
Y cuando alguien preguntaba si de verdad era muda la sueca, blandiendo sus tijeras, la tía Silvia le encaraba:
– ¿Muda…?, ocho idiomas habla. Muda la dejó el loco de Mayito, cuando se le
apareció en sueños, como un ángel en la arena.




