Para el común de la población, la utilización de la escritura es un hecho cotidiano, sin ningún adicional, más allá de su utilización, reservándose la reflexión sobre la misma al ámbito de la investigación lingüística.
Sin embargo, la producción de enunciados (orales y/o escritos), es una actividad arbitraria, cuyo desarrollo no es natural, sino consecuencia de la capacidad de la especie para desarrollar artefactos con vistas a la satisfacción de sus necesidades.[1]
El desarrollo de la capacidad de comunicación en la especie humana, responde a los requerimientos inducidos por su propio desarrollo histórico, y conforme a su evolución fisiológica. En efecto, la conformación del lenguaje como habilidad disponible no sólo para la materialización de la relación causa–efecto, inherente a la actividad de producción, sino como fundamento del desarrollo del instrumento necesario para la materialización del trabajo implicado en la operación de la habilidad: el habla.
El desarrollo de la habilidad y el instrumento se inscriben en el desarrollo ontogénico,[2] en tanto la necesidad impulsora de su desarrollo funcional es variable, favoreciendo, con ello, la dinámica permanente que impulsa la relación dialéctica entre la capacidad humana para responder y las diferentes contradicciones que la realidad plantea a su existencia.
De este modo, el ser hace y se hace en la historia, ya que, su derrotero vital, se caracteriza por la lucha permanente contra adversidades, por medio de la elaboración de maniobras y objetos destinados a salvar las contradicciones que su propio desarrollo engendra.[3]
En esta dinámica, el desarrollo de la palabra, como producto del trabajo material y cerebral comportado por el lenguaje, y como instrumento, cuyo valor de uso se inscribe en la mecánica de los objetos utilitarios.[4] La evolución de tales objetos y de su inductor se expresa por su complejidad tecnológica adquirida, principalmente en sus soportes oral y escrito, y las correspondientes derivaciones al compás de la creciente complejidad de su vida en sociedad.[5]
Las bases fisiológicas del lenguaje
Desarrollo y operación del lenguaje tienen en común la existencia de un músculo supraespecializado, de cuyo desarrllo dependió la emergencia de una actividad colateral y sólo posteriormente añadida a las fisiológicas básicas. El encéfalo, tal como se conoce actualmente, no es sino el resultado de un largo y complejo proceso evolutivo. A los fines de una explicación de las raíces génicas del lenguaje y, posteriormente, la lengua, se debe tener en cuenta el cerebelo y el telencéfalo.
El cerebelo (metencéfalo) se encuentra en la parte posterior del cráneo, por debajo de los hemisferios cerebrales. Al igual que la corteza cerebral, está compuesto de sustancia gris con células amielínicas en la parte exterior y de sustancia blanca con células mielínicas en el interior. Consta de dos hemisferios (hemisferios cerebelosos), con numerosas circunvoluciones, conectados por fibras blancas que constituyen el vermis.[6]
El cerebelo resulta esencial para coordinar los movimientos del cuerpo. Es un centro reflejo que actúa en la coordinación y el mantenimiento del equilibrio. El tono del músculo voluntario, como el relacionado con la postura y con el equilibrio, también es controlado por esta parte del encéfalo. Así, toda actividad motora, desde jugar al fútbol hasta tocar el violín, depende del cerebelo.
El cerebro o telencéfalo, está formado principalmente por los hemisferios cerebrales (corteza cerebral y ganglios basales). Los hemisferios cerebrales ocupan la mayor parte del cerebro humano y suponen cerca del 85% del peso del encéfalo. Su gran superficie y su complejo desarrollo justifican el nivel superior de inteligencia de los seres humanos si se compara con el de otros animales.[7] De ambos hemisferios, el izquierdo, es también conocido como "lógico", porque, en su medio se llevan a cabo operaciones relacionadas con la abstracción y el cálculo, mientras que, en el derecho, conocido como "creativo", los procedimientos conllevan un grado mayor de libertad en sus asociaciones.[8]
Desde luego, el desarrollo de ambas partes es secuenciada y, naturalmente, el cerebelo corresponde a un estadio anterior al del cerebro. Este detalle es de necesaria observación, si se tiene en cuenta el desarrollo del niño, ya que, en los primeros tiempos de su vida social, se activan las funciones de la actividad motora y el equilibrio, a los que, posteriormente, se asocia la producción de sonidos orales con progresiva relación semántica socialmente determinada.
Nótese que, la evolución cerebral, determina la preexistencia del gesto a la palabra, porque éste depende de un área encefálica con activación previa a la que modula las operaciones de la segunda. De esta manera, existe una relación directa entre el desarrollo del lenguaje y la evolución del gesto, de lo que puede deducirse que, el advenimiento de la palabra, constituye la emergencia de un nuevo modo de producción, por agotamiento del tradicional. En otros términos, la palabra vino a responder a las necesidades comunicativas que el gesto no logró subsanar, ligándose e, incluso, subordinándolo en la producción de sentido.[9]
En el derrotero del desarrollo del lenguaje tiene capital importancia la oposición del dedo pulgar al conjunto dactilar, lo que favoreció una mayor capacidad de prensión y, con ello, la liberación progresiva de la boca, originalmente usada como medio de sujeción y corte, además de las obvias funciones ligadas a la alimentación, en la etapa arborícola. Mayor ductilidad manual favoreció operaciones impensables para las otras especies. También la capacidad de producir sonidos con la cavidad bucal y los conductos nasales.
Es evidente que la actividad refleja tiene singular importancia en el desarrollo del lenguaje, en la medida en que el área de cerebelo que controla la coordinación fina de la mano es lindera del área de Broca, cuyo funcionamiento, junto al área de Wernicke, conforman la mecánica cerebral del lenguaje y el habla, tanto oral, como escrita.
Las relaciones entre las áreas del cerebro y el cerebelo pueden verse en la etapa primaria de lúdica infantil, especialmente, cuando efectúa operaciones manuales percusivas, ya que, cada movimiento de la mano suele ir acompañado de sonido o articulación bucal sorda involuntaria, producida por la actividad refleja de los centros motores sobre el Área de Broca. Si bien la producción de sonidos bucales precede a la utilización de la prensión manual, debe tenerse en cuenta que, el llanto, es un reflejo inmotivado y se relaciona con excitaciones inducidas por hambre, dolor, etc., sin que, por ello, involucren gestos manuales, razón por la cual no pueden asociarse con el desarrollo del lenguaje. La relación entre estos estímulos y el lenguaje, y su definición abstracta por la palabra, es un fenómeno tardío y sólo observable en el niño con pleno dominio de la habilidad y el instrumento.
Las bases históricas del lenguaje
Sin embargo, aún cuando existe un desarrollo filogénico (especie y desarrollo= desarrollo de la especie) considerable, el desarrollo del lenguaje no es su consecuencia inmediata, porque, para ello, debe darse el concurso de factores más allá de la realidad inmediata de la fisiología humana.
En efecto, la evolución, respecto del desarrollo del lenguaje, ubica al homínido en una situación de potencial desarrollo, principalmente, porque, en tales condiciones prevalecen necesidades, cuya satisfacción puede efectuarse individualmente. Sólo cuando las condiciones de existencia determinen la asociación como instrumento propicio para la supervivencia, han de darse las condiciones necesarias para que se haga obligatoria la transmisión de ciertas experiencias, como es el caso planteado por la evolución de la horda y la aparición de la caza y la recolección grupal. La destreza manual para la producción y operación de armas y utensilios no se puede adquirir si no es por medio de la relación entre los hombres, para lo cual se hace necesario trascender el gesto y ligarlo a un conjunto de sonidos bucales que, con el correr del tiempo, la propia comunidad habrá de seleccionar y sancionar para su uso generalizado, dentro de los límites de los individuos reconocidos comunes.
El descubrimiento individual de las relaciones causa – efecto hubo de socializarse, asumiendo un carácter colectivo. Así, el lenguaje se conformó como una habilidad, cuya productividad se plasmaba materialmente por el habla en seno de las propias actividades ligadas a la supervivencia, de manera que, al "primer sistema de señalización" de la realidad, conformado por los sentidos, vino a sumarse un "segundo sistema de señalización", es decir, la señal de las señales, por medio de las cuales, el hombre, comenzó a relacionarse con la realidad: el lenguaje.[10]
El desarrollo del habla, como instrumento subsidiario para objetivar las producciones del lenguaje resulta, entonces, material y socialmente necesario, por cuanto su posesión definirá la posibilidad de la transmisión de conocimiento, como la preservación de la moral, la ley y la fe, para lo cual se hace ineludible la ventaja de la posesión de una habilidad y un instrumento a los efectos. De ello procede que, la "… transmisión racional, intencional, de la experiencia y el pensamiento a los demás requiere un sistema mediatizador, y el prototipo de éste es el lenguaje humano nacido de la necesidad de intercomunicación durante el trabajo… Las formas superiores del intercambio humano son posibles sólo porque el pensamiento del hombre refleja una realidad conceptualizada…"[11]
Esto implica que las operaciones del lenguaje conforman un complejo de mecanismos de análisis y síntesis que se adquieren en el concurso social de un acto productivo, como lo que se halla implicado en la producción y transmisión de conocimiento, es decir, en los actos de elaboración y materialización de la palabra, la cual "… sirve para organizar las impresiones de nuestros sentidos, no sólo con respecto de las impresiones previas de la misma clase, sino en relación con la experiencia colectiva de la sociedad, acumulada y transmitida a través del lenguaje. La conciencia humana es mucho más que una simple relación entre el individuo y su ambiente natural: es, aún en sus formas más simples, un producto social: la relación entre la sociedad y su medio ambiente, según se refleja en el individuo…"[12]
Los conceptos citados ponen en evidencia un aspecto no menor en el desarrollo del lenguaje, en virtud del hecho que la "… conciencia toma forma y vida en la materia de los signos creados por un grupo organizado en el proceso de su intercambio social. La conciencia individual se alimenta de signos; de ellos obtiene su crecimiento; refleja su lógica y sus leyes. La lógica de la conciencia es la lógica de la comunicación ideológica, de la interacción semiótica de un grupo social…"[13]
El desarrollo del lenguaje y el habla conforman aspectos determinados históricamente, razón por la cual, sus desarrollos no pueden plantearse ajenos a las particulares características en que tiene lugar su aparición. En tal sentido, el "…problema del lenguaje, de la conciencia, y del pensamiento abstracto constituyen un complejo dialéctico, cuyas raíces se encuentran en las formas sociales de la existencia del hombre…"[14] La presencia del lenguaje y el habla conformaron instrumentos indisolublemente ligados al desarrollo de los medios de subsistencia.
De lo expuesto, se puede deducir que, el valor del lenguaje y el habla, radica en su capacidad para brindar respuesta a los requerimientos de un conjunto de individuos, en los planos material y simbólico, siendo este último el ámbito por antonomasia, en tanto sustancia de la producción y el intercambio cultural, dado que, la cultura es, además de un sistema de signos que se transmite en las sociedades humanas, una suma de reglas y restricciones impuestas al sistema como mecanismo que tiende a organizar y a conservar la información.[15]
La tecnología de la oralidad
Una de las primeras características que definió al ser humano, la bipedación —capacidad de andar erguido sobre los dos pies—, se desarrolló hace ya unos 4 millones de años, mientras que otras, tales como un cerebro grande y complejo, la capacidad de fabricar y utilizar herramientas y el lenguaje, se desarrollaron más recientemente. Gran parte de los rasgos más avanzados, que incluyen expresiones simbólicas complejas, como el arte, y la diversidad cultural, aparecieron en los últimos 100.000 años.[16]
Las civilizaciones —sociedades avanzadas que poseen una unidad histórica y cultural— se desarrollaron de la mano de la aparición de los excedentes de producción de alimentos. Las personas de estatus elevado utilizaron a veces los excedentes como forma para pagar el trabajo y crear alianzas entre grupos, a menudo para luchar contra otros grupos.[17]
Al disponer de un excedente de producción de alimentos, muchos individuos pudieron trabajar exclusivamente en puestos políticos, religiosos o militares, dedicarse a vocaciones artísticas o a otras habilidades. Esto también permitió a los gobernantes controlar a los trabajadores, como en el modo esclavista de producción. Todas las civilizaciones se desarrollaron en base a este tipo de divisiones jerárquicas de estatus.
La primera civilización surgió hace unos 7.000 años en Sumeria, en lo que actualmente es Irak, de la que se reconoce a una de las fundaciones más importantes, la de Ur, ocurrida hace aproximadamente unos 6.000 años. La región de Sumeria, conocida como Mesopotamia, era la misma región en donde los seres humanos habían domesticado por primera vez animales y plantas.[18]
El primer escrito que se conoce se atribuye a los sumerios de Mesopotamia y es anterior al 3000 a.C. Como está escrito con caracteres ideográficos, su lectura se presta a la ambigüedad, pero está presente el principio de transferencia fonética y se puede rastrear su historia hasta averiguar cómo se convirtió en escritura ideosilábica.[19]
Las primeras inscripciones cuneiformes estaban formadas por pictogramas. Se inventó un punzón para realizar las inscripciones y, poco a poco, los trazos de los pictogramas se fueron convirtiendo en los esquemas de los caracteres cuneiformes, que se fueron estilizando cada vez más, de modo que apenas recordaban la perfil inicial de aquellos pictogramas de donde surgieron.[20] En un primer momento, cada signo sólo representaba una palabra. Pero, como había palabras que no se podían expresar con un pictograma, se representaron con los de otros objetos que los recordaban (por ejemplo, bien por medio de una estrella, estar de pie o ir por medio de un pie) y, así, ciertos símbolos representaban más de una palabra.[21]
Puesto que las palabras del sumerio fueron en su mayoría monosilábicas, desde los primeros momentos los signos se emplearon sólo como sílabas, sin tener en cuenta su significado original. Los símbolos que tenían más de una lectura, como palabras y como ideogramas, también adquirieron el valor de sílabas. Por eso, con tantas lecturas fueron polisémicos, o polífonos, si se tiene en cuenta que, el sumerio, es un idioma con bastantes palabras de sonido parecido o igual, es decir, había muchos símbolos homónimos. [22]
Una vez desarrollado completamente, el sistema cuneiforme poseyó más de 600 signos. Casi la mitad se emplearon como ideogramas o como sílabas, los restantes sólo fueron ideogramas. Cuando se aplicaba a una lengua diferente, los ideogramas se podían emplear, porque se entendían al representar objetos. Con el tiempo, se tendió a simplificar la escritura y a reducir el número de signos, sobre todo los polisémicos o polifónicos, para evitar la ambigüedad, con lo que se dio el primer paso para establecer el alfabeto, en el que cada signo representa un sonido, cosa que nunca había ocurrido en el sistema cuneiforme; este estadio sólo lo han conseguido las escrituras ugras y persa antigua.[23]
El primer documento de escritura semialfabética se ha encontrado en las inscripciones conocidas por protosinaíticas, que están fechadas entre 1700 y 1500 a.C. Otro sistema de escritura parecido data del 1300 a.C., y se ha encontrado en la costa norte de la actual Siria, en Ugarit, pero, en este caso, los caracteres de la escritura eran unas cuñas como las de la escritura cuneiforme de Mesopotamia.
En toda la zona, se escribía de forma parecida y fueron los griegos quienes tomaron su escritura de los fenicios, como consecuencia del creciente proceso de intercambio comercial que se suscitó en las costas del Mar Mediterráneo. Posteriormente, dieron el último paso, pues distinguieron vocales de consonantes y las escribieron por separado; así se llegó a la escritura alfabética, en torno al 800 a.C. [24]
Entre los años 1000 y 900 a.C., los griegos habían adoptado la variante fenicia del alfabeto semítico y a sus 22 consonantes habían añadido dos signos, sin contar los caracteres con que representaron las vocales. Después del año 500 a.C. el griego ya se escribía de izquierda a derecha. Su alfabeto se difundió por todo el Mediterráneo y de él surgieron otras escrituras, como la etrusca, osca, umbra y romana.[25]
Debido a las conquistas del Imperio romano y de la difusión del latín, su alfabeto se convirtió en el básico de todas las lenguas europeas occidentales, institucionalizando, por medio de la administración del estado, la justicia y la religión, la variedad conocida como sermo nobilis (habla de los nobles).[26] Sin embargo, no fue esta variante la de mayor incidencia histórica, sino la reconocida como sermo vulgaris (habla del vulgo), origen de las actuales lenguas conocidas como románicas, entre las que se incluyen español, portugués, catalán, francés, italiano, reto romano, sardo, rumano, dálmata, provenzal y gallego. [27]



