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Carlos Schulmaister :: ¿Muerte, resurrección o regeneración de la humanidad de los hombres? :: Ensayo

Una campana de bronce agrietada recupera su contorno mediante ondas sonoras luminosas, en blanco y negro.

Si es cierto que la descomposición de una sociedad comienza siempre por la cabeza, ¿qué características tendrá en un futuro impreciso pero igualmente preocupante la tensión entre las crecientes fuerzas destructivas situadas en lo alto del sistema y las posibles –contingentes-  antagónicas fuerzas regeneradoras situadas por debajo?

Esta pregunta no fue el disparador ni el problema inicial que intentaba develar en este ejercicio de pensamiento, sino, a la inversa, el comienzo de la conclusión, la expresión de una aparente convicción que me ronda desde hace mucho tiempo. De ahí surgió el título del artículo (que no es una redundancia aunque así aparente) que juzgo necesario anticipar al lector para entender mejor este recorrido.

Quienes ya peinamos canas -muchas o pocas no tiene mayor importancia- nacimos, crecimos y nos formamos en una época en la que el mundo y las naciones todavía eran dirigidos desde arriba con mano firme por unos pocos señores a quienes desde abajo se los veía “grandes”. Ellos gobernaban, explicaban y justificaban sus pensamientos, sus acciones, sus fines y los medios empleados. Estadistas, políticos, generales, economistas, filósofos y artistas geniales eran hombres importantes pues directa o indirectamente movilizaban al resto de los actores de la comedia humana.

Obviamente, me refiero al Occidente de cuyo centro manaban doctrinas, teorías y políticas que o bien se respetaban, o se aceptaban, o se acataban, o se rechazaban, ¡o se combatían!, todo ello a tenor de las correspondientes “distancias” reales entre el centro y las diversas regiones, naciones, sociedades, etnias o religiones del planeta.

En los países sucedía lo mismo: las cúpulas del poder local replicaban los tipos de actores del mundo central, así como sus pensamientos y sus acciones, con modalidades que venían a ser adaptaciones y reflejos de tonos menores. Claro que algunos países eran “especiales” pues estaban en contra de ese mundo. No obstante, como “amigos” o como “enemigos” todos movían sus propios peones teniendo constantemente en cuenta al centro del poder mundial, el cual, de muy variadas maneras, los determinaba, condicionaba, influenciaba, convencía o disuadía sin preguntarles previamente sus opiniones.

Centros de poder y cúpulas dirigenciales eran solidariamente funcionales al sistema que los generaba -el sistema capitalista, por cierto-, creando los intereses y los necesarios gestores a su servicio. Por entonces las más altas funciones dirigenciales estaban concentradas en un número menor de actores que el actualmente existente en esos mismos niveles. Y el sector social, o la función social que representaban poseía un poder real y potencial mucho más grande y eficaz que en la actualidad, ya que los dispositivos y recursos con que contaba para su ejercicio también estaban dotados de gran poder efectivo y potencial, también muy superior al actualmente disponible en los mismos escenarios. Concretamente así los sistemas políticos, jurídicos y administrativos reales y concretos, es decir, vistos tanto desde los intereses, fines y expectativas de los Estados como de los ciudadanos.

Pero aquellas condiciones fueron modificándose cada vez más -y cada vez más rápido- desde el último tercio del siglo XX hasta llegar al presente, a este escenario que hoy se acostumbra llamar la realidad. Hoy, en líneas generales, los sectores dirigenciales han crecido notablemente por varias razones: la más sencilla de ellas es el correlativo crecimiento de los mismos como consecuencia del tremendo y sostenido crecimiento demográfico mundial, lo que conlleva inexorablemente una ampliación de las funciones y servicios de gestión pública y privada en los más altos niveles de decisión de las naciones.  Pero también por el constante asalto de la ciudadela de las élites por los habitantes de los mundos inferiores, es decir, por el tremendo poder erosivo de las luchas políticas y sociales de las clases sociales bajas y medias contra las clases altas ligadas al ejercicio del poder, las cuales se tornaron omnipresentes después de la Segunda Guerra Mundial.

A menudo estas luchas son consideradas como causa y consecuencia de procesos de democratización creciente del poder en todas las latitudes, o por lo menos como prueba de su apertura -voluntaria o forzada- a los cambios necesarios. Pero si bien ello es en  gran medida cierto, a mi juicio es también una verdad a medias pues “democrático” sería el asalto de las clases antagónicas a los bastiones de las élites, siempre y cuando contribuyera a crear escenarios estables de justicia, de igualdad y libertad, así como también de democracia, de eficacia y de eficiencia en las relaciones humanas a escala nacional y mundial, y a la luz de valores humanistas universales.

Precisamente, esto último es lo que no se vio ni se ve en la mayoría de las experiencias históricas de esa naturaleza habidas desde entonces, especialmente en las que han sido consideradas revolucionarias o populares. En consecuencia, no siendo así, se trata sólo de apariencias de democratización, o sea el logro de mayores grados de accesibilidad a los niveles y funciones dirigenciales de las sociedades pero sin los frutos esperados y esperables.

Tal el caso de países claramente populistas como Argentina y la mayoría de América latina, donde la expansión de las cúpulas dirigenciales se lleva a cabo por la base de éstas y no por su cúspide, es decir, como prolongación y crecimiento de los sectores administrativos y burocráticos estatales al servicio de aquellas. Pero a despecho de lo que sería lógico esperar, por lo menos en otras áreas del mundo desarrollado, entre nosotros esa expansión no obedece tanto al consiguiente crecimiento proporcional de la oferta de bienes y servicios al interior de nuestras sociedades cuanto a la constante y creciente necesidad política de reducir o amenguar la conflictividad social mediante la creación de puestos públicos de trabajo no genuinos, habida cuenta de que el progreso prometido y esperado desde comienzos del siglo XX hace mucho tiempo que comenzó a desacelerarse en ciertas partes del sistema capitalista. Cuando estos procedimientos se naturalizan entran a formar parte de las estructuras del sistema populista con una clara finalidad clientelística, es decir, para la reproducción continuada de esas mismas estructuras.

En forma similar puede caracterizarse todo el campo público estatal y sus prolongaciones y efectos sobre el campo privado. Sobre todo, y paradójicamente, habiendo tenido lugar una formidable retirada general del estatismo que había caracterizado a la mayor parte del siglo XX. Me refiero a ese estatismo que “se hacía cargo” de funciones sociales básicas. En cambio el estatismo actual de gran cantidad de naciones, entre las que se incluye nuestro país, aumenta su espacio y sus nóminas de empleados (desempleo disfrazado) pero no se hace cargo, no tiene eficacia y mucho menos eficiencia, y peor aún, terceriza y subsidia la actividad privada distorsionando y pervirtiendo el viejo principio de subsidiariedad del Estado.

Mayor fracaso que éste no es posible. Por si no se entiende: es incompatible la existencia de un mercado capitalista crecientemente integrado a nivel mundial funcionando a  trasmano de la lógica económica, es decir, de la lógica económica honesta y transparentemente formulada y aplicada. Sin embargo, entre nosotros esta contradicción es fogoneada y confirmada constantemente por nuestro aventurerismo populista de cuño “nacional y popular”.

En el mismo sentido podemos comprobar cómo el proceso de los últimos treinta años, de generación de nuevos derechos, e institutos jurídicos y sociales a su servicio, es decir, de su rescate, vigilancia, prevención y castigo de su violación no llega a concretar sus finalidades originarias.

Bienvenidos sean los nuevos derechos y los instrumentos jurídicos a su servicio. Bienvenida también la expansión del Derecho en general y consiguientemente de los sistemas y servicios de justicia y de los necesarios nuevos puestos públicos a su servicio. Sin embargo, pese a la extendida concepción acerca de los procesos de expansión democrática hechos visibles desde los años ´60 y ´70 en el mundo, hemos llegado a este presente en el cual tanto la violación de los nuevos como de los viejos o anteriores derechos, libertades y garantías ha aumentado en lugar de disminuir, así como también ha empeorado la calidad de vida de millones de personas.

¿Por qué así? Si bien las causas son siempre múltiples, como ocurre en todos los fenómenos sociales, todas tienen en común la simultánea presencia de escenarios constantes y crecientes de impugnación, rechazo, desacato, desprestigio y denegación de justicia -procesos anómicos- con tanta o mayor fuerza y velocidad con que lo hace el proceso de expansión de la normatividad jurídica.

Y esto, ¡qué duda cabe!, es una contradicción injustificable. De ahí que sea habitual en nuestra vida cotidiana evocar con nostalgia aquellos tiempos en los cuales los plexos normativos no tenían la complejidad y extensión que en general tienen hoy, pero en buena medida el Derecho y los sistemas de justicia eran  más eficaces y más respetados que hoy, aun teniendo en claro que no eran perfectos sino que tenían muchas prácticas deleznables.

Volviendo a la comparación entre la función social dirigencial de antes y la actual se observa un crecimiento adicional de mediadores, intermediarios y lobbystas, voceros, comunicadores y divulgadores -de rangos inferiores a los miembros de las élites- que meten baza en todos los asuntos y reclaman tanto la atención del público como la satisfacción económica, moral y profesional de sus pretendidos merecimientos.

De hecho, los mensajes conteniendo supuestas certezas y confirmaciones de los fines y designios de  los sectores del poder han crecido a niveles increíbles. Sobreabundan relatos tanto como relatores; sin embargo, esos mensajes provocan saturación a los diversos públicos aún antes de su recepción y ni por asomo tienen la contundencia ni el impacto de los mensajes copulares de antaño.

Tal vez ello  se deba a la extendida expansión del adocenamiento, la vulgaridad y la mediocridad en general de las manifestaciones mediáticas de esa farándula parapolítica que depende de las actuales cúpulas del poder, y cuya incidencia en la producción de la realidad es notoriamente creciente. Aunque también puede deberse a la invisibilización creciente de los verdaderos dueños del poder por causa de este fenómeno que, a primera vista, para muchos representa un crecimiento de la participación y las libertades de expresión.

Lo cierto es que los públicos actuales acceden a las emisiones de esos voceros procurando obtener de ellos respuestas rápidas, sencillas y breves, antes que largos y morosos trayectos discursivos o  complicados ejercicios  analíticos que por experiencia social se sabe que sirven para “bicicletear”, o sea, para diferir no sólo diagnósticos inoportunos, o inconvenientes, o impensables para los ocasionales detentadores del poder (o de la parte de éste que formalmente les corresponde representar), sino fundamentalmente para clausurar sus esperables tomas de decisiones y la consiguiente elaboración de planes de acción transformadora en los más diversos ámbitos sociales.

Para decirlo de otra manera, existe saturación discursiva en los circuitos públicos y privados de las comunicaciones y en la realidad misma, junto con un creciente adocenamiento de las percepciones y una cosificación extremada del pensamiento. De lo cual resulta una proliferación de mensajes que no llegan a ser apropiados y reflexionados en profundidad, y que simplemente permanecen breve y superficialmente en las conciencias hasta ser desplazados de allí por otros nuevos que correrán la misma suerte.

Como prueba el hecho de que nunca como ahora existió tanta producción, circulación y consumo de mensajes en los más variados formatos y soportes, y sin embargo, nunca como ahora se leyó menos en proporción al crecimiento de la oferta. Y digo “leyó” en el sentido de decodificación  de contenidos simbólicos en todo tipo de vehículos y soportes, y no sólo de la escritura.  De allí  que se haya caracterizado al tiempo presente como exponente de una mayor conexión entre individuos y al mismo tiempo de creciente incomunicación y soledad.

O sea, de creciente insularidad de la conciencia individual. Por cierto, en otros tiempos esa insularidad también estaba presente, pero se hallaba enmascarada tras los mitos de la unidad del pueblo, de la nación, de la religión, de la riqueza de la cultura nacional y del peso en los imaginarios sociales de los mitos cohesivos de origen y de destino, es decir, de las utopías. Con lo cual podemos graficar aquel estado con un gran y poderoso Sol a cuyo alrededor giraba todo cuerpo existente en el espacio social, incluidos, como ya dijimos, “aquellos que se hallaban muy lejanos”.

Hoy, en cambio, no existe ningún monopolio en la función histórico cultural de alumbrar el desarrollo de la civilización, y ello ni siquiera se halla en estado de discusión. Por el contrario, ahora brillan  nuevos “soles” de menores magnitudes, pero a diferencia del viejo y cansado Sol, los nuevos no generan en sus fans expectativas de larga vida por delante en la tarea de alumbrar y calentar.

Es como si el Dios único se hubiera quebrado en múltiples dioses menores que no cuentan con poder supremo para imponerse sobre los demás, y eso ni siquiera en magnitudes proporcionalmente menores. Perfecto correlato de la etapa del relativismo ético que sucedió a la anterior de rígido absolutismo ético.

¿Acaso se trata de un retorno al paganismo? Innumerables hechos, situaciones e interpretaciones así parecen confirmarlo. Parecen…

Ocurre que el paganismo estuvo siempre presente y no sólo al comienzo de la aventura humana, en el siglo XX y en la actualidad. Por tanto, sólo la existencia del monopolio de la divinidad encarnado en el judeocristianismo permite ponderar la diferencia fundamental con este paganismo actual cuya emblemática representación ejerce la corriente de la New Age, ya que entre ambos existe una diferencia de poder muy grande que pesa de distintas maneras en la conciencia de los seres humanos.

Si el monoteísmo engendraba tanto autosumisiones  como rechazos militantes -y aquí las proporciones no importan- ello se debía en gran medida al miedo que generaba su mitología. Por eso mismo, entre uno y otro extremo de dichas posiciones siempre quedaba lugar para las dudas. El mercantilizado paganismo actual, en cambio, brinda sensación de democracia, de horizontalidad, de consenso y participación, ¡y hasta de tranquilidad! ¡Qué belleza posee la mera idea de una asamblea de dioses ante cuyos dictados soberanos se sometieran todos! Eso no inspira miedo, no genera culpa ni deja mancha en las almas.

¿Podría decirse, en consecuencia,  que la crisis es ética, que es crisis de valores, como es habitual escuchar en todas las épocas,  por lo menos desde que aparecen registros escritos. Siempre es tentadora la respuesta afirmativa, pero hoy ya no constituye ni implica necesariamente un ejercicio de reflexión crítica.

Recuerdo haber enfatizado la tesis opuesta, a comienzos de los ´80, afirmando que los que estaban en crisis no eran los valores sino los valorantes, como si esa pretendida escisión entre los actores y su  comportamiento fuera posible. La idea no me pertenecía: la había leído y resultaba seductora. Sobre todo si uno creía por entonces que los valores valían en si, de modo que parecía una osadía y un despropósito  sostener implícitamente ¡que el Bien estaba en crisis!

Pero hoy no somos los mismos sujetos de antaño, ni los objetos puestos a nuestra consideración son los mismos, aun cuando conserven sus mismas denominaciones. En consecuencia, la crisis es -como siempre lo ha sido- global, total, y no crisis de una parte de lo social.

De todos modos, afinando la idea, insisto en poner en foco no la crisis de los valores, sino la del  valor de los valores,  es decir, la fe socialmente disponible en el poder efectivo de los valores para la tramitación de la vida real, quiero decir su efectivo poder germinal real y no su mera consagración y permanencia formal entre los demás componentes de la cultura.

De lo que se trata, a mi juicio, es de las magnitudes y potencias de la fe y la esperanza -como potencias laicas- que los valores inspiran  hoy a las mayorías sociales. Fe en su poder para trastocar y cambiar la realidad, o mejor aun para regenerarla totalmente, incluyendo a los valorantes dentro de ese eventual proceso, y esperanza para soportar una espera que se intuye extremadamente dilatada. Particularmente creo que ambas se hallan socialmente escuálidas y desvaídas en todas partes. De modo que si la humanidad continúa su marcha histórica en gran medida se debe a una suerte de movimiento inercial, más que a una considerable fuerza propia en estado activo.

Mientras que para los humanos de medio siglo atrás, hijos del positivismo pedagógico, su pasado parecía objetivable, por tanto observable y analizable desde afuera, nuestro presente nos revela que el pasado está en nosotros, por tanto somos pasado y presente, y también futuro en proyección… Ciertamente, nada que no se conociera desde mucho tiempo atrás, pero, he aquí el quid de la cuestión: el presente nos depara un nuevo corolario para la comprensión del tiempo, o bien un corolario que la humanidad había olvidado, y es que  si ello es así, si así es la encarnación personal del tiempo en los humanos no somos nada nunca… sobre todo dada la finitud humana. Sin embargo, creemos habitualmente que somos  todo siempre…

Por lo tanto, la fe, la adhesión, la lealtad, la creencia -cualesquiera sean los objetos  a los que ellas se apliquen- tienden a ser crecientemente inviables, o mejor dicho, meramente formales, declarativas, formulatorias, nunca sentidas ni vivenciadas en profundidad. ¿Será por causa de la cada vez mayor fugacidad del presente, y consiguientemente  del efímero valor de las eventuales certezas que proporcionan los efímeros y desvaídos actos de conciencia en este mundo de imágenes y apariencias?

Si es así, entonces la crisis de la que estamos hablando tampoco está donde parece estar sino que está en el tiempo, y nada podemos hacer al respecto. He aquí, pues, cómo descubrimos que este otro misterio no nos es ajeno, sino que está en nosotros mucho más, tal vez, que lo que nosotros estamos en él.

A esta altura sólo me cabe preguntar ¿qué es entonces la vida?, ¿es posible vivir la vida desde el lugar históricamente asignado a lo humano?, ¿o, más bien, la vida está fuera de nosotros y cada vez lo estará más?

No es pues, una nueva humanización de los seres humanos la prospectiva que vislumbro, sino, por el contrario, su inexorable deshumanización. Pero, como dije antes, ni creo ni tengo fe de que así ha de resultar.

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Sources / References

Texto de Carlos Schulmaister, publicado por Cañasanta el 8 de julio de 2011, según la página original. Recuperado de la copia conservada en Internet Archive. Se conserva íntegramente el texto de la fuente y se limpia su formato, sin completar ni reconstruir pasajes.

El título se toma del encabezado del texto, que no contiene el paréntesis suelto del índice. Se conserva el ensayo completo. Las referencias a la actualidad corresponden al contexto de 2011.

Carlos Schulmaister

Autor de «¿Muerte, resurrección o regeneración de la humanidad de los hombres?», publicado por Cañasanta el 8 de julio de 2011. La firma y el encabezado de la copia archivada coinciden en su autoría. La página no incluye una semblanza biográfica adicional.

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