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Dopico: un lugar donde la voz y la poesía se encuentran

CS Frank Abel Dopico

 

Publicada originalmente en la antigua Cañasanta y conservada en una copia de archivo del 13 de octubre de 2007, esta reseña vuelve hoy a nuestras páginas en homenaje a Frank Abel Dopico, poeta, amigo y colaborador asiduo de la revista. Recupero estas palabras para celebrar su obra y recordar la voz singular de quien nos acompañó con su imaginación, su humor y su poesía. El texto ha sido revisado para esta republicación y conserva la mirada de aquellos años, cuando Frank vivía en España. Las referencias a su vida y a sus proyectos corresponden a ese momento.

 

Dopico: un lugar donde la voz y la poesía se encuentran

 

«He salido a la terraza a fumar un cigarrillo y, como un espía sin pretensiones sicóticas, he intentado capturar la imagen de ese precursor, de ese “adelantado”, y no la encuentro. Si no estoy en la silla donde me siento a maldecir o a invertir espejos comunicantes, no soy, no sigo, no me desencuentro ni siquiera en el hombre que, a pesar de sus orillas cósmicas, intenta escribir poesía.

Ahora se habla de la poesía del nuevo milenio, se hacen juegos semánticos que estiran la hipocresía del lenguaje para clasificar a poetas y a movimientos. Un ornitólogo lo haría mejor que un lingüista. (Y hablo más del canto, de los nidos, de los cortejos, de las migraciones que de los mismos pájaros). Me gustaría que, si hubiera encontrado a alguien en mi silla mientras fumaba un cigarrillo en la terraza, ese alguien se llamara Tespis. Nunca he intentado ser precursor de nada —y tú lo sabes—. Las cosas han venido así: tal vez yo le he puesto letras a cosas que pensamos entre muchos y muchas noches de complicidades y vértigos son las verdaderas tutoras de las cosas que nos han acontecido. Tampoco tengo muy claro eso de la poesía moderna porque Aristófanes sigue siendo moderno.

En cualquier caso y en cualquier culpa, quienes han compartido la exuberancia imaginativa y el candor de sus primitivos fuegos saben —sabemos— que formamos parte de un puzzle que el tiempo se ocupa de terminar y donde todos tenemos un sitio. A mí me gusta el sitio del Rabelais diciendo, antes de morir: “Bajad el telón. La farsa ha terminado”».

—Frank Abel Dopico

 

Encontrar una voz innovadora es una odisea que el propio hombre se impone. El poeta recorre el fenómeno que lo habita, las circunstancias del momento por las que, después, surca sus ríos. Entonces la voz llega y encuentra al individuo, que se esconde en un inevitable Parnaso cubierto de hojas con versos. Esa llegada se nos presenta como un ser solo, rodeado de un universo único: el poeta.

La tradición atribuye a Tespis, en el siglo VI a. C., el gesto de separarse del coro y asumir la voz de un personaje. Aquel legendario intérprete quedó asociado al nacimiento del actor y a una transformación decisiva del teatro griego. Me interesa ese gesto: salir del conjunto para decir de otra manera, encontrar una voz sin dejar de pertenecer a la multitud.

A mediados de los ochenta del pasado siglo XX, un jovenzuelo de mirada pícara y brillante rascaba, con una sonrisa, los muros y las paredes de Santa Clara, con poesías en los bolsillos. Tal vez soñaba de un modo diferente lo mismo que soñamos todos; soñaba solo para todo un firmamento. Dopico ensanchaba el coloquio conversacionalista, sin proponerse fundar escuela, para hablar de las complicidades y de nuestras mismas verdades. Su verso conserva aquella vitalidad.

Por eso me acerco, de una manera agitadamente personal, a una de las voces que considero más singulares de la poesía cubana de su generación: Frank Abel Dopico. Su obra cobró fuerza en la década de los ochenta y abrió posibilidades expresivas dentro de una tradición que parecía pedir otros caminos. Para mí, está entre los autores más importantes de aquellos años. No porque haya borrado lo anterior, sino por la intensidad con que encontró su manera de decir.

En su poesía conviven la tradición y la irreverencia coloquial: un nuevo impulso para hablar de las mismas cosas que, frente a nosotros, aún no descifrábamos. Dopico personifica otra de las variadas travesías por las que se puede leer y decir un verso. Su imaginación introduce nuevas y raras aves; de ahí que algunos lo hayan llamado surrealista, juglar de la fantasía poética. Él, como muestran sus propias palabras, desconfiaba de esas etiquetas.

Los años ochenta fueron un período de transformaciones culturales y de discusión sobre las formas de representar el mundo. En Cuba, la aparición de nuevas voces poéticas contribuyó a renovar el medio intelectual y a ampliar sus posibilidades de expresión. Se revisaron herencias, se discutieron certezas y se ensayaron otras relaciones entre la experiencia individual, la historia y el lenguaje.

La presencia de numerosas poetas fue parte fundamental de ese proceso. Sus obras abrieron perspectivas propias sobre el cuerpo, la intimidad, la vida cotidiana y la realidad social. La renovación no puede reducirse a una sola tendencia ni a una nómina cerrada: fue un espacio de búsquedas y desacuerdos, de afinidades y diferencias.

La repercusión de aquella década se extendió a los noventa y al comienzo del nuevo milenio. La poesía continuó explorando algunas de sus raíces, mientras se adentraba en otras formas de la imagen, la fragmentación y la mirada crítica. Dopico siguió ocupando un lugar destacado en ese recorrido. Una de las distinciones que recibió fue el V Premio Internacional de Poesía Ciudad de Santa Cruz de La Palma, concedido en 2005 a El país de los caballos ciegos.

Entre las lecturas que atravesaron a muchos de aquellos poetas estaban Vallejo y Lezama. Cada cual, sin embargo, convirtió sus influencias en una experiencia distinta. En Dopico, la teatralidad y el humor adquieren una presencia particular: la jocosidad de lo sutil, el cambio de máscara, la imagen que parece desviarse y termina tocando una verdad.

Al leer El país de los caballos ciegos, me encuentro con un poeta que ha madurado y cuya existencia se ha transformado. En los años en que escribí esta reseña, tenía una familia que lo resguardaba, un nuevo país y otro aire social desde el cual profundizar en su mundo interior. Su poesía también dejaba ver ese desplazamiento.

El libro da un giro respecto de aquel Dopico que algunos llamaban «verdaderamente surrealista». Lo siento más próximo a la experiencia inmediata, sin que desaparezca la imaginación que lo distingue. Mark Twain se aparta, toma un descanso; sus personajes y el Mississippi dejan de ocupar del mismo modo aquella Santa Clara pintoresca que la poesía había reinventado. Asoman otras huellas, otras tensiones de la experiencia, pero persiste el verso teatral de siempre.

El sello de este poeta está en su eterno cantar, en su manera de atravesar temas diferentes sin divorciarse de aquello que quiere decir. La imagen no es un adorno: participa de su forma de mirar y de sostener el mundo.

La importancia de los ochenta también se percibe en la apertura del verso a la crónica social, a las descargas del ser y a las intenciones del alma. Los antecedentes son diversos y las rupturas nunca nacen de la nada. En ese paisaje, me importa que Dopico surgiera del interior de la isla: un provinciano con nuevos bríos, una voz propia que obligaba a escuchar desde otro lugar.

Al recorrer aquel período y sus alrededores, no se puede dejar de mencionar a Heriberto Hernández, de una poesía más próxima, a mi juicio, al universo lezamiano; a Damaris Calderón, Reina María Rodríguez, Sigfredo Ariel, Jorge Luis Mederos, Jorge Ángel Hernández, Arístides Vega Chapú y María Elena Cruz Varela. No todos pertenecen a una misma promoción ni escriben desde los mismos presupuestos. Los reúno aquí por la riqueza del paisaje poético en el que esas voces dialogan.

En María Elena Cruz Varela encuentro una lírica de especial transparencia, una manera de cantar al contexto y a las vivencias sin renunciar a la intensidad. El erotismo y cierto humor negro participan de una mirada que se enfrenta de forma directa al modo de vida.

Desde finales de los ochenta, y con proyección en los noventa, Norge Espinosa expuso otra realidad, oculta y repleta de tabúes. Su «Vestido de novia» se presentó ante una sociedad de preceptos y abrió un espacio de confrontación desde el poema. También otras voces del interior del país levantaron la mano bien alto: René Coira, Juan Carlos Recio, Julio Mitjans, Noël Castillo y muchos más. Con antecedentes y experiencias diferentes, trajeron una poesía que, aunque no siempre rompía estandartes, tampoco regalaba el mensaje.

Con la entrada del nuevo milenio todavía se percibían tendencias de los ochenta. El verso se abría a otras libertades y volvía a encontrarse con la crónica social y las descargas existenciales. Había una buena poesía en ese recorrido, aunque yo seguía preguntándome cuánto había de exploración y cuánto de regreso a territorios conocidos. Esa pregunta también acompañaba mi lectura de Dopico y mi resistencia a encerrarlo en una clasificación.

Entre sus libros figuraban El correo de la noche, reconocido con el Premio David en 1988; Algunas elegías por Huck Finn; Expediente del asesino y Las islas del aire. A ellos se sumaban el premiado El país de los caballos ciegos y Contrarcadia, entonces inédito. Por aquellos días hablaba también de una primera novela cuyo título aún no había revelado.

En Cuba había trabajado como instructor de teatro y, durante su residencia en España, mantenía ese vínculo con la escena. Bajo la sombra de las cordilleras —donde, por años, imaginé que versaba— seguía persiguiendo las voces que estaban con él. Persistía en vivir dentro de su ensueño. Continuaba escribiendo porque, sin esa fuerza, dejarlo habría sido caer en el extravío.

Así lo veía entonces: lejano, dedicado a llenar lagunas presocráticas y charcos literarios. Con un hijo que le sostenía los huesos en un pueblo de montaña. Con una esposa que se ponía ropas felices y con quien, de vez en cuando, se besaba y se tragaba. Allí estaba Dopico, aún inconcluso, desigual como siempre, flaco, viendo cómo Asmodeo y Gabriel bebían, en las orillas, el agua salada de lo efímero. Mientras tanto, sus amigos lo recordaban, preguntaban por él.

Hoy recupero esa imagen y vuelvo a sus palabras:

«En todo caso mi poesía tuvo los pelos absorbentes que le correspondieron desde la radicalidad de un movimiento que siguió el movimiento de otros. Ese movimiento, llámese como quiera llamarse, seguía la tradición de muchas rupturas y fracturas. No creo haber sido el surrealista de mi generación —otra palabrita que se las trae— ni habitar en los monasterios del coloquialismo irreverente. El material etéreo con el cual he intentado construir más poesías que poéticas es tan diverso y contesta a tanta vocación de estruendo como pregunta a los silencios que he intercalado entre mis versos como rupturas alevosas del sistema lógico. Una vez escuchado el nudo de la angustia, el frenesí de las orgías metafóricas, la inapelable conciencia de formar parte de una tribu, pongo los dedos en las llagas de mis teclas, dejo que el trío de mi mano derecha haga lo que tenga que hacer y, si puedo, después veo pasar a una mujer hermosa por la acera de enfrente o por mis huesos de arriba. Aún más: no creo que nadie me dicte lo que escribo. Ya sabes que las musas son traviesas, que la inspiración nos curva la espalda y que vivir es la mejor manera de pensar».

—Frank Abel Dopico

 

Frank Abel Dopico :: Poesía

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Sources / References
Gelico

Gëlico is a Cuban-Canadian writer, painter, illustrator, actor, director, and graphic designer. A graduate of the National School of Art in Cuba with a degree in Acting and Directing, he also studied graphic design and computer science in Toronto, where he earned academic honors. His creative work spans painting, illustration, literature, film, and digital media.

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