La cuenta regresiva para el final de la Estación Espacial Internacional ya no pertenece al futuro lejano. NASA acaba de abrir formalmente la competencia que decidirá dónde trabajarán sus astronautas cuando la ISS abandone definitivamente la órbita terrestre.
La agencia estadounidense publicó su solicitud final de propuestas para contratar la próxima generación de estaciones espaciales comerciales y estableció el 8 de diciembre de 2026 como fecha límite para que las compañías interesadas presenten sus proyectos.
El dato que más llama la atención es el tamaño económico de la operación: el programa contempla un valor máximo de aproximadamente 34.063 millones de dólares.
Pero hay una diferencia importante. Esa cifra no representa el precio de una sola estación espacial.
Se trata del techo máximo de un enorme contrato gubernamental que podría extenderse durante aproximadamente quince años y abarcar desde el desarrollo y certificación de las futuras estaciones hasta el transporte de astronautas, carga y la contratación de servicios orbitales.
En otras palabras, NASA no quiere construir y poseer otra ISS.
Quiere convertirse en cliente de estaciones privadas.
El final de una era
La Estación Espacial Internacional lleva más de un cuarto de siglo representando la presencia humana permanente en la órbita baja terrestre.
Estados Unidos, Rusia, Europa, Japón y Canadá han utilizado el laboratorio orbital para realizar miles de experimentos en microgravedad, probar nuevas tecnologías, estudiar el comportamiento del cuerpo humano fuera de la Tierra y preparar futuras misiones de exploración.
Pero la ISS se aproxima al final de su vida operativa.
NASA mantiene actualmente el objetivo de retirar la estación alrededor de 2030, y la gran preocupación es evitar que Estados Unidos pierda durante años la capacidad de mantener astronautas trabajando permanentemente en órbita baja.
De ahí surge la nueva estrategia.
En lugar de financiar una gigantesca estación gubernamental sucesora, NASA pretende que empresas privadas construyan y operen las instalaciones.
La agencia simplemente comprará el tiempo, el espacio, el transporte y los servicios que necesite.
Un contrato gigantesco, pero no un cheque de 34.100 millones
El modelo seleccionado es conocido en la contratación federal estadounidense como IDIQ, siglas de Indefinite Delivery, Indefinite Quantity.
Permite seleccionar varios contratistas sin obligar al gobierno a gastar desde el principio todo el valor máximo autorizado.
El contrato establece un máximo cercano a los 34.063 millones de dólares, pero eso no significa que NASA vaya a desembolsar necesariamente esa cantidad.
La cifra funciona esencialmente como un límite contractual.
Según los documentos presentados durante la conferencia previa a las propuestas, el programa tendría además una garantía mínima global de unos 100 millones de dólares.
NASA pretende seleccionar inicialmente dos o más compañías.
Esas empresas continuarán desarrollando sus estaciones hasta alcanzar niveles más avanzados de diseño, pruebas y certificación.
Posteriormente llegará otra competencia.
Uno o varios de los proyectos supervivientes podrán recibir órdenes específicas para completar el diseño, realizar pruebas, obtener la certificación de seguridad de NASA y finalmente proporcionar servicios a astronautas estadounidenses.
NASA deja de ser propietaria y pasa a ser cliente
El cambio puede parecer administrativo, pero representa una transformación radical de la presencia estadounidense en el espacio.
La ISS es esencialmente una infraestructura gubernamental internacional.
Las estaciones que vengan después serán, en cambio, instalaciones comerciales, propiedad de empresas privadas y operadas por ellas.
NASA será uno de sus clientes.
Es el mismo principio que transformó durante la última década el transporte espacial estadounidense.
Durante años, NASA desarrollaba directamente gran parte de sus vehículos.
Hoy compra vuelos a empresas como SpaceX para llevar astronautas y carga hacia la Estación Espacial Internacional.
Ahora pretende trasladar esa lógica al propio destino orbital.
La estación también será un servicio.
¿Quién podría competir?
El mercado estadounidense de estaciones privadas ha crecido considerablemente durante los últimos años.
NASA ya ha trabajado con proyectos impulsados por compañías como Axiom Space, Blue Origin, Voyager Technologies/Starlab y Vast, además de otros participantes del ecosistema comercial estadounidense.
No todos los conceptos terminarán necesariamente convertidos en estaciones operativas.
Precisamente por eso NASA quiere mantener varios competidores durante las primeras etapas.
El objetivo es evitar depender de una única empresa antes de comprobar qué proyecto consigue superar las pruebas técnicas, financieras y de seguridad necesarias para alojar seres humanos durante largos periodos.
Construir una estación orbital no consiste simplemente en colocar módulos en el espacio.
Debe disponer de sistemas de soporte vital, generación eléctrica, control térmico, comunicaciones, protección frente a radiación y micrometeoritos, capacidad de atraque, evacuación de emergencia y una arquitectura suficientemente fiable para mantener astronautas vivos a cientos de kilómetros sobre la Tierra.
Y además tiene que ser económicamente sostenible.
El verdadero desafío: crear una economía orbital
Aquí se encuentra probablemente la parte más arriesgada del plan.
NASA no quiere ser el único cliente.
Una estación comercial necesitará vender servicios también a universidades, gobiernos extranjeros, compañías farmacéuticas, fabricantes, investigadores, turistas espaciales y otras organizaciones capaces de aprovechar la microgravedad.
Si NASA termina siendo prácticamente el único comprador, el modelo comercial perdería buena parte de su sentido.
La agencia apuesta precisamente por lo contrario: que durante la década de 2030 aparezca una verdadera economía en órbita baja.
Los laboratorios espaciales podrían utilizarse para investigación médica, fabricación de materiales, producción tecnológica, observación terrestre, formación de astronautas y experimentos imposibles de realizar bajo la gravedad terrestre.
Dos años que pueden resultar decisivos
NASA ha manifestado anteriormente su deseo de disponer de al menos una nueva estación comercial antes de la retirada definitiva de la ISS.
La razón es sencilla.
Una estación operativa hacia 2028 permitiría aproximadamente dos años de coexistencia con la Estación Espacial Internacional antes de su retirada prevista alrededor de 2030.
Ese margen serviría para transferir experimentos, procedimientos, personal y experiencia operacional sin interrumpir la presencia estadounidense permanente en órbita.
El calendario, sin embargo, es extremadamente ajustado.
Diseñar, fabricar, lanzar, ensamblar y certificar una estación espacial tripulada en apenas unos años constituye uno de los proyectos industriales más difíciles que puede asumir una empresa.
Diciembre decidirá quién entra en la carrera
Las compañías tienen hasta el 8 de diciembre de 2026 para entregar sus propuestas.
NASA prevé anunciar las primeras adjudicaciones durante la primavera de 2027.
A partir de entonces comenzará una competencia tecnológica cuyo resultado podría determinar la arquitectura de la presencia humana estadounidense en órbita durante buena parte de la década de 2030.
La cifra de 34.100 millones atrae inevitablemente los titulares.
Pero la noticia verdaderamente importante es otra.
Por primera vez desde que comenzó la era de la Estación Espacial Internacional, Estados Unidos está preparando seriamente un mundo en el que NASA tendrá astronautas en órbita, realizará experimentos y preparará misiones hacia la Luna y Marte… sin ser propietaria de la estación en la que viven.
La sucesora de la ISS podría no llevar el logotipo de NASA en la puerta.
NASA simplemente pagará por entrar.




