Bien o mal definida, amada por muchos y detestada por otros tantos, la literatura de ciencia ficción sigue su camino más allá de sus entusiastas y detractores. Una primera aproximación a la idea de ciencia ficción revela su vínculo natural con elementos extraliterarios, específicamente con el cine.
Género de ficción en el que el escenario se transforma más allá de lo posible en la realidad por fuerza o inventiva de la ciencia, alterando las coordenadas a las que estamos acostumbrados, pero de una manera creíble y basada en una especulación de orden racional, la ciencia ficción ha trascendido literalmente su «atadura» al papel y a la imaginación para dar el gran salto a la pantalla y a los medios audiovisuales.
Es común comparar los actuales avances científicos y tecnológicos con aquello que alguna vez imaginamos como propio del «futuro». Son numerosos los elementos popularizados en series de televisión de décadas pasadas que hoy forman parte de la vida cotidiana: una videollamada, un teléfono celular, un televisor en miniatura… En fin, más de un aparato que, hasta hace relativamente poco tiempo, podría haberse considerado propio de «otro tiempo» o incluso de «otra galaxia».
LA LÓGICA DE LA CIENCIA FICCIÓN
Puede decirse, de alguna manera, que la ciencia ficción se encuentra gobernada por su propia lógica, al menos en el aspecto formal del devenir narrativo, mediante explicaciones propias de aquella «pseudociencia» que gobierna su universo imaginario. A primera vista, esto puede parecer obvio e incluso un poco falaz; sin embargo, el orden establecido en dichos relatos guarda, en general, una coherencia interna que los hace creíbles, fenómeno que también ocurre en toda literatura fantástica, cualquiera sea su subgénero.
Hablar de ciencia ficción implica hablar del «futuro», de la imaginación, de las fronteras de la ciencia y de otros tantos elementos empleados en el intento de definir el concepto mismo. Para facilitar su estudio, suelen agruparse las obras que comparten determinadas características dentro de un género. Se ha intentado en numerosas ocasiones definir tanto la ciencia ficción como el propio concepto de género.
«El término ciencia-ficción, traducción del Science-fiction bajo el que circula este género en el mundo anglosajón, no comenzó a usarse hasta el año 1927. Y no conviene aplicarlo a la narrativa de H.G. Wells por cuanto Wells no escribió ciencia-ficción, sino novela científica» (Millás, 1982, p. 1).
A pesar de lo enunciado por Millás, resulta muy difícil precisar el límite o la diferencia entre la ciencia ficción y la novela científica de Wells. Muchos autores no estarán de acuerdo con su afirmación y sostendrán que la obra de Wells es, en realidad, ciencia ficción, o al menos un claro antecedente del género.
El problema reside especialmente en la clasificación de las obras por géneros, cuyos límites son, en realidad, muy difusos. Una misma obra puede clasificarse dentro de varios géneros. Esto sobrepasa las fronteras de la literatura y ocurre también en las demás manifestaciones artísticas. Por ejemplo, el filme Alien, el octavo pasajero (Estados Unidos, 1979) puede catalogarse tanto como una obra de ciencia ficción como una película de terror.
Millás continúa definiendo la ciencia ficción:
«Con este término designaremos a aquella clase de narrativa en cuya trama argumental, y como elemento esencial de la misma, aparezcan descubrimientos científicos, imaginarios o reales, en torno a los cuales gire la acción de la novela» (Millás, 1982, p. 1).
Claramente, lo postulado por el autor no constituye una definición total y acabada de la ciencia ficción tal como se la entiende en la actualidad. Sin embargo, el propio nombre del género —ciencia— y el análisis realizado por Millás permiten conceptualizarlo de manera general.
El propio autor argumenta:
«La literatura de ciencia-ficción de que hoy disponemos, y considerando sólo la escrita en inglés, constituye por su cantidad, por su diversidad temática y por su desigual calidad literaria un laberinto de proporciones y dificultades gigantescas. Para salir de él, lo que significaría tanto como alcanzar su origen, no disponemos de un solo hilo, sino de multitud de señales y de pistas constituidas por diversos materiales (de orden sociológico, literario, religioso y científico) entre las que tendremos que elegir en función de los fines que se propone esta introducción» (Millás, 1982, p. 1).
Y continúa:
«La aclaración anterior tiene sentido, porque el terreno en el que nos vamos a mover es especialmente apto para toda clase de especulaciones, incluidas aquellas que colocan el origen de la literatura de ciencia-ficción en épocas remotas, confundiendo este fenómeno literario y social relativamente moderno con hechos sin explicar que pueden constituir en la actualidad una fuente temática del género, pero que no son el género en sí» (Millás, 1982, p. 1).
Es clara la diferenciación entre las fuentes temáticas —o antecedentes— y aquello que constituye el género per se en la actualidad, con todas sus variantes y subgéneros. Si a lo anterior se agrega lo elaborado en otras partes del mundo, el resultado es astronómico. La cantidad de obras literarias de ciencia ficción excede con creces el tiempo de lectura del que podría disponer un lector corriente. La enorme variedad temática y la extensión del género convierten el trabajo del investigador y del estudioso en un campo verdaderamente difícil de delimitar y analizar.
¿CIENCIA O FICCIÓN?
Una de las respuestas más difíciles de encontrar —si es que puede encontrarse— dentro de la definición de los géneros literarios es precisamente la relativa a la ciencia ficción. En un artículo que ya tenía una década al momento de ser citado, Xavier Ternisien señalaba que existen centenares de respuestas discutidas por los especialistas, y que uno de los principales puntos de debate consiste en determinar a cuál de los dos componentes del término debe concederse mayor importancia: a la ciencia o a la ficción (González Vargas, 1999, p. 1).
Así, la discusión se centra en la propia esencia del género, que también ha sido definido como literatura de anticipación:
«La ciencia ficción (conocida originariamente como literatura de anticipación) es la denominación popular con que se conoce a uno de los géneros derivados de la literatura de ficción (junto con la literatura fantástica y la narrativa de terror). Nacida como subgénero literario distinguido en la década de 1920 (aunque hay obras reconocibles muy anteriores) y exportada posteriormente a otros medios, como el cinematográfico, historietístico y televisivo, gozó de un gran auge en la segunda mitad del siglo XX debido al interés popular acerca del futuro que despertó el espectacular avance tanto científico como tecnológico alcanzado durante esos años» (Wikipedia, s. f., p. 1).
Un punto de convergencia es que el género se consolidó a partir de la década de 1920. La ciencia ficción pronto superó el formato estrictamente literario para incursionar con enorme éxito en el cómic y, por supuesto, en el cine.
EL FUTURO QUE BEBE DEL PASADO
A pesar de ser un género que en el imaginario popular siempre mira y avanza hacia el futuro, lo cierto es que bebe del pasado mucho más de lo que podría parecer a primera vista.
Millás se refiere al interés despertado por determinados descubrimientos iconográficos de culturas antiguas y por las interpretaciones que han querido ver en ellos indicios de civilizaciones tecnológicamente avanzadas. Más allá de la validez histórica de tales hipótesis, estas especulaciones alimentaron uno de los grandes temas recurrentes de la ciencia ficción: la posibilidad de que el desarrollo tecnológico termine conduciendo a la autodestrucción.
La idea de remontarse a un pasado situado dentro del futuro —aunque parezca una contradicción— remite a series míticas como He-Man and the Masters of the Universe (Estados Unidos, 1983). La combinación de elementos medievales con mundos futuristas constituye un recurso frecuente dentro de determinadas vertientes de la ciencia ficción.
De una manera u otra, la ciencia ficción acerca al lector a los mitos primigenios y a aquello de mágico que guardan las leyendas, pero lo hace desde una perspectiva pseudocientífica.
La historia de la ciencia ficción literaria parece reciente, pero sus antecedentes como manifestación de la fantasía —reflejados en la mitología, los conjuros de hechicería, las fórmulas fallidas de la alquimia o los libros sagrados de antiguas religiones— se remontan a los orígenes mismos de la escritura.
En Hispanoamérica, mucho de lo realizado puede parecer nuevo y producir la impresión de que todo está todavía por hacerse. Sin embargo, un recorrido por el pasado demuestra que algunos pioneros del continente se adelantaron, en determinados aspectos, a quienes posteriormente serían reconocidos como padres universales del género (Moya, 2000, p. 2).
Pero, en el fondo, tampoco sería descabellado afirmar que en el presente —el texto original fue escrito en 2010— vivimos en un entorno parcialmente cienciaficcional. Internet, la clonación, la robótica y los avances científicos conviven con algunas de las peores lacras de la sociedad humana: el crimen, la pobreza extrema y otros problemas que la ciencia no ha querido, o simplemente no ha podido, solucionar.
LA CIENCIA FICCIÓN DEJA DE SER UN GÉNERO MARGINAL
Hablar de ciencia ficción como género marginal resulta ya caduco.
Millás recordaba que la ciencia ficción había tenido que convivir con una percepción pública que la mezclaba con la literatura de aventuras, la fantasía, el terror, la parapsicología, los ovnis y otras manifestaciones culturales. Conviene recordar, sin embargo, que su artículo fue escrito en 1982.
En la actualidad, no solo se trata de un género plenamente aceptado, sino de uno de enorme alcance popular, especialmente cuando se consideran también sus manifestaciones en el cómic, el cine y la televisión. Sin embargo, durante buena parte de su historia, la ciencia ficción sí ocupó una posición marginal.
El problema, según Millás, se agravó durante la crisis del género en la década de 1950, cuando determinadas revistas especializadas intentaron ampliar desesperadamente su público incorporando contenidos ajenos a la ciencia ficción. A ello se sumaban las simplificaciones provenientes del cine, los cómics y la televisión, que contribuían a confundir al público sobre la verdadera naturaleza del género.
Ese problema ha sido ampliamente superado. El escritor dedicado a la ciencia ficción ya no puede considerarse simplemente un diletante o un aficionado, sino un creador sometido a las mismas exigencias que cualquier otro escritor.
La tarea no consiste simplemente en organizar diversos elementos de la imaginación y elaborar una burda space opera al estilo de los años setenta. Existe un verdadero trabajo intelectual detrás de la construcción de una obra. La imaginación es imprescindible, desde luego, pero no constituye patrimonio exclusivo de la ciencia ficción ni de la literatura fantástica. Incluso las obras pretendidamente más realistas contienen necesariamente una dosis de inventiva y creatividad.
Los mismos inconvenientes creativos presentes en cualquier otro género aparecen también en la ciencia ficción: el bloqueo, las contradicciones narrativas, las descripciones tediosas o excesivas y todos aquellos obstáculos con los que debe batallar un creador día tras día.
Resulta difícil imaginar una excelente novela —de ciencia ficción o de cualquier otro género— que no haya pasado por un proceso de reescritura, corrección, supresión, lectura y nueva escritura. Tal vez hayan existido genios capaces de evitar ese proceso, pero constituirían la excepción y no la regla.
LA SPACE OPERA TAMBIÉN ES CIENCIA FICCIÓN
El hecho de que la space opera pueda tener preocupaciones aparentemente «menores» no significa que deje de pertenecer a la ciencia ficción. Negarle esa pertenencia equivaldría, en cierta medida, a negar la influencia de Hugo Gernsback en la configuración histórica del género.
La saga Star Wars, por ejemplo, puede interpretarse fácilmente como una space opera: traslada al espacio una lucha casi mítica entre el bien y el mal, utiliza grandes naves, mundos lejanos y motivos que incluso pueden relacionarse con el western. Pero eso no impide que forme parte del amplio territorio de la ciencia ficción.
Monroy utiliza también el ejemplo de la Mars Trilogy, de Kim Stanley Robinson. Allí encontramos exploración, colonización y terraformación de Marte, conflictos entre colonizadores, grandes naves espaciales, avances científicos y tecnológicos y tensiones entre Marte y la Tierra. La trilogía es mucho más que una space opera, aunque utilice numerosas convenciones propias de ella.
No puede desdeñarse la space opera simplemente porque su finalidad inmediata pueda parecer el entretenimiento. La ciencia ficción nació como género popular y, en buena medida, continúa siéndolo. Como cualquier otro género, contiene obras de enorme calidad y otras de dudoso valor literario.




