Cuba vuelve a hundirse en la oscuridad. En zonas de Matanzas, poblados como Manuelito y Bolondrón rozaron las 70 horas consecutivas sin electricidad, mientras otros circuitos acumularon entre 40 y 60 horas de apagón. No es una interrupción aislada: es la expresión visible de un país atrapado en una crisis energética, alimentaria y sanitaria que ya golpea directamente la vida cotidiana.
Casi 70 horas sin luz: esto ya no es un apagón normal
Los datos conocidos este fin de semana son demoledores. Reportes procedentes de Matanzas, basados en información de autoridades eléctricas provinciales y de un periodista del telecentro estatal TV Yumurí, situaban a Manuelito y Bolondrón al borde de las 70 horas sin electricidad. Otros circuitos de Jagüey Grande y del acueducto de Bolondrón se acercaban a las 60 horas; localidades como Santa Marta, Boca de Camarioca, Perico, Carlos Rojas y Versalles acumulaban más de 40. En La Habana, 14ymedio documentó este domingo el regreso de la corriente a un circuito después de 37 horas y 19 minutos de oscuridad.
La dimensión nacional es igualmente grave. Para el 17 de octubre, la disponibilidad informada era de apenas 758 MW frente a una demanda máxima prevista de 2.800 MW, con una afectación estimada superior a los 2.000 MW. El 11 de octubre, una nueva desconexión parcial dejó simultáneamente sin electricidad a más de tres millones de cubanos en el oriente del país. Cuba ha sufrido este año repetidos colapsos totales y parciales del Sistema Electroenergético Nacional.
Cuando se apaga la corriente, también fallan el agua, la comida y la salud
Reducir esta tragedia a un problema de bombillos apagados sería falsear su magnitud. Sin electricidad no funcionan normalmente las bombas de agua, se pierde la refrigeración de los alimentos, se deterioran medicamentos que requieren conservación, se paralizan pequeños negocios y aumenta la presión sobre hospitales y servicios esenciales. Naciones Unidas ha advertido que el shock energético cubano está afectando la asistencia sanitaria, el abastecimiento de agua y otros servicios vitales. Su coordinador residente en Cuba ha señalado que decenas de miles de cirugías han sido pospuestas y que pacientes de hemodiálisis, cáncer y enfermedades crónicas dependen de un sistema eléctrico que ya no ofrece estabilidad.
CARE describe un cuadro igualmente alarmante: combustible escaso, red eléctrica envejecida, interrupciones en servicios de salud y agua y familias con crecientes dificultades para pagar alimentos, medicinas y artículos de higiene. La organización estima que alrededor del 70 % de la población puede encontrarse sin electricidad en un momento dado, con especial impacto en las comunidades rurales. No es propaganda de una oposición política: son evaluaciones humanitarias independientes.
El hambre no necesita un comunicado oficial
La escasez se siente en la mesa. Para muchas familias cubanas conseguir comida suficiente se ha convertido en una operación diaria marcada por precios prohibitivos, colas, transporte deficiente y productos de calidad cada vez más irregular. El pan, uno de los alimentos más básicos de la dieta popular, se ha convertido durante años en símbolo de esa degradación: faltantes, reducción de oferta y quejas recurrentes sobre peso y calidad. En semejante escenario, un apagón de dos o tres días puede convertir lo poco que una familia logró comprar en comida perdida por falta de refrigeración.
Hay que ser rigurosos: no existe una estadística independiente que permita afirmar que toda la población cubana está literalmente muriendo de hambre. Lo que sí está documentado es una inseguridad alimentaria severa en comunidades vulnerables, una creciente dificultad para adquirir alimentos y medicinas y la necesidad de ayuda humanitaria. Eso es suficientemente grave como para no necesitar exageraciones.
Un sistema envejecido durante décadas
Las sanciones estadounidenses y las restricciones sobre combustible agravan de forma importante la crisis y no deben borrarse de la ecuación. Pero tampoco pueden convertirse en una explicación que exonere al régimen cubano de su propia responsabilidad. La infraestructura eléctrica lleva décadas envejeciendo sin inversiones capaces de garantizar un suministro estable. La mayoría de las termoeléctricas fueron construidas en los años sesenta y setenta, y el propio discurso oficial reconoce hoy que el sistema se encuentra en situación crítica.
Después de más de seis décadas de poder centralizado, el régimen no puede reclamar control absoluto de la economía cuando las cosas funcionan y atribuir toda responsabilidad al exterior cuando colapsan. La gestión, las prioridades de inversión, la falta de transparencia, la ausencia de competencia y la incapacidad para modernizar servicios básicos también forman parte del balance.
La desigualdad que indigna
La indignación popular aumenta porque la austeridad no se percibe de la misma manera en todos los niveles de la sociedad. Mientras millones de personas calculan cuándo llegará la electricidad, cómo conservar un alimento o dónde encontrar un medicamento, la estructura del poder mantiene circuitos de privilegio, instalaciones priorizadas y acceso diferenciado a bienes y servicios. No hace falta convertir esa desigualdad en caricatura ni juzgar el aspecto físico de ningún dirigente: el problema político es mucho más serio. Un Estado que exige sacrificios interminables a la población tiene la obligación de rendir cuentas con transparencia sobre sus recursos y sus prioridades.
Cuba colapsa a oscuras
Lo que ocurre hoy en Cuba no puede normalizarse como otro ciclo de apagones. Cuando una comunidad se acerca a tres días consecutivos sin electricidad, cuando hospitales, agua, conservación de alimentos y transporte funcionan bajo presión extrema y cuando conseguir comida o medicinas consume buena parte de la energía de una familia, estamos ante una crisis humana, no ante una simple avería técnica.
El régimen cubano puede administrar cifras, repartir responsabilidades y controlar buena parte del ecosistema informativo interno, pero no puede encender una nevera con un discurso. Las casi 70 horas de oscuridad reportadas en poblados de Matanzas son una cifra concreta y brutal. Detrás de ella hay ancianos, niños, enfermos y familias enteras pagando el precio de un sistema incapaz de garantizar lo más elemental. Cuba no necesita otra explicación burocrática. Necesita electricidad, alimentos, medicinas, agua y responsabilidades claras.




