Hay escritores que utilizan un pseudónimo para ocultarse. Romain Gary hizo algo bastante más perturbador: utilizó otro nombre para comprobar si todavía era capaz de existir. Para entonces había vivido varias vidas que habrían bastado para construir la biografía completa de otros hombres. Había sido emigrante, combatiente de la Francia Libre, aviador durante la Segunda Guerra Mundial, diplomático, novelista, cineasta y ganador del Premio Goncourt. Era una figura consagrada de las letras francesas. Y precisamente ahí comenzó su problema. El mundo literario ya sabía quién era Romain Gary. O, al menos, creía saberlo.
Había nacido en 1914 como Roman Kacew en Vilna, la actual Vilnius, en una Europa oriental atravesada por fronteras móviles, identidades superpuestas y conflictos que pronto desembocarían en una catástrofe continental. Su infancia estuvo dominada por su madre, Mina, una mujer cuya fe en el destino de su hijo alcanzó proporciones casi mitológicas. Gary reconstruiría esa relación muchos años después en La promesse de l’aube, uno de sus libros fundamentales. Madre e hijo llegaron a Francia en 1928 y se establecieron en Niza. Aquel adolescente extranjero terminaría convirtiéndose no solo en escritor francés, sino en una representación particularmente compleja de Francia: una patria adquirida por elección, idioma, guerra y literatura.
Cuando Francia cayó ante Alemania en 1940, Gary se negó a aceptar la derrota. Abandonó el país, llegó a Gran Bretaña y se incorporó a las Fuerzas Francesas Libres. Su expediente militar elimina cualquier posibilidad de convertir esa etapa en simple ornamentación biográfica. Combatió en África y Oriente Medio, sufrió tifus, participó posteriormente en operaciones aéreas sobre Europa y realizó más de veinticinco misiones ofensivas en el frente occidental. En enero de 1944, durante una misión de bombardeo, resultó herido mientras el piloto de su avión, Arnaud Langer, había sido alcanzado gravemente en los ojos. Gary consiguió orientarlo y contribuir al regreso de la formación. Fue nombrado Compagnon de la Libération y recibió, entre otras distinciones, la Croix de Guerre.
Mientras Europa todavía recogía sus ruinas, comenzó otra de sus vidas. En 1945 publicó Éducation européenne y entró en la carrera diplomática francesa. Bulgaria, Suiza, Nueva York, Londres y Los Ángeles formaron parte de su recorrido. La literatura avanzaba paralelamente a la diplomacia hasta que, en 1956, Les Racines du ciel obtuvo el Premio Goncourt. Gary había alcanzado uno de los reconocimientos máximos de la literatura francesa.
El triunfo, sin embargo, contiene a veces una forma particularmente refinada de condena. Un escritor reconocido deja progresivamente de entregar sus libros solo a los lectores: los entrega también a la imagen que críticos, editores y círculos culturales han construido de él. Cada obra nueva comienza a compararse con la anterior. Aparece una firma y, antes de llegar a la primera página, ya existe una expectativa. El nombre que permitió al escritor ser leído puede terminar convirtiéndose en el filtro que determina cómo será leído.
Gary conoció esa prisión
En los años setenta comenzó a publicar un escritor llamado Émile Ajar. El primer libro importante bajo aquella identidad, Gros-Câlin, apareció en 1974. El público y la crítica recibieron una voz que parecía nueva. Ajar poseía una energía, una sintaxis y una personalidad propias. Nadie debía descubrir que detrás de aquel recién llegado estaba el hombre al que el mundo literario francés llevaba décadas leyendo, juzgando y clasificando.
Pero un pseudónimo podía proteger una portada; difícilmente podía sostener por sí solo la curiosidad de periodistas, editores y críticos. Gary necesitaba darle un cuerpo a su ficción.
Su pariente Paul Pavlowitch terminó encarnando públicamente a Émile Ajar. De esta manera ocurrió algo extraordinario: un personaje nacido para ocultar la identidad de un escritor salió del libro y comenzó a caminar por el mundo real. Había fotografías, encuentros y una biografía aparente. Mientras Gary continuaba existiendo públicamente como Gary, Ajar adquiría una existencia paralela.
La literatura se había convertido en representación
Entonces apareció La Vie devant soi.
Publicada en 1975 bajo el nombre de Émile Ajar, la novela narraba la relación entre Momo, un muchacho árabe, y Madame Rosa, una antigua prostituta judía superviviente de Auschwitz que cuida a hijos de otras prostitutas en Belleville. La novela obtuvo el Premio Goncourt de 1975. La lista oficial de la Académie Goncourt conserva hoy la paradoja con absoluta claridad: “Émile Ajar (Romain Gary)”.
Romain Gary acababa de ganar el Goncourt por segunda vez
Pero Francia todavía no lo sabía.
La importancia del episodio supera ampliamente la anécdota de un escritor burlando a un jurado. Gary había creado, conscientemente o no, uno de los experimentos más incómodos sobre la autoridad cultural del siglo XX. Cuando los libros estaban firmados por Romain Gary, llegaban acompañados por décadas de reputación, prejuicios y expectativas. Cuando una obra llegó firmada por un desconocido llamado Émile Ajar, pudo ser observada como si hubiera nacido sin pasado.
Y aquel desconocido fue premiado
La operación planteaba una pregunta que continúa siendo incómoda: ¿hasta qué punto juzgamos realmente una obra y hasta qué punto juzgamos el nombre que la firma? El mundo literario que creía haber comprendido a Gary descubrió una nueva voz porque Gary había eliminado de la portada aquello que condicionaba su lectura: a sí mismo.
No era únicamente un engaño dirigido contra los demás. Había algo profundamente personal en aquella multiplicación de identidades. Roman Kacew ya había tenido que transformarse en Romain Gary. El niño de Vilna se convirtió en francés; el emigrante, en militar; el militar, en diplomático; el diplomático, en escritor. Incluso “Gary” había comenzado como un nombre elegido antes de convertirse legalmente en el suyo. La identidad, en su vida, nunca fue una estructura completamente inmóvil.
Ajar llevó esa lógica hasta sus últimas consecuencias
Gary consiguió observar desde fuera el nacimiento de otro escritor que también era él. Pudo contemplar cómo los críticos encontraban juventud donde antes habían visto desgaste, novedad donde habían diagnosticado repetición y una voz desconocida dentro del mismo hombre al que supuestamente conocían. Pocas operaciones literarias han convertido de manera tan radical la autoría en parte de la propia obra.
El artificio tampoco podía prolongarse indefinidamente. Mantener dos escritores significaba mantener dos realidades. Pavlowitch adquiría inevitablemente una relación compleja con el personaje que representaba. Editores, periodistas y lectores buscaban explicaciones. La ficción comenzaba a producir consecuencias fuera de la literatura.
El 2 de diciembre de 1980, Romain Gary murió en París por suicidio. Tenía sesenta y seis años. Había publicado ese mismo año Les Cerfs-volants. Después de su muerte apareció Vie et mort d’Émile Ajar, el texto en el que revelaba definitivamente la arquitectura de la operación.
Solo entonces las dos identidades pudieron reunirse públicamente
La revelación modificó retrospectivamente la lectura de los libros. Émile Ajar dejó de ser simplemente aquel escritor que había aparecido misteriosamente en los años setenta. Pasó a formar parte de una obra mucho mayor sobre identidad, creación y metamorfosis. Gary había conseguido algo que las reglas del Goncourt pretendían impedir: recibir dos veces el premio. Pero reducir su hazaña a esa irregularidad sería perder precisamente lo más interesante.
El verdadero triunfo no consistió en engañar a un jurado
Consistió en conseguir que lo leyeran sin saber que lo estaban leyendo.
Gary obligó al sistema literario a enfrentarse con uno de sus propios mecanismos: la reputación. Demostró que el nombre de un autor puede abrir una puerta, pero también puede convertirse en una habitación cerrada. Al desprenderse temporalmente del suyo, recuperó una libertad que el prestigio le había quitado.
Hay algo profundamente literario y, al mismo tiempo, profundamente humano en esa necesidad. Todos acumulamos versiones de nosotros mismos que terminan precediéndonos: la profesión, la nacionalidad, la edad, el éxito, el fracaso, lo que alguna vez hicimos y aquello que los demás esperan que continuemos haciendo. Gary llevó esa tensión hasta un extremo imposible para casi cualquier otra persona: creó a otro hombre y dejó que ese hombre escribiera por él.
Romain Gary había sobrevivido a una Europa destruida, había volado bajo fuego enemigo, había representado diplomáticamente a Francia y había alcanzado uno de los lugares más codiciados de su literatura. Sin embargo, una de sus batallas más extraordinarias ocurrió frente a una página en blanco y contra su propio nombre.
Para demostrar que todavía podía ser un escritor nuevo, tuvo primero que conseguir que nadie supiera quién estaba escribiendo.
Y durante algunos años, Romain Gary desapareció sin desaparecer.
Se llamó Émile Ajar.
Y volvió a ganar.




