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Gëlico :: La dama del Chat Jaune* :: Narrativa

Una mujer a contraluz en la ventana de una hostería y un banco vacío en la calle.

 

Como cualquiera de los lenguajes mudos de los antipendios pútridos, o de los herrajes oxidados de los portones agrietados, que acompañan la humedad reposada del musgo de las tejas, era una de las tantas atracciones que lo llevaban cada mañana al barrio de los broqueles, para descascarar la esencia de su espíritu entre las sombras de los puentes románicos que se entrelazaban en las callejuelas tupidas.

Por allí pasaba invariablemente, bajo un silencio adecuado y mutilado, con una estricta disciplina. Su capa, larga hasta el piso, danzaba como un movimiento roto y enojoso en cada paso. Iba, apurado en su marcha, hasta el fondo de los subterfugios de piedras redondas y oscuras. Se le veía, siempre, custodiando la mañana embebida de ese aroma tan típico del lugar. Luego, como escabullido en su propio traje, se sentaba en un lóbrego escaño tan solitario como su propia estirpe. En aquel lugar fumaba muy despacio hasta que su anhelo se escapara, entrando la noche, como el humo que expedía su vieja pipa.

Perpetuamente se le advertía, como un adorno incongruente, sentado dentro de los muros mohosos y enfrente de la hostería del Chat Jaune, con unos ojos brillantes de sicario devoto y envuelto intrínsecamente dentro de aquella oscuridad, como tratando de no evadirse ni un segundo, observaba la imagen de la ventana que le otorgaba la fachada del hotel.

 

…

 

En uno de esos atardeceres benévolos, pero saturados de una agotante parquedad por el oscurecer del día, salía, precipitada en su fortuna, de una de las pequeñas fondas del centro. Vestida totalmente de negro y con caperuza franciscana, se deslizaba muy rápidamente entre el despilfarro del gentío menesteroso que se agrupaba debajo de los pasaderos, respirando el efluvio gangrenado de los otros, que unían los frontones migratorios, de los edificios altos y opacos, con los desconsuelos del ocaso. Solamente su mandíbula mansa, nívea y candorosa, sobresalía de los anonimatos de su atavío; junto, unos rizos negros y largos se zarandeaban al aire.

Pasando el puesto de los pescadores y de las carnes inmóviles y sangrientas ocurrió el accidente: tropezaron, exactamente en el centro, los dos únicos cuerpos solitarios de aquel enjambre. Cayó una cesta de peras verdes y también unas cartas que llevaba en su mano. El señor del sombrero de ala ancha se precipitó, en su momento, a recogerle los pliegos biliosos. Al entregárselos, se introdujo en el filo de una mirada cortante y fastuosa que se escondía en lo profundo de la capucha. Un movimiento instantáneo, como evitando la proeza del gesto, cruzó el turbante y desapareció de su vista.

 

 

…

 

El tiempo, tan irrevocable como el primer suspiro del día, ha sabido hender cada muro de una ciudad hundida de un minúsculo y gigante aroma peculiar, sin cambiarlo innecesariamente por otro que le pueda arrebatar una historia a sus seres que no guardan un síntoma de precariedad en los corazones. El tiempo, el tiempo, el tiempo ha cambiado muchas cosas, pero los subterfugios y la humedad de las sombras de los puentes románicos han quedado intactos en la vida como en la memoria de ese anciano que viaja cada mañana, por tantos años, al mismo lugar donde se afirma a descascarar su alma y el recuerdo de un día en que la vio por vez primera.

Solo los musgos de las tejas viejas reconocen al ser de oscura vestimenta y capa gastada, que con su pipa en la boca y su edad milenaria, se sienta, como un hueso famélico, frente al Nuevo Hotel del Chat Jaune.

Un auto se detiene y bajan algunos equipajes. Alguien lo ve y se le acerca. Le deja caer unas monedas. Mientras él mantiene la vista perdida hacia la fachada cristalizada de la nueva construcción, piensa en una pequeña ventanita iluminada donde, de vez en cuando, una joven de pelo negro y rizo se pasea a contraluz. Paseando y denotando una silueta airosa y bella.

 

 

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Fuentes / Referencias

*Chat Jaune: «gato amarillo».

Mención honorífica en el concurso de cuentos «Nuestra Palabra 2005», organizado por TorontoHispano.com


Del archivo de Cañasanta. Conservado en una copia archivada del 27 de agosto de 2006. La fecha exacta de publicación original no figura en la página recuperada. Recuperado de la primera etapa de la revista y revisado para esta republicación, respetando el contenido y la voz del autor. Consultar el original archivado.

Gëlico

Gëlico es escritor, pintor, ilustrador, actor, director y diseñador gráfico cubano-canadiense. Graduado de Actuación y Dirección en la Escuela Nacional de Arte de Cuba, también estudió Diseño Gráfico y Ciencias de la Computación en Toronto, donde obtuvo honores académicos. Su trabajo creativo abarca la pintura, la ilustración, la literatura, el cine y los medios digitales.

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