MUNDO GIRATORIO
Por la ventana
pasa el mundo
a escala minúscula:
el patético teatro del afuera.
Un poco desorientado
por la gracia
lumínica de los viandantes,
insisto en concitar
la alevosía de la luz.
De la calle veo su resplandor
sobre el asfalto mojado,
el celaje de unos pocos automóviles
y una tríada de canes aguardando.
Suele saberse de tres,
me digo, matemático,
guarismo impar
ése que bordea
la boca de mi boca
hasta descubrirse
en su desnudez
de fierecilla alada,
número danzante
ése que activa
la memoria del cetáceo
al punto de perdidas emanaciones.
Si estuvieras aquí,
si vieras hasta qué hora son cuatro estas paredes.
CÓMO SE COME UNA OSTRA
La escena que te atraviesa,
esa mandorla que recorre
lujuriosa tu carne
ligeramente azulada
por las luces de artificio,
dimensiona el asomo de una cercanía,
el contorno que va del acaso a lo posible
y de lo posible a las vetas de una continuidad.
Lo que se escapa de ti,
lo que se desborda en tenue cauce
por el ocre verdoso de tu curiosidad,
no calla ni vaticina,
es sólo un estar ahí, suspendido e ignoto,
asordinando el fragor de remotas mareas.
LA CARCAJADA
Adviene con la levedad
de un gesto escapado
la brizna de una memoria,
un segundo asido
a la material banalidad
de este momento
en que te miro
desgarrar el silencio
con cuatro palabras furtivas
y una carcajada.
Algo se cuela por el ojal,
un elemento conocido
y otra vez distinto
que fulgura
tornasolando la máquina
de tu proximidad,
visos, tal vez,
de lo que más adentro,
lejos de esta página desapacible,
nos aguarda para pertenecer.
IZAMAL, MÉXICO
Lengua rota la que amarra
los ejes de esta comarca
y el amarillo encendido
de sus agrimensuras.
Asimilar la eclosión
de esa ruta accidentada
que se interpone al paisaje
como un espejismo,
invita al desasosiego.
Y sin embargo asientes,
regalas de tu fijeza
el don multiplicado.
BROWN SUGAR
Margaret me ha invitado a un café,
me ha invitado al Lettieri,
en la calle Cumberland,
y no he podido decirle que no.
Llego con la Margaret
a este absurdo pedacito de Italia
en medio de la ciudad.
La observo saludar,
entablar conversación
con la dama risueña
que nos atiende diligente.
Nos sentamos.
Mi contertulia aliña su brebaje,
le pone azúcar negra
como si se tratara
de una parte de mirra.
Es una de sus maneras
de ubicarse en el mundo.
En La Romana, cuando cundía el vacío
sobre las láminas floridas de la despensa,
endulzábamos el café con esos
mismos cristales sin refinar,
esos que ahora desaparecen irremediablemente
en el hondísimo pozuelo de la Margaret.
ABANDONAR LA CASA
Abandonar la casa,
sus oquedades íntimas,
sus vacíos de tiempo
densos y numerosos.
Vuelvo la mirada
para no perder la marca
de mi desasimiento
-hoy son otros los terrores-.
Dejar la casa,
renegar de su cadencia,
ese páramo de gestos
aprendidos y sin embargo
tan insólitos al amparo
de cada floración.




