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FEMINISMO: EL MUNDO SIN HOMBRES

Hay ideas que parecen inteligentes mientras permanecen escritas en una pancarta. Funcionan bien durante una manifestación, caben perfectamente en un video de treinta segundos y producen el aplauso inmediato de quienes ya estaban de acuerdo antes de escucharlas. El problema comienza cuando alguien decide sacarlas de la consigna y llevarlas hasta sus últimas consecuencias.

 

“El mundo estaría mejor sin hombres” pertenece a esa categoría.

La frase aparece con suficiente frecuencia en redes sociales, entrevistas callejeras y determinados espacios del feminismo contemporáneo como para que merezca algo más que una respuesta airada. No representa a todas las feministas, por supuesto, ni sería intelectualmente serio atribuirla a un movimiento que contiene escuelas, generaciones y posiciones profundamente diferentes. Pero existe. Se dice. Se celebra. Y lo curioso no es siquiera que alguien pueda decirla. Lo verdaderamente interesante es comprobar cuánto tiempo resiste cuando abandona Twitter y se encuentra con una carretera.

 

El mundo que damos por hecho

Salga mañana de su casa. Probablemente habrá electricidad. El agua llegará por tuberías enterradas bajo sus pies. Algún trabajador habrá recogido la basura durante la madrugada. Camiones habrán recorrido cientos de kilómetros para colocar comida en un supermercado. Habrá cuadrillas reparando carreteras, hombres trabajando sobre postes eléctricos, otros dentro de alcantarillas, algunos levantando estructuras de acero y otros operando maquinaria que pesa toneladas.

Casi nunca pensamos en ellos. Esa es precisamente la medida de lo bien que funciona una civilización: terminamos considerando naturales cosas que requieren una cantidad extraordinaria de trabajo humano para existir.

En Canadá, los hombres representan actualmente alrededor del 93 % de quienes trabajan en oficios, transporte, operación de equipos y ocupaciones relacionadas. También constituyen una amplia mayoría en recursos naturales, agricultura, producción y numerosos trabajos industriales. En Estados Unidos ocurre algo parecido: construcción, extracción, mantenimiento, transporte pesado y muchos de los oficios físicamente más exigentes continúan siendo abrumadoramente masculinos.

No escribo esto para sostener que las mujeres sean incapaces de realizar esos trabajos. Sería falso y, además, innecesario. Hay mujeres soldadoras, camioneras, mineras, electricistas, mecánicas, operadoras de maquinaria y trabajadoras de construcción perfectamente capaces de hacer su oficio. La cuestión no es quién podría hacerlo en una sociedad hipotética. La cuestión es quién lo está haciendo ahora.

Y cuando uno observa esa realidad, la idea del hombre como accesorio prescindible empieza a resultar bastante más difícil de sostener.

 

La igualdad también debería mirar hacia abajo

Nuestra época ha desarrollado una curiosa manera de medir la desigualdad. Miramos consejos de administración, rectorías universitarias, parlamentos, estudios cinematográficos y puestos ejecutivos. Contamos cuántos hombres y cuántas mujeres llegan arriba. Es legítimo hacerlo. Lo extraño es que rara vez aplicamos la misma obsesión estadística cuando miramos hacia abajo. No solemos exigir paridad en una mina.

Tampoco en la recogida de basura, en una cuadrilla de asfaltado bajo el sol, sobre una torre eléctrica durante una tormenta, reparando una tubería bajo tierra o colocando una estructura de acero a varios pisos de altura.

Y existe una estadística todavía menos elegante. En Estados Unidos, aproximadamente nueve de cada diez trabajadores que mueren como consecuencia de accidentes laborales son hombres. No es una cifra sobre prestigio ni poder. Es una cifra sobre quién no regresó a casa.

Quizá una conversación adulta sobre igualdad debería ser capaz de mirar ambas cosas al mismo tiempo. Podemos preguntarnos por qué hay menos mujeres en determinados puestos privilegiados y también por qué hay tantos hombres en trabajos que destruyen el cuerpo, reducen la esperanza de vida o pueden matarlos. Una pregunta no invalida la otra.

Lo que resulta intelectualmente extraño es interesarnos por la representación solamente cuando el lugar que debe repartirse es deseable.

 

Una obra no es una estadística

Quien haya pasado suficiente tiempo cerca de grandes obras habrá observado algo que las estadísticas generales pueden ocultar. Decir que determinada proporción de mujeres “trabaja en construcción” no explica necesariamente qué trabajos realizan hombres y mujeres dentro de la industria. Administración, ingeniería, seguridad, control de tráfico, operación de equipos, electricidad, carpintería, hierro estructural, excavación y trabajo general pueden aparecer bajo una misma enorme categoría laboral aunque sus exigencias físicas sean completamente diferentes.

Eso no autoriza a decir que ninguna mujer realiza trabajo pesado. Las hay. Pero sí justifica preguntar por qué nuestros debates suelen detenerse en el porcentaje general y rara vez descienden hasta la distribución concreta de las tareas.

Porque ahí la discusión deja de ser ideológica. Una viga pesa lo mismo independientemente de quién la levante. Una jornada de diez horas bajo condiciones extremas tampoco modifica sus exigencias para satisfacer una teoría social.

La materia posee la desagradable costumbre de no ser políticamente correcta.

 

El incendio tampoco conoce de cuotas

La misma contradicción aparece cuando hablamos de policías y bomberos. Supongamos que una persona de cien kilos queda inconsciente dentro de un edificio incendiado. El bombero debe entrar cargando su propio equipo, desplazarse en condiciones extremas, encontrarla y sacarla. En ese momento no importa el sexo del bombero. Importa que pueda hacerlo.

Por eso me parece mucho más honesto el principio utilizado por sistemas de evaluación física que intentan construir sus estándares alrededor de las tareas reales del oficio. La RCMP canadiense, por ejemplo, utiliza actualmente una evaluación física basada en acciones policiales concretas. El Candidate Physical Ability Test empleado por numerosos servicios de bomberos norteamericanos sigue una filosofía semejante: identificar si la persona puede realizar físicamente las tareas esenciales que encontrará trabajando.

La discusión sobre estándares diferentes para hombres y mujeres no es imaginaria. Existen organismos que han utilizado baremos diferenciados argumentando que hombres y mujeres presentan diferencias fisiológicas promedio y que la prueba debe medir niveles equivalentes de condición física relativa.

Entiendo el razonamiento. Lo que me cuesta aceptar es su aplicación cuando la capacidad evaluada responde directamente a una necesidad objetiva del trabajo.

Si dos policías tienen que arrastrar a la misma persona herida, ¿por qué debería importar cuánto esfuerzo relativo representa para cada uno? La persona continúa pesando exactamente lo mismo.

Para mí, la igualdad más limpia es también la más sencilla: determine qué necesita realmente el trabajo y establezca ese estándar. La mujer que lo supera entra. El hombre que no lo supera queda fuera. No hemos discriminado a ninguno. Hemos discriminado entre quien puede realizar una función crítica y quien no puede realizarla. A eso alguna vez lo llamamos competencia.

 

Lo que el feminismo consiguió

Sería intelectualmente miserable escribir sobre feminismo ignorando su historia. Las mujeres vivieron durante largos periodos bajo restricciones jurídicas, económicas y sociales que hoy consideraríamos intolerables. El acceso al voto, la propiedad, determinadas profesiones, estudios universitarios y autonomía económica no cayó del cielo. Hubo mujeres que pelearon durante décadas por derechos que hoy parecen tan evidentes que podemos olvidar que alguna vez no existieron. Eso merece respeto.

Precisamente por eso resulta desconcertante observar cómo una parte del discurso contemporáneo parece haber cambiado el objetivo. La igualdad deja de ser suficiente y comienza a aparecer algo distinto: la necesidad de presentar al hombre como problema, como privilegio ambulante, como criatura socialmente sospechosa o, en sus versiones más infantiles, como ser perfectamente prescindible. No encuentro progreso en eso.

Cambiar el sexo autorizado a despreciar al otro no constituye una revolución moral. Es simplemente conservar el prejuicio y cambiarle el uniforme.

 

El feminismo tampoco es una sola cosa

Conviene hacer otra precisión. Hablar de “las feministas” como si millones de mujeres pensaran exactamente igual sería cometer el mismo error que estoy criticando. El feminismo liberal no es el feminismo radical; este no es idéntico al feminismo socialista, y dentro de cada corriente existen discusiones que pueden llegar a ser feroces.

Hay feministas que rechazan abiertamente la misandria. Hay mujeres feministas casadas con hombres, madres de hijos varones, compañeras de trabajo y profesionales que jamás aceptarían la idea grotesca de que un sexo es moralmente inferior al otro.

Mi discusión no es con ellas por el simple hecho de llamarse feministas. Mi discusión es con una idea. La idea de que para dignificar a la mujer necesitamos disminuir al hombre.

 

Los debates que internet convierte en circo

En los últimos años proliferaron los debates entre activistas feministas y comentaristas conservadores. Algunos son largos y serios. Otros son emboscadas intelectuales diseñadas para producir un clip viral. Se busca a una persona poco preparada, se le formula una pregunta para la que no tiene respuesta y millones de personas celebran después la humillación como si una filosofía completa hubiera quedado destruida. No me interesa ese juego.

Que una muchacha en una manifestación sea incapaz de explicar la diferencia salarial no demuestra que toda desigualdad salarial sea ficticia. Que otra no pueda definir correctamente el patriarcado tampoco demuestra que jamás haya existido una estructura social favorable a los hombres.

Si queremos discutir una idea, debemos enfrentar su versión más fuerte. Ganarle al adversario más ignorante disponible no demuestra inteligencia; demuestra que supimos escoger adversario. Pero cuando incluso los mejores argumentos se enfrentan a determinadas contradicciones, entonces sí merece la pena detenerse.

Y una de esas contradicciones es reclamar igualdad mientras se tolera un lenguaje de desprecio colectivo hacia los hombres que difícilmente aceptaríamos dirigido contra las mujeres.

 

Ahora sí: hagamos desaparecer a los hombres

Aceptemos entonces la consigna literalmente.

Mañana no hay hombres.

No significa que la electricidad desaparezca inmediatamente ni que todos los puentes se derrumben al mediodía. Las mujeres no son criaturas indefensas esperando que alguien encienda un generador. Se reorganizarían, aprenderían trabajos, asumirían funciones nuevas y harían todo lo posible por mantener la sociedad funcionando. Pero para conseguirlo tendrían que ocupar, precisamente, millones de puestos que hoy desempeñan hombres.

Tendrían que reparar carreteras, conducir transporte pesado, mantener redes eléctricas, operar maquinaria, bajar a minas, reparar alcantarillados, levantar estructuras, trabajar en plataformas, entrar en edificios incendiados y realizar todas esas tareas desagradables que desaparecen misteriosamente de la conversación cuando hablamos del supuesto privilegio universal masculino. Podrían hacerlo. Pero tendrían que hacerlo.

Y ahí reside la contradicción. No puedes declarar innecesario a un grupo mientras dependes diariamente del trabajo que ese grupo realiza en proporciones extraordinarias.

 

Ahora desaparezcamos a las mujeres

Pero Antonino no puede hacer trampas. Si desaparecen las mujeres, la situación tampoco sería motivo para una fiesta masculina. El sistema sanitario recibiría un golpe inmediato y brutal. Enfermería, cuidados, educación, servicios sociales y muchas otras profesiones perderían una proporción gigantesca de su fuerza laboral. Millones de familias perderían a quienes realizan una cantidad enorme del trabajo cotidiano que mantiene funcionando hogares y comunidades.

Los hombres tendrían que aprender, sustituir, reorganizar y reconstruir exactamente igual que las mujeres en el experimento anterior. Y probablemente descubrirían algo que también hemos sido expertos en ignorar: una enorme cantidad de trabajo femenino solamente parece fácil porque alguien lleva toda la vida haciéndolo.

El experimento produce entonces un resultado incómodo para cualquier fanático de la guerra entre sexos. Nadie gana.

 

El error de confundir igualdad con identidad

Hombres y mujeres no necesitan ser idénticos para ser iguales ante la ley ni poseer la misma dignidad humana. Esta idea debería ser extraordinariamente sencilla y, sin embargo, hemos conseguido complicarla hasta el absurdo.

Existen diferencias biológicas promedio entre los sexos. También existe una gigantesca superposición individual. Hay mujeres más fuertes que muchísimos hombres, hombres más empáticos que muchísimas mujeres, mujeres extraordinariamente agresivas y hombres extraordinariamente cuidadosos. Los promedios describen poblaciones. No condenan individuos.

Una sociedad inteligente debería ser capaz de sostener ambas ideas simultáneamente: reconocer diferencias reales cuando importan y negarse a convertirlas en una cárcel para cada persona.

Eso permite algo bastante revolucionario por su sencillez: dejar que la mujer que quiera ser ingeniera sea ingeniera, que la que quiera conducir un camión lo conduzca, que el hombre que quiera ser enfermero lo sea y que quien quiera entrar a un cuerpo de bomberos demuestre que puede realizar el trabajo. No necesitamos manipular la realidad para conseguir igualdad. Necesitamos aplicar reglas justas.

 

El privilegio que nunca parece privilegio

También deberíamos revisar nuestra facilidad para hablar del “privilegio masculino” como una experiencia uniforme. El director ejecutivo multimillonario es hombre. También lo es quien recoge su basura.

El presidente de una corporación petrolera puede ser hombre. También lo es el trabajador que entra a una instalación industrial peligrosa para mantenerla funcionando. Decir que ambos experimentan la sociedad fundamentalmente a través del mismo privilegio por compartir sexo puede explicar algunas cosas, pero oculta muchas otras.

La clase social existe. La educación existe. La salud existe. La familia donde nacimos existe. La inteligencia, la belleza, la discapacidad, el país, la violencia, la suerte y cientos de circunstancias más también existen. La vida humana se resiste obstinadamente a convertirse en una tabla con dos columnas.

 

No necesito que una mujer me agradezca una carretera

Tampoco quiero llevar este argumento hasta otra estupidez. Una mujer no me debe gratitud porque hombres hayan construido una autopista. Yo tampoco merezco apropiarme del mérito de un minero simplemente porque compartimos sexo. De la misma manera, ningún hombre tiene una deuda personal con una mujer concreta porque la mayoría del personal de enfermería sea femenino. Las conquistas colectivas no funcionan así.

Lo que sí deberíamos recuperar es cierta humildad ante la dependencia mutua. Cada mañana utilizamos cosas que no sabemos fabricar, reparar ni siquiera comprender completamente. Vivimos gracias al trabajo de desconocidos. Algunos son hombres. Otros mujeres. La civilización consiste precisamente en eso: personas haciendo por nosotros aquello que nosotros no sabemos hacer por ellas. Resulta difícil imaginar una idea menos compatible con el desprecio colectivo.

 

EL MUNDO SIN HOMBRES

Quizá una sociedad de mujeres conseguiría sobrevivir durante un tiempo. Probablemente encontraría maneras extraordinarias de adaptarse. Los seres humanos llevan miles de años demostrando una capacidad formidable para sobrevivir a circunstancias que parecían imposibles.  Pero esa nunca fue la cuestión. La cuestión es por qué alguien debería desearlo.

El sueño de una sociedad sin hombres no es más inteligente que el viejo sueño de una sociedad donde las mujeres conocieran su lugar y permanecieran subordinadas. Ambos parten del mismo defecto moral: la incapacidad de reconocer al otro como igual sin necesitar colocarlo debajo.

El feminismo que defiende la dignidad de una mujer no necesita mi permiso. Tiene toda la razón en hacerlo. El feminismo que denuncia una injusticia concreta merece que examinemos esa injusticia. El que exige que una mujer pueda escoger su profesión, recibir protección jurídica y competir bajo reglas justas no amenaza a ningún hombre digno de ese nombre. Pero cuando cualquier corriente ideológica convierte al hombre en enemigo por haber nacido hombre, ya no me está hablando de igualdad. Me está ofreciendo el mismo prejuicio que asegura combatir.

Durante demasiado tiempo hombres y mujeres han discutido sobre quién necesita más a quién. Es una discusión bastante infantil para una especie que solamente llegó hasta aquí porque ambos estuvieron presentes. Nos necesitamos. No como amo y subordinada. No como opresor y víctima permanentes. No porque cada mujer necesite personalmente un hombre ni porque cada hombre necesite personalmente una mujer. Nos necesitamos porque ninguno construyó solo este mundo.

Quizá algún día dejemos de contar cuántos hombres y cuántas mujeres hay en cada rincón de la civilización para decidir quién debe sentirse culpable y quién agraviado. Quizá entonces podamos hacer una pregunta bastante más útil: quién está dispuesto a hacer el trabajo, quién puede hacerlo bien y cómo conseguimos que todos sean tratados con la misma dignidad mientras lo hacen.

Ese día probablemente seguiremos discutiendo. Pero al menos habremos dejado de fantasear con desaparecer unos a otros.

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Fuentes / Referencias

Statistics Canada — empleo por sexo y ocupación; U.S. Bureau of Labor Statistics — empleo y mortalidad laboral por sexo; Royal Canadian Mounted Police — Police Fitness Assessment; International Association of Fire Fighters — Candidate Physical Ability Test; U.S. Equal Employment Opportunity Commission — estándares físicos y seguridad pública.

Antonino Dartayet

Investigador y ensayista dedicado durante gran parte de su vida al estudio de la antropología, las religiones antiguas y la historia de las civilizaciones. Ha centrado buena parte de su trabajo en comprender las creencias, costumbres y formas de pensamiento de las sociedades antiguas y su influencia en la cultura contemporánea.

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