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EL CINE DESPUÉS DEL CINE

Dentro de cien años, ¿seguiremos mirando una pantalla?

A veces intento imaginar cómo será el cine dentro de cien años y termino haciéndome una pregunta todavía más extraña: ¿existirá algo que podamos seguir llamando cine?

No me refiero a que desaparezcan las películas o a que dejemos de contar historias. Eso no ocurrirá mientras existan seres humanos. Hablo del cine como lo conocemos: una pantalla delante de nosotros, unas butacas, una sala oscura y un grupo de personas observando la vida de otros.

Durante más de un siglo, esa ha sido la regla. Todo ha cambiado alrededor de la pantalla, pero la pantalla continúa ahí.

Primero vimos imágenes mudas y en blanco y negro. Después aparecieron el sonido, el color, los formatos panorámicos, las grandes superproducciones, el sonido envolvente, los efectos digitales y el 3D. Las salas se hicieron más cómodas y las imágenes más perfectas, pero la relación entre la película y el espectador siguió siendo prácticamente la misma: ellos están dentro y nosotros estamos fuera.

Vemos correr al personaje, pero permanecemos sentados. Vemos el océano, pero no sentimos el agua. Escuchamos una explosión, pero sabemos que nada puede alcanzarnos.

Existe una frontera muy clara entre la película y nosotros.

Creo que esa frontera será lo próximo que la tecnología intentará destruir.

 

Cuando el cine salió de la sala

Durante décadas parecía imposible imaginar una película importante fuera de una sala de cine. Ir al cine era un acontecimiento. Había que escoger una función, comprar una entrada, hacer una fila y entrar a una sala con desconocidos.

Las palomitas, la oscuridad y el sonido no eran simples accesorios. Eran parte de la película.

Entonces el cine entró en nuestras casas.

Primero fue la televisión, luego el video, el DVD y finalmente las plataformas. Netflix no inventó el cine doméstico, pero consiguió algo decisivo: acostumbrarnos a que una película no fuera un acontecimiento, sino una opción disponible a cualquier hora.

Hoy podemos ver una superproducción en una televisión enorme, en una tableta o en la pantalla de un teléfono. Podemos detenerla para buscar comida, contestar un mensaje, regresar a una escena o abandonarla sin remordimientos.

Ganamos libertad, pero perdimos cierta ceremonia.

Antes, cuando las luces de la sala se apagaban, la película tomaba el control. Ahora somos nosotros quienes la controlamos. Quizás por eso muchas películas se han convertido en algo que “tenemos puesto” mientras hacemos otras cosas.

La sala de cine todavía ofrece una pantalla mayor, mejor sonido y una experiencia colectiva. Pero ¿será suficiente dentro de veinte, cincuenta o cien años?

No lo creo.

Para sobrevivir, el cine tendrá que ofrecernos algo que no podamos reproducir fácilmente en casa. No bastará con una imagen más grande ni con butacas que se muevan.

Tendrá que permitirnos entrar.

 

La desaparición de la pantalla

Las primeras formas de ese futuro ya existen, aunque todavía sean primitivas.

La realidad virtual puede colocar al usuario en el centro de un espacio creado digitalmente. El sonido espacial permite escuchar una voz detrás de nosotros. Se desarrollan sistemas capaces de simular contacto, resistencia, temperatura e incluso olores.

Por ahora necesitamos visores, controles y dispositivos incómodos. La experiencia puede resultar impresionante durante unos minutos, pero todavía no sustituye la naturalidad con la que percibimos el mundo.

Sin embargo, toda tecnología comienza siendo incómoda.

Los primeros teléfonos móviles parecían ladrillos. Las primeras películas apenas duraban unos minutos. Los primeros efectos digitales envejecieron muy mal. No debemos imaginar el cine de dentro de cien años observando únicamente las limitaciones de los aparatos actuales.

Las salas futuras podrían no tener una pantalla.

Entraríamos en un espacio vacío y, cuando comenzara la película, la habitación desaparecería. A nuestro alrededor surgiría una ciudad, un bosque, una nave espacial o cualquier otro lugar. Los personajes caminarían entre nosotros con volumen, profundidad y una presencia aparentemente física.

No miraríamos la cubierta del Titanic. Estaríamos sobre ella.

Podríamos caminar por sus corredores, acercarnos a los personajes y observar acontecimientos que ocurren simultáneamente en distintos lugares. Cada espectador tendría una perspectiva diferente.

Entonces aparecería un problema que el cine tradicional nunca tuvo: ¿hacia dónde debemos mirar?

Un director controla nuestros ojos mediante el encuadre. Decide qué vemos, desde qué distancia y durante cuánto tiempo. Si desaparece la pantalla, también desaparece parte de ese control. El director ya no tendría que construir solamente una sucesión de planos. Tendría que crear un mundo completo y conseguir que la historia nos guiara dentro de él sin obligarnos a mirar en una sola dirección.

El cine comenzaría a parecerse al teatro, a la realidad virtual y a los videojuegos al mismo tiempo.

Pero eso apenas sería el comienzo.

 

Nosotros dentro de la historia

¿Y si la película supiera quiénes somos?

La inteligencia artificial ya puede crear imágenes, imitar voces, modificar rostros y producir escenas que nunca fueron filmadas. Dentro de cien años, una película podría generarse y transformarse mientras la estamos viendo.

Podría reconocer nuestra voz, observar nuestras reacciones y recordar nuestras decisiones.

Si algo nos produce miedo, la historia podría intensificarlo. Si un personaje nos interesa, podría adquirir mayor importancia. Si intentamos salvar a alguien, la película podría responder a nuestra acción.

Ya no seríamos espectadores. Seríamos participantes.

Incluso podríamos aparecer físicamente dentro de la obra. Un sistema escanearía nuestro rostro, nuestra voz y nuestros movimientos para convertirnos en un personaje. Los actores nos mirarían, pronunciarían nuestro nombre y responderían de manera diferente según lo que hagamos.

Una película de detectives podría ocultar pistas distintas para cada persona. Una historia romántica podría adaptar sus personajes a nuestras preferencias. Una película de terror podría descubrir exactamente qué nos asusta y construir la experiencia alrededor de ese miedo.

Dos personas entrarían a una obra con el mismo título y saldrían después de vivir historias completamente diferentes.

Eso parece fascinante, pero también plantea una duda: si cada espectador modifica la película, ¿sigue existiendo una película?

Tal vez la obra futura no tenga una versión definitiva. Quizás sea un conjunto de personajes, lugares, conflictos y posibilidades que se organizan de manera distinta cada vez que alguien entra.

El director no decidiría todo lo que sucede. Establecería las reglas de un universo.

 

Una película creada únicamente para mí

En algún momento ni siquiera será necesario escoger una película existente.

Podremos pedirla.

“Quiero una historia de misterio ambientada en La Habana de los años cincuenta. Quiero participar como investigador. Quiero que dure dos horas y no quiero conocer el final.”

La película podría crearse en ese instante.

No necesitaría haber sido filmada previamente. Sus calles, personajes, voces y conflictos surgirían mientras avanzamos por la historia. Si decidimos entrar en un edificio que no formaba parte del argumento, el sistema construiría su interior antes de que abramos la puerta.

Esto democratizaría una parte del cine. Una persona sin millones de dólares podría crear mundos que hoy solamente están al alcance de los grandes estudios. Pero también podría producir una cantidad insoportable de basura.

Cuando cualquiera pueda generar cien películas en un día, crear imágenes dejará de ser algo excepcional. Lo difícil será tener algo que decir.

Una máquina podrá producir una persecución perfecta, una batalla gigantesca o un rostro llorando. Lo que no está claro es si comprenderá por qué una determinada mirada, un silencio o una imagen imperfecta pueden acompañarnos durante toda la vida.

El cine no es solamente aquello que vemos. Es lo que permanece cuando termina.

 

Actores que no existen y muertos que continúan trabajando

Los actores del futuro no necesitarán ser personas reales.

Podrán ser creados para una película y mantener una carrera durante décadas. Tendrán un rostro reconocible, una voz, una personalidad pública y millones de seguidores, aunque no exista ningún ser humano detrás de ellos.

No envejecerán, no enfermarán y no morirán. Tampoco exigirán mejores contratos.

Al mismo tiempo, los actores fallecidos podrán regresar. Sus películas, entrevistas y grabaciones proporcionarán suficiente información para reconstruir su apariencia y su manera de hablar. Un intérprete muerto podría protagonizar una obra nueva cien años después.

Eso ya no será simplemente un efecto especial. Será una forma de resurrección comercial.

¿Quién podrá decidir lo que hace la copia de una persona muerta? ¿Su familia? ¿El estudio propietario de sus películas? ¿Un contrato firmado décadas antes?

Un actor podría aparecer defendiendo ideas que rechazó durante su vida. Podría participar en escenas que jamás habría aceptado. Su rostro seguiría trabajando, aunque la persona ya no pudiera oponerse.

Quizás llegue un momento en que los actores vendan los derechos de su cuerpo digital del mismo modo que hoy venden los derechos de una interpretación. No firmarán un contrato para una película, sino para todas las películas que puedan producirse con su identidad durante los siguientes cincuenta años.

Cuando todo eso ocurra, un actor verdaderamente humano podría convertirse en un lujo.

 

Sentir la película

El cine actual utiliza principalmente nuestros ojos y nuestros oídos. El cine futuro intentará ocupar el resto del cuerpo.

Podríamos sentir viento, humedad, calor, frío y vibraciones. Los olores aparecerían en el momento exacto. Si el personaje camina por un bosque, percibiríamos la tierra mojada. Si entra en una casa abandonada, notaríamos el polvo y la madera envejecida.

No serían los efectos mecánicos de algunas salas actuales, donde una butaca se sacude o cae un poco de agua sobre el público. Sería una simulación precisa y coordinada.

Después vendría algo mucho más complicado: intervenir directamente en el cerebro.

Las interfaces cerebro-computadora que hoy se investigan persiguen principalmente objetivos médicos, como permitir que una persona con parálisis controle un dispositivo. Estamos muy lejos de introducir una película completa en la mente. Sin embargo, cien años representan una distancia tecnológica enorme.

Si algún día fuera posible estimular directamente las zonas que producen imágenes, sonidos, movimiento o emociones, ya no necesitaríamos una pantalla, auriculares ni una sala.

La película ocurriría dentro de nosotros.

No veríamos a un personaje sentir miedo. Sentiríamos su miedo.

No observaríamos un recuerdo. Lo recordaríamos como si fuera nuestro.

Podríamos experimentar durante dos horas la vida de otra persona y regresar con emociones difíciles de separar de nuestra propia historia.

Entonces el cine alcanzaría su forma más perfecta y también la más peligrosa.

 

El peligro de preferir la película

Si una experiencia puede hacernos sentir más vivos que nuestra propia vida, algunas personas no querrán salir de ella.

Dentro de una película personalizada podríamos ser más jóvenes, atractivos, valientes o importantes. Podríamos recuperar a alguien que murió, conversar con una reproducción perfecta de esa persona y vivir una versión de la historia donde nunca la perdimos.

¿Qué ocurriría después, cuando tengamos que regresar a la realidad?

Hasta ahora el cine ha sido una mentira que aceptamos durante unas horas, sabiendo que es una mentira. Pero si la mente no puede distinguir completamente la experiencia cinematográfica de un recuerdo auténtico, esa protección desaparecerá.

El problema no será que el futuro se parezca a una película. El problema será que la película resulte preferible al futuro.

También habrá que preguntarse quién controla la experiencia. Una película que conoce nuestros temores, deseos y recuerdos poseerá información extremadamente íntima. Podría emocionarnos, manipularnos o insertar publicidad de una manera que hoy consideraríamos insoportable.

Ya no bastaría con advertir que una obra contiene violencia, sexo o lenguaje adulto. Habría que explicar qué emociones intenta provocar, qué información recoge y qué consecuencias psicológicas podría producir.

Una película de terror del futuro no se limitaría a mostrarnos una pesadilla. Podría construir la pesadilla específicamente para nosotros.

 

¿Desaparecerán las salas?

Curiosamente, mientras más individual y personalizada se vuelva la experiencia doméstica, más importante podría resultar la sala de cine.

Si cada persona recibe una película diferente, llegará un momento en que necesitaremos volver a compartir la misma historia.

Habrá algo especial en sentarse junto a desconocidos y aceptar que nadie puede alterar lo que va a suceder. Todos veremos la misma imagen, escucharemos el mismo diálogo y llegaremos juntos al mismo final.

La sala tradicional podría sobrevivir como sobreviven los libros impresos, el teatro y los discos de vinilo. No porque sea la tecnología más avanzada, sino porque ofrece una experiencia que no deseamos perder.

Tal vez dentro de cien años algunas personas continúen comprando palomitas, sentándose en una butaca y mirando una pantalla plana. Para ellas será una elección casi antigua, pero también una forma de descanso: durante dos horas no tendrán que decidir nada.

La película volverá a tomar el control.

 

El cine sobrevivirá a su propia desaparición

No sé cómo será exactamente el cine dentro de cien años. Nadie puede saberlo. Muchas tecnologías que hoy nos parecen inevitables podrían fracasar, y otras que todavía no imaginamos podrían cambiarlo todo.

Pero no creo que el cine desaparezca.

Puede desaparecer la pantalla. Pueden desaparecer las cámaras, los proyectores y hasta los actores humanos. La película podría dejar de ser una obra fija y convertirse en un mundo que se construye mientras lo recorremos.

Aun así, algo permanecerá.

Alguien seguirá necesitando contar una historia y alguien seguirá deseando abandonar su propia vida durante unas horas para entrar en ella.

Eso comenzó mucho antes de que existiera el cine. Comenzó alrededor del fuego, cuando una persona relató algo y los demás imaginaron que estaban allí.

La tecnología ha pasado más de un siglo intentando hacer que ese fuego parezca cada vez más real.

Quizás dentro de cien años lo consiga.

Y entonces ya no preguntaremos qué película vamos a ver.

Preguntaremos ¿en cuál queremos vivir?

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Fuentes / Referencias
Gëlico

Gëlico es escritor, pintor, ilustrador, actor, director y diseñador gráfico cubano-canadiense. Graduado de Actuación y Dirección en la Escuela Nacional de Arte de Cuba, también estudió Diseño Gráfico y Ciencias de la Computación en Toronto, donde obtuvo honores académicos. Su trabajo creativo abarca la pintura, la ilustración, la literatura, el cine y los medios digitales.

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