Hace 66 millones de años, el impacto de un asteroide en Chicxulub, en la actual península de Yucatán, desencadenó una crisis planetaria que acabó con los dinosaurios no avianos. Sin embargo, algunos parientes de los cocodrilos atravesaron aquella catástrofe. Una investigación publicada en Science Advances propone que parte de la respuesta estaba en el lugar donde vivían.
El trabajo, dirigido por Alfio Alessandro Chiarenza, de University College London, relaciona la supervivencia de estos animales con la persistencia de ambientes cálidos cerca del ecuador. La explicación combina refugios climáticos con características biológicas que pudieron ayudarles a resistir la escasez.
EL IMPACTO NO AFECTÓ A TODOS POR IGUAL
La catástrofe alteró la disponibilidad de luz y las temperaturas. Pero una perturbación global no produce condiciones idénticas en cada región. En las simulaciones del estudio, determinadas zonas tropicales y subtropicales conservaron condiciones compatibles con los parientes de los cocodrilos.
Esto no significa que fueran territorios intactos ni que los animales escaparan de las consecuencias del impacto. Significa que, dentro de un planeta profundamente alterado, algunos lugares pudieron continuar ofreciendo temperaturas tolerables para ciertas poblaciones. Sobrevivir dependía también de conservar un ambiente donde el organismo pudiera funcionar.
LOS FÓSILES PERMITEN RECONSTRUIR EL REFUGIO
Los investigadores combinaron más de 7.000 registros fósiles y datos de más de 400 especies vivientes y extintas con reconstrucciones del clima y la geografía. Así estudiaron cómo se relacionó este linaje con su entorno a lo largo de aproximadamente 245 millones de años.
El patrón general apunta a un seguimiento de los ambientes cálidos: su distribución se ampliaba durante periodos favorables y se contraía cuando descendían las temperaturas. En vez de interpretar su historia como una adaptación constante a cualquier clima, el trabajo destaca la importancia de ocupar regiones que siguieran siendo adecuadas.
QUÉ MUESTRAN LAS SIMULACIONES
Los autores probaron escenarios de reducción de la luz solar posteriores al impacto. Con descensos del 5 % y del 10 %, encontraron áreas ecuatoriales que todavía podían resultar habitables para estos reptiles. Con una reducción del 15 %, ese refugio climático desaparecía en el modelo.
La diferencia importa: el resultado depende de la intensidad de la perturbación simulada. Por eso se trata de una explicación respaldada por modelos y fósiles, no de una observación directa de cómo sobrevivió cada población. Los investigadores consideran menos probable el escenario más extremo analizado.
GASTAR POCO TAMBIÉN AYUDABA
El clima no basta para explicar la supervivencia. Los autores señalan otros factores posibles, como el menor tamaño corporal de algunos supervivientes, una alimentación flexible, la vida semiaquática y las necesidades energéticas relativamente bajas de los animales ectotermos.
Estas características pudieron complementar la ventaja geográfica. Un refugio térmico ofrece condiciones de vida, pero sus habitantes todavía necesitan encontrar alimento y soportar periodos difíciles. La combinación de distintas ventajas resulta más convincente que atribuir la supervivencia a una sola propiedad excepcional.
LOS COCODRILOS TAMBIÉN HAN CAMBIADO
Los supervivientes de aquella extinción no eran simplemente las especies actuales conservadas sin cambios. El grupo tuvo una diversidad mucho mayor que la que vemos hoy, y atravesó una larga historia de transformaciones y desapariciones. Además, las aves son dinosaurios supervivientes: la extinción afectó a los dinosaurios no avianos.
La investigación ofrece una imagen más precisa de aquella frontera entre vivir y desaparecer. Resistir no dependía únicamente de la fuerza o del tamaño, sino de una combinación de fisiología, ecología y ubicación. Algunos antepasados de los cocodrilos pudieron encontrarse donde las condiciones aún permitían seguir adelante.



