En el fondo de numerosas costas del planeta crecen extensiones de plantas que apenas llaman la atención desde la superficie. No son algas: las praderas marinas son plantas con raíces, hojas y flores capaces de retener sedimentos y albergar vida. Un estudio publicado el 4 de noviembre de 2026 en Nature Communications acaba de recalcular su contribución a uno de los procesos menos visibles del océano: el enterramiento de carbono orgánico.
El trabajo, encabezado por Ariane Arias-Ortiz y un equipo internacional, reunió información de 332 núcleos de sedimento para estimar cuánto carbono queda enterrado anualmente bajo estas praderas. Su conclusión es doble: las estimaciones anteriores eran demasiado elevadas, pero la importancia global de estos ecosistemas continúa siendo notable.
Según el análisis, las praderas marinas entierran globalmente entre 6 y 15 millones de toneladas de carbono orgánico al año. La cifra revisada equivale aproximadamente a una cuarta parte de ciertos valores de referencia anteriores. Lejos de convertirlas en irrelevantes, la corrección permite medir con mayor rigor su función y evitar promesas climáticas que los datos no sostienen.
UN BOSQUE SUMERGIDO QUE TRABAJA EN SILENCIO
Las plantas marinas realizan fotosíntesis, crecen en aguas costeras relativamente someras y ayudan a frenar el movimiento de partículas. Parte de la materia orgánica producida dentro y fuera de las praderas termina acumulándose entre los granos del fondo. Si permanece enterrada durante periodos prolongados, ese carbono deja de circular rápidamente por el ambiente.
El fenómeno forma parte del llamado carbono azul, una expresión utilizada para describir el carbono almacenado en ecosistemas costeros como manglares, marismas y praderas submarinas. Sin embargo, no toda la materia vegetal que llega al sedimento queda preservada: los microorganismos pueden degradarla, las corrientes pueden removerla y las condiciones locales modifican su destino.
Los autores estimaron una tasa media global ponderada por superficie de 33 ± 9 gramos de carbono orgánico por metro cuadrado y año. Esa medida no describe por igual cada playa o bahía. La profundidad, la sedimentación, el tipo de sustrato y la composición del ecosistema influyen en los resultados.
PEQUEÑAS EN SUPERFICIE, GRANDES EN EFECTO
Aunque estas plantas ocupan menos del 0,1 % del fondo oceánico, el estudio les atribuye aproximadamente entre el 3 % y el 6 % del enterramiento total de carbono orgánico del océano, según los supuestos utilizados. La desproporción entre superficie e influencia explica por qué su conservación despierta tanto interés científico.
El equipo trabajó con una estimación revisada de la extensión mundial de praderas marinas situada entre 247.700 y 366.400 kilómetros cuadrados. La amplitud de ese intervalo recuerda que todavía existen dificultades para cartografiar hábitats sumergidos, especialmente en costas poco estudiadas o aguas turbias.

Al sumar praderas marinas, manglares y marismas, los ecosistemas costeros vegetados representarían entre el 8 % y el 13 % del enterramiento oceánico de carbono orgánico. Son proporciones significativas, pero no equivalen a afirmar que estos ambientes puedan compensar por sí solos las emisiones de combustibles fósiles.
POR QUÉ CAMBIARON LAS CIFRAS
Durante años, distintas investigaciones emplearon procedimientos, regiones y especies que no siempre podían compararse directamente. Algunas estimaciones globales extrapolaban mediciones de lugares concretos a costas con condiciones muy diferentes. El nuevo trabajo intenta reducir esas distorsiones mediante una síntesis de registros sedimentarios y criterios analíticos más uniformes.
Los investigadores encontraron además una relación entre la concentración de carbono orgánico del sedimento y la velocidad con que este se acumula. Cuando llega una mayor cantidad de material mineral, el carbono puede quedar más diluido, incluso si la acumulación total del fondo aumenta. Interpretar correctamente esa relación resulta esencial para no confundir concentración con cantidad realmente enterrada.
La investigación se apoya en registros correspondientes aproximadamente al último siglo. Eso ofrece una perspectiva valiosa, pero no convierte cada muestra en una predicción segura sobre el comportamiento de una pradera durante las próximas décadas, especialmente bajo calentamiento, contaminación y alteraciones costeras.
CONSERVAR SIN EXAGERAR
Las praderas marinas también proporcionan refugio a peces e invertebrados, estabilizan sedimentos y participan en la salud de las zonas litorales. Su valor ecológico no depende exclusivamente de una cifra de carbono. La destrucción por dragados, anclajes, pérdida de transparencia del agua o urbanización puede afectar simultáneamente varias de esas funciones.
El hallazgo deja una lección importante para las políticas ambientales: proteger un ecosistema exige conocer sus beneficios reales, no inflarlos. Una contabilidad más prudente puede mejorar los proyectos de restauración y las evaluaciones de carbono, siempre que se compruebe qué se conserva, durante cuánto tiempo y con qué incertidumbre.
En un planeta donde la discusión climática suele concentrarse en bosques y atmósfera, estos jardines sumergidos recuerdan que una parte de la historia se escribe bajo el agua, grano a grano, en sedimentos que rara vez vemos.








