Hace unos 7.300 años, una de las mayores erupciones volcánicas del Holoceno sacudió el sur de Japón. La explosión de Kikai-Akahoya provocó terremotos, tsunamis y enormes depósitos de ceniza. Un nuevo estudio revela que sus efectos sobre las poblaciones humanas fueron mucho más complejos de lo que se creía.
Una catástrofe surgida del mar
La erupción Kikai-Akahoya ocurrió frente al sur de Kyushu, en una enorme caldera submarina. Fue un episodio de magnitud excepcional que expulsó cantidades masivas de material volcánico y cubrió grandes regiones con ceniza.
En aquel momento Japón estaba habitado por comunidades de la cultura Jomon, grupos de cazadores-recolectores con una larga historia de adaptación a diferentes ambientes del archipiélago.
Durante décadas, arqueólogos y geólogos discutieron si la catástrofe había producido un colapso generalizado de esas poblaciones. La nueva investigación, liderada por la Universidad de Lund y publicada en Science Advances, indica que la respuesta fue muy distinta según la región.
El sur ya estaba perdiendo población
Los investigadores analizaron patrones demográficos antes y después de la erupción. En el sur de Kyushu, una de las zonas más castigadas, la población Jomon ya había comenzado a disminuir antes del desastre.
Eso significa que la erupción golpeó una región que no estaba en su punto máximo de ocupación. Los grupos humanos que permanecían allí parecen haber sido relativamente móviles y dispersos.
La catástrofe agravó las dificultades, pero el descenso demográfico no puede atribuirse únicamente al volcán.
Mientras una región caía, otra seguía creciendo
Más al norte, el panorama fue sorprendentemente diferente. En el norte de Kyushu la población había estado aumentando y esa tendencia continuó incluso durante y después de la catástrofe.
Los autores consideran posible que parte de ese crecimiento se explicara por movimientos de personas desde las áreas devastadas hacia regiones menos afectadas.
En otras palabras, el desastre no produjo una única reacción. Algunas comunidades abandonaron determinados territorios, otras recibieron nuevos habitantes y algunas transformaron la manera en que explotaban los recursos disponibles.
Las costas se convirtieron en refugios
El estudio sugiere que varios grupos del interior se desplazaron hacia las costas septentrionales, donde los ecosistemas marinos pudieron recuperarse con mayor rapidez que los terrestres cubiertos por ceniza.
La pesca, el marisqueo y otros recursos marinos habrían proporcionado una alternativa crucial en un paisaje donde la caza y la recolección terrestre se volvieron más difíciles.
Este cambio pudo haber impulsado nuevas formas de adaptación y cooperación entre grupos que sobrevivieron al desastre.
La ceniza también golpeó a los animales
Uno de los posibles efectos indirectos de la erupción fue el daño a los animales terrestres que servían de alimento a las comunidades Jomon.
Los investigadores señalan que ciervos y jabalíes pudieron sufrir un desgaste dental severo al alimentarse en paisajes cubiertos de ceniza volcánica. Si esos animales disminuyeron o enfermaron, las consecuencias para los cazadores-recolectores habrían sido importantes.
Además, una erupción de esta magnitud puede producir efectos climáticos temporales mucho más allá del área inmediata del volcán.
El trabajo detectó precisamente señales de estancamiento o declive demográfico en regiones alejadas que antes de la erupción habían mostrado crecimiento.
Una sociedad no responde de una sola manera
La conclusión central de la investigación es que incluso una catástrofe extrema no produce consecuencias uniformes.
La vulnerabilidad depende de cómo vivía una población antes del desastre, de los recursos disponibles, de su movilidad y de su capacidad para establecer nuevas redes sociales y económicas.
Algunas comunidades pueden colapsar, otras desplazarse y otras incluso crecer al recibir población procedente de territorios destruidos.
Para los autores, esta diversidad de respuestas ayuda a comprender mejor cómo los seres humanos se han enfrentado a crisis ambientales durante miles de años.
La capa de ceniza que divide la historia
En el sur de Kyushu todavía puede verse una gruesa capa de depósitos volcánicos asociada a Kikai-Akahoya. Para los arqueólogos funciona como una frontera visible en el tiempo.
Por debajo de esa capa están los restos de un mundo anterior a la catástrofe. Por encima aparecen las sociedades que sobrevivieron y reconstruyeron sus formas de vida.
La erupción destruyó paisajes enteros, pero no borró la presencia humana. El nuevo estudio muestra algo más interesante: ante uno de los peores desastres naturales de la prehistoria reciente, las comunidades Jomon no reaccionaron de la misma manera. Se movieron, se reorganizaron y buscaron nuevas formas de sobrevivir.



