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Norma Segades :: Poetry

Manos cosiendo junto a una ventana abierta.
«Sus poemas tienen la altitud de aquello que se adentra en lo profundo.»
E.F. Iancilevich

 

«Los versos de Norma muerden, como la verdad. Hacen sentir más cerca la otra mano, hacen que la esperanza sea una sábana tendida al aire, henchida de luz. Sus versos detienen a la llaga para ponerla con ternura en nuestros ojos, sin la estridencia de pus que los lastime. Así, su libro es una de las cuentas en este dolor universal, collar que ciñe corazones y conciencias. Mi admiración por ese manejo cirujano del lenguaje, y sobre todo, por esa comunión con el dolor que nos iguala.»
Liz Durand (escritora – artista plástica – México)
«Norma Segades es una mujer de temple y garra que tiene prohibido renunciar a la poeta que vive en sus entrañas, a pesar de los obstáculos. Es una poeta bien plantada que desea libertad para su gente, que presta su voz al marginado, a los que sufren, a los que tienen hambre. En este libro, encontró Musas en el brillo de poemas de otras poetas hermanas. Le damos gracias por regalarnos su talento.» Lina Zerón (escritora – editora – México)

 

 

En la orilla del viento

Habla María

Ya no puedo parirte nuevamente…
Tengo toda tu muerte en mi regazo
y la inocencia herida de tus sienes yaciendo… en el ritual de mi ternura.
Pero puedo mecerte,
como antaño,
cuando enjambres de ráfagas azules desceñían la paz de tus caricias,
cuando mis manos de ágiles vaivenes tejían, con vilanos encendidos, las pastorales tramas de tus túnicas.
Pero puedo tener entre mis brazos,
no al Cristo… no al Profeta… no al Mesías…
sino esta palidez de tu silencio capturado en las redes de los sueños, como en esas fragancias madereras con que José, te construyó la cuna.
En la orilla del viento,
con tu sombra esbozando ese cuerpo fatigado sobre espinas de penas absolutas…
porque, no en vano el eco de mi sangre retuvo en sus esferas solitarias el dulce cautiverio de tus lunas.
En la orilla del viento,
sin respuestas,
paladeando un brebaje acidulado
mientras otras mujeres sollozantes salmodian sus dramáticas liturgias.
En la orilla del viento,
abandonada,
reclamando una tregua a los enigmas para cubrir tu pecho mancillado por navajas de sórdidas injurias.
Pero puedo tener,
junto a mi rostro,
tus frágiles mejillas, tus cabellos derramando sus últimas penumbras.
Porque ya nada existe sin tu vida: exhausta, macilenta y derribada en la ardiente crueldad de las torturas.
¿Por qué, entonces, me fuiste prometido por las voces del ángel, al crepúsculo
siendo, apenas, un cáliz de azucena sediento de lloviznas invisibles que colmaran mi entraña taciturna?
¿Por qué elegirme a mí?
¿Por qué mi vientre?
¿Por qué no te engendraron los volcanes en la lava apremiante de su furia?
¿Por qué fue una mujer?
¿Por qué la arcilla hubo de recibir la gracia plena para tensar Tu Nombre en su cintura?
¿Pensaste alguna vez que, en esta hora saciarías mi espacio de miserias?
¿Que un dolor excesivo, ilimitado, me entregaría a huérfanos naufragios, a ciegas escolleras de locura?
Ya no puedo parirte…
Ya no puedo…
Soy sólo esta mujer encadenada a su tristeza anónima y aguda…

 

Detrás de las urdimbres

Aquí estoy,
zurciendo con esmero este andrajo de amores eventuales que encontré
dobladito
entre la impunidad de los bolsillos donde encierras los sueños.
Oculto en punto atrás cada mentira,
cada caricia
y luna
y juramento.
Cubro la luz de su mirada herida con filamentos negros,
asiento planchas tibias sobre la orografía de su cuerpo…
Pero me cuesta.
¡Ay, sí!
¡Cuánto me cuesta desprender su ternura de las crestas insomnes de tu infierno!
Se ha adherido a tu voz,
a tu sonrisa,
trepó por tus cabellos,
inscribió sus raíces en la extensión desnuda de tu pecho.
Perdóname querido,
debí advertirlo a tiempo,
pero estaba ocupada en otras cosas:
preparando meriendas, fregando calcetines, tejiendo calendarios,
almidonando todos los recuerdos.
Perdóname querido
este dolor secreto que se enrosca en la piel de tu vergüenza al quitar los fragmentos…
Yo también me he quebrado algunas uñas y sangrado la yema de los dedos,
sin embargo ya ves,
valió la pena,
ni se ven las puntadas…
quizás un poquitito del reverso…
Nadie habrá de advertirlo,
nadie indaga detrás de las urdimbres,
todo está exactamente como siempre,
tu cabeza y la mía descansando en la complicidad cuadriculada de este antiguo silencio…
¡Qué descuidado eres vida mía…
llevar,
en un amor,
tantos remiendos!

 

Encender el amor

Señor jefe:
escrito a doble espacio,
con copia a personal,
según sus directivas tan estrictas y exactas,
atentamente quiero explicitarle mi ausencia en su reloj
cuando sonaron las siete campanadas.
Porque el día nació,
tímidamente,
como nacen los días,
sin palabras,
con los ojos sedientos de temblores y el horario sentándose en la cama.
Pero,
esta lluvia audaz
fue desflorando las matas de azaleas, las acacias,
las hiedras adheridas a los muros con sus uñas de cal, enamoradas…
y me exigió que no,
que no cediera a la rutina gris y cotidiana,
que arrebatara el fuego en sus pupilas con mis besos de urgencias y fogatas,
que arrancara a sus sueños los susurros donde se encienden todas las palabras,
que escanciara en su copa
las oblicuas
lloviznas de mi sangre derramada
desde el racimo azul,
desde el estambre de mi espiga compacta
en una nueva génesis poética de esta greda descalza
que erige las almenas de la vida cuando no hay asideros, ni ilusiones,
y el salario no alcanza para nada.
Por eso señor jefe,
con franqueza,
disculpe este retraso de planillas, y el desorden de peines y corbatas.
La lluvia,
perentoria,
me detuvo a encender el amor,
esta mañana.

 

Entre el aire y el fuego

Usted,
¿se ha dado cuenta que el olvido
es
algo más
que inaugurar la ausencia?
¿Que es una geografía sin vertientes
sobre la piel sumisa de la tierra
donde se hacina toda la sal de la tristeza,
donde crepitan lámparas amargas por los cielos desnudos
y las grietas,
y estridulan su látigo los grillos bajo la luz herida de cuatro lunas ciegas?
Un territorio hastiado de intemperies
donde vamos muriendo, de a poquito, sedientos de no verlo,
de no andar de su mano las mañanas,
de no escuchar su voz
cuando regresa,
donde creemos casi un imposible
retornar al asombro de ser uno
porque ya no sabemos cómo hacerlo.
Donde nos faltan nombres y palabras
y antiguos arenarios de promesas
y la savia especial de la ternura
y esa cierta vergüenza al extender los sueños y no hallarlo desnudando el amor,
a la derecha…
Si alguna vez su sangre,
su esperanza,
pudo sobrevivir a esa miseria,
usted se ha dado cuenta que, el olvido
es,
algo más,
que inaugurar la ausencia.

 

El torturado

“…porque sólo sé cantar lamentaciones / porque no puedo ser un ave de lluvia /
porque sólo soy un pájaro de cartón y piedra.”
Carmen Ávila
(México)

Porque habita el secreto,
porque no puede hablar de lo que duele
como turbas de espinas desgarrando su lengua,
desde aquellas desiertas madrugadas reclamando sus nombres
a pulso de picana, a fuerza de tortura, a paso de martirio,
apretando los dientes para no recordarlos en mitad de los miedos,
en mitad de la noche, en mitad de las lunas amarillas,
para no traicionarlos, para no maldecirlos
desde la soledad acantilada
y el dolor encendido.

Porque habita el insomnio,
porque el vuelo se ha vuelto fatigoso,
limitado y rasante como sus esperanzas
hartas de imaginar las libertades, la equidad, los derechos,
mientras la gente andaba los desfiles del júbilo, agitando el bullicio,
festejando ese triunfo que los parió una tarde los mejores del mundo,
ajenos por completo a tanta impunidad encapuchada,
decretando el silencio para la ausencia anónima
sepultando el hedor de la vergüenza
en el lecho del río.

Porque habita el fracaso
de ser hijo de un pueblo sin raíces
que inmola en los altares su diezmo de tragedia
y el nunca más es sólo un expediente entre tanta injusticia
y la historia repite sus errores sin tiempo, sus eclipses de olvido
y todo es negociable: hambre, feudos, proclamas, indultos, dignidades,
en este territorio de lesa hipocresía
donde una hostilidad a contrapueblo
desnuda los colmillos.

 

La escritora

“… porque hasta el último hálito de vida
voy a aferrarme a la conciencia.”
Leticia Ricárdez
(México)

La voz estalla en huecos de conciencia
con un gesto de espiga reclamándole al siglo sus silencios culpables.
La voz se eleva triste, sin ritmo de panfleto admonitorio
ni cadencia de muerte multiplicando coágulos
ni palabras convulsas.
La voz busca engendrarse
con semen de fogatas pulsando en la vigilia,
en el cántaro azul de una esperanza ejercida a mansalva.
La voz quiere ser clara como el agua en la lluvia o la luz en la aurora.
La voz quiere ser largamente pura.

Pero ella no suscribe al disimulo,
renuncia a los secretos, abdica a los disfraces, reniega de mordazas.
Entonces ya no puede consentir los dolores encrespados,
admitir los vendajes que ciegan las pupilas,
omitir la denuncia.
Entonces se apasiona,
entonces se derrama como un bálsamo tibio
entre todas las llagas rigurosas, entre todo el agravio,
entre todos los odios que invaden la intemperie cuando la vida exhibe
sus colmillos de eclipses y penumbras,

inventa algunas treguas tutelares,
alguna fe propicia que le encienda horizontes a pesar del espanto,
algún síntoma breve de escasas indulgencias malheridas,
un resto de plegaria agazapada
que funde otra liturgia…
Pero en el fondo sabe…
Pero en el fondo sabe
que algo viene creciendo a través de la pena
que, más allá de la quietud del viento, el hambre anda en jaurías,
que tiene el corazón de pie en las coordenadas del más hondo cansancio,
que tiene el corazón sobre la furia.

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Sources / References

Del archivo de Cañasanta. Republicación revisada de un texto conservado en la copia archivada del 04/11/2007. La fecha exacta de publicación original no está documentada: la captura acredita su conservación, no el día de publicación.

Se conservan los comentarios de E. F. Iancilevich, Liz Durand y Lina Zerón, y los epígrafes de Carmen Ávila y Leticia Ricárdez. La página original acreditaba una fotografía de Ahtzic Silis, que no se reproduce aquí; se mantiene su crédito.

Norma Segades

Poeta y colaboradora de la antigua Cañasanta. La revista publicó seis poemas suyos acompañados de comentarios de E. F. Iancilevich, Liz Durand y Lina Zerón.

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