Solos usted y yo, Dulce María
Dulce María,
sólo usted y yo sabemos
cuánto vale una casa:
ese exilio irreductible
donde se pueden encontrar
todos los vestigios del tiempo.
Una casa es para usted y para mí
el sitio único y bastante para no robarle al prójimo
sus pocas ilusiones.
Con estas paredes tenemos
para ir y venir
por los recónditos espacios de la luz.
Sólo usted y yo sabemos
a qué altura del sol o de la brisa
debemos abrir la puerta
y dejar pasar al visitante
que no viene a traer sino a buscar,
cuando más allá de la cornisa todo se acaba
y no se ha pensado en fabricar un arca.
Una casa
puede guardar todas las distancias cardinales
para salir o llegar
con la memoria precisa.
Una casa es también un poco sus vecinos
que esperan verla arder
o derrumbarse.
Pero una casa no depende
de los golpes del tiempo en su coraza
sino de la asepsia del alma que la habita
y eso, Dulce María,
hace mucho tiempo ya que lo sabemos, solos usted y yo
entre los cercos silenciosos de la herencia.
Postal de bolero
Para Élsida
Para Mercedes
Para Amaury
La calle Neptuno es el único lugar
donde acudo a llorar de madrugada,
sin que me moleste
el miedo triste de los transeúntes.
Qué me puede importar si en Los Parados
se ha perdido el polvo
con tantas copas insistiendo
en la garganta de Beny.
Todos pasan buscándolo,
pero una vez más
ha dejado el rumbo estelar de los casinos,
y como yo prefiere olvidarse en estos sitios.
Los violines
-estridentes en la alcohólica armonía-
proclaman por la esquina de Prado
que no puede perderse la oportunidad irrepetible de morir
en la fruición de driles
al compás de ese salmo susurrando
cha
cha
cha.
Las tiendas con sus bocas expectantes
provocan la orina y los abrazos
y un levísimo jirón del país
nutre sus memorias.
Calle Neptuno,
tú has podido enfrentar el mal de ojos:
brujeras, borrachos y travestis
se levantan,
exorcizan las aceras,
y las puertas más sucias
arrojan agua;
son los mismos que se asoman,
los mismos que nos pasan la carga
y se aferran a sus párpados,
a sus repisas llenas de postales,
y se niegan a creer que Beny sea
ese retrato
que más allá del mostrador
las moscas burlan.
Somos muchos ya
los que acudimos a llorar,
a exorcizarnos
de este escándalo,
esta humareda,
este polvo.
No importa que persistan los fantasmas
los traídos,
los que no han podido desovar en la nostalgia
tratando de engañarnos las esquinas,
las sombras y los portales,
a fuerza de sus ojos despintados-ausencias de domingo.
Porque muchos volvemos comprometidos
en este hermoso crimen contra el tiempo;
los mozos fieles
nos abren las puertas más secretas
nos sirven el santuario
donde acude La Habana a beber sus madrugadas.
La verdad acerca de una antigua historia de amor para el futuro
Para Olga, la mexicanita
Pon tus manos de virgencita frente al sol
que ya vendrá el espectro del tiempo
a agradecerte el sacrificio.
Los dioses han tronado sus sentencias
y un hombre se prepara a desposarte.
Marca un día en la calendra ancestral,
y el conjuro de los viejos
te limpiará de todos los venenos y las lenguas.
Habrá un coro en la montaña
y el volcán dará el minuto exacto de la ceremonia.
Desnúdate, entrega todo el oro,
escucha tiernamente a tu corazón
solo él, insobornable,
te abrirá la puerta al jeroglífico
donde quedarás eternizada,
yo estaré muy solo junto al fuego
procurando ser parte de tu ofrenda.
Entonces vendré
a imagen y semejanza de tus dioses
alzarás tus manecitas aún de virgen
mientras, rompiendo el pedernal,
el sol enarcará nuestro fornicio
para que el espectro del tiempo
no pueda reeditar la ceremonia.
Los códices mentirán luego al hombre
sobre una historia de amor sin sacrificios.
Sebastián
(del Libro Revelaciones del Silencio)
He aquí mi cuerpo
soy yo quien convoca
hoy a las saetas.
Vengan incrédulos,
cébense en la oquedad de mi ternura
levanten el denso rencor de los estrados.
He aquí el blanco de mi pecho,
dejen aquí los insultos
cobren el rito oscuro del peaje.
Mi perdón
devolverá todos los golpes
será como un río manso en sus conciencias
y cuando uno, sólo uno entre la multitud
baje el arco,
sabré que más allá de mis heridas,
aún más allá del mito y los trofeos
alguien guardará
las sombras de mis actos.
Perdidos en la noche
Yo tenía un patio,
algunas margaritas,
y un viejo tronco
que esperaba el buen tiempo para el retoño.
Todo aguardaba por el abono
que traerían tus manos
desde esa sombra donde crecías;
pero ha muerto tanta lluvia,
tanto invierno ha pasado hacia el sur,
y en qué medianoche podemos encontrarnos,
en qué sitio enterrar nuestro aullido,
si he perdido también
hasta mi puerta y mi voz
para invitarte.
Qué distancia nos queda hasta el disparo.




