El sacro bosque de los monstruos
…y dime luego si tantas
maravillas
fueron hechas para el engaño
o para el arte.
Manuel Mujica Lainez
Bomarzo
Sapiens
El sueño de la razón produce monstruos tú que viste arder mi casa lo adivinas como adivinas los bailes y dejas caer una moneda en las alcancías rotas porque te sobra valor ante cualquier cobarde en corredores parecidos a los del tormento que no llegan a serlo en esta falsa cadena evolutiva el rastro en el desierto no salvará la especie del látigo homo sapiens maldecido cómo saber lo que es una ventana si cuando miramos la ciudad encontramos el rostro del enemigo un rayo de luz es lo que queda aquí entre unas vidas y otras muertes por donde se filtra la demencia como un aullido tú que viste construir la hoguera acarrear leña como una mera urdimbre cuántas veces se han reunido los hombres junto al fuego y en él buscado sus rostros para reconocerse el sueño de la razón produce monstruos la soledad que en ti es principio en mí termina tú que has sido poeta ven a ver carpintero ven a ver el remolino en las aguas de estos días por mí atesorados no son más que joyas horas que se avistan en las tendederas porque han sido rescatadas del diluvio así es como llegamos a saciar las apetencias recogiendo las ofrendas en las fuente para después decirnos bajo la noche sigilosa hemos tenido la suerte de los otros y el oro no ha brillado en nuestras manos tú que observaste el sueño de tus hijos y diste al perro un hueso por usanza con mano zurda y sin sentirte dios mirando en las vidrieras cómo se oxida todo los cristales reflejan tu propio desencanto vienes a hablarme desde las tumbas pero no puedes morir porque el deber te pesa y en la garganta sientes la carestía del agua cuando una nube de polvo se interpone y ya no te das cuenta de los gestos el vino transitando las venas en los amaneceres ese es el morir un ardid por ti no descubierto es la llamita recién apagada en el ultimo plano de una foto trama en la que ya no cuentas ni siquiera como simple posibilidad eres solo ese acto de fe que me destruye con el mismo ímpetu con que la flecha penetra la manzana y la convierte en carcasa prescindible imaginad el viento en los andenes espacios reducidos a la espera a la añoranza del semblante desvirtuado por las armas del tiempo promisorias lluvias que nada fertilizan ese es el morir.
El animal y la palabra en el principio dos rostros frente a frente, dos casas, templos marmóreos sumidos en la niebla.
Entre ellos la noche significa una ascensión, el débil trazo de un lápiz que debió borrarse como se borran las quimeras.
Uno junto al otro andan esta pradera desolada, sin hallar un reducto que no sea su propio ser, y miran al cielo en el principio.
Oveja negra que en mí se inscribe te he visto en el espejo en los regresos y en las despedidas, cada tarde creciendo triunfal dentro del cuerpo. Entre nosotros esa sombra se expande, nos hermana cada tarde.
Masa de sombra negra liquida extasiada en los ojos y en el espejo, allí donde dejas tu escritura tu palabra, donde pastas y tienes refugio me iluminas, levemente viéndome caer hacia tu presencia.
Caído sobre la grama o la piedra, presto a marchitarse, bajo el sol está el rebaño. Gotas de luz menguada tras el viaje, fragmentos por nadie comprendidos, en espera del hombre que destila los jugos de la carne y teme dormir.
Pace el rebaño sin estado de gracia, ausente de los sueños voraces y de la podredumbre en los mercados citadinos, donde no se canta más que una oración contra el silencio y el filo de los dientes.
Mi padre es el lobo, añora la lluvia que cae sobre el hombre, sobre una Santa Clara dormida.
Quién va a entender su paso tristemente diurno, quién va a entender algún derrumbe.
La carne penetra en la guarida, desaparece en mis fauces, es algo que solía ocurrir en la lejanía, en otro tiempo menos húmedo, y en Santa Clara.
Buey que vi en mi niñez, derramando sangre un día, en la felicidad manchada y corrompida, viste tú en mí la absolución, acaso un vestigio de piedad?
Un suspiro nos basta para entrar en la nada, cabizbajos, con la doliente cicatriz del cuello, y en la pobreza.
El tránsito es el hilo rojo que baja hasta la tierra.
Pero esta tarde no he tenido paciencia para buscar un techo.
Extraña cacería, búsqueda absurda del vellocino por los surcos del mar que llevan hacia las islas.
Ningún lugar se hace tan ajeno a mis palabras.
Así de angostas son las sendas recorridas, su oscuridad se cierne como sobre las naves después de la cruzada y luego regresa, me regresa a esta ciudad a través de un puente tembloroso.
Nada en la alforja traigo para mis hijos, ellos han visto en mí su salvación.
EL conejillo de indias padece el grito. Qué va a ser de él cuando nadie pregunte por su suerte?
Con los guantes puestos hacemos las operaciones para ser alabados por los antepasados.
En ese instante yo soy parte de las huestes que marchan hacia un futuro prescindible.
En el otro instante regreso de todos mis miedos.
Esa es la condecoración.
Yo tengo sed.
Es el Kraken lo que surge ante mi puerta después
del desayuno.
Sé ser esa demencia la construyo le lavo los pies.
Nadie me convoca a mirar las estrellas, nadie sabe del monstruo diminuto y subterráneo.
Ciudad subterránea.
Debo, hallar, alguna, manera, de, pedir, perdón, por, mis,
palabras debo justificarme simplemente pero es el Kraken.



