Para Carlos Somano Lehtikangas.
Para el grupo que ya no existe, ocho años después.
A la derecha, siempre a la diestra, el grabado de Iván El Terrible. Cinco reunidos en cualquier lugar y el anexo simbólico en poder de quien debía contar esta historia.
“Uno menos y es Tarde en la siesta”… el que habla es Willy, el que farfulla, trepida, se encrespa mientras sostiene el libro-boom del momento. Hubo, hasta hace unas semanas, un sitio, una sede para tanta histeria… es claro que ya no la hay porque se debe comenzar a referir los eventos en el parque de La Cruz, en el cafetín de Yudimilkis… o en el sitio (cuando se puede, cuando a Belle se le olvida la pérdida de tres cuartas partes del pomo de chocolate); ya dirá quien cuenta: “Cuando a Belle se le olvide…”
Uno prefiere el parque, el fresco amodorrante y la vista panorámica. Así mismo lo encontró signado Eráquides en un papel largo:
SALSA RUSA
(A la derecha un grabado de Iván El Terrible)
EL ATLAS ESTÁ DESGASTADO EN UNA ZONA MUY ESPECÍFICA; SOBRE TODO EN AQUELLOS MAPAMUNDIS EN QUE EL OBJETO DE MIS DESAFUEROS SE SITÚA HACIA EL BORDE SUPERIOR DERECHO. CUANDO ME SIENTO TODAS LAS TARDES EN EL PARQUE, PARA NO AVERGONZARME DE MIS SOLILOQUIOS, TRATO DE COMPARAR LAS SUELAS DE LAS ZAPATILLAS DE LOS PIONEROS QUE REGRESAN DE LA ESCUELA…
ésta más que aquella, las Nike más resistentes al adoquín; ¿será alguna rusa; lo será? Tal vez un familiar que, antes de emigrar a Suecia por tren, atravesando los estados del Báltico, estudiara en la patria de Lenine (ME GUSTA CON LA VOCAL DE APOYATURA, ¿LENINE?, ASÍ LO HE LEÍDO EN MUCHOS LIBROS DEMODÉE); quizás una tía blanquísima, con hilachas doradas por cabello: OLGA–NATALIYA–VINETA–SVETLANA–CIFÁ y las rusas obligadas –turkmenas, tártaras o kazajas, pero rusas al final por comodidad del idiolecto popular.
APRETUJO CON DESASOSIEGO EL GRABADO QUE COSÍ DENTRO DE LA MOCHILA. ES UN ACTOR DE ALLÁ, NO DEL QUE SIGUE LÍNEA RECTA HACIA LA PENÍNSULA DE LA FLORIDA, SINO DEL ALLÁ EUROASIÁTICO, DIRIGIDO POR EISENSTEIN EN IVAN EL TERRIBLE, COBERTOR EL POBRE DE OTRO JUAN NO ESLAVO… nacido sin dudas en los 70 I-v-a-n / J-u-a-n, muy sencillo el juego fonético, pero más bonito a los oídos de la madre satisfecha, confiada en el amparo onomástico llegado desde el frío moscovita… OH, UNA TROIKA…
¿SANGRE AZUL? GALUBAIA KRAV, GALUBAYAS… ASÍ NOS DICEN ALLÁ. CREO QUE HARÁ PERDER TODO VALOR DE REDESCUBRIMIENTO A UNA NOVELA COMO LA DE ZOÉ VALDÉS. ¿EN MOSCÚ… EN NOVOSIBIRSK… EN YEKATERINBURG? NO SÉ… EN TODOS ESOS SITIOS QUE EXTRAPOLO PARA PENSAR EN LA ESENCIA DE JUAN SOVIETIZADO, TENEMOS ESE ENDILGABLE COLOR DEL HEMOS…
Algo fino, muy fino: una vez en Santa Martha nos gritaron flores, flores de canela. También Lorca se regodeaba en su poema a Whitman y me sonrío: Adelaidas de Portugal… por la reina Adelaida, supongo; y si no hubo una reina Adelaida, sería no obstante mujer delicada y proba… SANGRE AZUL, GALUBAYAS, ES MÁS DECENTE QUE TODO EL ESPECTRO DENOMINATIVO DE NUESTROS COMPATRIOTAS… me he dicho en el banco, y siento pena por los tenis gastados de esa niña regordeta y rubia que me recuerda a Iván sin nieve…
Más bien le pareció aparataje de ser enajenado, desechable para su gusto. “Ampuloso, ampuloso”. Sí, Willy siempre exagera un poco, mas ha de ser ampuloso porque se aspira a muchas ramas con casi nada de raíz. El parque puede ser el sitio porque se presta para pensar, reflexionar, subjetivizar; no precisa ni de descripción porque los parques todos se parecen, y las historias contadas en primera persona no hacen más que romper el encanto de la despersonalización. “No sirve”… se lo da a Willy para su colección de impropiedades. “Algún día nos reuniremos a tomar el té en un sitio que no sea el sitio (risita con venas azulitas y crispadas) y me daré gusto con mi libretón…”
Por eso Eráquides le ha dado todos sus originales a Yudimilkis; la ha hecho importante depositaria desde hace unos dos años. Ella los toma con sus dedos óseos, doblándolos y redoblándolos. A la cajita de alpaca, junto con el dinero: “Hay té frío, caliente… té frappé, croqueticas… y la obra en ciernes del que será un gran escritor”. Es su slogan desde que abrió el cafetín –ilegal claro- para la farándula más benigna. Los cinco pasan demasiado tiempo allí y Eráquides teme, se inquieta cada vez que Yudimilkis abre/cierra para dar el vuelto: Willy es una lámpara, y más que una lámpara es quien paga, da y recibe su débito, escrutando con ojitos de zarigüeya. “Si parezco una zarigüeya… es más soy una zarigüeya, adinerada y mantenedora de pájaras vagas y muertas de hambre”.
Cuando pasaron tres meses fue que Eráquides cayó en la cuenta de lo inútil de su omisión. Censurar un papel largo, robado del bolso del que suponía amigo de marras y enemigo en materia creativa, es insuficiente…
“De España, m’ijo, de España”. Dos cartas a la vez, por el temor de Uno –eterno temor– a quedar a medias. En los dedos de Yudimilkis y en las garras de Willy las primeras noticias. “España, aparta de mí este cáliz”; y ya está en su poder el resultado, ya el hiperquinético de Willy lo pone en contacto con quien se ha ido para que en verdad quede ajustado el elenco de Tarde en la siesta.
Sevilla, 25 de octubre y 1995
(…) y ahora serán cuatro como ha querido el ojo público. Fue rápido y emocionante este marchar hacia mi objetivo. Yo me decía TODAS Y TODOS SON TAN BRUTOS, VULGARES Y MATERIALISTAS (no ustedes, me refiero a los jineteros) QUE SERÉ LA OPOSICIÓN, por hetairo de este mundo me birlé a la vasca… mucha exaltación del euzkeda, lengua-fósil, de Euzkadi, de las vascongadas, y hasta de ETA: mucha poesía nacionalista hablando de las lilas y los chopos en invierno… y aquí me veis –ME OÍS, ME LEÉIS- más cerca cada vez. A la vasca me le perdí en una disco; ahora me las entiendo con un catalán y visto solamente de rojo-amarillo. ¡Bendito este país de las nacionalidades!
Llegar al cafetín y verles departiendo, pasar por el parque de La Cruz y escuchar sus disquisiciones filosóficas, intuir –en la encrucijada de callejones- que tomaban para ir y venir sendas distintas, era asociarlos aún al sitio. Pero quien contaría fue lo suficiente atinado para notar que ya no era igual y supo, desde ya, que se perdían motivos importantísimos para armar una crónica de alienados, compensados y consolados desde su torre de cristal.
Ciertamente Eráquides pecó de descortés cuando Willy propuso armar el VIA CRUCIS. Es por ello que sólo tres tazas de té, tres cigarros humeantes (una agujeta malva el de la Zary) y seis ojos siguen el recorrido mientras Yudimilkis hace las veces de modelo y medio de transporte. Un mural de los C.D.R. desactivado, que la mesera clandestina ha forrado de papel alba se apropia de toda la pared, porque los apuntes, leyendas, simbologías y marginalias exceden sus dimensiones. Belle, que de vez en cuando algo aporta, delineó el mapa político de Europa, esmerándose sólo en un imaginario listón central –el resto importaría poco. Antes de la separación amistosa fue Eráquides quien trajo los pliegos cromados, rojo sangre, con varios años de engavetamiento en su haber.
– No pude hacer más nada…- y enseña Yudimilkis varias docenas de banderitas soviéticas, punzantes alfileres que Willy manda colocar para seguir el peregrinaje de Uno. MILÁN, a través de Gianluca, peluquero; VADUZ, mediando una alemana –viuda de un liechtensteiano-cuyo nombre pareció ininteligible al recopilador; BERNA, al amparo de un matrimonio de vocales en un perdido cantón suizo… esa era la ruta que se iba llenando de banderitas bolcheviques. “¡Uuy, la nueva invasión roja! ¡Prepárate, Praga, porque nosotros somos tan duros que reciclamos la historia!”, decía Willy y esbozaba la foto del proveedor, jineta, pepe o patrocinador de turno; en ocasiones no era preciso imaginarlos: el propio Uno enviaba fotografías con su salvador(a).
Ha de repetirse con certeza: Eráquides pecó de descortés. No pasó inadvertido a la hora de violentar la cajita de alpaca para utilizar sus borradores. Tal dejadez ha privado al que narra de valiosa información. Yudimilkis no recibió nunca más sus escritos, apuntes, reseñas o sentencias… mas, y a pesar del asedio de Willy, se mantuvo firme en su misión de Can Cerbero: “de esa cajita, Zary, sólo recibirás lo que te toca: el vuelto. ¡Son $ 3,50!” y la misma mano huesuda que clavaba alfileres con banderitas de la U.R.S.S. en la ruta del geisha errante, se extendía en abanico para recibir lo suyo.
Belle pasó a copar el protagonismo. El sitio, volvía a ser el sitio de las tertulias nocturnas, cuando se hastiaban del cafetín y la nueva farándula que comenzaba a frecuentarlo. No faltó quien siguiera atracándose a escondidas de chocolate, pero tampoco la información de primera mano… y Belle perdonaba. Supieron así de la mala vida de Eráquides, de sus nuevos hobbies. “Prefiero lacerarme los brazos con todos los alfileres del VIA CRUCIS, que caer en eso… (aumenta el trepidar, la convulsión y las venitas azules se embotan)… ¡qué me agarre yo sentado en la plaza con esa pila de viejos, jugando mi DINERO (énfasis sostenido) a la chapa de los carros!”. Willy tuvo razón en última instancia, porque a la hora de escribir los anales de Eráquides quedaba el subproducto y un recuerdo leve, ligerito:
– Yo por ese hombre hubiera dado la vida –repetía Yudimilkis restregando el cofrecito contra los senos escuálidos.
– Todas ustedes lo hacen, pero en vano, mi amor. ¡Mira a la pobre de Ildiko!… los ojos de Belle se tuercen hacia la foto, pequeña, en el mural.
Budapest, 17 de junio y 1996
(…) y no tengo la culpa de nada. Si la utilicé fue por causa noble. Creo que siempre estuvo algo tostada. Ahora estoy en un penoso lío con Inmigración: era ella quien me hacía legal en este país. No tengo la culpa; pero a veces me da un MAREÍTO DE CULPABILIDAD. Por el momento he decidido no ir a hacer nada a la parte de BUDA; cuando más llego hasta el puente, ese que la escinde en dos, entonces me parece que todavía la veo saltar, entonces vuelvo a PEST, me refugio en un Club de Veteranos de la II Guerra Mundial. Es mi única paz, MI HÁLITO ÚNICO DE LUZ… ahora mismo, mientras miro las reproducciones añosas, creo advertir en todos esos soldados sucios el rostro de Iván; sin que pueda obviar que alguna heroína de la Resistencia Húngara me recuerde, por desgracia, a Ildiko (…)”
Como en toda sucesión de hechos narrativos, llegó una etapa hueca, un impás larguísimo que nada violentaba. Aquí se precisaría de un gran talento para contar la abulia, la similitud entre los días. Cambiar, lo que se dice mutar, sólo Yudimilkis que se empecinó en ser actriz. Por eso ha de verse a Willy de nuevo en el Cafetín; gracias al empeño que han puesto en el monólogo es que la historia cobra algo de sazón:
– Dale, niña, otra vez.
– “Yo estaba sentada, mirando la esquina de la mesa… (una mano esquelética sobre el pecho, cabellera suelta y, colgando del cuello, la llavecita del cofre de alpaca… ya se ha dicho lo lámpara que es Willy, por muy instructor de teatro que parezca; se infiere, por demás, que nuestra actriz se mete de lleno en el personaje… mejor precaver que tener que lamentar)… y luego tendí la vista hacia allá,. Donde el camino rojo da un recodo, cuando vi el auto sin ruido y con…”
– Dale, bruja, ibas bien…
– ¡Ayyyy, busca otra banderita, Zary (una risa estruendosa), busca otra banderita!
Willy salta primero, claro. Si quiere que busque ella la banderita, porque en definitiva tiene la llave del cofre. Y ya está junto al moskovicht particular, y ya le responde al portador, ante la mirada recelosa del chofer, que sí, que allí vive Yudimilkis de la Prida, y que muchas, muchas gracias, y que quién le ha dado la carta de su coetáneo, sellada en… ¡SVERIGE!… ¿¡SUECIA!?… (¡Ay, qué lejos fue a dar ese niño; con lo mal dibujada que quedó esa parte en el VIA CRUCIS, por tu madre!) y que muchas, muchas gracias otra vez a usted… “¿cómo se llama?”
– Carlos, Carlos Somano.
– ¡Ay, gracias, Carlos!
…y el carro que arranca “con una nube de polvo detrás”; y la Zary que grita, tremola y convulsiona…
– Niña, dale, la banderita; voy a llamar a los otros from the phone.
Estocolmo, 13 de julio y 1997
(…) y estoy en un parque cercano a la embajada cubana. Pienso ir allí a inscribirme, aunque me gustaría más (no se lo digas a nadie) VOLVER. No entiendo mi depresión. Ahora mismo lo estoy, a pesar de que todo es bello a mi alrededor. Mira, la yerba es verde, los árboles inmensos. Hay robles, arces, tilos que rodean –bordean sería mejor- los paseos y dejan caer gotas de néctar que refrescan el ambiente; no hay calor, pero tampoco frío; el sol brilla. Ahora mismo un perro hizo caca y la dueña busca el mojón por todo el césped sin poder encontrarlo. También hay un estanque pequeño como si fuera un manantial (…) no se lo digas a…
Diríase que ya sólo el acto simbólico de los alfileres sobre el mural los convocaba. Es de esa época la única foto colectiva, excelente material para proceder a las descripciones, desechado a la larga porque a la hora de compilar se concluyó que adulteraba el espíritu real de la fraternidad. “Faltan dos, y ya no es lo mismo –dijo Belle cuando se la llevaron al sitio- además el ambiente no era el más propicio; miren, en la esquina, salieron todos esos poetas insoportables”.
Yudimilkis, por complacerles, no iba a renunciar a su negocio y, en el proceso de toma y daca, fue encontrando otros complementos para su vida. El cafetín fue, desde la segunda diáspora, la oposición al sitio y así no hubo descanso ni comunión entre las dos facciones de la farándula. Ella siguió, por costumbre, guardando los manuscritos de sus escritorzuelos, neo-amantes, sustitutos del Eráquides que en todos buscaba innecesariamente. Sólo el VIA CRUCIS constituyó nexo con sus antiguos camaradas.
En los días de buenas nuevas el cafetín cerraba. Como si se perpetrara una conspiración, y de uno en uno, iban llegando los espectros. El mapa de Europa semejaba el cuerpo lastimado de un San Sebastián yaciente: las primeras banderitas mostraban con orgullo el papel descolorido sobre las astas herrumbrosas. A los ojos de los nuevos acólitos se tornaron un grupo lastimoso y, si en otro tiempo habrían reventado de vanidad, ahora no les haría la menor gracia saberse –por diferenciados y extemporáneos. El objeto de muchos de los poemas que en la ciudad se escribían por esos días.
Ante el desconocimiento de un destinatario seguro y sedentario, optaron por escribirse entre sí mismos las esquelas que a Uno enviarían y no quedó postal de la Rusia soviética, ni paisaje de la Siberia o el Mar de Aral en los libros de Geografía, que no archivaran para el ídolo trashumante y alígero. Hasta Belle hizo entrega simbólica de un pomo de chocolate en polvo, al que superpuso una pequeña acuarela como etiqueta, representando a Uno abrazado al osito Misha, pero sin atletas ni pizarras humanas en el trasfondo. Willy, un poco más cuidadoso, evitaba desembocar en patetismos sensibleros; pero hacía mutis ante el altar, mascullando para sus adentros: “lo que uno hace por los amigos, mi madre, este es el corsi e ricorsi comunistoide”.
Cuando ya las misivas desde TIRANA con su olor a higos en conserva habían sido degustadas y la foto de Dhimitrag Meçani era manjar de telarañas en el retablo de proveedores; cuando la que creían penúltima banderita se enseñoreaba sobre el mapa de la antigua Yugoslavia (que Belle no supo fragmentar en los nuevos estados de ella desprendidos y, además, nadie creyó opinado porque “ahorita se juntan, bobo, esa sangre mezclada es así”), no quedó otro remedio que incrementar la asistencia al cafetín. De esta suerte no sólo prosperó el negocio –Yudimilkis cobraba a todos sin distinción- sino también el número de obras literarias. Tal choque de ideas, generaciones, sectores sociales, afinidades electivas, aparentaba una bullente caldera y no pocos concursos deben sus ganadores a este mes incendiario.
Apeló Yudimilkis a todas sus capacidades histriónicas para contentar a unos y a otros; dividía su tiempo maravillosamente entre los temblores vehementes de Willy, las rabietas de los líricos venidos a menos de los 80 y las parrafadas de René de Coÿr, el poeta del momento, quien le dedicara, cuando estos hechos eran artificios de ficción narrativa, su libro Las (vidas) Miserables. Compensaba los silencios melancólicos de Belle con la chismografía extensiva, torbellinezca, reduplicada de Alexos Ávalos-Castañet y Wilberto Calero-Williams.
Nunca antes se hizo tan deseado el arribo de Uno a su destino ab æternum. La convivencia era desgastante: para la mesera, para Belle –en el diván-, para Willy, para la facción rival… y para mí.
A duras penas soporté permanecer. No anhelaba siquiera que mi compañero en el pas de quatre nacional pudiera anclar en su status ideal; más bien me apremiaba la historia que contar, hacerme de un rol dentro del grupo, dejar de ser un simple actante, el preterido… por eso cuento, por eso me he inquietado siguiendo los pasos truncos de Eráquides, enfrentando los exabruptos de la Zary, deslumbrando la mente tornadiza de Yudimilkis, intentando una imagen distinta que opaque las luces de heroína romántica de Belle. Yo debí unir los hilos, hurtar la caja de alpaca, poner la última banderita sobre el VIA CRUCIS. En la espera fui el Otro, alienado. No creyeron los que hasta este momento han tenido nombre que fuese yo el inofensivo portador del final:
Tsalónica, 30 de noviembre y 1997
(…) acabo de regalar a Bathóry, mi perrita faldera; trabajo me costó porque ha sido mi única y verdadera compañía desde hace dos años. DEBO CONFESAR QUE LLORÉ MÁS QUE CUANDO ME DESPEDÍ DE SOTIRIS. No puedo culpar a Bathóry por nada, no: me cago en la concha de la madre de Konstadínos Menomékos y su edicto imperial tan milenario.
Finalmente llegué al tercer brazo de la península de Calcídica, tras muchas discusiones con Sotiris, explicándole que no era simple vocación monástica este afán mío de vegetar en Monte Athos…
DESDE QUE HABLÉ CON EL JOVEN NARRADOR DARÍO O. ARMADA, UNA TARDE PLOMIZA DE BIBLIOTECA, SUPE QUE MI DESTINO ERA ALLÍ (AQUÍ), EN EL MONTE SANTO, EN CUALQUIERA DE SUS VEINTE CONVENTOS. YO ME DECÍA QUE DE LOS 3 615 RUSOS ALLÍ HABITANDO, ALGUNO POR LEY DE LA VIDA SERÍA EL IVAN QUE TANTO CODICIÉ; YO ME CONSOLABA PENSANDO, INCLUSO, QUE SI NINGUNO DE ESOS IVANES FUESE EL DE MIS DESAFUEROS RUSÓFILOS, HABRÍA SUFICIENTES ROCAS ESCARPADAS PARA IMITAR A ILDIKO KELEMEN Y PERDER ESTA RUSA VIDA CON ACABADO FÍLMICO, SÁFICO…
Me decía mucho más, y más aún ignoré. Sucede que ya excedo los 20 años y, aun cuando falsificara los documentos para pasar por veinteañero, mi rostro imberbe es otra impedimenta, mucho mayor que tener una perra –NI MUJERES, NI ANIMALES HEMBRAS EN MONTE ATHOS, SEGÚN MENOMÉKOS. Saben todos ustedes, CREO HABERLO DEMOSTRADO, lo luchador que soy; incluso las impedimentas todas se irían a la KAMCHATKA si quisiera… pero sería como arar en un KOLJOV porque durante la I Guerra Mundial LA TOTALIDAD DE LOS MONJES RUSOS ABANDONÓ EL PAÍS.
Nada tengo que hacer yo en estos 314 km2, sin Iván, sin Bathóry, sin barbas y con más de veinte años. Gracias a Yudimilkis he sabido de su interés de ustedes por mi peregrinar, del estado actual de la creación literaria en la ciudad, de la fuga espiritual de Eráquides. Saludos a todos. Díganle al poeta, cuyo nombre no recuerdo (¿de Coyer, Coÿre..?), que me gustó mucho su poema Embarque a Citerea, que incluso me ha dado nuevos bríos.
Avisen a Belle que me mande la dirección de su prima, la que trabaja en el consulado de Cuba en Bulgaria. He de dejarlos porque tengo cita para cenar con Merlene Frazer –una cantante jamaicana de un cabaret local, con la que me he estado viendo- …y no os preocupéis por mí, sino alégrense, QUERIDAS GALUBAYAS, y griten a los cuatro vientos del Caribe que preparen a sus mulatos velocistas, que van a temblar las palmeras y a acallarse las steel-bands, porque mañana, MAÑANA A LAS 3:00 DE LA TARDE YO ME VOY A MONTEGO BAY.
A la derecha, siempre a la diestra, el grabado de Iván El Terrible. Mucha gente reunida en el cafetín y toda la papelería en mi poder. Mañana comenzaré a escribir ese cuento para el concurso; sacaré mi tiempo porque ando de atareado. Mi protagonismo dentro del elenco de Tarde en la Siesta ha aumentado por mucho que prefiera atrincherarme en el anonimato.
Belle ha terminado el mapa del caribe que se le encomendó. Willy cuchichea con Yudimilkis tratando de solucionar el problema de las banderitas jamaicanas. “Cuando a Belle se le olvide lo del chocolate, me llevo unos pliegos que vi por su casa”. Yo, el Otro, entro desde lo que fuera una cochera: “Ya escribí el menú; apúrense para leer la carta que llegó desde islas Azores”. El Otro, yo, vuelve a la cocina, abriéndose paso entre los comensales de nuevo tipo, pensando que no sólo los parques sino también los cafetines y los sitios todos se parecen. Aún tiene agudeza y nos contará, ahora repasa, escucha con mirada abisal los discursos entrecruzados y, por sobre todos los sonidos que engendran los caracteres típicos en circunstancias típicas, la voz estridente de Yudimilkis:
– ¡Noooeelllll… papito: busca en la caja de alpaca una tiza y pon en la pizarra que las croquetitas tienen salsa rusa…!




