Mi muy estimado Kernahan:
En primer lugar, quisiera que tan pronto como recibas la presente, le des mis saludos a Sarah y a los niños y a todos los muchachos, cuando tengas la oportunidad de encontrarte con ellos, real o virtualmente, y entre nosotros, un beso para Sandra (virtual, para que se lo des tú mismo, aunque sea de manera holográfica).
Bueno. Y ahora quisiera pedirte algo, ya que por algo somos viejos amigos y no tenemos que andarnos por las ramas. Aunque no se me viene a la cabeza nadie en particular, me ayudaría mucho que te las arreglaras para encontrarte casualmente, en persona eso sí, y haciendo uso de tu inimitable estilo, con algunos de nuestros antiguos conocidos en Relaciones Exteriores. Dicho sea, entre paréntesis, aprovecho para anticiparme a la mirada irónica que puede que tengas a estas alturas: ¡Una carta por correo! Pero tengo que decirte que éste es uno de los pocos lujos que me da mi posición del que no estaría dispuesto a prescindir, aunque se me tache de snob o anticuado.
Ahora procedo a responder las preguntas que me hacías en tu último holograma. Tienes mucha razón al decir que las impresiones de primera mano complementan y dan sustancia a los informes más precisos y llenos de datos, que sin importar su cantidad de sitios o material gráfico, nunca son tan detallados como quisiéramos, cuando llega el momento de hacer uso de ellos.
La vida nunca fue fácil en este país, sobre todo en las provincias, por lo menos desde el punto de vista de los habitantes de la superpoblada capital, los viajeros y los turistas, o incluso los periodistas extranjeros que se han vuelto a interesar en el país recientemente.
Sobre los inicios del Proyecto de Desarrollo, tú te acordarás de la fecha mejor que yo, ya que por ese entonces estabas empezando a trabajar en Relaciones. El régimen actual del país, que personalmente prefiero no calificar como dictadura, ha mejorado indiscutiblemente las cosas para el inversor, el turista, el consumidor a distancia y el viajero en general, durante los últimos 10 años. La vida es más que tolerable para nosotros, el que habla y mis asociados, dado que, como la mayoría de los extranjeros residentes, hemos aprendido a preocuparnos de nuestros propios asuntos. Era natural estar un poco asustado al principio, y aún ahora uno se siente un poco intranquilo cuando se oyen ruidos en la noche. Pero a la mañana la gente sale a trabajar, las mujeres se van de compras y los niños a la escuela, uno podría decir que con el deseo en la cara de vivir, de disfrutar, de gozar del sol (lo que ahora es peligroso, por eso del ozono), que era la divinidad principal del panteón de los indígenas en los tiempos precolombinos. La gente lo saluda a uno con amplias sonrisas, las mujeres lo miran a uno y apartan rápidamente los ojos, con esa coquetería recatada que han descrito hasta el cansancio los turistas y viajeros y que ya mencionan los diarios de navegación de los piratas y corsarios que recorrieron las extensas costas del país ya en el siglo XVII.
Personalmente no me puedo quejar de mi situación aquí. Es verdad que podría estar en un lugar más civilizado, como tú inteligentemente acotas, y con más libertades. Pero te digo que no tan sólo aquí hay que tomar precauciones para llamar por teléfono, o usar el correo electrónico u holográfico, como bien sabemos. Además de que la mayoría de las decisiones que tomamos forma parte de nuestros caracteres, de nuestra hechura genética desde antes de nuestro nacimiento. Y esto es peor aún cuando se le suma el medio ambiente: como sabes, desde mi infancia he estado rodeado de gente dedicada a los negocios, de tiburones de las finanzas. Mi bisabuelo fue uno de los pioneros de las rutas marítimas en las Indias Orientales. La figura de ese noble marino y comerciante es el orgullo de la familia. En mis momentos de inquietud y nostalgia, me gusta pensar en su cara que me mira desde el sepia de las viejas fotografías.
Yo podría haber intentado en la madre patria, aprovechando los recursos y el nombre de mi familia y la modernización de la industria. Pero siempre me pareció que los grandes, azules, serenos ojos de ése mi antepasado predilecto me miraban, incitándome a seguir sus pasos. Nuestros antepasados, piratas y comerciantes, todavía parecen navegar sus barcos por las corrientes de nuestra sangre. ¿Qué te parece la imagen? Pero a pesar de que cuando llegué aquí me sentía como ‘un extraño en una tierra extraña’ (como habría dicho Heinlein), fui muy bien recibido y estaba en los negocios a los pocos meses. Desde mi llegada misma se me acercaron -y me acogieron- miembros prominentes de la comunidad comercial y de las instituciones.
Pero como sabes bien, no puedes esperar de mí estadísticas o análisis sociológicos. No soy un científico como tantos que han venido a estudiar la sociedad y la economía del país con sustanciosos fondos para la investigación -que no niego- benefician indirectamente nuestras operaciones, o como el señor Leech, el arqueólogo, que parece haber consagrado su precioso tiempo al estudio de las ruinas enterradas en la selva. Y digo parece por razones que te mencionaré más adelante. Él puede vanagloriarse (como hace en sus artículos, que tú ya debes haber leído a estas alturas) de su conocimiento de los habitantes y sus relaciones con ellos. Y aquí tengo que admitir un hecho notable: a pesar de ser tan amistosa, la gente de aquí mantiene una reserva suave pero inflexible hacia los extranjeros, lo que en general nos relega a los márgenes de ciertos aspectos importantes de la vida social y cívica del país. Lo que afortunadamente no ocurre en el caso de los negocios.
Robert Leech, a quien me refería anteriormente, llevado yo diría por un exceso de entusiasmo y juventud, no tiene tapujos para declarar a quien quiera oírle, periodistas extranjeros, funcionarios de la embajada y burócratas de organizaciones no gubernamentales, incluso cuando asiste a las mismas recepciones a que ellos lo invitan, que ellos nunca entenderán a estas personas–su natural aceptación de muerte, la inanidad y superficialidad que manifiestan para neutralizarla, y su pesimismo intrínseco, reflejado en la miríada de refranes que ellos han acuñado para cada circunstancia de su vida diaria. Con respecto a esto, yo pienso que te convendría leer los trabajos del Sr. Leech, si puedes dejar de lado sus declaraciones políticas obstinadas y bastante radicales.
Por supuesto siempre es útil entender las costumbres y la idiosincrasia de las personas con quienes uno tiene que alternar; ésa es la regla de oro de los negocios. Sin embargo, todavía me resulta difícil entender cómo ellos combinan este pesimismo con su obvio deseo por vivir, y con esa proclividad casi universal para beber y festejar (incluso cuando las situaciones financieras particulares parecerían hacerlo imposible), y una sensualidad que multiplica los abortos (clandestinamente, ya que la religión oficial de este país es una versión casi medieval de Catolicismo).
Pero nada de lo anterior es asunto mío. Como mercader y extranjero, yo siempre he sido recibido por mis colegas empresarios con sumo respeto y consideración. Yo nunca me he involucrado en la política del país y nunca lo haré. Yo no apruebo la manera en que nuestras Iglesias se mezclan en política, sobre todo en la de otros países. Quizá tú tendrás más suerte que yo tratando con Leech. Él es considerado como una autoridad en este país. No hay ninguna duda que en el entorno académico y también en ciertos círculos liberales eso parece tener una gran influencia (para mí difícil de entender) que a veces se traduce en nuestras políticas hacia la región. Te adjunto su dirección electrónica.
Yo he convertido este lugar en un segundo hogar. Me he casado a una mujer de aquí que me ha dado dos hijos que espero a su debido tiempo irán a completar su educación en la misma universidad en la que tú y yo nos graduamos.
Debo advertirte que te darás pronto cuenta que Leech no es tan sólo un especialista de incuestionable mérito, sino también un hombre joven y muy impulsivo, más entusiasta que cauto, cuya vida podría peligrar alguna vez si persiste en mezclarse con los intelectuales, estudiantes, y la población aborigen.
Quiero mencionar que tu visita será bienvenida por las autoridades locales, que si bien podrían considerarse ásperas según nuestras normas, han sido instrumentales en contener la anarquía y lograr la participación de este país en la vida económica del Mundo Occidental. El Coronel Baeza, alguien con quien tendrás por fuerza que encontrarte, se me aproximó en una reciente recepción en el Ministerio de Justicia, y me informó de tu visita. Y el nombre del Sr. Leech, con quien no tengo nada que ver, se mencionó al pasar de manera no muy positiva en relación con un cierto Instituto de Investigaciones que es financiado parcialmente por tu Departamento y se considera que tienen un cierto de tipo de inmunidad diplomática. Últimamente este instituto ha estado publicando cierto material en el extranjero que no es visto muy favorablemente por las autoridades locales. Usted no puede olvidarse que esta institución, que juega un papel significativo en la comprensión cultural entre nuestros dos países, funciona debido a la imagen positiva que nuestra nación proyecta a través de sus políticas internacionales y el trabajo cotidiano de residentes como yo mismo.
Tú sabes tan bien como yo que tradicionalmente, y quizás debido a su aislamiento geográfico, este país no ha sido nunca demasiado prudente en relaciones internacionales. Quizás tú tengas la amabilidad de hacer llegar estas ideas al rígido Sr. Leech que parece estar demasiado posesionado de su papel como científico como para permitirse mirar el mundo de realidades ásperas en las que nosotros tenemos que vivir.
Como un ejemplo de la buena voluntad de las autoridades locales y su nueva posición en el mejoramiento de la situación de los derechos humanos, el Gobierno ha tomado varias medidas recientemente. Yo sé que este asunto no guarda relación con la agenda de tu visita oficial, o a las relaciones comerciales florecientes entre nuestros dos países en la actualidad. Por vía del ejemplo, debido a un periodo de calma y estabilidad, el Gobernador de Isla Blanca, un centro de la rehabilitación temporal, les ha dado la opción allí a los presos de elegir el lugar en esa isla de pintoresco paisaje donde les gustaría tener construidas sus nuevas chozas, y ha prometido darles sus cuerpos a sus familias para un apropiado entierro cristiano en el evento de una muerte súbita (debido a la malaria, vejez o un accidente). Asimismo, y esto es ya más confidencial, se ofrece a algunos de estos prisioneros la opción de vender sus órganos, una vez fenecidos, supongo, a gentes en necesidad de los mismos que pueden, lo que es el caso preferentemente con clientes en el extranjero, o incluso de vender su material genético, y respecto a esto te voy a adelantar algo que te sorprenderá, y que hasta cierto punto te indica que espero que tu eventual entrevista con Leech tenga resultados positivos para nosotros. Según cierta información en mi poder, ese mismo instituto que patrocina algunas de las investigaciones de Leech, ha incursionado últimamente en la manipulación genética, y han estado recolectando muestras y hablando con los naturales. Según sabrás, es historia antigua las propiedades medicinales de ciertas plantas cuyos genes ya han sido patentados, pero cuya comercialización sólo se hace posible ahora, bajo esta nueva administración más proclive hacia el progreso. No te voy a aburrir con los detalles, mejor dejados a los especialistas, que hacen que el material genético de los habitantes, en especial los nativos, sea de tan alto valor en nuestro mundo contemporáneo. Lo que sí, y volviendo a Leech y al porqué tengo esperanzas positivas de tu encuentro con él, pareciera que los investigadores que recorren la isla han sostenido entrevistas preliminares, y se rumorea que han firmado acuerdos con habitantes locales de las regiones de interés, generalmente reacios al contacto con la llamada civilización debido a tristes experiencias pasadas, pero que en este caso se han mostrado bien dispuestos, existiendo la casi seguridad de que han usado ciertos contactos proporcionados por Leech, o que incluso él mismo ha allanado el camino. Además se puede casi con certeza afirmar, y no puedo revelar la fuente, de que Leech es el orgulloso poseedor de una casa, casi una mansión en un sector protegido de Veracruz, que le hubiera sido difícil adquirir tan sólo con sus emolumentos, siempre variables y sujetos a que se aprueben o no esos proyectos en que trabaja con organizaciones no gubernamentales. Volviendo a un tema anterior, espero que tengas en cuenta esto y otras medidas que las autoridades han llevado a cabo con respecto al asunto de los derechos humanos durante el curso de su visita, que me imagino estarás preparando con el cuidado que te caracteriza.
Una vez aquí, por favor déjate caer para hablar un poco de los viejos tiempos, de nuestros días en la universidad. Nos tomaremos algún rosé, que es la especialidad del país, aunque sé que en realidad se empezó en el penúltimo siglo con una de las vides francesas, y que conociéndote, estoy seguro de que lo disfrutarás como es debido.



