Aquel que pueda entender, que entienda…
Eran los albores de los tiempos, aún antes de que todo comenzara. El mundo era joven. Era el principio…
La criatura se detuvo un momento a recuperar el aliento; había llegado al límite de sus fuerzas, tan extenuante había sido su huída. Fue sorprendida por sus perseguidores en el momento en que el sol recién estaba asomando, y ya era bien entrada la tarde.
Se permitió detenerse a descansar y decidir sus próximas acciones, aunque sabia que arriesgaba su vida haciéndolo; creía haber ganado una respetable distancia de ellos, al fin y al cabo su contextura física era muy superior, su paso notablemente más rápido, su inteligencia más aguda. Ellos sólo la superaban en número. Nada más.
Estaba herida, irremediablemente. En el costado izquierdo de su cuerpo, su hermoso pelaje goteaba sangre, producto de una lanza impiadosa arrojada cuando fue sorprendida buscando alimentarse. Esta herida no era demasiado profunda, pero había perdido demasiada sangre; supo entonces que sólo era cuestión de tiempo, que su presencia sobre la Tierra era asunto de algunas horas.
Se apenó enormemente, ya que era el último ejemplar de una raza soberbia, imbatible: era la última hembra de los formidables tigres diente de sable. En su vientre llevaba la ahora diluida esperanza de preservación de su raza: tres, quizás cuatro cachorros que jamás verían la luz, y sintió cómo un dolor punzante atravesaba su acelerado corazón. Su pareja había sido ultimada hacía dos soles atrás por esta misma turba salvaje que ahora la perseguía sin descanso; pudo ver desde las sombras cómo lo destrozaban sin piedad, arrancándole el corazón, para finalmente devorárselo todavía caliente, como pretendiendo absorber su bravura, ¡qué ilusos! ¿No se daban cuenta que jamás podrían tener ni siquiera una parte de su fuerza, de su agilidad, de su aptitud para el combate? ¿De dónde habían salido esas criaturas, que hasta no hace mucho tiempo caminaban en cuatro patas, que no poseían ni garras, ni dientes, ni fuerza para enfrentar a casi ninguno de los animales existentes en la Tierra? ¿Cuándo fue que empezaron a construir armas y a unirse en grandes grupos para comenzar el exterminio de otras especies?, y la pregunta más dolorosa, por lo tardía: ¿cómo fue que los tigres permitieron que esto sucediera?
Siempre había sentido desprecio por ellos, y ahora, en la hora final, no podía dejar de reconocerles algo: eran una raza formidable. Habían evolucionado de una forma sorprendente, y no solo físicamente. Eran mucho más pequeños que los tigres, no tenían garras, sus dientes eran ridículos, pero habían aprendido a usar herramientas, a desarrollar estrategias, a juntarse en grupos para cazar. Se comunicaban entre ellos de forma compleja y tenían la capacidad de transmitir su conocimiento de generación en generación.
Eso los hacía realmente peligrosos. No luchaban como los tigres, de frente y con nobleza; acechaban, esperaban el momento adecuado, rodeaban a su presa y atacaban en número. Su mayor fortaleza estaba en su inteligencia.
La tigresa comprendió entonces que aquella raza estaba destinada a dominar el mundo. Eran débiles individualmente, pero juntos eran invencibles. Habían aprendido a vencer a animales mucho más fuertes y rápidos que ellos. Y no se detendrían. Seguirían cazando, creciendo, ocupando territorios.
Por primera vez sintió miedo, no por ella, sino por el futuro de todas las demás especies. ¿Qué ocurriría cuando aquellos seres ya no necesitaran cazar solamente para alimentarse? ¿Qué harían cuando fueran tantos que necesitaran más espacio, más comida, más recursos?
Tal vez el mundo entero terminaría perteneciendo a ellos.
Miró hacia el cielo. Durante toda su vida había escuchado historias sobre un Creador, un ser supremo que había dado origen a todos los animales y plantas. Los ancianos de su especie contaban que cada criatura tenía un lugar en el orden del mundo y que todo estaba dispuesto de acuerdo con un plan.
Pero ahora comenzaba a dudar.
¿Era posible que aquel Creador hubiera permitido la aparición de una especie capaz de destruir a todas las demás? ¿Era ese realmente el plan?
¿O tal vez ellos mismos, los tigres dientes de sable, habían sido sólo un experimento?
¿O este Dios era imperfecto? Se acordó que uno de los hechos que nunca terminó de digerir sobre las Escrituras Sagradas, era cuando se relataba la Creación del Universo: allí se decía que Dios descansó al séptimo día; ¿no era acaso Todopoderoso? ¿qué ser Todopoderoso necesita descansar?
¿Eran los tigres un experimento que salió mal, y ahora debía ser subsanado el error? No tenía forma de saberlo, ni el tiempo, ni fuerzas para seguir pensando, ¿qué sentido tenía hacerlo? no cambiaría las cosas en nada.
Prefirió guardar su pensamiento para lamentarse que no vería crecer a sus hijos, nunca tendría el placer de enseñarles los secretos de la cacería, nunca experimentaría el sentimiento de ser madre, ya que esta hubiera sido su primera parición. Se lamentó de que nunca más un tigre dientes de sable caminaría imponente, desafiante sobre la Tierra.
Desafiante, ahí parecía estar seguramente el error: su raza había desafiado a su Creador, sintiéndose más fuerte que El. Ahora recordó que eso es lo que remarcaban los diversos profetas que pasaron a lo largo de la historia. Bueno, igual ya era tarde para arrepentirse, ella era la última acusada del Juicio Final. Y seguramente sería la última condenada.
Recordó que hacía nada más que cinco soles se bañaba con su pareja a las orillas del gran río… o fue hace diez soles? No. No hacía tanto tiempo, no serían más de cuatro… de pronto sus pensamientos se interrumpieron porque un fuerte dolor se irradió desde su lomo hasta lo más profundo de su cerebro; un desgarrador rugido surcó el aire, escuchándose en todo el valle. Sus asesinos habían llegado. Eran muchos, y ya no tenía ni posibilidades, ni voluntad de defenderse. Simplemente tomó la decisión y se dejó morir.
Y vio Dios que esto era bueno.




