Advertise on Cañasanta
Únete a nuestro grupo de Facebook

Frank Correa Romero :: Catano, el campesino :: Narrativa

Campesino en el campo en blanco y negro para Catano, el campesino

Vivía al pie de una montaña, a la orilla del río. Era alto, desgarbado y en las pocas ocasiones que reía, mostraba unas encías muy rojas, sin dientes, evidencias del escorbuto. Ana, su mujer, era profundamente religiosa. Todo en ella giraba en torno a Dios y sus señales.

Los ciclones y después la fuerte sequía que azotó a Guantánamo acabó con los cultivos. Sin más opción para salvarse, los campesinos se agruparon en cooperativas y trabajaban por una paga. El estado le entrega un salario mísero y no le garantizaba la rotulación del suelo, ni semillas, ni fertilizantes, ni plaguicidas, ni regadío. Debían entregarle toda la mercancía, que muchas veces se echaban a perder por falta de almacenes para el acopio y transporte para la distribución.

Entre líneas se leía que el estado le pagaba a los campesinos con educación y salud pública gratuitas.

Catano no quiso alistarse en la cooperativa y quedó con su familia en lo más profundo de aquel valle, empobrecido junto al río que luchaba por continuar vivo y correr caudaloso hasta el mar.

No contaba con una bomba para extraer agua, ni un centavo para instalar la bomba. La salinidad flageló el suelo y un día descubrió que no quedaba en el surco ni una col. El corral estaba vacío. No tenía para sus hijas y su mujer ni un pedazo de pan.

Sus dos hijas tenían de mascota una gallina, que ponía un huevo todos los días que eran su desayuno. Era domingo, aunque las niñas renegaran, el ave era fuerte candidata a la comida ese día. —¡Dios mío, ¿gallina con qué…?! Catano, si salieras a dar una vuelta por ahí. El monte siempre regalaba algo. Dios jamás abandona a sus hijos.

Rezó en silencio, con los ojos cerrados. —Subiré la montaña —dijo el campesino—. Voy a entrar en la finca de Fidel. —Que la Divina Providencia te acompañe. Y ten cuidado con los perros. Tu olor se siente a una legua. Catano besó a la mujer y a las niñas. Enfundó su machete, tomó un saco de yute, una soga y comenzó a subir la montaña. Era un camino pedregoso, muy poco transitado. La casa se fue alejando allá abajo. Al rato, el camino se achicó tanto que se volvió un trillo. A la hora y media de subir, la casa era un punto junto al río.

Al rato estuvo más alto. El sordo sonido del río había dejado de escucharse. Solo el follaje de sus orillas lo delineaba hasta perderse de vista. El valle se extendía hasta el horizonte. Los sembradíos de la cooperativa visto desde esa altura eran solamente cuadrículas festinadas por los surcos y los canales de regadíos. Y el caserío con tejados de zinc que brillaban al sol, donde vivían ahora los campesinos.

Se detuvo un momento a descansar sobre una piedra. El silencio en aquella altura de la montaña era espectral. Le dolían todas las articulaciones, no trabajar la tierra acrecentaba su sedentarismo y los síntomas del escorbuto. Cuando vinieron a pedirle que se integrara a la cooperativa lo rechazó decididamente. Ahora comprendía que su decisión arrastró a su familia a la ruina. Por lo menos en la cooperativa hubieran tenido un plato de comida. Subió un tramo más y vio a lo lejos una posta con escopeta que cuidaba el perímetro. Sabía que invadiendo la propiedad delinquía, pero ¿qué iba a hacer? ¿Dejar morir de hambre a la familia?

Comenzó a sentir frío y miedo. Se tendió en la tierra y comenzó a arrastrarse lentamente como una sabandija, ayudándose de los troncos y bejucos. Ante sí tenía una inmensa extensión de surcos bien surtidos. Desenrolló el saco y con el machete comenzó a cortar los alimentos que sacarían a su familia de apuros. Ñames, malangas, boniatos, plátanos, tomates, coles, calabazas, ajíes, cebollas, ajos, pepinos, lechugas, rábanos… hasta que el saco estuvo completamente lleno. Lo amarró fuertemente con un pedazo de soga y cuando fue a cargarlo escuchó ladrar los perros. Primero fue ladrido de aviso y luego una jauría que se le echó encima.

Sin perder un segundo, Catano regresó al trillo arrastrando el pesado saco y se dejó caer. Dos enormes perros ya se le echaron encima. Uno logró morderle un brazo, el otro agarró la punta del saco entre las fauces.

Catano tiró machetazos a diestras y siniestras y logró que lo soltaran. Escapó rodando trillo abajo, aunque se magullaba contra las piedras y dejaba jirones de piel, no soltaba el trofeo. Muchas veces el saco iba delante, arrastrando a Catano como un lastre, otras, bajaban abrazados como padre e hijo.

La humedad del trillo volvía vertiginoso el descenso y a los perros le fue imposible darle alcance. Se escucharon disparos y una voz que llamaba a los perros.

Cuando estuvo completamente seguro de estar a salvo, detuvo la caída. Estaba molido, tenía la cara rasguñada, los codos destrozados y el brazo mordido, pero estaba contento por su victoria sobre los perros. Y de poder regresar al bohío con comida y salvar a su familia.

El silencio regresó a la montaña, solo se escuchaba la respiración enfermiza de Catano, que enfermo, cansado, pero feliz, decidió continuar bajando. Reunió todas las fuerzas que pudo y quiso echarse el saco al hombro, entonces comprendió que pesaba una enormidad.

El susto de estar perseguido por una jauría lo ayudó a arrastrarse con el saco mientras huía, pero el saco pesaba tanto como un buey muerto o una gran piedra de río. De todas formas lo sostuvo y avanzó despacio, primero una bota, luego la otra, el fango del trillo no ayudaba en lo más mínimo, hasta que finalmente cayó de bruces.

Volvió a sentirse un jodido acabado por la vida. El recuerdo de Ana y las niñas lo hicieron levantarse y echarse el saco a la espalda como un mulo y pudo bajar algunos metros, pero resbaló y perdió el equilibrio.

Nuevamente en el piso, con la respiración entrecortada, escupiendo hojas secas y fango, lo intentó otra vez. Doblado bajo el gran peso y dando tumbos, un paso, otro más, el trillo resbaladizo, las fuerzas lo abandonaron y cayó de costado, con la cara contra el saco y mirando el abismo a unos centímetros.

Lo reconfortó ver el río abajo, brillando con el sol de la tarde, y que ya no se viera neblina, clara señal que ya estaba cerca. El olor que emanaba del saco lo reanimó. Se vio sentado con toda su familia en torno a la mesa, con platos repletos y humeantes. Su hogar feliz con las nuevas perspectivas, pues su consigna en lo adelante sería: Primero la familia.

Iba a roturar el suelo con las manos, a sembrar con las uñas y los surcos los regaría si fuese necesario a cubos.

Se movió un poco, logró poner el saco a la espalda y asirlo, de manera que al levantarse subiera. Pero las manos se le engarrotaron. Ahora vio a sus dos hijas junto a él, sobre el fango del trillo: —¿Papi, quieres que te ayudemos? Aquello funcionó como un estampido. Se puso de pie y embistió el saco, pero no logró moverlo, estaba soldado al piso. Semejaba una acusación desconcertante y mortal que parecía acribillarlo con preguntas: ¿A dónde me llevas? ¿Eres mi dueño? ¿Tú me sembraste? Catano, creyendo que el saco hablaba comenzó a contestarle: —¡Por favor, coopera, es por una causa justa! Y el saco respondía: —¿Causa justa? ¿Qué palabras son esas que obligan a un hombre a robar? Catano se enfureció: —¡Coño, no me jodas, que solo soy un simple campesino, con una familia desesperada que te necesita!

Catano arremetió contra el saco con todas las fuerzas y entonces su organismo reventó un pedo que inundó la montaña de podredumbre. Casi inconsciente se dejó caer junto al saco por el trillo llorando con el dolor de un padre que no puede salvar a la familia.

Rodó trillo abajo dando vueltas sin apenas enrumbar bien el camino y en un recodo, apareció de repente el abismo. Catano tuvo que agarrarse a unos bejucos para no despeñarse, pero el saco cayó al vacío. Se escuchó un sonido de ramas rotas y luego un chapoteo y se perdió en la corriente del río.

Se asomó al barranco, pero sólo vio las tupidas copas de lo árboles abajo. Estuvo dos horas desplomado en la orilla del precipicio, adolorido, con el brazo hinchado y la cabeza como un tío vivo. El dolor que le provocaba la gran pérdida de su gran amigo, el saco, superaba todos los dolores físicos juntos. Un saco digno. Tal vez demasiado digno para un campesino abanderado de todas las desgracias posibles. Preso de una pena inmensa por regresar con las manos vacías, tambaleándose y hecho trizas, Catano avanzó hasta su rancho. Las niñas al verlo en esa facha, dejaron el juego con la gallina y corrieron en su ayuda. Ana, llorando, lo sostuvo cuando entró a la sala.

—¡Por Dios… hombre! ¿Qué te ha pasado? Catano no podía articular palabra. Se dejó caer en un asiento. Una sola idea lo martillaba: ¡No pude, Ana! ¡No pude! Advirtió entonces que un agradable olor se esparcía por toda la casa. Sus ojos se entreabrieron lentamente, pasaron de su mujer, a las niñas, al par de suculentas ollas que humeaban a todo vapor en la cocina. Comprendiendo el estupor de su marido, la mujer miró al cielo y se persignó. —¡Ay, Catano, la Divina Providencia…! El río nos trajo un saco lleno de comida.

SHARE
Sources / References

Republicación del archivo histórico de Cañasanta. Texto recuperado de la antigua Cañasanta: «Catano, el campesino», de Frank Correa, publicado originalmente el 13 de junio de 2012.

Leave a comment