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Esther Zorrozua :: La dama de gris :: Narrativa

Pueblo costero antiguo en blanco y negro para La dama de gris

Había tratado de perfeccionar su estrategia para pasar desapercibida sin conseguirlo jamás. Su relación con el banquero abarcaba más de tres décadas de discreción, y sin embargo, toda la ciudad la señalaba y la admiraba en secreto. Poco sabían de ella, apenas que en las escasas ocasiones en que se dejaba ver siempre iba vestida de gris: gris perla, gris humo, gris antracita, gris noche, como si en efecto buscara hacerse invisible.

Llegó por mar, cuando ya avanzaba el otoño y la luz se hacía tenue y delgada a partir de media tarde. Se instaló en el edificio más apartado del barrio alto y en ningún momento participó de la vida social. Se hacían muchas conjeturas: será viuda, estará enferma, tendrá mal de amores. Entre conjetura y conjetura debió de darle alcance el banquero, porque lo que no podía evitar, enferma o melancólica, era acudir cada uno y cada quince de mes a recoger un sobre con los fondos necesarios para su subsistencia.

Ahí vieron los chismosos una fisura: quien conoce las finanzas, sabe mucho más que de números acerca de alguien. Pero el banquero no soltó prenda. Los entrometidos buscaron otro flanco: las criadas suelen tener la lengua suelta. Pero ésta debía de estar muy bien pagada, porque parecía no entender las preguntas.

No se rindieron, sin embargo. Resultó fácil saber que comía poco y selecto, que usaba jabón de olor y que una vez al mes desparecía de la ciudad durante dos o tres días. Nadie sabía adónde iba, nadie la veía partir ni regresar y su casa era un fortín inexpugnable que preservaba celosamente lo que ocurría dentro de sus paredes.

Las hipótesis crecieron de forma desmedida, como las torrenteras en época de deshielo. Los miembros del casino sospechaban que tenía un amante en la capital con quien se reunía de forma periódica; el médico y el juez deliberaban sobre la identidad del afortunado, para terminar inclinándose por un diputado. Las señoras que se reunían cada tarde con la excusa de sus trabajos de petit-point se figuraban que marchaba a París, donde tenía una modista que confeccionaba su guardarropa con tejidos exclusivos de tafetán y seda japonesa. Las monjas capuchinas del convento de Santa Isabel distraían su rutina, mientras hacían rosquillas de anís, imaginando que la dama misteriosa estaba enferma de tisis y acudía en esos días a tomar las aguas en un balneario, distante a tres horas de camino. Incluso el canónigo de la catedral hacía sus cábalas con el sacristán, al tiempo que se desvestía de los ornamentos litúrgicos, tras decir la misa en latín y de espaldas a los fieles, como mandaba Roma, y concluía que la dama tenía algún familiar, tal vez su marido, preso en la cárcel, y que sus desapariciones a fecha fija se correspondían con visitas al penal. El sacristán, agachaba la cabeza dubitativo, mientras guardaba en su lugar la casulla, el alba y la estola, sin atreverse a emitir opinión. Nadie sabía nada de nada, aunque todos aventuraban supuestos cada cual más improbables. Sólo el banquero y la criada conocían parte de la verdad.

Los infundios crecían y menguaban como las alergias estacionales, al albur de oleajes emocionales sin ningún fundamento. Pasados los primeros meses de curiosidad, sin haber obtenido ningún resultado, descendió la temperatura y otros temas ocuparon el interés de las tertulias. Pero luego alguien la vio paseando sola cerca del faro y volvió a encenderse la mecha de la expectación.

Era hermosa, decían unos; demasiado delgada, opinaban otros; es por el sufrimiento, terciaban los más románticos; la enfermedad la está mermando, sentenciaban los más pesimistas. Resultaba difícil llegar a un acuerdo porque nunca la habían llegado a ver con detalle. La dama de gris tenía por costumbre usar guantes de tafilete y un sombrero de fieltro que protegía su rostro con un velo de tul de trama muy cerrada. Aun así, inventaban para ella un cutis nacarado o una piel transparente que dejaba traslucir venas azules como ríos.

Los años iban pasando y con ellos crecía la leyenda. La dama de gris se mantuvo fiel a sus costumbres, sin quebrantarlas en invierno ni en verano. Aunque era inevitable que tuviera noticia de la atracción que despertaba, jamás condescendió a satisfacer la curiosidad de la gente.

Tuvo que morir el banquero y organizarse un funeral de postín, con carroza tirada por cuatro parejas de alazanes y lacayos con librea para que la dama de gris acudiera a la iglesia y diera rienda suelta al secreto que había estado compartiendo con el difunto durante más de treinta años. Fue entonces cuando, igual que el dique de una presa que revienta sin avisar, estalló en sollozos incontenibles y perdió por completo la compostura con gemidos desgarradores que corrieron por la nave central como pájaros desbocados y quedaron prisioneros en lo alto del ábside, para escándalo de la familia y amigos, y para regocijo de todos cuantos habían perseguido el misterio de su sombra a lo largo de tres décadas.

Esa tarde no se habló de otra cosa en todos los foros de la ciudad, con la animación y la algazara de quien por fin entendía algo que siempre había estado delante de sus ojos.

Al día siguiente, en la vivienda de la dama de gris no se abrieron las contraventanas. A mediodía, a media tarde, al anochecer, la casa seguía cerrada. Al paso de los días, comprobaron que la dama de gris se había evaporado como la neblina que se diluye cuando sale el sol, con la misma discreción y clandestinidad con que se había instalado entre ellos.

© E.Z., 18 enero 09

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Sources / References

Republicación del archivo histórico de Cañasanta. Texto recuperado de la antigua Cañasanta correspondiente a «La dama de gris», de Esther Zorrozua, publicado el 12 de agosto de 2009.

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