Cabalgó aquel cuerpo de diosa sin hacer reparos en la manera tan inopinada en que, tal si hubiese sido deslizada de una nube, cayó entre sus manos esa noche; mientras para su deleite contemplaba en el espejo la danza delirante en que ambos se untaban el sudor que destilaban por la piel. Luego de tanto batallar, ya maltrechos arribaron a la tregua del sopor. Cuando él despertó ella estaba todavía sumida —a juzgar por la expresión de su rostro— más que en un sueño, en un idilio. Con afán de no importunarla, procuró bojear su silueta con la yema de los dedos. La sábana se descorría a medida que escudriñaba sus linderos. De repente, justo al pasar por las convexas laderas de los glúteos, quedó absorto; impregnada como un cuño una mancha, cual sombra de un durazno que pende de su rama, emergió en la cima de la colina izquierda como una alerta incandescente en la oscuridad más absoluta. Apenas él pudo reaccionar volteó su torso hacia el espejo, entonces el reconocimiento tuvo el efecto de una bofetada: la copia exacta de la mancha sobre su propia nalga.
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