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Eliseo Diego :: Dos cuentos :: Narrativa

Retrato editorial en blanco y negro de un escritor cubano de mediados del siglo XX

CUENTOS DE ELISEO DIEGO

Por Fernando Rodríguez Sosa

Es conocido que la poesía de Eliseo Diego resulta, indudablemente, un enriquecedor aporte a la lírica de habla hispana del siglo XX. Otras zonas de su quehacer literario no han recibido, sin embargo, la valoración merecida, tanto en el contexto de su propia producción como en el ámbito de la creación de su tiempo. La publicación de Cuentos de Eliseo Diego (Ediciones Unión, 248 pp) es, ante todo, un acto de justicia a favor del conocimiento y difusión de una obra de obligada referencia.

En lo fundamental, la narrativa de Eliseo Diego aparece en tres obras, que ahora se incluyen en este volumen: En las oscuras manos del olvido (1942), Divertimentos (1946) y Noticias de la Quimera (1975). Asimismo, se publican prosas de Muestrario del mundo o Libro de las Maravillas de Boloña (1968) y tres cuentos no incluidos en libros: Boabdil y Felipe II, aparecidos, en 1942, en la revista Clavileño, e Historia de pastores, relato inédito hasta el presente.

Es evidente que todo el legado de este autor, con independencia del género empleado, está marcado por la poesía. De ahí que, en sus narraciones y sus ensayos, de manera intrínseca, fluya su personal discurso lírico. Algunos críticos han asegurado, incluso, que no es esta la obra de un ensayista, ni de un verdadero narrador, sino que Eliseo Diego es todo lo ensayista y narrador que puede ser un poeta, como él, casi exclusivamente para la experiencia y la expresión poética.

A este tema se refiere, asimismo, la profesora y ensayista Mayerín Bello Valdés, cuando, en el prólogo a esta edición, comenta: “Entre la obra lírica, la narrativa y la ensayística de Eliseo Diego hay múltiples confluencias. (…) Rasgo principalísimo de la escritura de Eliseo Diego es el registro poético de la expresión, que campea por toda su obra y la singulariza”.

Casi una veintena de libros, en verso y prosa, avalan el ejercicio literario de Eliseo Diego (La Habana, 1920-Ciudad México, 1994). En la Calzada de Jesús del Monte (1949), Por los extraños pueblos (1958) e Inventario de asombros (1982), son algunos de los títulos de este creador, galardonado, entre otras distinciones, con el Premio Nacional de Literatura, en 1986, y el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, en 1993.

Cuentos de Eliseo Diego viene a llenar un vacío, en el panorama editorial cubano de hoy. No solo porque, al reunir todas las prosas de ficción del escritor, reivindica una faceta algo olvidada de su sustancial literatura. Igualmente, porque incita a un conocimiento y a una reflexión más profundos de estos textos, en el ámbito de la mejor narrativa cubana de todos los tiempos.

 

DE LA MÁSCARA

¡Ayayayay! Hay que velar la velada. El tío Pedro y la Tía Águeda, su mujer, están sentados en un rincón, mientras su hija Consuelito baila por alguna parte. Una cinta de colores vivos desciende hasta la ancha nariz del Tío Pedro y lo incomoda. Al tío se le ha muerto, por la tarde, una muela.

Las máscaras de risas rígidas pasan saludando con sus vocecillas mecánicas. ¿Cuál es Consuelito, piensa el Tío Pedro, Consuelito disfrazada de madama? A las doce de la noche fallece el carnaval, se quitan las máscaras, se dan los premios. El Tío Pedro podrá irse en paz a llorar su pérdida, que siente, en los huesos de la quijada, como una irreparable y dolorosa ausencia.

¿Cómo ha sucedido? La cinta de colores, desprendida, se le ha enredado amorosamente a la calva. Hay un corro en torno suyo de gentes que llevan, como si dijésemos, sus caras en las manos, que gritan y ríen en un rabioso regocijo. De la selva de brazos que gesticulan se desprende, agudo, incisivo, un índice que señala inflexible al Tío Pedro. Una voz insegura dice lentamente “veamos la cara del triunfador, quítese la horrorosa máscara”. Y unas pinzas suaves tiran, tiran poderosamente de la desnuda nariz del Tío Pedro. Sudoroso, helado, el Tío Pedro sabe que es inútil, que nadie podrá arrancarle jamás la horrorosa máscara.

 

DEL VIEJECITO NEGRO DE LOS VELORIOS

Es el viejecito negro de los velorios, el que se sienta en un rincón, el del paraguas enorme entre las piernas, el sombrero hongo sobre el puño del paraguas, la cara tan compuesta y melancólica que es la imagen de la oficial tristeza; a quien nadie pregunta con quién ha venido, porque se supone siempre que es el amigo del otro, y porque armoniza tan bien con el dolor de la casa aquella su antigua y espléndida tristeza.

Y si le dan café, lo toma suspirando pesaroso, como dolido de que el muerto no participe también del piscolabis. Y si no le dan, se está callado y tranquilo entre las coronas, hecho un sirio de repuesto.

Y cuando desaguazan la noche de entre el aire, quedando apenas sus últimos posos, y echan en su sitio las primeras cenizas del alba, el viejecito se escucha entre los asistentes, sube, a la puerta, el cuello de su saco, se pierde luego al cabo de la calle, sepultado bajo los copos cenicientos de la madrugada.

Y nadie lo recuerda luego, al viejecito invisible de los velorios.

En todos ha estado, vestido de distintas trazas, desde el principio del mundo. Y en todos estará, hasta que le toque velar la tierra calva, muerta de su vejez y de la enfermedad de sus grandes huesos.

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Sources / References

Del archivo de Cañasanta. Publicado originalmente en abril de 2006. La página recuperada reúne una nota introductoria de Fernando Rodríguez Sosa y dos cuentos de Eliseo Diego: «De la máscara» y «Del viejecito negro de los velorios».

Original: Cañasanta.com. Copia preservada por Internet Archive, 28 de agosto de 2006.

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