LA MADRE TIERRA
Cuando Ayasha encendió la vela naranja, su mano derecha temblaba por el inmenso relieve que se presentaba enfrente de ella. El paisaje parecía un enorme árbol, cuyas raíces eran montañas inabarcables con formas boscosas. Ayasha había equivocado el color de la vela. Necesitaba una verde con rojo para abrir los caminos que fuesen necesarios. Su respiración comenzó a apaciguarse cuando una onda más cálida le rozó los pulmones. Se encontraba parada, o mejor dicho su cuerpo estaba recostado boca arriba, sus palmas abiertas recibían y enviaban las vibraciones solares; el cuerpo relajado le permitía sentir cada uno de sus miembros; los ojos cerrados veían con la magnitud del tercero. Ella, en sí, era la que absorbía el oleaje del un entorno hasta entonces desconocido. Su capacidad para desdoblarse de manera consciente superaba a cualquier aprendiz de su edad.
Se detuvo. Continuó su viaje pero a la vez se quedó allí sin poder llevarse para hacerse compañía a sí misma. Miró el relieve montañoso colmado de vegetación. De pronto le llegaron sonidos vetustos; tenía siglos sin escucharlos. En eso volteó a observar la vela encendida, la sostenía con sus manos, no era exactamente marrón, así que tendría que encontrar una de esta tonalidad mientras se consumía la anaranjada. Reflexionó durante un momento impreciso. Hasta que por fin, sus ganas de simbolizar lo intangible la llevaron a activar la fe en la sabiduría ancestral. Por allá, del otro lado del cosmos, sin conocerla, un ente que oraba le acababa de prender una vela de color violeta; era sábado, lo cual le ayudaría a la perfecta meditación.
Ayasha tenía que activar su memoria. Confió en su intuición y empezó a caminar hasta quedar envuelta por mantos y mantos verdes. Enormes robles le recordaban sus vidas pasadas. Había tejos celtas también. La vida y la muerte estaban reunidas en ese sitio. Ayasha caminaba en medio de ellas sin darse cuenta. Tanto una como la otra se habían quedado en tinieblas, sólo la joven estaba siendo iluminada por los tenues rayos de su vela que absorbían su mano izquierda. La luz estaba en su interior. Sólo ella podía ver los distintos caminos aunque, una vez que se había adentrado en aquél paisaje, no alcanzaba a divisar a la perfección el ecosistema completo.
Su misión era encender la vela marrón que le faltaba para mantener su equilibrio con el cosmos. Conforme caminaba, recordaba nuevas cosas. Cada paso significaba una vida. Cada vida, el intento por llegar al lugar donde ahora se encontraba. Sintió miedo de alcanzar el final del camino. ¿Habría otro paisaje más allá del final del camino? Mentira, no tenía miedo del final, más bien sentía aprensión de saber que los finales no existían. La vela naranja estaba apunto de apagarse, pero la violeta aún mantenía un resplandor que alcanzaba a abrigarla; era su propia fe en la esperanza de dar vida nuevamente a la vela marrón que simbolizaba a la Madre Tierra. Si no lograba su misión tendría que retornar, esperar por lo menos otra vida para recordar quién era.
Ayasha empezaba a presentar augurios de ceguera; del otro lado, su cuerpo tenía indicios de inquietud, seguía recostado, pero principiaba a cansarse. Ayasha se detuvo de nuevo, tejos machos y hembras guardando un acomodo simétrico y equitativo, la ocultaban en lo desconocido. Los enormes árboles ahora la encandilaban con sus ramajes verdes y sus frutos rojos; eran las velas perfectas para crecer en la esperanza de obtener lo perdido. Los tejos también encarnaban a la vida y a la muerte. Ayasha había llegado al corazón de ambas.
Descubrió que las tinieblas no eran de oscuridad, no eran como la noche mortal. Las tinieblas a las que ella había arribado eran el mayor espacio luminoso, eran el mismo corazón de la vida y la muerte, enfrentadas, luchando mano a mano no para conquistar sino para mantener en orden al caos. Los destellos emanados de cada corazón eran los más sinceros que jamás hubieran palpitado. Ayasha había acariciado a su destino, se dio cuenta al tocar el centro de los tejos y la luminosidad dejó de luchar. La chica había encontrado la vela marrón, estaba parada justo en el centro de su flama. Había cumplido por fin con su misión. Ella, ahora, brillaba por sus sacrificios de todas esas vidas. Del otro lado, su cuerpo era ya parte del ciclo de la naturaleza. La vela marrón había sido encendida una vez más. La Madre Tierra le abrió los brazos a Ayasha hasta acogerla en su gremio. Sólo quedaba un secreto que esta desconocía: seguía siendo mortal, y como tal, tarde o temprano acabaría por consumirse dentro de la flama; la lucha por mantener el equilibrio reiniciaría y ella, regresando a su cuerpo, comenzaría una nueva misión.
MARIDAJE PERFECTO
La muerte me corteja mientras duermo, mientras voy al baño, mientras como, mientras los veo, mientras estudio, mientras suspiro… La muerte me guiña el ojo cada que tiene tiempo y se acuerda que aún existo. Tersa, blanda, sin rencores; me quiere simplemente porque soy, me lo ha dicho. El otro día que fuimos al cine se sentó a un lado y me cantó al oído, refirió chistes sobre las leyes constitucionales y juntos aventamos palomitas a la mercadotecnia. Es inteligente y tímida, por eso sólo se presenta una vez en la vida. Pero conmigo es diferente porque es fiel a sus convicciones y ahora no despega de mi lado. Anoche, mientras soñaba, confesó que me amaba y que sólo esperaba el momento oportuno para vivir juntos; que tuviera fe. Soy afortunada. Me voy a casar con la muerte para ver si mis hijos pueden vivir eternamente.



