La mañana es fría a pesar del verano punzante en la punta de los árboles. Una delgada llovizna se desprende en planos sobre los cerros oscuros, salpicados de cenizas. Sobre la entrada al rancho, unos pequeños charcos van formándose hasta ahogar –durante el tiempo que dura la lluvia– las piedras y el pedregullo insistente. Levantar la vista es chocarse con las manchas que el fuego dibujó caprichosamente sobre las caras de las sierras. “Y ahora el agua – piensa-, otra vez” .
Entra a la casa en busca del mate. Cuando regresa sobre sus pasos arranca unas hojas de una planta y las echa sobre la yerba humeante. Arrastra una silla hasta el alero de chapa y se echa ahí a escarbar en la memoria, a mover ciertos recuerdos como si fueran piezas de ajedrez. Juegos de táctica y estrategia, adelantar e intercalar recuerdos para imaginar cómo hubieran sido las cosas si no hubiesen transcurrido así, caprichosamente. Por la tarde llegarían José y Malena, entonces volverían a ponerse en marcha.
La sucesión azarosa de hechos, a la que los ingenuos llaman historia, fue llevándolo de un lado a otro sin que mediara alguna que otra razonable resistencia. Y ahora está ahí, escondido, o tal vez perdido, en un pueblito entre las sierras cordobesas. “Y ahora el agua – piensa de nuevo-, como aquella vez en la puna. Primero el fuego, cinco disparos, a quemarropa y luego el chubasco estallando sobre nuestras cabezas, sobre el humo del fusil y los estertores del policía”. El agua se vuelve tormenta y golpea con fuerza sobre el techo. Se va juntando de a poco entre los machucones de la chapa y luego, cuando no hay límite que la frene, un delgado y anaranjado hilo de óxido comienza a caer desde el costado izquierdo del alero. Martín se ha dormido. Dejó el mate en el piso y un pequeño charco se ha formado a su alrededor. Cabecea cada tanto y las alpargatas se le llenaron de agua.
Pocos meses han transcurrido desde la incursión al norte: golpear y esconderse en los cerros, caminar a la vera de un río hasta la espesura de un bosque e internarse allí, a esperar. Y así anda, esperando y acostumbrándose al golpe del viento y los avatares de la lluvia. Rilli supo siempre que la empresa estaba destinada al fracaso y sin embargo “hay que hacerlo, como un gesto de rebeldía que anticipe a otros, a cien, mil gestos, que los hagan estallar en pedazos”.
Entre sueños, recordará una y otra vez el encierro en la pequeña casa de Monserrat y los arrebatos del cuerpo, en la carne y piel de Malena; eso que algunos llaman amor, olvidándose de la piedad y la paciencia del tiempo. Despertará sobresaltado en la punta de un grito, o de un llanto corto, seco. Lo asaltarán la fiebre y la explosión de las balas, el fuego en la comisaría. Cuando las llamas nacieron en las sierras o en las manos de un pirómano, creyó que venían por él y escapó al monte. Días enteros dando vueltas, asomándose cada tanto en alguna ruta o pequeño caserío. Se ayudaba leyendo el cielo y las coordenadas estelares; sabía entrar y salir como si fuese de allí, de las sierras y el pajonal, y no del estruendo de Buenos Aires. Anduvo así unos días, con un revólver pegado a la cintura y nada que comer, hasta que decidió regresar al rancho y esperar la llegada de sus compañeros. Pero fue sobre un arroyo desconocido cuando perdió el rumbo, y ahora espera en otro rancho que habitó hace tiempo y en otro lugar. Rilli se ha despertado, frente a sus ojos, las nubes han hecho desaparecer las puntas de los cerros, rápidas y evanescentes. Abre la boca en un bostezo y se levanta; el cansancio ha disminuido. Camina unos pasos sobre los charcos y trata de ordenar algunas señales que vienen de la tierra. Mira a su izquierda y no encuentra el árbol de moras, ni el alambrado tumbado que él mismo cortó antes de entrar al rancho, “seguro, pero abandonado y sucio” que le habían marcado unos baqueanos. Martín se frena de golpe y respira largo buscando algún cigarrillo en la camisa. “Volvió el calor”, piensa cuando una gota de sudor le recorre la frente y cae desde su nariz. Se refriega los ojos y enciende el cigarrillo. Camina uno o dos pasos y vuelve a mirar el vacío, “ahí estaban las moras, junto al alambrado – Martín habla como queriendo darle materialidad a las palabras-, estaban ahí, y más allá, sobre la falda el fuego dibujó una…” -y otra vez el vacío, la ausencia minando el discurso, confundiendo las piezas de la memoria; de la cordura-. “…dibujó una víbora… No está; la víbora no está, ni el árbol ni el poste de alambre…” Entonces Rilli corre hacia el rancho y busca sobre el camastro de arpillera el reloj que contradice impúdico su precaria certeza. Se detiene un instante, para luego agarrar todas sus cosas y meterlas en la mochila, se guarda el revólver en el pantalón y se marcha.
Dos o tres voces se apagan cuando Rilli sale del rancho. Un perro se le acerca a husmearlo ante la mirada de la gente. Rilli saluda un ¡buenas! que no recibe otra respuesta más que el ladrido del perro y dos nuevas cabezas asomándose en lo oscuro de otros ranchos. Ahora escucha un murmullo y se pregunta cómo fue que llegó hasta ahí. Entre curiosas y esquivas, las miradas fueron amontonándose sobre el cuerpo del hombre.
Camina un largo trecho mezclado en la confusión, el sonido de las piedras y las miradas ajenas. Camina y lentamente percibe extrañas señales que surgen de la tierra. Apura el paso y en la ruta se pierde en el primer sendero, construido a machetazos y tercas pisadas. Rilli se detiene, está perdido y busca algún signo que le señale el camino; pero no, no lo encuentra y los cerros le muestran otra cara, otros vientos con olores y sonidos que desconoce. Entonces un pálpito, un latido en la sien le dice cuál es el rumbo y allí va, apartándose del sendero, entre los arbustos y los claveles del aire que poco a poco van estrangulándolo todo.
El calor agobia, el sol se ha desfigurado en una mancha descolorida y ardiente en el cenit. Martín se enjuga la frente y achica sus ojos, hay fogonazos que desprenden las piedras y lo ciegan de a ratos. Calcula: “once o doce del mediodía” y el reloj se vuelve inútil ante la pasividad de las agujas muertas. Lleva varias horas andando entre senderos y campos ajenos, encerrados en alambres sistemáticamente violados. Una mancha oscura de araucaria se abre como un oasis ante sus ojos. Hasta allí se acerca y se sienta a buscar el agua que lleva en la mochila. Rilli come unos trozos de pan y comienza a limpiar el revólver: saca el cargador y cuenta una a una las balas, cinco, y lo vuelve a guardar junto a la cintura. El calor es aún mucho más fuerte y Martín decide esperar, se echa sobre la mochila y poco a poco se duerme.
Lo despierta un estruendo y el grito de un hombre. ¡Ahí, bajo el árbol! Escucha los ruidos sin comprender las palabras y sin saber cómo, se arranca del sueño y distingue a lo lejos dos manchas azules que se acercan. ¡Ahí está! Y una explosión estalla sobre su hombro haciéndolo temblar junto al árbol. Despatarrado y aturdido por la explosión Rilli responde con dos disparos, lo que le da tiempo de echarse entre unos arbustos y manotear su mochila. Uno o dos fogonazos le contestan cuando un destello cae del cielo anunciando las nuevas lluvias que horas más tarde desbordarán los primeros arroyos.
Después no hay más ruido, un sólido bloque de silencio se interpone entre los hombres. Un silencio largo, necesario para escuchar el golpe del agua sobre las hojas, la tierra y la presión de la sangre sobre el agujero en la piel. De espaldas contra una piedra, bajo unos arbustos, Rilli trata de contener la respiración. Se mira el brazo y achica sus ojos calculando la distancia al hueco, al sendero que se dibuja a unos metros, entre la lluvia. Respira una o dos veces y se limpia la cara de tierra y transpiración; se huele extraño. “Tranquilo, tranquilo” – se repite para conjurar el miedo-. En cuclillas, con el bolso sobre el hombro sano y empuñando el revólver, espera una señal para escapar. Son pocos segundos, interminables, latiendo en la sangre y la transpiración que corre por la frente hasta que otro disparo estalla a unos metros y es ése el momento, el instante esperado e invocado para zambullirse en el hueco y rodar unos metros hasta el sendero. El ruido sobre el pedregullo y los pastos aviva las voces y otros disparos, pero ahora más lejos, equivocados, y Rilli avanza sigiloso en la estrechez del camino. Encogido, desciende una de las pendientes y poco a poco, bajo la lluvia que ha formado pequeños arroyos entre las piedras, se aleja de los hombres.
Camina hundiendo los pies en el agua y sigue por instinto el cauce del arroyo, que poco a poco va a ensancharse hasta desembocar en otro, más grande y caudaloso. Lleva horas caminando, y la sangre endurecida tira en su brazo; “es sólo un raspón” -se dice y avanza resuelto hasta el caserío que aparece ante sus ojos-. Avanza y ahora distingue las manchas en el cerro. La lluvia cesó hace rato y sobre la punta de los cerros las nubes anaranjadas anuncian la noche y se confunden en la oscura cabeza de víbora dibujada en los pastos y piedras del cerro.




