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NO VENIMOS DEL MONO

La historia de nuestros orígenes ya no se parece a aquella vieja fila en la que un simio termina convertido en hombre. Fósiles y genética revelan un árbol inmenso, lleno de ramas, cruces y humanidades desaparecidas. Sabemos mucho más que antes, pero las grandes preguntas continúan abiertas: ¿cómo comenzó la vida?, ¿somos exclusivamente el resultado de procesos naturales?, ¿pudo existir alguna intervención externa?, ¿y qué lugar queda para la posibilidad de una creación?

Retrato artístico en blanco y negro de un homínido ancestral mirando al cielo, recreado con la textura, el grano y el dramatismo de una antigua fotografía analógica.

EL ERROR DE LA FAMOSA FILA DEL MONO AL HOMBRE

Casi todos hemos visto alguna vez la famosa ilustración. A la izquierda aparece una criatura semejante a un mono, cubierta de pelo y caminando encorvada. A continuación surge otra ligeramente más erguida, después otra, y así sucesivamente hasta que, en el extremo derecho, aparece un ser humano moderno caminando sobre dos piernas. La imagen consiguió resumir millones de años de historia en pocos centímetros, pero también consiguió instalar una idea profundamente equivocada en la imaginación popular.

El ser humano no desciende del chimpancé actual, del gorila ni de ninguno de los monos que existen hoy. Los chimpancés son nuestros parientes, no nuestros antepasados. Para comprenderlo basta imaginar dos primos: ninguno procede del otro, pero ambos comparten abuelos. De manera semejante, humanos y chimpancés compartimos poblaciones ancestrales que vivieron hace millones de años. A partir de ellas surgieron ramas diferentes que continuaron historias evolutivas distintas.

La evidencia genética sitúa aproximadamente entre seis y ocho millones de años atrás la separación entre el linaje que acabaría conduciendo hacia nosotros y el relacionado con chimpancés y bonobos. Aquel ancestro común no era un chimpancé moderno ni un ser humano. Era una población anterior a ambos. Por eso preguntar por qué todavía existen monos si nosotros «venimos del mono» parte de una premisa incorrecta. Compartir un antepasado no significa descender unos de otros.

 

SOMOS UNA RAMA DE UN ÁRBOL INMENSO

EL LINAJE HUMANO NO ES UNA FILA. Toca una rama para explorarla. La línea gruesa y oscura sigue exclusivamente nuestro linaje; chimpancés y bonobos se separan en otra rama.

Ancestro común remoto Chimpancés y bonobosRama independiente LINAJE HUMANO Neandertales Denisovanos Homo sapiens NUESTRA RAMA CONTINÚA cruce genéticocruce genético
La idea esencial

Los humanos no descendemos de los chimpancés actuales. Compartimos antepasados remotos y después seguimos ramas evolutivas distintas.

Esquema simplificado para explicar relaciones evolutivas; las posiciones y longitudes de las ramas no representan una escala temporal exacta.


La mejor manera de imaginar la evolución no es mediante una escalera, sino mediante un árbol gigantesco. Desde un tronco aparecen ramas; esas ramas vuelven a dividirse; algunas continúan durante muchísimo tiempo y otras terminan. Si pudiéramos representar en un solo dibujo miles de millones de años de historia biológica, las especies que viven actualmente aparecerían apenas como pequeñas puntas de ese árbol. Nosotros ocuparíamos una de ellas.

Esta imagen cambia además nuestra posición dentro de la naturaleza. La famosa secuencia del mono convirtiéndose en hombre parecía sugerir que toda la evolución había avanzado durante millones de años con nosotros como destino final. Sin embargo, la evolución no funciona como una marcha inevitable hacia Homo sapiens. Somos una rama superviviente entre innumerables ramas que aparecieron, se diversificaron y desaparecieron.

Nuestra propia familia fue mucho más complicada de lo que durante generaciones imaginamos. Si pudiéramos viajar suficientemente lejos hacia el pasado, no encontraríamos simplemente versiones cada vez más primitivas de nosotros mismos caminando ordenadamente hacia el presente. Encontraríamos diferentes grupos humanos coexistiendo, adaptándose a ambientes distintos, desplazándose y, en algunos casos, encontrándose entre ellos.

 

CUANDO NO ÉRAMOS LA ÚNICA HUMANIDAD

Hoy todos los seres humanos vivos pertenecemos a una sola especie, Homo sapiens. Esa soledad puede hacernos pensar que siempre ocurrió lo mismo, pero hubo períodos en los que diferentes poblaciones humanas compartieron el planeta. Existieron neandertales, denisovanos, Homo sapiens y otros grupos y especies cuya relación exacta continúa siendo objeto de investigación.

Aquello significa que durante determinados momentos de la prehistoria no existía una única humanidad. Existían varias. Algunas poseían características anatómicas diferentes, vivían en regiones distintas y habían seguido trayectorias evolutivas separadas durante miles de años. Sin embargo, esas separaciones no siempre fueron absolutas.

La genética terminó demostrando algo extraordinario: nuestros antepasados se encontraron con otros humanos y tuvieron descendencia con ellos. Numerosas poblaciones actuales conservan ascendencia neandertal, mientras que determinadas poblaciones poseen además contribuciones genéticas relacionadas con los denisovanos. Parte de aquellas humanidades desaparecidas continúa literalmente dentro de nosotros.

 

LA MUCHACHA QUE TENÍA DOS HUMANIDADES EN SU ADN

Uno de los ejemplos más impresionantes procede de la cueva de Denisova, en Siberia. Allí apareció un pequeño fragmento de hueso perteneciente a una joven que vivió hace decenas de miles de años. El fragmento podía parecer insignificante, pero el análisis de su material genético permitió reconstruir una historia familiar extraordinaria.

La joven, conocida científicamente como Denisova 11, tenía una madre neandertal y un padre denisovano. Era descendiente directa de dos poblaciones humanas arcaicas diferentes. No se trataba simplemente de una reconstrucción basada en la apariencia de un cráneo o en la interpretación de unas herramientas. La información estaba escrita en su propio genoma.

El descubrimiento obligó a modificar la imagen excesivamente sencilla del árbol humano. Las ramas no solamente se separaban y desaparecían. Algunas podían volver a encontrarse y mezclarse. Nuestra historia evolutiva comenzó a parecerse, en determinadas partes, más a una red que a un árbol perfectamente ordenado.

 

LOS HUMANOS QUE TODAVÍA NO CONOCEMOS

La genética moderna ha añadido otro elemento fascinante a esta historia. En determinados estudios aparecen señales compatibles con aportes procedentes de poblaciones antiguas cuya identidad exacta todavía no conocemos suficientemente. A estas poblaciones hipotéticas se las denomina en ocasiones linajes o poblaciones «fantasma». El término no tiene nada de sobrenatural: simplemente significa que podemos detectar una posible huella antes de identificar con precisión a quien la dejó.

Es parecido a entrar en una habitación abandonada y descubrir unas pisadas. Aunque todavía no sepamos quién caminó por allí, las huellas nos indican que posiblemente hubo alguien. Conocemos algunos grupos humanos antiguos por sus fósiles, otros gracias a su ADN y posiblemente existan capítulos de nuestra historia de los que apenas hemos comenzado a reconocer señales indirectas.

Todo esto demuestra que el árbol humano todavía está siendo reconstruido. Nuevos fósiles, nuevas técnicas de análisis y nuevos genomas pueden modificar relaciones que anteriormente parecían claras. Algunas ramas podrían cambiar de posición y otras que todavía desconocemos podrían aparecer.

 

QUE FALTEN PIEZAS NO SIGNIFICA QUE TODO SEA DESCONOCIDO

Reconocer las lagunas de nuestro conocimiento no significa afirmar que carecemos de evidencias sobre la evolución. Tenemos miles de fósiles, herramientas, yacimientos arqueológicos, anatomía comparada, sistemas de datación, genética moderna y ADN antiguo. Podemos comparar nuestro genoma con el de otros primates y estudiar relaciones de parentesco que resultan extremadamente difíciles de explicar sin ascendencia común.

La evidencia de la evolución humana es extraordinariamente amplia. Lo que no poseemos es cada segundo de la película. Tenemos una enorme colección de fotogramas y cada nuevo descubrimiento añade otros. Algunos confirman nuestras reconstrucciones anteriores; otros obligan a modificarlas. Eso no constituye una debilidad del conocimiento científico, sino una de sus características fundamentales.

El problema comienza cuando una explicación provisional se convierte en una verdad que supuestamente ya no puede discutirse. Un científico puede equivocarse, una institución puede equivocarse y una interpretación aceptada durante décadas puede ser reemplazada cuando aparecen mejores evidencias. La autoridad nunca debería ocupar el lugar de los datos.

Pero esa regla debe funcionar en ambas direcciones. Desconfiar de una explicación aceptada tampoco convierte automáticamente en verdadera cualquier alternativa. Si exigimos pruebas a las teorías convencionales, debemos exigirlas igualmente a las ideas que las desafían. La pregunta fundamental no debería ser quién afirma algo, sino cómo puede demostrarlo.

 

LA EVOLUCIÓN NO EXPLICA POR SÍ SOLA EL COMIENZO DE LA VIDA

Supongamos que mañana encontráramos todos los fósiles que faltan y consiguiéramos reconstruir cada detalle de nuestra historia. Supongamos que supiéramos exactamente qué población dio origen a cuál, cuándo ocurrieron todas las migraciones y cuántas veces se mezclaron diferentes grupos humanos. Todavía permanecería intacta una pregunta gigantesca: ¿cómo apareció la primera vida?

La evolución biológica y el origen de la vida están relacionados, pero no son exactamente el mismo problema. Para que exista evolución debe existir previamente algún sistema capaz de reproducirse, transmitir información y producir variaciones heredables. Por tanto, si retrocedemos suficientemente por el árbol de la vida llegaremos finalmente a un territorio donde la pregunta ya no es cómo cambió un organismo, sino cómo apareció el primer sistema capaz de evolucionar.

La investigación científica estudia diferentes posibilidades relacionadas con la química prebiótica, moléculas capaces de almacenar información, escenarios relacionados con un posible mundo de ARN, membranas primitivas y diferentes ambientes de la Tierra temprana. Hemos aprendido muchísimo sobre las condiciones bajo las cuales pudieron surgir componentes fundamentales de la vida, pero todavía no poseemos una reconstrucción histórica completa de todos los pasos que condujeron desde la química no viva hasta los primeros sistemas biológicos.

Podemos seguir las ramas del árbol durante miles de millones de años. La raíz continúa siendo uno de nuestros mayores interrogantes.

 

¿Y SI PARTE DE LA HISTORIA COMENZÓ FUERA DE LA TIERRA?

El espacio no está químicamente vacío. En meteoritos y otros ambientes extraterrestres se han identificado compuestos orgánicos, lo que permite preguntarnos cuánto material procedente del espacio pudo participar en la química de la Tierra primitiva. Que un compuesto sea orgánico no significa que esté vivo, pero demuestra que una parte de la química necesaria para la vida no pertenece exclusivamente a nuestro planeta.

Existe además una hipótesis mucho más atrevida conocida como panspermia, según la cual microorganismos extremadamente resistentes o precursores de la vida podrían, bajo determinadas circunstancias, viajar entre diferentes mundos. No poseemos evidencia de que la vida terrestre comenzara de esta manera, pero la idea plantea una posibilidad interesante.

Sin embargo, incluso si mañana descubriéramos que la vida llegó a nuestro planeta desde otro lugar, el problema del origen no desaparecería. Simplemente tendríamos que preguntar dónde y cómo comenzó aquella otra vida.

 

CUANDO MIRAMOS AL CIELO Y NO SABEMOS QUÉ ESTAMOS VIENDO

Durante décadas, hablar seriamente de objetos voladores no identificados podía provocar burlas. Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre afirmar que un fenómeno es extraterrestre y reconocer que todavía no ha sido identificado. Un objeto desconocido puede terminar siendo un avión, un globo, un fenómeno atmosférico, un aparato tecnológico, un efecto óptico, un error instrumental o cualquier otra cosa perfectamente convencional.

Pero desconocido tampoco significa explicado. Cuando los datos disponibles no permiten determinar qué ocurrió, la respuesta intelectualmente correcta no consiste en rellenar inmediatamente el vacío con nuestra explicación favorita. Tampoco consiste en fingir que el vacío no existe. Significa aceptar una de las respuestas más difíciles para nuestra especie: no lo sabemos.

La posibilidad de vida extraterrestre introduce además una cuestión de escala. Nuestra civilización tecnológica ocupa apenas un instante comparada con la edad de la Tierra y del universo. Si una civilización hubiera aparecido en otro mundo cientos de miles o millones de años antes que nosotros, resulta extremadamente difícil imaginar cuáles serían sus capacidades. Eso no demuestra que semejante civilización exista ni que haya visitado nuestro planeta, pero permite formular la pregunta.

 

¿Y SI ALGUIEN ESTUVO AQUÍ ANTES?

A partir de este punto debemos distinguir cuidadosamente evidencia de hipótesis. No poseemos una demostración científica concluyente de que una civilización extraterrestre haya intervenido en la evolución humana. Sin embargo, podemos preguntarnos qué clase de evidencia deberíamos encontrar si alguna inteligencia no humana hubiese visitado la Tierra en un pasado remoto.

Deberíamos buscar materiales inequívocamente artificiales, tecnologías incompatibles con el contexto histórico en que aparecieron, alteraciones genéticas que no pudieran explicarse mediante mecanismos conocidos, objetos verificables o información cuya procedencia resultara extraordinariamente difícil de explicar mediante las capacidades de la cultura que la poseía. Una hipótesis extraordinaria necesita evidencia suficientemente sólida para distinguirla de explicaciones más sencillas.

La pregunta puede formularse sin convertir su posible respuesta en certeza. Preguntar si alguien pudo estar aquí no equivale a afirmar que estuvo. Pero tampoco deberíamos prohibir una pregunta simplemente porque desafíe nuestra visión actual del pasado.

 

LAS EXTRAÑAS FIGURAS QUE NOS DEJARON LOS ANTIGUOS

Existen pinturas rupestres, petroglifos y representaciones antiguas que resultan desconcertantes para los ojos modernos. Algunas muestran figuras antropomorfas extrañas, cabezas desproporcionadas, círculos alrededor de personajes, objetos celestes o formas que determinadas personas interpretan como seres no humanos o aparatos voladores.

El problema es que nosotros observamos esas imágenes con una mente del siglo XXI. Sabemos cómo luce un astronauta, conocemos cascos espaciales, hemos visto platillos voladores en películas y llevamos décadas expuestos a determinadas representaciones populares de extraterrestres. Nuestro cerebro puede reconocer esos patrones incluso cuando el artista antiguo quiso representar algo completamente diferente.

Una figura que parece llevar un casco pudo representar una máscara ceremonial. Un círculo pudo simbolizar al Sol. Un personaje extraño pudo representar una divinidad, un espíritu, un antepasado o una criatura mitológica. En otros casos, simplemente desconocemos el significado original porque la cultura capaz de explicarlo desapareció hace miles de años.

Reconocer esas posibilidades no significa que debamos dejar de observar o preguntar. La cuestión correcta no consiste en intentar demostrar de antemano que aquellas personas dibujaron extraterrestres. Consiste en preguntarnos qué estaban intentando representar realmente y permitir que la evidencia determine hasta dónde podemos llegar.

 

SUPONGAMOS QUE REALMENTE NOS VISITARON

Hagamos un experimento intelectual. Imaginemos que mañana aparece una evidencia absolutamente inequívoca de que una inteligencia extraterrestre visitó la Tierra hace cientos de miles de años. No una luz borrosa ni un relato imposible de comprobar, sino una tecnología claramente no humana cuya antigüedad y procedencia pudieran verificarse independientemente.

Imaginemos además que descubrimos evidencia de que aquellos visitantes intervinieron en nuestra historia biológica. Quizá manipularon determinados organismos o modificaron una población ancestral. Un descubrimiento semejante obligaría a reescribir una parte enorme de nuestra historia y constituiría probablemente uno de los acontecimientos intelectuales más importantes de todos los tiempos.

Sin embargo, ni siquiera aquello resolvería el misterio fundamental de nuestro origen. Solo lo trasladaría. Inmediatamente tendríamos que preguntar de dónde procedían aquellos seres, cómo apareció la vida en su planeta, si evolucionaron naturalmente o si alguna otra inteligencia intervino también en su historia.

Podríamos continuar retrocediendo indefinidamente. Una civilización extraterrestre podría explicar hipotéticamente una intervención en nuestra evolución, pero no explicaría necesariamente el origen último de la vida.

 

¿Y SI HUBO CREACIÓN?

Llegamos entonces a una pregunta que suele presentarse como si solamente admitiera dos posibilidades: evolución o creación. Quizá esa oposición sea demasiado sencilla. Si por creación entendemos que todas las especies aparecieron exactamente con su forma actual y nunca existió ascendencia común, esa interpretación entra en conflicto con una enorme cantidad de evidencia genética y paleontológica.

Pero si preguntamos si la evolución demuestra que no puede existir ningún creador, entramos en un problema diferente. La evolución describe mecanismos biológicos. Puede estudiar mutaciones, selección, herencia, adaptación y parentesco. Nada de ello constituye por sí mismo una demostración filosófica de que detrás de la existencia no pueda haber una inteligencia, una causa primera o alguna realidad que todavía no comprendamos.

Una persona puede aceptar completamente la evolución y creer en un creador. Otra puede considerar que los procesos naturales son suficientes y que no existe razón para introducir una inteligencia externa. En determinado punto ambas posiciones abandonan aquello que puede determinarse exclusivamente mediante fósiles, genes o experimentos y entran en preguntas filosóficas mucho más profundas.

¿Por qué existe algo en lugar de nada? ¿Por qué existen leyes naturales? ¿Por qué esas leyes permiten la aparición de materia compleja? ¿Por qué esa materia puede organizarse hasta producir vida? ¿Y por qué una parte de esa vida terminó adquiriendo conciencia suficiente para preguntarse por su propia existencia?

No conocer la respuesta a esas preguntas no demuestra la existencia de un creador. Pero tampoco demuestra su inexistencia.

 

EL MISTERIO ESTÁ DEBAJO DE LAS RAÍCES

Podemos continuar retrocediendo por nuestra historia. Nuestros padres proceden de nuestros abuelos; ellos de generaciones anteriores; nosotros de otros Homo sapiens; más atrás encontramos otras poblaciones humanas, homininos anteriores, primates ancestrales, mamíferos, vertebrados, organismos multicelulares y finalmente formas de vida muchísimo más simples.

Podemos seguir todavía más atrás y llegar a moléculas, química, átomos y elementos fabricados dentro de estrellas antiguas. Entonces preguntaremos de dónde surgieron esas estrellas. Retrocederemos hacia el universo temprano, hacia la materia y la energía, y volveremos a encontrarnos frente a otra pregunta: ¿de dónde surgió todo?

En ese momento ya no estamos preguntando simplemente de qué animal descendemos. Hemos llegado a una de las preguntas más antiguas de nuestra especie: ¿por qué existimos?

Quizá nunca exista una única disciplina capaz de responderla completamente. La biología puede explicar una parte, la genética otra, la física otra, la cosmología otra y la filosofía puede formular preguntas que los instrumentos no pueden resolver por sí solos.

 

NO SOMOS EL FINAL DEL DIBUJO

La vieja ilustración del mono transformándose progresivamente en hombre contenía un último error: nos colocaba al final. Parecía sugerir que miles de millones de años de historia natural habían estado avanzando hacia nosotros como si fuéramos el producto terminado.

No tenemos razones para pensar que la evolución haya concluido. Nosotros seguimos siendo organismos sujetos a mutación, reproducción, selección y cambio. Si nuestra especie sobrevive durante suficiente tiempo, nuestros descendientes tampoco serán necesariamente idénticos a nosotros. Y si desaparecemos, la historia de la vida podrá continuar sin nuestra presencia.

Quizá nuestra característica más extraordinaria no sea ocupar el final del árbol, sino ser una pequeña rama capaz de comprender que existe un árbol. Podemos secuenciar nuestro ADN, encontrar restos de otras humanidades, reconstruir ambientes desaparecidos y descubrir dentro de nuestros propios cromosomas las huellas de encuentros ocurridos hace decenas de miles de años.

Podemos además levantar la mirada hacia el cielo y preguntarnos si existe en algún otro lugar otra inteligencia haciendo exactamente lo mismo.

 

SABEMOS MUCHO, PERO TODAVÍA NO LO SABEMOS TODO

No venimos del chimpancé. No venimos del gorila. No descendemos de ninguno de los primates que actualmente viven junto a nosotros. Compartimos antepasados remotos y nosotros mismos somos primates, integrantes de una historia biológica que comenzó muchísimo antes de la aparición de nuestra especie.

La evidencia de la evolución es extraordinariamente sólida, pero nuestra reconstrucción completa del pasado continúa cambiando. Seguimos descubriendo ramas, relaciones genéticas y poblaciones antiguas. Todavía intentamos comprender cómo comenzó la vida. No sabemos si existe otra inteligencia tecnológica en el universo. No sabemos si alguna estuvo alguna vez aquí. Tampoco podemos utilizar un fósil o una secuencia genética para resolver definitivamente la cuestión filosófica de una creación.

Quizá en el futuro descubramos nuevas especies humanas. Quizá la genética revele poblaciones que hoy desconocemos. Quizá consigamos comprender cómo la química produjo los primeros sistemas vivos. Quizá encontremos vida en otro mundo. Y quizá algún descubrimiento inesperado nos obligue a reconsiderar ideas que hoy damos por establecidas.

Reconocer lo que ignoramos no disminuye lo que hemos aprendido. Al contrario, nos permite distinguir el conocimiento de la creencia, la evidencia de la interpretación y la posibilidad de la demostración. Esa frontera es precisamente donde aparecen las preguntas verdaderamente interesantes.

Sabemos muchísimo sobre nuestra historia, pero todavía no lo sabemos todo. Y mientras quede una rama sin identificar, una huella genética sin explicar, una pregunta sobre el nacimiento de la vida o un universo entero extendiéndose sobre nuestras cabezas, tendremos razones para continuar buscando.

Porque la duda, cuando está acompañada por evidencia y curiosidad, no es enemiga del conocimiento. Es donde comienza.

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Fuentes / Referencias
  • Smithsonian Human Origins Program — Introduction to Human Evolution. Referencia sobre evolución humana, árbol evolutivo y ancestro común entre humanos y grandes simios. Human Origins
  • Smithsonian Human Origins Program — Genetics. Evidencia genética del parentesco entre humanos, chimpancés y bonobos y divergencia desde un ancestro común hace aproximadamente 6–8 millones de años. Human Origins
  • Smithsonian Human Origins Program — Human Evolution Evidence. Registro fósil, arqueología, genética y métodos utilizados para reconstruir la evolución humana. Human Origins
  • Slon, V. et al. — The genome of the offspring of a Neanderthal mother and a Denisovan father, Nature 561, 113–116 (2018). Estudio genómico de Denisova 11 que confirmó una madre neandertal y un padre denisovano. Nature
  • Smithsonian Human Origins Program — Ancient DNA and Neanderthals. ADN neandertal y denisovano, cruces con Homo sapiens y presencia de ascendencia arcaica en poblaciones humanas actuales. Human Origins
  • Joyce, G. F. — The antiquity of RNA-based evolution, Nature 418, 214–221 (2002). Revisión científica sobre la hipótesis del mundo de ARN y etapas tempranas relacionadas con el origen de la vida. Nature

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Gabriel Montalvo

Gabriel Montalvo es ensayista y divulgador científico. Su trabajo explora los grandes interrogantes sobre el origen humano, la evolución, el cosmos, la vida extraterrestre y los límites del conocimiento científico. Con una mirada crítica y abierta, examina tanto las teorías aceptadas como las hipótesis que desafían los paradigmas establecidos. En sus ensayos busca separar evidencia, interpretación y especulación, acercando cuestiones complejas al lector sin renunciar a la duda, el debate ni a las preguntas incómodas.

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