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MARK TWAIN: UN HOMBRE DENTRO DEL INGENIO Y EL HUMOR

Hay hombres que escriben libros y hombres que terminan convertidos ellos mismos en un personaje de la literatura. Samuel Langhorne Clemens perteneció a esa segunda especie. El mundo lo conoce como Mark Twain, nombre que parece haber terminado por tragarse al hombre que lo inventó. Bajo aquel seudónimo quedaron Las aventuras de Tom Sawyer, Las aventuras de Huckleberry Finn, Un yanqui en la corte del rey Arturo, El príncipe y el mendigo, los libros de viajes, las conferencias, las sátiras, los discursos y una cantidad extraordinaria de frases que todavía circulan como pequeñas cargas explosivas de inteligencia. Pero detrás de Mark Twain estaba Clemens: piloto de río, impresor, periodista, minero fracasado, empresario desastroso, conferenciante formidable, fumador de cigarros, padre, esposo, viajero, polemista y observador implacable de esa criatura que le proporcionó material hasta el último día de su vida: el ser humano.

Twain comprendió algo que los grandes humoristas suelen descubrir temprano: para hacer reír de verdad no basta con contar un chiste. Hay que conocer al hombre. Hay que saber dónde guarda su vanidad, de qué presume, qué teme que los demás descubran, qué mentira se cuenta a sí mismo y qué solemne explicación ha inventado para justificar sus pequeñas miserias. El humor de Twain nace precisamente de ese conocimiento. Su mecanismo favorito consistía en comenzar una frase como si fuera a impartir una lección moral y terminarla haciendo estallar desde dentro. “Obedece siempre a tus padres cuando estén presentes”, aconsejó a los jóvenes. La primera mitad pertenece al predicador; las últimas tres palabras pertenecen a Mark Twain.

Ese procedimiento aparece una y otra vez. “Respeta siempre a tus superiores; si tienes alguno.” “El hombre es el único animal que se sonroja. O que necesita hacerlo.” “Sé bueno y estarás solo.” La estructura parece sencilla hasta que uno intenta imitarla. Twain concedía al lector una fracción de segundo para acomodarse en una certeza y entonces le quitaba la silla. El efecto cómico procedía de la caída, pero detrás de la caída había una idea. La obediencia muchas veces depende de quién está mirando. La jerarquía puede ser una ficción. La vergüenza es una especialidad humana. La virtud absoluta quizá sea incompatible con la vida social. El chiste terminaba donde comenzaba la reflexión.

Samuel Clemens había nacido en Florida, Misuri, en 1835, y creció en Hannibal, junto al Mississippi, un escenario que décadas después sería transformado por la memoria en uno de los territorios más famosos de la literatura estadounidense. Su infancia tuvo río, aventuras, esclavitud, supersticiones, violencia, muerte y personajes extravagantes. Nada de aquello desapareció. Twain poseía la rara facultad de conservar los desperdicios de la experiencia hasta encontrarles utilidad literaria. El niño que había observado las orillas del Mississippi acabaría escribiendo sobre ellas con una mezcla de nostalgia y ferocidad. Tom Sawyer y Huckleberry Finn no nacieron solamente de la imaginación: nacieron de un mundo que Clemens había almacenado durante años.

Antes de convertirse en escritor había aprendido un oficio que exigía exactamente lo contrario de la fantasía: pilotar barcos de vapor por el Mississippi. Allí cada banco de arena podía matar, cada cambio del río podía volver inútil el conocimiento del día anterior y cada señal debía interpretarse correctamente. De ese universo fluvial procedió también su nombre literario. “Mark twain” pertenecía al lenguaje de los sondeos del río y anunciaba una profundidad de dos brazas, agua suficiente para navegar. Samuel Clemens tomó una expresión profesional y la convirtió en una segunda identidad.

Es difícil encontrar una elección más apropiada. Mark Twain sería durante toda su vida un hombre que medía profundidades mientras fingía estar hablando de la superficie.

Su humor tampoco fue únicamente un fenómeno escrito. Twain comprendía el escenario. Sabía detenerse. Sabía mirar al público. Sabía que una pausa podía ser más divertida que una frase y que un hombre que cuenta un disparate con absoluta gravedad multiplica su efecto. Su aspecto terminó colaborando con el personaje: el cabello revuelto, el gran bigote, las cejas, el cigarro y, en sus últimos años, aquel traje blanco que lo convertía en una presencia inmediatamente reconocible. Antes de que las celebridades aprendieran a administrar una imagen pública, Twain ya había convertido la suya en parte del espectáculo.

Su técnica oral dependía mucho de la falsa inocencia. No parecía decir: “Voy a hacerlos reír”. Parecía anunciar algo perfectamente razonable y dejar que la lógica avanzara hasta el absurdo. Esa seriedad era esencial. El humorista que se ríe demasiado pronto destruye parte de su propio mecanismo. Twain podía pronunciar una barbaridad con la expresión de quien acaba de informar la temperatura.

También poseía una habilidad excepcional para exagerar sin romper completamente el hilo que unía la exageración con la realidad. Una mentira humorística necesita contener una verdad. Si no la contiene, es solamente una mentira. Twain podía estirar un comportamiento humano hasta dimensiones grotescas porque el lector seguía reconociendo dentro de la caricatura algo que había visto en su vecino, en un político, en un predicador o en sí mismo. Allí reside buena parte de su vigencia. Cambian las ropas, los periódicos, las tecnologías y los presidentes; la vanidad humana conserva una admirable estabilidad.

Pero el hombre que hizo una profesión de detectar el disparate ajeno poseía una capacidad considerable para cometer los suyos propios. Y quizá esa contradicción sea una de las razones por las que resulta tan atractivo.

Twain ganó mucho dinero y perdió muchísimo. Sentía fascinación por los inventos y por las promesas de la tecnología. Su entusiasmo más ruinoso fue la máquina tipográfica de James W. Paige, un prodigio mecánico extraordinariamente complejo en el que Clemens invirtió durante años una fortuna. Creía estar ante el futuro de la impresión. El futuro, sin embargo, escogió otras máquinas más prácticas. La Paige Composer devoró dinero sin proporcionar el imperio económico esperado.

Hay una ironía casi demasiado perfecta para haber sido inventada: uno de los hombres más ingeniosos de Estados Unidos fue incapaz de aplicar a determinadas inversiones el escepticismo que aplicaba magistralmente a la humanidad.

Sus dificultades empresariales, combinadas con otros problemas financieros, acabaron llevándolo a la bancarrota en la década de 1890. Podría haberse protegido detrás de los mecanismos legales disponibles, pero decidió pagar a sus acreedores. Para conseguirlo regresó a una de las actividades que mejor dominaba: hablar. Emprendió una extensa gira internacional de conferencias y convirtió otra vez su voz, su presencia y su humor en capital. El hombre arruinado salió a recorrer el mundo contando historias.

Esa etapa revela algo esencial de Clemens. El humor no era únicamente su instrumento artístico. Era también un mecanismo de supervivencia. Podía convertir la humillación en anécdota porque hacerlo le permitía dominarla. Aquello que podía contar ya no podía derrotarlo de la misma manera.

Su casa de Hartford, donde vivió con Olivia Langdon Clemens y sus hijas, permite asomarse al Twain doméstico. Allí escribió algunas de sus obras fundamentales. Allí recibía escritores, actores y amigos. Allí fumaba, trabajaba y se refugiaba en el billar. Y allí aparece también un hombre menos monumental que el busto literario: un padre capaz de jugar con sus hijas y transformar la casa mediante la imaginación. El gran satírico de la especie humana podía convertirse en elefante para divertir a los niños.

La convivencia entre Samuel y Olivia resulta particularmente interesante porque Livy fue mucho más que la esposa del escritor. Leyó manuscritos, opinó sobre ellos y funcionó durante años como una primera conciencia editorial. Twain podía ser volcánico; Olivia representaba con frecuencia una mirada más disciplinada. La literatura nacida en aquella casa no fue completamente independiente de ese diálogo.

Twain, sin embargo, nunca fue un hombre fácil de encerrar dentro de una definición. Podía ser sentimental y despiadado, progresista en una cuestión y hombre de su siglo en otra, escéptico y supersticioso, pesimista y extraordinariamente vital. La contradicción no era un accidente de su personalidad: era uno de sus temas.

Tenía además una relación apasionada con el lenguaje cotidiano. Desconfiaba de la solemnidad porque había descubierto que la solemnidad era uno de los escondites preferidos de la estupidez. Cuanto más importante pretendía parecer una institución, mayor era su deseo de pincharla con una aguja.

La religión organizada, la política, los imperios, los reformadores, los críticos literarios, los ricos, los moralistas, los periodistas y los propios escritores pasaron por su laboratorio. Pero Twain no necesitaba necesariamente odiar aquello de lo que se burlaba. A veces ocurre lo contrario con los grandes humoristas: observan con tanta atención precisamente porque algo les importa.

Con la política su humor se volvió progresivamente más oscuro. El hombre que había divertido al público con viajes y extravagancias terminó utilizando la sátira para atacar el imperialismo, la hipocresía nacional y la violencia cometida bajo vocabularios civilizadores. Su oposición a las aventuras imperiales estadounidenses de comienzos del siglo XX demuestra que el anciano vestido de blanco no se había convertido en una pieza decorativa de la cultura nacional. Seguía dispuesto a incomodar.

Twain había descubierto que una nación puede hacer exactamente lo mismo que un individuo: inventarse una explicación noble para una conducta interesada.

Por eso su humor político conserva una incómoda actualidad. El procedimiento continúa funcionando porque el objeto apenas ha cambiado. Sustitúyanse los nombres, las banderas y las fechas y muchas de sus observaciones podrían pronunciarse frente a un parlamento contemporáneo. Twain desconfiaba especialmente de la distancia entre el discurso y la conducta. Cuando una institución proclamaba demasiado alto su virtud, él parecía inclinarse instintivamente para mirar qué escondía debajo de la mesa.

La prensa tampoco escapó. Clemens había sido periodista y conocía el oficio desde dentro. Sabía cómo una noticia podía exagerarse, deformarse, copiarse o convertirse en espectáculo. Su propia fama produjo uno de los episodios más conocidos de su biografía: mientras se encontraba en Londres en 1897 circularon informaciones relacionadas con su enfermedad y hasta rumores sobre su muerte. Twain respondió con una frase que la tradición ha reproducido de numerosas maneras. La versión popular, “Los informes sobre mi muerte han sido enormemente exagerados”, ha terminado siendo más famosa que las circunstancias precisas del episodio.

Resulta perfectamente twainiano que hasta su supuesta muerte terminara convertida en material humorístico.

La muerte, de hecho, acompañó a Clemens mucho más de lo que su imagen de humorista permite imaginar. Perdió a seres queridos, sufrió la muerte de su esposa Olivia en 1904 y sobrevivió a dos de sus hijas. Sus últimos años estuvieron atravesados por el dolor. El humor no desapareció, pero adquirió una temperatura distinta. El hombre que había observado las tonterías humanas comenzó a mirar cada vez con mayor dureza la crueldad, la injusticia y el absurdo de existir.

Quizá por eso sería un error confundir su humor con alegría.

El humor puede nacer de la felicidad, pero también puede ser una forma refinada de desesperación. Twain conocía ambas posibilidades. En sus mejores páginas la carcajada contiene una pequeña herida. Reímos y, medio segundo después, comprendemos que nosotros también estábamos dentro del chiste.

Su visión del ser humano fue haciéndose cada vez menos indulgente. La civilización, para Twain, no eliminaba necesariamente la barbarie; a menudo se limitaba a vestirla mejor. El hombre podía presumir de racionalidad mientras actuaba por codicia, miedo, tribalismo, deseo de prestigio o simple imitación. En ese punto el humorista se aproxima al filósofo, aunque probablemente Twain se habría burlado de cualquiera que intentara concederle semejante título.

También supo reírse de la literatura y de quienes la practicaban. Sus ataques contra determinadas convenciones narrativas son memorables porque procedían de alguien que amaba profundamente contar historias. Para Twain, narrar no consistía en decorar una frase hasta volverla respetable. La voz tenía que respirar. Los personajes debían hablar como seres humanos y no como monumentos. Esa apuesta por las hablas populares estadounidenses fue decisiva en su obra y especialmente en Huckleberry Finn.

La revolución de Twain no consistió únicamente en lo que contó. Consistió en permitir que Estados Unidos escuchara su propia voz dentro de un libro.

Ernest Hemingway afirmaría después que toda la literatura moderna estadounidense procedía de Huckleberry Finn. Puede discutirse la hipérbole, pero resulta difícil negar el tamaño de la ruptura. Twain demostró que la lengua literaria no tenía que pedir permiso a la respetabilidad para ser literatura.

Su talento para la frase breve contribuyó, paradójicamente, a crear un problema póstumo extraordinario. A Mark Twain se le atribuyen cientos de frases que nunca dijo.

El fenómeno es comprensible. Cuando aparece una observación ingeniosa cuyo autor se desconoce, Twain parece un sospechoso perfecto. Su nombre funciona casi como un certificado retroactivo de inteligencia. Si una sentencia es mordaz, escéptica y suficientemente buena, alguien termina colocándole debajo “Mark Twain”.

Así, el escritor ha continuado produciendo frases durante más de un siglo después de muerto. La ironía le habría gustado.

La investigación moderna de sus textos, cartas, discursos y periódicos de la época ha permitido desmontar numerosas atribuciones. Esto obliga a tratar con cuidado las colecciones de “frases de Mark Twain” que circulan por internet. No todo lo que lleva su fotografía debajo salió de su boca o de su pluma. Y quizá la mejor manera de respetar a un hombre tan preocupado por la estupidez humana sea no contribuir a ella adjudicándole ocurrencias que nunca tuvo.

Las auténticas bastan.

“Sé bueno y estarás solo.”

“El hombre es el único animal que se sonroja. O que necesita hacerlo.”

“Obedece siempre a tus padres cuando estén presentes.”

En pocas palabras aparece todo el mecanismo: la norma, la pausa, la emboscada.

 

Twain entendía que el aforismo humorístico debía ser económico. No explicar demasiado. Una broma explicada se parece a una rana diseccionada: podemos comprender sus órganos, pero ya no salta. Él prefería confiar en la inteligencia del lector.

Hasta sus hábitos personales colaboraron en la construcción del personaje. El cigarro se convirtió en parte de su iconografía. También lo hizo el traje blanco de sus últimos años. Twain comprendió intuitivamente algo que hoy llamaríamos construcción de imagen pública. El anciano de cabellos blancos vestido enteramente de blanco resultaba imposible de confundir en una sala.

Era escritor y al mismo tiempo representación de sí mismo. Pero detrás de aquel personaje cuidadosamente reconocible seguía existiendo Samuel Clemens, un hombre al que la vida había golpeado con una seriedad que contrasta brutalmente con su reputación de humorista. Ahí se encuentra quizás la parte más humana de su ingenio. Twain no fue gracioso porque ignorara la tragedia. Fue gracioso a pesar de conocerla. O quizá precisamente porque la conocía.

Existe una antigua tentación de considerar al humor como un género menor frente a la tragedia. Twain demuestra lo contrario. Hacer llorar puede exigir talento; hacer reír mientras se revela una verdad desagradable exige una precisión extraordinaria. El humorista dispone de segundos para construir una expectativa, engañar al lector y revelar una segunda realidad. Si cualquiera de esas piezas falla, el mecanismo se desploma. Twain lo hizo durante décadas.

Y lo hizo sin respetar demasiado las fronteras entre vida y literatura. Sus viajes se convertían en libros. Sus errores se convertían en historias. Sus enemigos podían terminar convertidos en personajes. Sus opiniones se transformaban en conferencias. Sus desgracias producían anécdotas. Incluso la autobiografía fue concebida de una manera profundamente suya: dictando recuerdos sin someterse rigurosamente a la cronología, permitiendo que la memoria saltara de una época a otra según las asociaciones del momento.

Además quiso que partes esenciales de esa autobiografía permanecieran sin publicarse durante cien años después de su muerte. Era una decisión extraordinaria. Twain quería hablar con libertad sobre religión, política, conocidos, empresarios, personajes públicos y sobre la humanidad, pero sabía que la verdad podía tener consecuencias para quienes todavía estaban vivos. La solución fue típicamente suya: decirlo y dejar que los muertos resolvieran el problema.

Cuando finalmente comenzaron a publicarse las ediciones académicas completas de aquellos materiales un siglo después de su muerte, apareció un Clemens todavía más complejo. El humorista nacional era también un observador amargo del poder, la religión, el dinero, el gobierno y la condición humana.

No había dos hombres completamente separados, Samuel Clemens y Mark Twain. Había una tensión entre ambos. Clemens sufría. Twain encontraba la frase. Clemens perdía dinero. Twain encontraba la historia. Clemens enterraba a quienes amaba. Twain continuaba interrogando al mundo. Clemens contemplaba la estupidez. Twain la hacía hablar.

Tal vez esa sea la verdadera explicación de su permanencia. No seguimos leyendo a Mark Twain únicamente porque fuera divertido. Miles de humoristas hicieron reír a sus contemporáneos y desaparecieron con ellos. Twain sobrevivió porque debajo del chiste había anatomía.

Conocía la vanidad del hombre que quiere parecer inteligente. La del político que quiere parecer indispensable. La del moralista que desea administrar la conducta ajena. La del rico que confunde dinero con mérito. La del patriota que confunde amor al país con obediencia. La del escritor que confunde oscuridad con profundidad. Y conocía, naturalmente, la vanidad del propio Mark Twain. Por eso podía reírse de sí mismo. Esa es quizá la última frontera del ingenio. Resulta fácil encontrar ridículos a nuestros adversarios. Mucho más difícil es reconocer que nosotros también pertenecemos a la misma especie.

Samuel Clemens murió el 21 de abril de 1910. Había nacido en 1835, poco después de la aparición del cometa Halley, y sabía que el cometa regresaría en 1910. El año anterior había hablado de aquella coincidencia y de su expectativa de marcharse con él. Halley alcanzó su perihelio el 20 de abril. Twain murió al día siguiente. Parece una anécdota escrita por un biógrafo demasiado imaginativo. Pero ocurrió. Y resulta difícil pensar en un final más apropiado para Mark Twain: hasta la astronomía pareció colaborar con la leyenda. Sin embargo, el verdadero prodigio no está en el cometa. Está en que Samuel Langhorne Clemens continúa conversando con nosotros más de un siglo después. Y sigue haciéndolo mediante el procedimiento que mejor conocía: nos permite reír primero y pensar después. Quizá por eso todavía incomoda. Porque cuando Mark Twain se burla del fanático, del hipócrita, del ignorante orgulloso, del político, del especulador, del moralista o del crédulo, el lector comienza riéndose de alguien. Y termina, si ha entendido realmente a Twain, preguntándose si ese alguien no se parece demasiado a él.

Ahí estaba el hombre dentro del ingenio. Y ahí estaba el ingenio dentro del humor.

 

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Fuentes / Referencias

Fuentes

[1] Mark Twain Project Online, The Bancroft Library, University of California, Berkeley. Ediciones críticas, correspondencia, manuscritos y materiales autobiográficos de Samuel L. Clemens.
https://www.marktwainproject.org/

[2] National Endowment for the Humanities, “Mark Twain Project”.
https://www.neh.gov/explore/mark-twain-project

[3] The Mark Twain House & Museum, “Famous Twain Quotes”. Archivo de citas documentadas de Samuel Clemens.
https://marktwainhouse.org/about/mark-twain/famous-twain-quotes/

[4] Library of Congress, Chronicling America, “Stories about Mark Twain”. Material periodístico histórico y cronología de anécdotas sobre Clemens.
https://guides.loc.gov/chronicling-america-stories-about-mark-twain

[5] Library of Congress, Chronicling America, “Stories by Mark Twain”. Selección de textos y fuentes periodísticas históricas.
https://guides.loc.gov/chronicling-america-stories-by-mark-twain

[6] Library of America, Mark Twain: Collected Tales, Sketches, Speeches, & Essays 1852–1890 y 1891–1910. Ed. Louis J. Budd.
https://www.loa.org/books/80-collected-tales-sketches-speeches-amp-essays-1852-1890/
https://www.loa.org/books/81-collected-tales-sketches-speeches-amp-essays-1891-1910/

[7] National Endowment for the Humanities, “Autobiography of Mark Twain”. Sobre la edición íntegra de los materiales autobiográficos y la decisión de Clemens de retrasar su publicación.
https://www.neh.gov/news/autobiography-mark-twain

Elena Valcárcel

Profesora de Filología y ensayista. Especializada en literatura hispánica, narrativa europea y análisis del discurso. Ha dedicado gran parte de su trayectoria al estudio de los clásicos, la correspondencia de escritores y la relación entre biografía y obra literaria. Lectora compulsiva, interesada especialmente en autores marcados por vidas extremas, conflictos familiares, exilio, enfermedad y marginalidad.

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