Amistad es una de esas palabras. La pronunciamos con una facilidad extraordinaria. Tenemos amigos de infancia, amigos del trabajo, amigos de Facebook, amigos que no hemos visto en veinte años y hasta personas que acabamos de conocer y presentamos, sin demasiado pudor, como amigos. Quizá ninguna otra relación humana haya sufrido semejante inflación del lenguaje. Llamamos amistad a tantas cosas que finalmente hemos conseguido que la palabra signifique muy poco.
Hace más de dos mil años Aristóteles –mi filósofo favorito– tuvo la lucidez de separar aquello que nosotros insistimos en mezclar. Habló de amistades nacidas de la utilidad, del placer y de la virtud. Las primeras duran mientras el otro nos resulta conveniente; las segundas, mientras su presencia nos proporciona algún placer; solamente la última aspira a querer al otro por lo que es y no por aquello que representa o proporciona. Lo sorprendente no es que semejante clasificación continúe vigente. Lo verdaderamente revelador es que, después de veintitrés siglos, seguimos llamando amistad a las tres.
Tal vez nunca haya existido una edad de oro de los amigos. Nos gusta imaginar un pasado en el que los hombres se daban la mano y la palabra valía más que un contrato; un tiempo de cartas escritas durante meses, visitas sin previo aviso y conversaciones que terminaban cuando amanecía. Seguramente hubo mucho de eso, pero también hubo traición, conveniencia, abandono y cálculo. La naturaleza humana no nació con el teléfono celular. Judas necesitó treinta monedas, no una cuenta en Instagram. La tecnología no inventó nuestra capacidad para utilizar al otro; simplemente la hizo más rápida, más visible y extraordinariamente eficiente.
La prosperidad posee una curiosa fuerza gravitatoria. Alrededor de quien tiene éxito aparecen afectos, admiraciones, invitaciones, llamadas, sonrisas y una multitud de personas dispuestas a compartir su tiempo. No siempre existe malicia en ello. El ser humano busca instintivamente aquello que brilla, aquello que puede abrir una puerta, proporcionar seguridad, prestigio, diversión o simplemente la agradable sensación de encontrarse cerca de alguien a quien las cosas le van bien. El problema comienza cuando confundimos esa órbita con el afecto. La prosperidad atrae compañía; solamente la desgracia puede certificarla.
Porque la desgracia tiene una propiedad que pocas veces se menciona: simplifica. Elimina adornos, títulos, invitaciones y posibilidades. Convierte al individuo nuevamente en individuo. Cuando alguien pierde posición, dinero, influencia o simplemente atraviesa una época en la que ya no tiene demasiado que ofrecer, comienza una extraña evaporación. Algunos desaparecen lentamente; otros lo hacen con una eficacia admirable. Las llamadas se espacian, las visitas terminan, los mensajes dejan de llegar. Nadie ha discutido con nadie. No ocurrió ninguna traición. Simplemente uno dejó de ser un lugar interesante donde estar.
Entonces aparece la verdadera medida de ciertas relaciones. Y no se trata necesariamente de dinero. Ayudar económicamente puede ser imposible; acompañar a alguien en una desgracia prolongada puede resultar difícil incluso para quien lo quiere. Nadie está obligado a salvar a nadie. Pero existe una forma mucho más elemental del afecto que no necesita cuentas bancarias ni sacrificios heroicos: recordar. Preguntar cómo estás. Preguntar si has comido. Aparecer de vez en cuando sin traer soluciones. Permanecer unos minutos frente a la ruina ajena sin sentir la necesidad de escapar de ella. Hay silencios que cuestan mucho más que cualquier ayuda que nunca se pidió.
En 1923, Jimmy Cox escribió Nobody Knows You When You’re Down and Out, una canción que Bessie Smith convertiría años después en uno de los grandes testimonios musicales sobre la volatilidad de la compañía humana y que Nina Simone llevaría más tarde a su propio territorio. Su argumento es casi obscenamente sencillo: mientras hay dinero abundan los amigos; cuando se pierde, desaparecen. Un siglo después seguimos escuchándola porque nada esencial ha cambiado. Hemos cambiado la moneda, la ropa, las ciudades y las maneras de comunicarnos. El mecanismo permanece intacto.
Montaigne fue todavía más lejos al escribir sobre su amistad con Étienne de La Boétie. Para él, muchas de las relaciones que ordinariamente reciben el nombre de amistad no eran más que conocimientos y familiaridades sostenidos por alguna circunstancia o conveniencia. Reservaba la palabra para algo mucho más extraño. Quizá allí reside el problema: hemos convertido una excepción en una categoría cotidiana. Decimos “mis amigos” con la misma despreocupación con la que decimos “mis zapatos”, como si la abundancia confirmara la autenticidad. Pero probablemente un hombre pueda conocer a miles de personas, ser querido por cientos y atravesar toda su existencia sin encontrar más de una o dos amistades verdaderas. Algunos acaso no encuentren ninguna.
También Cicerón comprendió que la adversidad poseía un valor revelador. La amistad, pensaba, hacía más soportable la desgracia al dividir su peso. Hay una belleza antigua en esa idea porque no exige que el amigo elimine el sufrimiento. Le pide algo mucho más humano: cargar durante un trecho una pequeña parte de él. La modernidad, en cambio, parece haber desarrollado poca tolerancia hacia la decadencia ajena. Nos gustan las personas resueltas, productivas, optimistas, capaces de levantarse, reinventarse y volver a comenzar. Admiramos al caído cuando ya se ha puesto de pie. Mientras permanece en el suelo, miramos hacia otro lado.
Las redes sociales han añadido una ironía formidable a todo esto. Nunca habíamos tenido tantos amigos ni habíamos estado tan perfectamente equipados para olvidarlos. Sabemos quién viajó, quién cenó en determinado restaurante, quién cambió de automóvil y quién cumple años porque una máquina nos lo recuerda. Podemos observar la existencia de centenares de personas sin participar realmente en ninguna. La presencia ha sido sustituida por señales de presencia. Un corazón debajo de una fotografía puede significar cariño, cortesía, costumbre o absolutamente nada. Hemos conseguido fabricar una sociedad donde todos parecen acompañados y donde una cantidad considerable de seres humanos atraviesa sus peores noches en completa soledad.
Pero sería demasiado cómodo culpar a las pantallas. Antes de ellas ya abandonábamos, ya calculábamos y ya escogíamos cuidadosamente junto a quién convenía ser vistos. La tecnología solamente retiró algunas máscaras y añadió otras. El verdadero asunto continúa siendo el valor que concedemos a una persona cuando esa persona deja de tener valor social. Ahí se separa el afecto del negocio. Querer a alguien mientras triunfa es fácil. Quererlo cuando su nombre ya no abre puertas, cuando no puede invitarnos a ninguna parte, cuando su conversación ha perdido el brillo de los buenos tiempos y cuando acercarnos a él no mejora nuestra propia imagen exige una clase de lealtad mucho menos frecuente.
Quizá por eso la amistad verdadera, si existe, tiene algo de irracional. No produce dividendos, no mejora necesariamente nuestra posición y a veces exige tiempo precisamente cuando menos deseamos entregarlo. Desde la lógica estricta del intercambio, es un mal negocio. Y tal vez allí se encuentre su única posibilidad de grandeza: el afecto comienza a ser verdadero exactamente donde deja de ser rentable.
No significa esto que toda persona que se aleja sea falsa ni que toda ausencia constituya una traición. La vida separa, el tiempo transforma y cada individuo carga con tragedias que los demás desconocen. Hay distancias legítimas y despedidas inevitables. Pero cuando la desaparición coincide demasiado perfectamente con la pérdida de aquello que alguna vez nos hacía atractivos, conviene al menos llamar a las cosas por su nombre. Algunas personas no nos abandonaron. Simplemente terminó el beneficio invisible que las mantenía cerca.
Y entonces tal vez descubramos algo todavía más severo: que no perdimos tantos amigos como pensábamos, porque para perder algo primero hay que haberlo tenido. La desgracia no siempre vacía una casa; a veces simplemente enciende la luz.
Queda, sin embargo, esa obstinación humana por seguir creyendo. Seguimos utilizando la palabra amistad, seguimos esperando encontrarla y seguimos sintiendo su ausencia como si nos hubieran privado de algo que nos correspondía. Quizá sea uno de nuestros delirios más hermosos. Necesitamos creer que alguien permanecerá cuando ya no haya nada que celebrar, ninguna fotografía que compartir, ninguna ventaja que obtener. Alguien que no pregunte qué puede recibir de nuestra existencia antes de decidir si merece la pena permanecer en ella.
Si ese ser existe, habrá que llamarlo amigo.
A todos los demás, por respeto a una palabra que ya hemos malgastado demasiado, quizá deberíamos empezar a llamarlos simplemente conocidos.




