Charlie Chaplin llevaba poco más de dos meses muerto cuando alguien decidió secuestrarlo.
No era una metáfora ni el argumento de una comedia negra. Durante una noche lluviosa de marzo de 1978, dos hombres entraron en el pequeño cementerio suizo de Corsier-sur-Vevey, localizaron la tumba del actor y comenzaron a cavar.
Trabajaron durante horas, rodeados por cientos de sepulturas y bajo un viento que empujaba la lluvia casi horizontalmente. Cuando finalmente alcanzaron el pesado ataúd de roble, lo sacaron de la tierra, lo subieron a un vehículo y desaparecieron.
A la mañana siguiente, un trabajador del cementerio encontró un enorme agujero donde debía descansar Charles Chaplin.
La tumba estaba vacía.
Un robo imposible de ocultar
Chaplin había muerto el 25 de diciembre de 1977, a los 88 años. Después de una vida haciendo reír al mundo sin necesidad de pronunciar una palabra, fue enterrado cerca de la casa donde pasó sus últimos años junto a su esposa, Oona.
La noticia del robo recorrió el planeta en cuestión de horas.
La policía registró carreteras, bosques, graneros y propiedades cercanas al lago Lemán. Interpol alertó a los países vecinos. El ataúd pesaba más de doscientos kilos y parecía imposible que alguien hubiera podido transportarlo sin dejar alguna pista.
Circularon todo tipo de teorías. Algunos pensaban que podía tratarse de admiradores obsesionados. Otros sospechaban de enemigos políticos o de alguna extraña venganza relacionada con la vida del cineasta.
Pero los días pasaron y el cuerpo no apareció.
Entonces sonó el teléfono de la familia.
Seiscientos mil dólares por un muerto
La persona al otro lado de la línea tenía acento eslavo y fue directamente al asunto: poseía el cadáver de Charlie Chaplin y quería dinero para devolverlo.
La demanda inicial rondaba los 600.000 dólares, una fortuna para la época.
Oona Chaplin se negó a pagar.
Para los ladrones, aquello debió ser desconcertante. Habían supuesto que la familia entregaría cualquier cantidad para recuperar los restos de uno de los hombres más famosos del mundo. Pero Oona no estaba dispuesta a permitir que la memoria de su esposo se convirtiera en un negocio.
La policía le pidió que mantuviera abiertas las conversaciones. Mientras ella y el abogado de la familia fingían negociar, los investigadores escuchaban las llamadas e intentaban descubrir desde dónde se realizaban.
Los secuestradores enviaron una fotografía del ataúd colocado en un campo para demostrar que decían la verdad. Después continuaron llamando.
Y con cada nueva llamada se acercaban un poco más a su propia captura.
La ciudad de las doscientas cabinas
Los hombres eran cautelosos. Nunca telefoneaban desde una vivienda y evitaban utilizar dos veces la misma cabina. Cada comunicación procedía de un lugar diferente de Lausana.
En 1978 no existían teléfonos móviles, cámaras en cada esquina ni sistemas digitales capaces de localizar instantáneamente una llamada. Para encontrarlos, la policía tuvo que recurrir a algo mucho más elemental: agentes vigilando teléfonos públicos.
Las autoridades prolongaron deliberadamente la negociación. Mientras el supuesto rescate descendía de unos 600.000 a aproximadamente 250.000 dólares, cerca de cien policías fueron desplegados para observar más de doscientas cabinas telefónicas.
Era una operación gigantesca para capturar a un hombre que solamente necesitaba unos minutos para introducir unas monedas, hacer su amenaza y desaparecer.
Las dos primeras trampas fracasaron.
En la tercera, el teléfono volvió a sonar.
Los investigadores identificaron la zona y uno de los agentes observó a un joven salir de una cabina pública. Era Roman Wardas, un mecánico polaco de 24 años que se encontraba desempleado.
Fue detenido poco después de terminar la llamada.
El segundo implicado era Gantscho Ganev, un mecánico búlgaro de 38 años. Ambos eran refugiados de Europa Oriental con graves dificultades económicas. No pertenecían a una organización criminal internacional ni ejecutaban una sofisticada conspiración.
Eran dos hombres sin dinero que habían creído encontrar en un cadáver famoso la solución a todos sus problemas.
Chaplin estaba bajo un campo de maíz
Después de ser interrogados, los detenidos revelaron dónde habían ocultado el ataúd.
El 17 de mayo de 1978, más de dos meses después del robo, la policía llegó hasta un campo de maíz próximo a la localidad de Noville, cerca del extremo oriental del lago Lemán.
Allí, bajo una capa de tierra, encontraron a Charlie Chaplin.
Los ladrones habían vuelto a enterrar el ataúd después de fotografiarlo. El escondite se encontraba a pocos kilómetros de la casa de la familia.
Wardas confesó que había concebido el plan después de leer en un periódico italiano una historia parecida. Imaginó que robar los restos de una celebridad sería una manera rápida de conseguir dinero.
Lo que no calculó fue el tamaño del escándalo ni la magnitud de la operación policial que provocaría.
El segundo entierro

En diciembre de 1978, los dos hombres fueron condenados por profanación de tumba y tentativa de extorsión.
Wardas, considerado el autor principal del plan, recibió una sentencia de cuatro años y medio de prisión. Ganev, cuya participación fue considerada menor, recibió una condena suspendida de dieciocho meses.
Charlie Chaplin fue enterrado por segunda vez en el cementerio de Corsier-sur-Vevey. En esta ocasión, la familia hizo proteger el ataúd con una gruesa estructura de hormigón para impedir que alguien volviera a llevárselo.
La historia tenía todos los elementos de una película: una operación disparatada, dos delincuentes improvisados, una viuda que se negó a ceder y una fuerza policial vigilando cientos de teléfonos públicos.
Solo faltaba Chaplin caminando hacia el horizonte, con su bombín, su bastón y aquel paso inconfundible.
Quizá habría convertido a los ladrones en personajes perseguidos por policías, tropezando con las palas y cayendo dentro de la misma tumba que intentaban vaciar.
Pero esta vez no hubo cámaras.
Y el hombre que hizo reír al mundo protagonizó su última historia sin poder interpretarla.



