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Frank Abel Dopico :: Poesía

FRANK ABEL

DOPICO

(DEL LIBRO ‘CONTRARCADIA’)

 

MENOS MAL QUE NO ME ESTÁN OYENDO

Sobre sus arcadias rotas,

con sus velas de limo
llegan
aquellos
huyendo de las aguas
y las aguas los buscan.
Llegan
hacen sus casas
negocian el relincho de los carruajes viejos
compran nuevos potros
y se van.
Después
llegan las aguas preguntando
¿qué hay de antiguo
en las aguas? ¿qué pez
hijo de lluvia
está escrito para ellos
los que escapan?Llegan las aguas
preguntando.
Sobre sus carruajes
con ropa ofendida y blanca
parten ellos.
Las aguas
que han venido
que los siguen.
Las aguas son muchas preguntas
el abismo del mar
los cántaros
la nereida sigilosa última
el piar de los ríos
las huellas que hablan en voz baja con los errantes fuegos.
Las preguntas son todas
¿qué hay de semejante
en la risa
y el cosmos?
¿cómo atravesar
las aguas
sin el mástil de un nombre?
Eso preguntan
las aguas que han venido.
Quienes huyen
no miran
no dicen adiós.

Las aguas.
Los que escapan.
El viejo marinero los ve huir.
Dice a las aguas
aquellos.

 


 

 

JOHNNY SWIFT VENDE PANFLETOS.

No puedes detener a los jinetes
que se acercan vacíos y te rompen las puertas.
Van a venir. Ya están. Ya están tocando.
Ya están diciendo abran la puerta y ya la están rompiendo.
Alguien dijo: debe ser así.
Hemos hecho las puertas
que llaman a los jinetes.

 


 

SIN EMBARGO SE MUEVE.

Sin embargo existe alguien que baila para ti
en algún sitio le importas a alguien que ignora que baila para ti
aunque sea mentira, aunque haga el amor para ti y no por ti
a esa persona respondes y preguntas y contestas e interrogas
pero dudas y es bueno que dudes que sea tu alma gemela
porque no existen dos almas como las de los poetas ni como las de los astronautas ni como las almas de las prostitutas
ni como las almas de los herreros
ni como las de las madres pero
en algún sitio del mundo alguien baila para ti
y hace que tú continúes viviendo
un poco menos,
un poco más.
Es el justo medio de las cosas: si alguien lo supiera
no nos habría hecho falta dios
que es la mitad que falta,
que nos falta.
Puede ser que también dios esté bailando
la danza de los cosmos
y sería una danza para nadie:
invierte a Salomé y se pone los velos
y nos deshabita
a los tontos
que ignoramos que alguien baila
alegre e ignorante
de nuestra primera persona
sin intentar ser dios,
sin pretender amarte.
El amor siempre pierde las llaves de la casa
y tenemos que esperarlo en la deshora,
como el miedo y los hijos.
(Si eres tú ese alguien que baila para mí
sin conocerme,
lo sentiré cuando mis uñas crezcan de repente.)

 


 

QUE EN TUS OJOS ARDE.  I

Por unas escalas, por unos manantiales, por unos pantalones
bajamos tú y yo a vernos donde las flores tiemblan.

Algo muy triste ocurre donde no están tus manos.
Un abismo.

A nada aspira el abismo y a eso temo.
Tus manos tiemblan sobre la carne de unas cosas muy tristes.


 

COLUMPIO.

Dime ángel, rabia y culpa de quien amas
y te diré lo que hará luego
su gaviota en tus velas.


 

NO ERES TAN DIFERENTE.

No eres tan diferente de quien quisiste ser.
Al menos sabes
que los molinos de viento siempre serán gigantes.
Adentro de tu carne
tus pasados se miran. Dentro de ti nunca te prometiste ser
el inicio y el fin: quisiste ser el viaje, el vuelo, el camino.
Y eso eres.
Te escoltan tus amores y tus odios y odias a tus odios y amas a tus amores.

No eres tan diferente de quien quisiste ser.
Una mujer desnuda es tu peligro escaso.
La senda
de unos pechos. La saliva fugaz de las estrellas agrias.
Los ojos con que te miras mejor que en un espejo
son los ojos que están mirando tu resumen, desnudos, deseando.

Te pareces un poco a quien tiró la piedra
y a quien la recibió.
Te pareces otra vez
a quien pensó que el mundo
tampoco es diferente
de lo que quiso ser.

 


 

LA INSTRUCCIÓN DEL AMANUENSE.

Yo tenía un caballo y una senda secreta para llegar a su corazón.
Tenía unos pájaros que indicaban el cielo
(donde iba a estar el olivo,
y donde ya no está).
Era dueño de un puñado de páginas en blanco
y dueño de unas fiebres que aparecían puntuales en otoño.
Cuando asesiné a la puerta de mi casa
busqué el amor;
lo encontré y lo perdí.
Y lo encuentro perdiéndolo
como hace un hombre bueno o un bueno sin historia.
Pero yo tenía un caballo y una senda secreta para llegar a su corazón.
Tanto se ha salvado de lo que fue amor o testimonio
que no había lugar
donde poner estas cosas.
He decidido dejarlas por aquí,
donde no estorban.


 

COLUMPIO. III

Hay amores que bastan para una novela
pero jamás para un verso
y amores que al final de una novela
se deshacen en un verso
como ya hubieran querido Eliot o Quevedo.
El amor que nace verso.
El amor que nace novela.

Todo está en elegir correctamente el género.

 


 

EL BOSQUE PARA TI. IV

No será de este mundo porque este mundo es otro.
Y esa es la siempre inconclusa maravilla.
La que no acaba en tubos digestivos ni en singulares anatemas allende el tiempo.
Miras ese cuerpo hermoso y no piensas en su tubo digestivo.
(Igual ocurre con la noche: unos buscan la constelación del Cazador
donde yo busco sólo estrellas)
Miro ese cuerpo sin pensar: mi carne calcula los espacios.
Ni veo paraísos ni pienso en los infiernos.
Es el cuerpo que exige una cosa inexplicable: mi saliva.
El cuerpo que es un hatillo de luces y un derrame de sombras:
la abeja detiene su zumbido y la mariposa pastorea sus colores.
Ese cuerpo será uno de los modos de hablar de Dios.

 


 

CUENTO PARA DESPUÉS DE LAVARNOS LAS MANOS

 

En un pueblo pequeño vivía una mujer hermosa.
Ni ella ni el pueblo tenían nombre.
Ni la gente. Ni el arroyo.
Se hablaban poco durante el día
y de noche cantaban iluminados por la mujer hermosa.
Fornicaban alrededor de ella
y se iban a dormir un sueño sin palabras.
Cuando murió esa mujer hermosa
eligieron a un hombre hermoso
y todo siguió igual.

 


 

CUENTO PARA EL DESAYUNO.

Un hombre se acercó a la fábrica de hacer tiempo. Pidió permiso para entrar y lo dejaron entrar. Entró y miró. Nunca había visto tanta gente presta, moviéndose de aquí para allá, tomando muestras, vertiendo inmensos tanques que derramaban una cosa parecida al bramido de un toro. Vio a muchachas risueñas, con guantes blancos y pañuelos en sus cabezas, empaquetando sobres, poniendo etiquetas, comprobando direcciones. Lo atendieron muy bien, entre sudores y palabras. Tras dos horas de andar, tomar café, naderías, el hombre se despidió y, a la salida, le mostraron un libro de reclamaciones, opiniones, libertades. El hombre escribió la palabra trébol, dejó un billete grande en el bolsillo del guarda y le dijo muy adiós, muy todavía.
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Fuentes / Referencias
Frank Abel Dopico

Frank Abel Dopico (Santa Clara, Cuba, 1964–2016) fue poeta, actor e instructor de teatro, una de las voces más singulares de la poesía cubana de los años ochenta. Su obra combina imaginación, humor y un lenguaje de intensa teatralidad. Obtuvo el Premio David en 1988 por El correo de la noche y el V Premio Internacional de Poesía Ciudad de Santa Cruz de La Palma por El país de los caballos ciegos. Vivió en España y regresó a Cuba en 2008. Fue colaborador asiduo y amigo de Cañasanta.

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