En este extracto del poemario “El otro lado, la otra orilla” del poeta argentino Ernesto F. Iancilevich nos brota como el imperio del hombre, el deseo inmenso de mostrar, en totalidad, los sucesos y misterios del ser. Con un lenguaje claro, con la sutileza y lo sencillo, el poeta nos trae sus precedentes.
Su poesía, su canto, su voz: como un mortal frente al espejo nos abraza del candor romántico de la palabra, nos enciende su infierno para avivar el cielo. Sin dudas, Iancilevich es un modelo típico de la nueva poesía argentina que emerge en los 70 y queda, sin lucros e ilesa, hasta la modernidad poética de nuestros tiempos. Escuchen, penétrense en sus versos. Perciban.
Fina línea que mi mano traza
Fina línea que mi mano traza
-puro destino de tu cuerpo-,
iluminas el deseo,
si el límite es saberse
hombre y no múltiple aguacero.
Dibujas con tus senos
territorio de árbol,
la distancia de pájaro,
el instante de cielo.
Cuerpo en el aire,
espíritu en la tierra,
metal en el fuego,
te pareces al agua esencial:
lluvia del ser que riega
y crea y transmuta.
En algún momento de nuestras vidas
En algún momento de nuestras vidas,
la piel nos habla
sin que lleguemos a saber del todo
qué dice o calla, cuál es el límite
donde ella decide la voz que le oímos.
Pequeña dimensión del cuerpo
-imagen del vacío-,
después de largas décadas viviéndonos,
ahora más flacos, en comunión profunda,
el fondo pide lo abierto, ¿acaso de un cielo?
Como un caballero cruzando su fe,
volvemos al tema de la muerte,
pascua que celebra la vida
y sin embargo duele;
al terminar el día,
confesamos, preguntamos
-signos de lo mismo no comprendido,
incesante, misterioso-:
ceniza de la verdad, ¿estás tú ahí?
Enjambre de lucidez
Enjambre de lucidez,
en tu entramar nada inventas:
enciendes oscuridad por dentro,
sosteniendo el foco en el telar de araña
cuando te acercas al hechizo del centro.
Un hombre se desconoce en el espejo
Un hombre se desconoce en el espejo.
Mira una bestia, una sombra, el cuarto
sin espejo y se da la vuelta,
e inflama en sus ojos el metal de la piedra,
y arde con buena llama roja y azul
y por momentos verde
y violeta luego,
con piadosa plenitud secreta.
Un hombre en el espejo
enciende su infierno
para avivar el cielo.
Una línea es el dibujo que explica
Una línea es el dibujo que explica
el retén de silencio en los márgenes.
Algo la contiene y la abraza,
la suelta y la dispara,
enigma del amor cuyo centro
es otro enigma.
Pero nada explica el vacío
más allá de los márgenes,
salvo el propio vacío,
abierto hacia sí mismo,
metáfora que nombra
en el ser la nada
y en la nada todo.
Una línea, digamos, como punto corrido
en el discurso a partir de su propia
variación: el dos que es tres,
el tres que es cuatro, la infinita
unidad que parte su pan con el cero.
Por eso, una paradoja explica el mundo:
cada suma es una resta,
y lo grande y lo pequeño somos
de un punto que avanza o retrocede.
En la playa sedienta de los cuerpos
En la playa sedienta de los cuerpos,
en torno a su extravío,
algo nuestro se inclina hacia otro lado;
con los pies apenas mojados
y el torso desnudo,
va de orilla,
al sol de medianoche.
Deja, entonces, mi corazón
cuando sientas que no te acompaña,
déjalo crecer como ausencia,
abierto en lo secreto,
luminoso en lo oscuro,
más vivo que todas las presencias,
déjalo, mi amor, y no preguntes.
No ser que en el poema crea
No ser que en el poema crea
presencia para hablar del vacío.
O ser que en el habla calla
para habitar la ausencia.
O metáfora o disfraz
con que se miente
por no poder
con toda la verdad,
por no saber
decir silencio.
Más allá del lenguaje,
escribo,
como quien sueña o medita,
como quien parte y espera.
El poema nace en otro lado.
El poeta crece en otra orilla.




