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Héctor Domingo :: Los marchantes :: Narrativa

Habitación tranquila con dos sillas de ruedas vacías y una ventana frente a un muro gris; ilustración en blanco y negro.

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Dime, ¿qué puedes ver por la ventana?, dijo ella. Él se quedó callado y ella insistió: Desde este rincón en el que me pusieron no puedo ver más que un marco blanco y un vidrio, así que tendrás que ser tú quien me cuente.

–Creí que usted dormía, respondió él sin volverse, sin girar siquiera un milímetro la silla de ruedas en la que descansaba su cuerpo de caballo flaco, de mayordomo insomne.

¡Naah!, exclamó la mujer. Y en realidad debería importarme un bledo lo que sucede allá afuera. Hace tiempo que no soy más que un saco de paja quebradiza; por eso me mantienen inmóvil con este corsé y los vendajes, pero tú que estás cerca…

Encomiéndese a otro santo –dijo él–, porque yo soy ciego.

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Afuera, bajo la ventana, hay un mercado callejero. Ahí un hombre con el rostro tatuado adivina suertes lanzando huesillos de fruta y pequeños caracoles. También hay quien vende aves exóticas, que en realidad no son más que palomas y gallinas comunes a las que se ha modificado el plumaje con gel fijador y pintura vegetal. Esto le contó ella.

Que era ciego, pero no imbécil, fue lo que él habría querido responder, pero en lugar de eso dijo: También está la mujer de la frutería, quien en su tiempo fue bailarina erótica y aún conserva los encantos suficientes para vender kilos y kilos de mangos y toronjas.

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Cada día su mercado era distinto. A veces había elefantes sobre los que se acarreaban rollos de sedas y alfombras tejidas a mano; otras no había ni camellos. En dos ocasiones trataron de suponer que la calle era como cualquier otra, pero ya no pudieron hacerlo: tantos rostros figurados, tantos lugares y aromas que habían creado y extinguido… Quizás fue por eso que, cuando una enfermera les hizo saber que aquella ventana –su ventana– jamás iba a mostrarles un paisaje distinto al gigantesco muro gris que se alzaba enfrente, ambos le dijeron que, en lo que a ellos concernía, bien podía hacer que la taparan.

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Fuentes / Referencias

Texto de Héctor Domingo, publicado por Cañasanta el 10 de octubre de 2009, según la página original. Recuperado de la copia conservada en Internet Archive. Se conserva íntegramente el texto de la fuente y se limpia su formato, sin completar ni reconstruir pasajes.

La firma y la semblanza identifican a Héctor Domingo. Se conservan las tres secciones numeradas del relato.

Héctor Domingo

Narrador nacido en Arandas, Jalisco, México, en 1971, según la semblanza del archivo de Cañasanta. Autor del libro «Bitácoras de Soledad» y del relato «Los marchantes», publicado por la revista el 10 de octubre de 2009.

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