Hay escarmientos en las leyendas que golpean las realidades a mansalva, pues el orden de las cosas y el tiempo de los gitanos siempre son perfectos y se deben mantener. Por encima de cualquier profecía.
Así fue que, en algún momento y lugar, una caravana de diez carretas se bamboleaba por los caminos como una manada de elefantes tristes. Los gitanos cruzaron puentes llenos de musgos y recorrieron campiñas de tierras ajenas hasta que el frío y el cansancio se les metieron en el cuerpo como un suplicio. Ramiro, el patriarca corpulento con la cara cruzada por una pelea de navajas, se arropó con la cobija. Su barba hirsuta y un enorme arete de oro en la oreja izquierda le daban un aire de pirata amargado. Sentado en su carreta azul, frenó al asno y levantó la mano. No le sentaban bien los cambios de itinerario, pero sin otra opción, indicó una parada y la recua de carretas se adentró en un olivar para acampar.
Dentro de una de las tartanas, Kefa lanzaba conjuros y le daba a beber a una gitana una pócima, amarga y babosa. Le palpaba la panza templada en busca de indicios del parto inminente. Pero la gitana llevaba tres días mordiendo una toalla, ahogándose en dolor. Las otras mujeres le secaban el sudor y hablaban, pero ella no las escuchaba.
−Las señales están chungas, muy malas. Esta criatura se consumirá en su propio fuego- dijo Samara, moviendo sus ojos delineados con henna, por la borra de café que quedaba dentro de un pocillo de peltre golpeado por todos lados.
−Nada de eso- dijo Magdala con su sonrisa de dientes chuecos y cariados, mirando en la bola de cristal. −Su destino está lejos de aquí.
−Somos calé ¿no?- se burló Zafira. − Esa bola tuya está rajá.
−Apúrate con la palangana de agua hervida- ordenó Kefa. Rasgó sábanas y limpió el cuchillo en la llama de la vela. La luz de luna se coló por una ventanilla y la gitana pujó hasta el último aullido. Luego el silencio de la muerte la envolvió como el fin de un hálito de tormento.
–Una menos que sufre- susurró Kefa, aún sosteniendo la mano a la mujer.
Zafira y Magdala sabían que debían comenzar el velatorio y la mortaja de flores. El resto del clan quienes, afuera se calentaban en torno a la lumbre, hicieron alabanzas de la muerta, olvidando lo malo y lloraron a gritos. Todos menos Ramiro. Es el castigo de su rebeldía. No se deja el clan por un lacró extranjero y se regresa, así como así – pensó Ramiro, cuando le trajeron la noticia. Acarició el cuchillo curvo que llevaba en el cinto, seguro de que el extranjero no molestaría más.
Las tres mujeres rodearon a la cosa inmóvil que parecía una niña, llenas de curiosidad. Los presagios no habían sido suficientes para comprender por qué tanto barullo para nacer. Era minúscula y mal nutrida. Su piel azulada estaba fría, pero llevaba un lunar rojo en la espalda con el signo del ave de fuego. Espantada, Magdala se tapó la boca con sus dedos de rama y lloró de desconsuelo, pero agradeció a la providencia que aquella criatura no viera el mundo.
–Si hubiese vivido, sin duda se habría quemado- afirmó Samara con borra de café entre los dedos. Kefa iba a taparla toda en una manta, cuando un leve berrido les devolvió el espanto a las mujeres.
Después de los ritos de sepultura de la gitana, Ramiro se sentó bajo un árbol a contemplar el horizonte en la víspera de una tormenta. Demasiados cambios. Demasiados problemas. Este mundo, con su nueva velocidad se rebela contra lo importante y los tiempos se trastocan cada vez más. Y ahora tengo esta maldición de niña. Miró a la miniatura que apenas se movía entre las cobijas y supo lo que había que hacer. Volutas de bruma burbujearon entre las piedras de la vereda y el profético viento del Norte rasgó el cielo en centellas y ráfagas de agua. Después de horas de tempestad, los gitanos se repusieron, como se reponen siempre de lo que dejan atrás, pues nada les pertenece.
−Debemos seguir– dijo Ramiro a secas. Y cuando Ramiro hablaba, los demás obedecían. En la fila del evo, los gitanos se dispusieron a cargar con sus casas a cuestas como si fuesen caracoles.
−Pero, ¿qué hacemos con la enanita? Ninguna de nosotras tiene leche para ella- se preocuparon las mujeres.
–Déjenla en el bosque- ordenó Ramiro. Se arremangó la única camisa, acartonada y teñida con la pestilencia de mil faenas sudadas, y se montó en su carreta.
Pero Remedios, una vieja de vientre seco y tez cuarteada por una viudez temprana, miró hacia atrás y vio la manito mora asomarse entre las cobijas. Tomó a la niña entre sus brazos, mirándola con un amor desconocido hasta entonces y las entrañas se le volvieron de cera derretida.
−¡Tan indefensa! ¡Pobrecita! Hay un fulgor en tus ojos- le susurró −Como en los de tu madre. Te llamarás Saraí y te cuidaré de las hogueras- le dijo la vieja.
Aún a sabiendas de que la niña sería consumida por una ardentía y con los días contados, Remedios apuró el paso caminando a distancia tras la caravana para no revolver más desasosiegos. La cargaba como si fuese una muñequita, la bañaba todos los días con jabones robados en los pueblos y le limpiaba la boca con hojas de yerbabuena que recogía en el camino. El tiempo hizo de Saraí un hada flacuchenta y retaca de nariz puntiaguda y manitos inquietas. Cuando cumplió quince años, Saraí aún se ponía los mismos faldones de lana ajada que usaba cuando tenía cinco.
Remedios le enseñó los secretos de las cartas del Tarot, a recitar conjuros en caló y a predecir desastres en la bola de cristal.
−Ven, te voy revelar cómo se leen las líneas de la vida y del corazón- le dijo Remedios una tarde.
En ese momento, Saraí sintió que le picaban las palmas de las manos y se las miró, pero Remedios la paró en seco.
−Jamás debes leer las propias. ¿Me lo juras?- dijo, tomándole las manos con fuerza y no se habló más del asunto.
Ramiro no alejaba a Saraí de su vista, pues siendo tan pequeña, la reconoció como un saco de oro cuando una noche, la niña se sentó frente la hoguera y leyó las llamas ante el asombro de todos. Cuando los gitanos se durmieron y sólo quedaron algunas brasas y muchas cenizas, Saraí reconoció el ardor que llevaba más adentro que las venas.
La enanita montaba a pelo los caballos andaluces, jugaba con los loros parlanchines y cuidaba las gallinas que ponían huevos de oro en cestas amarradas a los lados de las carretas, mientras móviles de conchas marinas irradiaban el sol de lo posible. Pero sus ojos rayados eran tristes, pues no había desolación mayor que no pertenecer al lugar al que estaba condenada. Siempre tuvo que conquistar su vida en un mundo demasiado grande, oculta bajo la sombra de las leyendas trashumantes. Pero era en esa sentencia donde radicaba su fuego.
−¿Qué hay allá afuera?- le preguntó con su vocecita de duende a Remedios, un día que recolectaban bayas en el monte.
−El mundo por el que viajamos- respondió Remedios, escondiendo la pesadumbre de lo inevitable.
−Digo, en las afueras del clan-.
−Malos agüeros, Saraí, malos agüeros- contestó Remedios, recordando la rebeldía de la madre de Saraí. −Debes mantenerte siempre con el clan. Los de afuera no nos quieren, pues somos diferentes. ¿Me entiendes, Saraí?- le dijo sosteniéndole la carita con ternura.
Inocente del velo de maldición que le custodiaba, Saraí vio pasar las estaciones desde la misma altura de toda su existencia y vio morir a la tutelar anciana. Quedó con un peso lastimero, el cautiverio de Ramiro que la despreciaba como a una esclava en miniatura y la compañía de los fantasmas que le susurraban clarividencias al oído. Pero cuando les preguntaba, urgida, por la suya, sólo se escuchaba un viento que bajaba de las colinas y se la llevaba a otros confines.
Al anochecer, en el campamento se encendían los lares y se asaban jabalíes coronados de tomillo y romero. Después de cenar, los gitanos cantaban coplas de destierro en los violines armenios, las guitarras flamencas y las palmas acompasadas. Ramiro miraba a Saraí de lejos, con motivos de lobo. Pensaba y pensaba. Mantenerla pesaba más que un remordimiento; nunca sería una novia con precio; nadie la desposaría ni cuidaría de ella. Mardita la hora en que acepté cargar con ese peazo e mujé. Es igual que su mae, una tarambana- pensó. Se quitó la pañoleta abusada de polvo del camino y se tapó la cara para dormir. En sus sueños, Saraí lanzaba monedas al aire, mientras corría ladera arriba. El sonido de los cobres que traería Saraí con sus magias, lo despertó dispuesto a no dejar que su nueva suerte se le escapara de las manos. Al amanecer, la paró frente a él y, con el dedo apuntándole la carita, le dio instrucciones precisas de su nuevo acto de magia. Saraí lo miraba como se mira un árbol desde abajo. La niña pensó que si él hubiese querido pisarla, lo único que quedaría de ella sería una mancha en el piso. Pero de un golpe súbito, Saraí le mordió una pierna. Ramiro aulló con furia y la encerró en una de las jaulas de las gallinas, con órdenes de dejarla sin comida por dos días. Pero, cuando Ramiro salía a cazar, las gitanas le pasaban pedacitos de pan mojado en leche como si estuvieran alimentando a una paloma herida. Pero al llegar la mañana, Saraí no pudo evitar su suerte.
La horda zíngara llegó al pueblo y desordenó las plazas con su música de jarana y los monos saltimbanquis. Montaron carpas de colores primarios y carteles que incitaban a descubrir los bizarros inventos recopilados en los confines del mundo. Ramiro cargó a Saraí como si fuese un gato callejero y la paró en un taburete frente a los curiosos.
− ¡Vengan, vengan! ¡La enanita que camina sobre carbones encendíos como si ná! ¡Es un espectáculo único en el mundo y todos sus alrededores!- anunciaba Ramiro, con su voz de bestia portentosa.
-¡Ramiro, no. Le vas a hacer daño!- lloraban Kefa, Magdala y Samara.
-¡Callen, mujeres tontas!-.
Saraí tomó aire y, tal como lo veía frente a su hoguera en las noches, tomó el primer paso sobre las brasas tintineando su cinto de monedas y su pandereta demasiado grande.
− ¡Gitanos mentirosos! ¡Farsantes!- abucheaban unos con rabia y desprecio, aunque algunos se agolpaban, curiosos para atestiguar los secretos del fuego a los piececitos de Saraí. Era una santa desvalida en medio de un castigo infernal. De repente, un hombre de saltó de la muchedumbre hacia Saraí con una vara, al tiempo que los zapatos se le encendían. Asustado, corrió aullando a apagar la candela en un tonel de agua de lluvia, mientras otros reían a carcajadas.
−¡Es cosa del infierno!- bramó el cura tratando de ahuyentar aquellos actos que no eran de Dios.
Pero Saraí pudo ver compasión y ternura en algunas caras. Entonces, urdió un fin de supervivencia, un plan de fuga. A ratos, se agazapaba en la penumbra de las callejuelas, entrecerraba los ojos y estudiaba a los cándidos transeúntes. Saraí les tomaba de las manos con el permiso concedido sólo por ella misma. La gente la miraba como a un angelito inofensivo, pero Saraí no los soltaba y quedaban sometidos a su absoluta voluntad. Desde abajo, arqueaba una ceja y escudriñaba las líneas, paseando la mirada de las manos a los ojos del consultante. Las imágenes saltaban de los rosados surcos y Saraí se convertía en un canal de presagios. Los leídos quedaban mirándose las manos y Saraí se desvanecía dejando un leve mareo de azahares. Pero Ramiro se dio cuenta del propósito de Saraí y se llenó de rabia.
−Dame el parné que te has ganao o te parto la jeta. Y si piensas en huir, te mato- le dijo, alzándola del suelo como una muñequita de trapo. Ramiro le quitó lo poco que había cobrado leyendo manos, le escupió los pies para alejarse la mala suerte y le dio la espalda.
Saraí se acostó llorando, pero no todo estaba perdido. Acarició su bolsa y se durmió. Había luna roja y la despertó un calor que le manaba de las entrañas. Los grillos entonaban operetas, los búhos envolvían todo con su mirada de miedo y los murciélagos revoloteaban enloquecidos. Una bruma de plata se abría hacia el río sonoro a medida que Saraí avanzaba por la vereda y las hojas secas crujían bajo sus pisadas. Al borde del río, formó una copa con las manos para calmar su sequía. El agua, temblando entre los dedos, como un cristal hechicero, magnificó la telaraña de sus manos. Saraí no quiso mirar, pero su curiosidad pudo más que su sensatez. Y entonces, leyó las historias de su pasado y los presagios de su futuro. Respiró pues supo que le había llegado la hora. El agua se escurrió por sus brazos y, como azogue volvió al río. Con la conciencia en remolino, deambuló por el bosque y las mejillas se le iban encendiendo.
Ramiro y los gitanos regresaron al campamento sin Saraí. Furibundo, el patriarca lanzó un puñado de cenizas en las caras de las mujeres que lloraban a la desaparecida.
−Esto es lo que queda de Saraí y lo que le pasó por querer escapar. ¡Quien desafía nuestra ley, lo paga caro! Su destino está consumado- exclamó seco. Los otros hombres juraron que la recordarían como un fantasma vuelto antorcha que se apagó cuando la luna roja se volvió espejo.
* * *
Un camión cargado de fruta rebasó a la caravana por el camino pedregoso. La nube de polvo que dejó tras de sí escondía una imagen sonreída junto al viejo conductor.
Saraí iba vuelta llama libre hacia su próxima vida.




