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Carlos Almira Picazo :: Valentín homicida :: Narrativa

Cabaña aislada en un bosque nevado, con una mesa de escritura y un icono antiguo en la ventana; ilustración en blanco y negro.

Sólo hay un icono de los Santos Bizantinos Cirilo y Metodio, evangelizadores de los eslavos: pero es una pieza deliciosa, de un tamaño más reducido del normal para el siglo VII, época del Gran Heraclio y de las guerras interminables contra Persia.

Un día hace muchos años, deambulando por los anticuarios y los cuchitriles de los corredores de Arte de Nueva York, me topé con él en un viejo catálogo. Aunque la reproducción era basta y defectuosa, quedé extasiado durante minutos, contemplándolo. Al fin acerté a decirle al dependiente:

-¿dónde está?, la voz me traicionó.

-lo siento, señor.

-ya me figuro que no lo tienen aquí, dije irritado, ¿quién es su dueño actual?

-El señor Valentín Greaves, oí que susurraba el joven en la trastienda. Entretanto, no podía parar de pasear de la puerta al mostrador y del mostrador al escaparate, donde resbalaba una nieve sucia.

Al poco apareció el anticuario, un viejo ladrón, con una sonrisa desdeñosa y triunfal:

-¡señor Greaves, qué alegría verle!

-¿de quién es?, insistí.

-pase, hablaremos más tranquilamente ahí.

Y me hizo entrar en una especie de armario polvoriento, guateado de cortinajes.

-¿qué hay del icono?

-permítame un café.

Tengo poca paciencia. Soy millonario.

-siento no poder satisfacerle, señor Greaves, dijo al fin. Está fuera de circulación.

-¿de quién es?

-no sé si estoy autorizado a decirlo…

-¡averígüelo!

Tras un instante de vacilación, fue al teléfono. Volvió enseguida, mala señal:

-No hay nada que hacer. Al parecer es un recuerdo de familia.

-¿un griego?

-norteamericano…

Dejé que divagara otro minuto mientras hervía el café. De pronto tu nombre brotó tranquilamente de sus labios: Nicéforo Filmore.

-¿el escritor?

-¿lo conoce?

Salté de la silla. Casi me doy con la cabeza contra el techo abuhardillado.

-¡el café!

Corrí a la calle como si hubiera estallado un incendio. Un terremoto sacudió los rascacielos, la ciudad, el mundo. ¡Lo tenía, al fin!

El bueno de Filmore, alías Sapo, no poseía ninguna cualidad aparte de beber la cerveza más deprisa que nadie, tirar medianamente los dardos, y adivinar el último caballo en las carreras de Itaca. Tenía la imaginación de un ladrillo. Su aspecto físico y su desaseo justificaban sobradamente el mote. Recuerdo su olor a rancio, su vientre abultado, su voz chillona. La alopecia prematura, que le daba ya entonces, en nuestros felices días estudiantiles, el aspecto de un monje del Decamerón.

No sabía que se hubiese hecho escritor, y de cierta fama. Sólo leo novelas del oeste y libros de arte bizantino.

Filmore y yo pertenecíamos a círculos diferentes. Él poseía algo que sólo yo merecía tener. Entiéndaseme: no trato de justificarme. Cada uno debería poseer sólo aquella porción del mundo que es capaz de apreciar. Tal vez lo robara, o lo ganara a los dados o al póquer en una timba, o lo recibiera en herencia. La hipótesis de que descendiera de emigrantes griegos era tan absurda y tan plausible como cualquier otra, y me importaba lo mismo: nada.

Una semana después de mi hallazgo, esperaba en el hall del Hotel Excelsior, donde mi amigo y su colega, un tal Heraclio Sánchez, iban a presentar su última novela: El Desaparecido. Se habían asociado hacía años para forrarse con aquellos engendros literarios. Novela Policíaca.  Confieso que la compré y no pude pasar de la tercera página.

Mientras esperaba mi turno parapetado entre las columnas y los camareros –es lo malo de ser rico, la cantidad de indeseables que lo conocen a uno- calculé cuánto desinterés y casualidad podría fingir ante mi antiguo compañero. No me importaba pagar lo que fuese, nunca he sobreestimado el dinero porque nunca me ha faltado, pero pienso que uno jamás debería pagar por encima del valor que el propietario merece, ni aún por las cosas que, como las obras del Arte Bizantino, poseen un valor incalculable. De repente llegó mi turno.

Mi amigo no me reconoció. Una señora gorda con un traje amarillo amaranto, trataba de dictarle una dedicatoria. Su socio me vio:

-¿cómo se llama?, preguntó tomándome el libro.

-Valentín, Valentín Greaves, dije con aspereza.

-¡Valentín!

Nicéforo Filmore apartó la silla de la tarima adornada de crisantemos, para contemplarme a sus anchas. Tras darnos algo más que un apretón de manos y algo menos que un abrazo, haciendo gala de la mala educación a que el éxito da derecho de vez en vez, que en él era además un rasgo antiguo, dejó a su socio firmando y salimos rumbo al bar.

-¡cuéntame, qué sorpresa, qué alegría!

-Filmore (en la Universidad siempre nos llamábamos por el apellido), necesito un favor.

-qué quieres, dijo con cautela.

Su rostro de beodo relumbró bajo la estufa lámpara, que alcanzaba su cabeza. El bar estaba ya muy concurrido. En el ventanal, contra el fondo nocturno, nevaba.

-quiero comprar tu icono.

-¿qué?

-tu pintura de Cirilo y Metodio. Estoy dispuesto a pagarte lo que quieras, puedo hacerte una oferta más que razonable, carraspeé.

Inmediatamente me arrepentí. Filmore pareció replegarse tras una máscara. La sonrisa se le borró de inmediato, sus ojos se apagaron, y como si al fin hubiese recordado, dijo:

-¡tú también quieres esa antigualla!

-¿también?

-eres el tercero que intenta comprármela esta semana.

-pero yo…

-te asombrarías la de cosas que me han ofrecido.

-¿cuánto quieres?

Saqué el talón. Siempre llevo uno encima, como otros llevan un arma. Filmore desvió la mirada hacia la calle. Levantó el vaso macizo, lleno hasta los bordes de güisqui aguado:

-¡por los viejos tiempos!, eructó.

-¿cuánto quieres?

-¡Greaves, no puedo vendértelo!

-¿por qué?

-pídeme otra cosa, mordisqueó una almendra frunciendo los párpados, lo que quieras.

-sólo quiero eso.

-no puede ser, chico.

-¿por qué?, insistí.

El muy zoquete no lo habría mirado ni media docena de veces en todos aquellos años. ¿Desde cuándo lo tendría, cómo habría llegado a sus manazas? Estaría arrumbado en cualquier cuartucho comido por la penumbra, rodeado de muebles y bibelots de increíble mal gusto. Sentí que la ira me traicionaba.

Bajando la voz:

-es mi talismán, confesó.

Me contó la increíble historia de cómo había llegado a sus manos por una loca borracha. Nicéforo Filmore, el sapo, había sido un conquistador irresistible. Cierta loca llamada Cinthia, millonaria excéntrica y alcohólica (ya había muerto hacía años), se encaprichó de él poco después de llegar a Nueva York. Por aquel entonces, con el grado en Derecho incompleto, sin parientes ni futuro, el bueno de Filmore se dedicaba a chulear a las mujeres, y a emborracharse con el primer memo que lo invitara, en cualquier sitio. Estaba tocando fondo. Sin embargo cuanto más se hundía más atractivo resultaba para ellas. Ya era un adonis. Pues bien, cuando caballerosamente rechazó el dinero de la tal Cinthia y proclamó su intención de hacerse escritor (vivía en un apartamento del Sund poco más grande que un armario), la extravagante dama apareció un día con el icono de Cirilo y Metodio, le anunció que era un objeto mágico, sagrado, capaz de cambiar el Destino, y se lo regaló. Fin.

-¿por qué tienes tanto interés?, preguntó vaciando el tercer vaso.

-no lo entenderías, dije con rencor.

Prosiguió sin inmutarse su cuento de hadas: “al día siguiente empecé a escribir novelas policíacas, hasta hoy. Poco después la pobre Cinthia murió arrollada, en el metro. Fue horrible, pero tenía razón…”

-un millón de dólares, esgrimí el talonario.

Su rostro se endureció, arrugó la frente, y dejó asomar a sus ojos una lucecita de codicia:

-lo siento. He probado a escribir lejos de mi tabla, pero es inútil. Ni una línea, ¡cero! Ellos deberían firmar mis novelas, al menos la parte que yo escribo, ¿cómo se llaman tus santos?

-Cirilo y Metodio, tragué saliva y miré la nieve que caía, blanda y copiosa en la noche.

-ya van por media docena de betsellers.

-no creerás en esas tonterías.

-no necesito creer, funcionan.

-¡es absurdo!, gruñí, guardando el talonario.

-¡bebamos, por los viejos tiempos!

Vacié mi vaso, me quemé la garganta, y pedí otro.

Al fondo del bar abarrotado de bebedores y bebedoras apareció el segundo escritor.

-¿qué santos tiene él?

-¡chico, no insistas, no puedo! ¿Qué haría sin ellos? Ya no tengo edad para vivir de las mujeres, reflexionó.

-podrías vivir del dinero, sugerí.

-¡me lo bebería en un año, me lo jugaría, créeme, hablemos de otra cosa!

-¡hola!, un güisqui para mí, dijo el tal Heraclio.

-puedes venir a verlos cuando quieras. Te sorprendería lo mal pintados que están. Apenas se distinguen las caras ni las manos. Creo que estaban adornados de pan de oro. No comprendo qué veis en ellos.

-¿dónde vives?

Nicéforo Filmore, el sapo, me dio una tarjeta. No vivía en Nueva York, sólo visitaba la gran manzana para promocionar sus novelas. En realidad era un ermitaño. Era lo único que le exigían sus santos, el tributo a pagar a la inspiración.

-esta misma noche nos encerramos en la montaña.

Guardé rápidamente la tarjeta en mi billetera. Ya no hacía nada allí. Pero el recién llegado me retuvo:

-no sé cómo lo hace, dijo, es él quien empieza todos los capítulos, todas las historias; yo sólo corrijo, retoco, acabo, no sé de dónde saca tanta imaginación.

-Son mis santos, te lo he dicho mil veces. ¡Por Cirilo y, ¿cómo se llama el otro?, Metodiono! ¡Y por Cinthy!

Levantó el vaso enorme y se quedó pasmado como si fuera a darle un ataque de apoplejía, embelesado con su quijada de mono.

En ese momento lo hubiera estrangulado.

-¡no somos pareja!, malinterpretó mi hosquedad: él, señaló a Heraclio, prefiere la playa para escribir, y yo la montaña, ¡eso es todo!

Ya en la calle me alejé a toda prisa sin desplegar el paraguas. Sólo me subí el cuello del abrigo. La nieve se fundía en mi rostro congestionado. Decidí no coger un taxi, volver a pie por Central Park. Estrujaba el talonario impotente al fondo del bolsillo de la gabardina, envuelto por el calorcillo del güisqui y por las luces de la ciudad.

Esa noche no pegué ojo. No sé por qué, pensé en mi padre.

Justiniano Greaves, mi padre, fue a su manera un ser excepcional: nunca hizo nada en la vida aparte de sembrar el desasosiego (y el afán de independencia) de quienes le rodeábamos. A mí en particular, aunque fui su único hijo reconocido, me olvidó literalmente desde el Jardín de Infancia hasta la Universidad.

Si lo recuerdo ahora es porque marcó aquella noche fatídica y los acontecimientos que se sucedieron. Mientras me revolvía en el lecho, en mi apartamento, completamente solo, se me apareció como una pesadilla:

-¿por qué no puedes dormir, muchacho?

-¡papá!

-hazte con ese icono.

-¿desde cuándo te preocupan mis asuntos?

-desde siempre, suspiró, no importa.

-no veo cómo puedo obtenerlo, confesé.

Mi padre avanzó hacia la ventana. Cojeaba, si los fantasmas cojean. Nevaba en abundancia. Los rascacielos centelleaban en la noche blanca bajo sus cúpulas bulbosas y plateadas.

-eso es cosa tuya, sugirió, ve a esa casa.

-¿sugieres que debo robarlo?

-u olvidarlo, puntualizó.

-puede que tengas razón, susurré.

La visión se desvaneció satisfecha. “Estás hablando solo”, me dije. Me deslicé hasta la alfombra. La calefacción, abierta toda la noche, caldeaba como una estufa o un incendio. Me asomé a la avenida por donde se había ido el espectro. Una larga comitiva de coches taladraba la oscuridad con sus faros relucientes, entre algodones de silencio. Hacía tanto calor que parecían caer copos de lana de los jirones de las nubes.

En una vitrina acristalada, encerrados con llave, aguardaban media docena de catálogos de Cristhies. Busqué el maravilloso icono de Cirilo y Metodio:

Los Santos evangelizadores de los búlgaros y otros eslavos, me contemplaron desde su tabla entenebrecida por los siglos. De creer a Filmore, el oro del fondo se había esfumado; y los colores, el vivo rojo cereza de las túnicas –símbolo de la Pasión y la Ascesis- el impoluto azul de los mantos, el pálido cárdeno de las caras y las manos, el caoba intenso de los cabellos y las barbas; el ébano de los ojos. Cirilo sostiene el Evangelio en la mano derecha, mientras Metodio bendice con la misma mano, los dedos índice y anular extendidos apuntando al oro exhausto del cielo, con la visión clavada en la Eternidad.

Pronto todo aquello sería una mancha informe y negruzca, un borrón irreconocible.

De repente se hizo un silencio en la habitación, se extendió al apartamento, traspasó la ventana y la avenida, y se perdió en la ciudad.

-acuéstate, mañana va a ser un día largo, muchacho.

-ya voy papá.

-deberías haberte hecho broker, te hubiera ayudado.

-sí.

-pasé mi vida en una nube dorada.

-quiero ese icono, papá.

-no pienses en él.

Ya en la cama, bajo el efecto del Valium:

-¿por qué el mundo es tan injusto?

-no lo sé, hijo, nadie lo sabe. Hizo una pausa: pero tu amigo tiene razón, esos santos hacen milagros, tal vez a ti también te ayuden.

-espero que no me dé por escribir novelas policíacas.

Al día siguiente no encontraba la tarjeta de Filmore. Revolví los bolsillos y los cajones. Tras una ducha tibia y varios cortes afeitándome, aún bajo los efectos de la resaca, llamé al Excelsior:

-¿el señor Filmore? se fue anoche, ¿quiere hablar con su amigo?

Una voz destemplada chilló:

-¡ah, es usted! ¡Me ha pillado de chiripa! Apunte, este es su teléfono

Colgué. De pronto recordé lo que había ocurrido:

Había utilizado la tarjeta de Filmore como pasa páginas, estaba en el Catálogo entre los santos Cirilo y Metodio.

Anoté el teléfono, la guardé en mi cartera, me abrigué y salí tarareando y hambriento a la escalera. Desde el ascensor acristalado exterior, se veía la avenida completamente blanca. Había dejado de nevar.

La carretera que asciende a Mont Álbany estaba recién despejada por las quita nieves. Un cielo azul, puro, casi primaveral, festoneaba las rampas y las curvas.

Era una carretera muy poco transitada sobre todo en invierno. A diferencia de otras montañas más altas y mejor explotadas del Estado, Mont Álbany carece de estaciones de esquí. Sólo hay dos o tres pueblos, y algún que otro chalet de estilo montañés, donde se retiran escritores y estrellas de cine más o menos excéntricas, al borde de los bosques de pino negro y cedro, que se encaraman en las escarpadas y nebulosas laderas. Su único atractivo, que desaparece con la berreá y las primeras nieves, son los venados libres y algunas manadas de lobos que merodean por la carretera, custodiados por feroces agentes forestales. De vez en vez centellea el gris o el blanco fulminante y efímero de una liebre de montaña; o un águila o un halcón traza sus círculos, paciente, majestuoso, casi inmóvil en las alturas.

Es un mundo salvaje y civilizado: aquí y allá brota la bruma de un arrollo o un lago escondido; una brizna de viento resuena multiplicado por las laderas erizadas de bosques; lánguidos flecos de humo delatan retorcidos, los tejados invisibles; aparte de las señales de tráfico, surgen y menudean en los rincones más inverosímiles los carteles publicitarios anunciando las delicias de un balneario abandonado, el hospedaje de un monasterio, la efigie de un aspirante a Gobernador del Estado, tranquila y solitaria.

La choza de Filmore, como él la llama, es una de las últimas, situada en pleno bosque en la cara norte del monte Athos. A pesar de la poca altitud de estas cordilleras, su orientación hacia el Gran Golfo del Labrador las convierte en casi impracticables por las abundantes nevadas entre noviembre y febrero.

En cuanto caen las primeras nieves, lo pueblos enclavados a partir de una cierta cota se sumergen en la inmovilidad y el ensueño. Todavía hay aquí almacenes de leña, ropa, comida enlatada, y municiones para los que hibernan y los cazadores. Especialmente codiciado es el oso gris, que algunos dicen extinguido, y otros aseguran haber visto en las intrincadas gargantas que conectan la costa con los Grandes Lagos del Hudson.

Así pues, con el depósito lleno pero sin provisiones ni ropa de abrigo (el parte meteorológico anunciaba una semana bonancible), comencé el ascenso, que resultó más lento, difícil y penoso de lo previsto. Pasado el último pueblo del valle de Nicea, ya no me crucé con ningún vehículo ni, que yo sepa, con ningún guarda forestal. Tampoco me atravesé con ningún animal salvaje. A pesar de que la cima más alta –el Panidos- está a sólo treinta kilómetros del valle, y aún con la carretera despejada y limpia, tardé más de una hora en avistar la casa de Filmore escondida, como digo, en pleno bosque de cedros.

El frío, la excitación y los cigarrillos me habían mantenido despierto y animado hasta ese instante. Pero ahora de pronto, al descubrir la casucha negra y silenciosa de mi amigo entre los árboles, en el mutismo tranquilo de la mañana, dudé, y estuve a punto de volverme, enfilar la carretera y desaparecer para siempre, abandonando mis locos planes. Bajé el último repecho en punto muerto casi como si temiera profanar con el ruido alegre del motor la paz inviolada del bosque, y detuve el coche frente a la puerta cerrada y negra del refugio de Filmore.

De súbito resonó el estampido lejano de un disparo. Alguien apuraba la última semana de caza antes del invierno. Me pareció distinguir entre las nubes grises, surgidas inesperadamente como un escalofrío, una alborotada bandada de ánades enmudecida por el silencio de las alturas.

Antes de bajar del coche contemplé, ensoñado, el chalé: una sola ventana, abocinada y rectangular, arrojaba una hebra pálida de luz sobre el porche diminuto. El techo de pizarra negra trabada de ramaje, arrancados de la misma montaña con la que casi se confundían, rozaba melancólico el suelo. Una leñera o un almacén de sillar, ocupaba la esquina derecha de la explanada.

Ésta estaba cubierta de nieve reciente, intacta, no hollada al menos desde la madrugada de la víspera. Así pues, deduje, mi amigo se habría ido del hotel casi al mismo tiempo que yo –algo que su socio, Heraclio, al parecer ignoraba- Hacía ya horas que las marcas de las ruedas del Dodge de Filmore, aparcado como abandonado junto a la leñera, habían desaparecido, como si éste hubiera caído del cielo.

No había cerrado la portezuela del coche cuando la de la casa se abrió. Filmore, en mangas de camisa y babuchas, con el pelo desgreñado, rojo como recién salido de una pesadilla o un baño caliente, apareció en el umbral con una escopeta de caza. No debía estar acostumbrado a las visitas inesperadas. En ese momento recordé que, medio en broma medio en serio, mientras bebíamos en el bar, había dicho que le encantaba alternar cuando bajaba a Nueva York o Filadelfia, pero que odiaba que lo interrumpiesen en su trabajo. Escribía pues, entregado completamente a sus absurdas novelas de detectives, como un ermitaño.

-¿quién es?

-¡Filmore, muchacho!, grité.

-¿quién está ahí?

-¡Valentín, baja esa escopeta!

Sin cambiar de expresión, encañonó el suelo y dio un paso hacia mi coche:

-¡Greaves! ¿Qué ha pasado?

-¡nada!, oye estoy helado, necesito una chimenea o una estufa. No he dormido en toda la noche.

Vaciló un instante, el arma aún engatillada apuntando hacia la nieve. Su sombra maciza azuleó como un fogonazo. Al cabo, como si lo arrancasen de un ensueño, me invitó a pasar sin bajar del todo la escopeta.

-voy a hacer café, dijo.

Al poco escuché el borboteo del grifo. Un minuto después el aroma del café recalentado se esparcía por la habitación en penumbra.

Filmore debía haberse despertado, pese a todas mis precauciones, con el ruido del motor. O tal vez no había dormido y había pasado la noche bebiendo o escribiendo. Olía a tabaco malo y fuerte y reinaba el desorden característico. El ordenador ocupaba la única mesa utilizable, minúscula y extraordinariamente incómoda.

A un tiempo helada y asfixiante, la sala resultaba muy poco acogedora. Al cabo, Filmore regresó con el café:

-¿a qué has venido?

-escucha, Filmore: no me trago esa historia de tu icono.

-todavía sigues con eso…

-tú sabes muy bien que es mentira, ¿por qué no nos sinceramos?

-¿qué quieres decir?

-que alguien te escribe las historias, ¿no? Personalmente no me importa, ¿por qué no aceptas mi oferta?

-ya te lo dije, creo que fui lo suficientemente claro.

-no, me contaste un cuento, ¡no me subestimes, Filmore!

-¿es una amenaza?

Sorbió lentamente el café, muy fuerte. Hervía.

-¿quién es?

-¿quién es quién?

-el negro que te escribe.

-no voy a venderte el icono, ¿entendido? Ahora si me disculpas, tengo mucho trabajo.

-¿es ese homosexual, Heraclio Sánchez?

-adiós Greaves.

-¡no tan deprisa! ¡Un momento!

Filmore retrocedió tras la mesa. La escopeta estaba apoyada junto a la puerta, el cañón apuntando al techo. La recogí.

-deja eso, susurró.

-siéntate Filmore.

Nicéforo Filmore ocupó su silla sin apartar la vista de mis manos. Al parecer, sí estaba cargada. ¿Para qué? Era un arma maciza y pesada, de caza.

-quiero ese icono, Filmore, por eso he venido.

-muy bien.

-anoche te ofrecí un millón de dólares.

-¿vas a dispararme?

-no, voy a mejorar mi oferta.

Me miró con incredulidad.

-tengo un capítulo que escribir.

-tu vida por ese icono.

-mi socio está a punto de llegar, mintió.

Afuera crujió una rama, un eco furtivo resonó en el bosque.

-acabo de hablar con él, sonreí, se iba a Palm Spring.

-¿y mi negro?

-no hay ningún negro.

-no estoy de acuerdo, reflexionó: tal y como están las cosas, en cuanto tengas el icono me matarás.

-¿dónde está?

-¿cómo sabes que estoy solo?

-¿dónde?

Miró hacia la puerta entreabierta. Algo volvió a crujir, pero esta vez dentro de la habitación. Una llamita moribunda lamía los rescoldos espolvoreados en el tiro. De repente sentí un golpe, un escozor en el vientre. La mesa. Antes de que pudiese reaccionar, tenía su antebrazo haciéndome palanca en el cuello. La escopeta bailaba engatillada, frenética, como loca.

El estampido atronó en la habitación, pero fuera apenas debió oírse un chasquido seco.

Filmore yacía con la cara destrozada.

Permanecí un minuto o dos contemplándolo. Muerto tenía un aspecto aún más absurdo, grande y pesado.

Al fin solté la escopeta. Antes de decidir qué hacer con el cadáver, me puse a ordenar minuciosamente la habitación: limpié el café y la pólvora que había chamuscado el suelo de lajas; coloqué la mesa descabalada contra la pared; reavivé los rescoldos (alguien podía echar de menos el fleco de humo sobre el tejado); y llevé las tazas y la cafetera a la cocina.

Al volver me sobresaltó el parpadeo de la pantalla del ordenador. Me deslicé hacia la puerta para echar un vistazo. La nieve se estaba volviendo azul. Al arrastrar el cuerpo de Filmore, noté algo duro en su pecho: una petaca. Bebí un buen trago y la devolví a su bolsillo. Luego arrastré el cuerpo hacia la parte trasera de la casa y empecé a cubrirlo de leña mojada y renegrida.

Las botas de Filmore dibujaron dos surcos siniestros y enrevesados en la nieve. Pensé en los ánades que había visto apurar poco antes el cielo de la mañana, huyendo en desbandada de los disparos de los cazadores sobre el silencio sobresaltado del bosque. Había empezado a oscurecer y el cielo estaba cada vez más encapotado.

Los faros del coche me arrojaron sendos guiños nebulosos. Con las prisas, había olvidado desconectarlos. Corrí y traté de arrancarlo.

El motor resopló, impotente:

-¡joder, joder, joder!

Me lastimé los puños contra el volante, cortante y frío. Era inútil. Entretanto, de súbito, comenzó a revolotear una fina nevisca.

-calma, gruñí.

Junto a la leñera estaba el coche de Filmore. Naturalmente, no tenía las llaves puestas, y tuve que rebuscarlas en la casa y luego volver el cuerpo boca arriba y registrarle los bolsillos. La cara se había vuelto azul.

Colocado en paralelo junto al mío, con sólo las luces de posición encendidas por si a alguien se le ocurría pasar por la carretera, empecé a cargar la batería, y al cabo el motor lanzó un resuello fatigado.

Lo dejé funcionando, volví a estacionar el otro coche, borré apresuradamente los surcos, y tropezando y resbalando en la nieve, entré en la casa.

A todo esto había olvidado por completo el icono. Ya era hora de cogerlo y largarse. Al fin lo encontré sobre el borrador de la última novela: El Desaparecido. Filmore había dicho la verdad: estaba en bastante mal estado, entenebrecido por una pátina de mugre. Pero aun pude distinguir, a la luz de la lámpara, las caras dulces y remotas de mis santos.

Tras borrar apresuradamente las huellas en todos los objetos que recordaba haber tocado: la silla, la mesa, las tazas, la manija de la puerta, la portezuela, el volante y la palanca de marchas del coche de mi amigo, y el propio cadáver, envolví la tabla en el mismo paño y me precipité a mi coche, que seguía jadeando en la oscuridad.

Ahora nevaba con fuerza. En cuanto arranqué noté las finas placas de hielo que empezaban a formarse en el piso. El volante se rebelaba díscolo a mis esfuerzos por enderezarlo. Las ruedas patinaban en cuanto intentaba acelerar. Al fin, sólo con las luces de posición, casi a ciegas, logré alcanzar la carretera.

El frío había empañado la luna, y la calefacción se había roto. Tuve que bajar la ventanilla para poder ver algo. Los bordes de la pista habían desaparecido bajo la nieve.

Pensé que, al fin, el temporal jugaba a mi favor: había sido un acierto genial, obra de la desesperación y el pánico, abandonar el cuerpo entre la leña; la nieve lo cubriría, confundiéndolo hasta el deshielo de la primavera; tampoco había que temer nada del olor, pues mi amigo estaba congelado. Suponiendo que a alguien se le ocurriese subir a buscarlo, había muy pocas posibilidades de que lo encontrara antes.

De pronto se me ocurrió que debía haber hecho desaparecer la escopeta para desviar la atención de la policía hacia los bosques. No era el primero que se aventuraba y se perdía allí. ¿Cómo explicar el coche aparcado, la escopeta intacta, las botas, el abrigo, y la gorra con orejeras de cazador en el armario?

También debía haber apagado el ordenador y la lámpara.

Al menos la nieve borraría las huellas de mi coche, pero esto era algo tan obvio que la policía lo daría por supuesto.

Sin indicios de asalto ni robo, con el coche aparcado, descartada la hipótesis de la caza, alguien recordaría de pronto el icono y nuestra conversación en el bar del Excelsior. Luego el encargado del hotel y el otro escritor describirían nuestra conversación. Aunque encontrasen la pintura me buscarían, yo era el primer sospechoso.

Las montañas suelen atraer a los locos y a los degenerados: las casas solitarias, las carreteras desiertas, el humo, los bosques…

No había recorrido dos, tres kilómetros, cuando una de las ruedas empezó a girar al borde de la cuneta. Antes de que se atascase del todo pisé a fondo marcha atrás, reculé contra la ladera que ascendía, y comencé a subir en primera, aprovechando las rodadas de los neumáticos.

La oscuridad y la ventisca formaban un túnel blanco y cegador.

Y estaban mis huellas en la petaca de güisqui de Filmore. La cara destrozada por el disparo de la escopeta. Ni siquiera había tenido la precaución de llevarme el arma del crimen. Para ser mi primer asesinato era una chapuza.

Antes de que pudiera distinguirse la lucecita de la casa, el auto se hundió en un montón inmaculado de nieve, seguramente desprendido de una rama rota, deteniéndose al borde de la cuneta.

Al apagar el motor, el resto del aire caliente que se colaba por los respiraderos cesó de repente de caldear, y los cristales se empañaron, y tuve que salir para no congelarme. El abrigo que llevaba era cómodo pero insuficiente. Los zapatos y los calcetines, de lana virgen, resultaban igualmente ridículos. No llevaba guantes.

Los faros del coche parpadeaban débiles, superfluos contra la blancura de la nieve. Una vez hube entrado en calor envolví el icono, lo guardé bajo mi gabán, y me dirigí a la curva donde descendía el camino de la casa.

La lamparita seguía parpadeando en la oscuridad. El porche, el patio y el cobertizo parecían aún más solitarios y silenciosos.

La nieve había atrancado la puerta. Logré entreabrirla lo suficiente para deslizarme, la cerré, y me acomodé junto a la chimenea. La leña mojada que había echado poco antes había ahumado la habitación.

Me desnudé, coloqué la ropa húmeda y helada junto al fuego, y me puse un pijama y una bata de Filmore.

Aún había café. Lo calenté y me acomodé en la silla que mi amigo había ocupado antes de morir, frente al hogar.

En cuanto amaneciera volvería al coche, desenterraría las ruedas, aplicaría agua caliente a las lunas, y trataría de arrancarlo.

Si el motor no respondía, lo dejaría caer en punto muerto hasta que la batería se cargase. Luego me iría a la ciudad, al extranjero.

Para cuando encontraran a Filmore ya estaría lo suficientemente lejos, en Europa, tal vez en Sudamérica, a salvo por un tiempo. Luego vería.

No había cerrado los ojos, mientras estos planes se me desdibujaban con los primeros contornos del sueño, cuando oí el primer timbrazo. Cogí la escopeta y me deslicé hacia la puerta.

El ruido procedía del exterior, de la parte trasera de la casa. Sin pensármelo dos veces, empuñé la linterna y me dirigí allí.

Tarde unos diez minutos en desenterrar a Filmore. La nieve helada y apelmazada me lastimaba los dedos y me rompía las uñas.

El teléfono móvil seguía sonando en el bolsillo de su chaqueta rígida, como una llamada de otro mundo.

Cuando cesó, una voz chilló en el buzón de voz:

“¡Nice!, llevo llamándote toda la tarde, ¿qué ocurre?, la policía dice que no ha habido ningún accidente en esa carretera, no respondes a mis emails…”

Entré dando tropezones, me sacudí la nieve de los hombros y la espalda del abrigo, y me senté ante el ordenador.

“¡La clave!”, pensé.

Pero por una casualidad increíble, el ordenador de Filmore estaba conectado precisamente en su cuenta de correo. Debía haber estado leyendo y escribiendo cuando irrumpí la víspera. Al oír el motor del coche cogió la escopeta y corrió al porche sin cerrar la cuenta del correo.

¿Qué había allí? Al principio no entendí nada. Un mensaje breve del tal Heraclio (le llamaba Nice), anunciaba su llegada sin contratiempos al apartamento. Debía tratarse de Palm Spring ¿pero cómo asegurarlo? ¿Valía la pena calcular las distancias y los tiempos? Seguramente a esas horas el escritor ya estaba en camino, esperando en el valle a que las máquinas quitanieves despejasen la carretera para trepar al refugio de ¡Nice! ¡Cómo podía evitarlo yo!

Por otra parte, si había alarmado a la Policía era muy probable, más que seguro, que a esas horas una patrulla forestal avanzase ya, pese a la nieve y la noche, que ya empezaba aclarar, hacia la cabaña. Uno de los cometidos de los guardas forestales era buscar a los excursionistas y los cazadores perdidos.

En cualquier caso lo peor que yo podía hacer era tratar de huir. Sólo había una carretera que descendiera al valle. Los caminos forestales, si los había, habían desaparecido hacía horas bajo la nieve. Además estaba mi coche inservible, atravesado en la cuneta. Tal vez el coche de Filmore aún arrancara, pero no podría subir el repecho helado hasta allí, y aún cuando lo consiguiese ¿cómo cruzaría por el espacio angosto que dejaba el mío entre la ladera y el barranco? Y todo para toparme finalmente con el coche patrulla, con el de Heraclio, o con ambos a la vez, antes o después.

¿Huir a pie montaña a través? Con aquel tiempo, sin abrigo ni provisiones adecuadas, de noche, sin mapas, entre lobos, era lo mismo que suicidarse.

Pero debía haber una salida. Es curioso: en ningún momento pensaba desprenderme del icono. En ese minuto febril, mientras barajaba mis opciones, lo aferraba con fuerza dispuesto a morir con él.

De repente saltó el salva pantallas: un paisaje alpino, y música de Mozart. Al sacudir el ratón la bandeja reapareció parpadeando con un mensaje que acababa de llegar en ese instante:

Voy a buscarte, Nice…

Inmediatamente, trabándome los dedos como si fuesen de trapo, contesté:

¡No hace falta que vengas, estoy bien!

¿Por qué no me respondías? ¡Estaba preocupado! ¡He avisado a la Policía!

¡Estoy bien!

Llevo horas esperando tu capítulo, ¡pon a tus santos a trabajar, Nice!

¡Sí!

Por cierto, ayer te llamó al hotel ese tal Greaves…

No quiero ver a nadie, ¿me oyes?, a nadie, recalqué.

Voy a avisar a la Policía para que no te molesten. ¡Gracias a Dios que estás bien!

El capítulo que debía continuar tenía ya unas cien páginas. Siempre he sido perezoso para escribir aunque no se me daba mal redactar en el Instituto. En alguna parte debía haber  un borrador o un esquema con el argumento de la novela.

Rebusqué en todos los cajones y armarios, incluido el del baño; en las maletas. No había nada, ni un simple bloc de notas. Entonces me enfrasqué en la lectura del archivo.

Hacía rato que había amanecido. Había dejado de nevar. Un cielo sucio y blancuzco se apelmazaba contra la casa y el bosque. No se escuchaba ningún ruido.

Al fin, logré entender la historia que leía: el típico asesinato perfecto y trillado, alguien que mataba a un amigo en una casa en plena montaña.

El socio de Nice describía con todo lujo de detalles la cabaña de Filmore donde yo estaba. A continuación, retrataba con viveza al asesino, ¡y aunque sólo me había visto una hora, el parecido conmigo era asombroso! La víctima, como ya habrá adivinado el lector, era el vivo retrato de Filmore.

Desconcertado, atribuí a mi estado de nervios, a la sugestión, el cansancio, los remordimientos, el pánico, tales coincidencias (¿qué otra cosa podían ser?), me arrebujé en una manta y traté de dormir.

Así transcurrió la primera mitad de la mañana. En mi duermevela llegué a creer que Filmore entraba en la casa, me miraba sin saludarme, se dirigía a la cocina a preparar café, reavivaba el fuego, y se sentaba a escribir.

Cuando quise darme cuenta estaba tecleando en el ordenador. Eran más de las cuatro. A esa hora en la montaña, con el invierno en ciernes, empieza a anochecer. Ni un pájaro, ni un disparo, ni un motor, ni una voz, ni un aullido, perturbaban la calma, que empezaba a antojárseme siniestra y premonitoria.

Antes, para cerciorarme, sonriéndome de mis propios miedos y fantasías, había vuelto a la trasera de la casa. El cadáver de Filmore seguía allí, exactamente en la misma posición en que yo lo había dejado, con la chaqueta abierta semienterrado en la nieve.

La nieve caída durante toda la tarde y la noche de la víspera se había helado en las umbrías, adquiriendo un  tono azul y enfermizo, y formando montones caprichosos aquí y allá. Y parecía pesar sobre los árboles, el techo de la casa con su fleco de humo, la leñera, y el camino que subía a la carretera como una pesada mano enguantada.

El coche de Filmore semejaba un insecto congelado con las finas aristas heladas y las ruedas hundidas en la nieve. El mío seguía atravesado en la cuneta –ahora me parecía casi volcado hacia el barranco, hosco y ansioso de revancha-.

Registré el cuerpo concienzudamente, aprovechando los últimos minutos de luz, y vacié sus bolsillos: el teléfono móvil, la petaca, un paquete de cigarrillos aplastado e inservible, una billetera, un boleto de teatro de Nueva York, un mazo de llaves… Lo guardé todo procurando no mirar su cara y desembarazarme del abrazo rígido que parecía empeñado en retenerme allí.

Al llegar a la puerta me volví un instante. ¿Andaba sonámbulo? Una docena de estrellas pálidas, tenues, indiferentes, se insinuaban errantes sobre el bosque.

Pues bien, mientras escribía casi sin pensar, descubrí el icono desplegado sobre la mesita junto a la pantalla. Cirilo y Metodio me contemplaron burlones y serenos desde su mundo dorado.

No recuerdo cuánto tiempo escribí como poseído. Al cabo, ya entrada la noche, envié mi capítulo a Heraclio, me amodorré junto al fuego y me dormí profundamente.

Soy un asesino. ¿Qué me ha llevado a esto? No ha podido ser el odio, porque yo no odiaba a Filmore (tampoco lo apreciaba). Tampoco la ambición, pues podía haber robado el icono, que él, en justicia, no merecía. Me aterra pensar que todo podía haber ocurrido de otro modo muy distinto, si él no hubiese opuesto resistencia, si se hubiese ceñido a mis pretensiones, o si yo hubiese renunciado al icono.

Al principio sentí estupor. Pensé que debía escapar, ocultar el cuerpo, destruir las pruebas, desaparecer cuanto antes.

Nunca quise ni premedité lo que he hecho. No soy un asesino.

Poco a poco se ha apoderado de mí una languidez y una abulia insospechadas, insondables. Esta tarde me he sorprendido mirando el cielo, calculando cuando estará transitable la carretera para que llegue la Policía, previendo el tiempo de los próximos días, las próximas horas.

He vuelto a desenterrar a Filmore…

Cuando desperté tenía un correo de Heraclio:

“Nice, ¿qué broma es esa de que te han matado? Tu continuación es soberbia, chico, tengo que reconocer que tus santos se han puesto a trabajar a fondo.

¡Qué golpe maestro ese de meter a tu amigo, ¿cómo se llama?, Valentín Greaves en nuestra novela! ¿Cómo se te ha ocurrido, Nice? Y el móvil del robo del icono es magnífico. A mí también me impresionó la otra noche en el Excelsior, cuando te ofreció un millón de dólares por esa antigualla. Y tenías que haberle oído cómo jadeaba, cómo le vibraba la voz al día siguiente cuando te telefoneó al hotel. Por eso cuando dejaste de dar señales de vida temí que te hubiera matado de veras.

¡No juegues con eso, Nice, trae mala suerte! Te envío mi continuación. Pero no podremos publicarla con los nombres reales, ve pensando en otros. ¡Ah, y no hables tanto de Bizancio, no sabía que fueras un especialista! ¿No te estará ayudando tu amigo Valentín? Para el ambiente está bien, pero recuerda que estamos escribiendo una novela policíaca.

La descripción de tu cabaña y de tu cuerpo destrozado, enterrado bajo la nieve en la leñera es magnífica. ¡Mi enhorabuena a tus santos!”

“Una inesperada agitación febril me ha sacudido desde anoche. Aunque ha vuelto a nevar y a helar, he empezado a desenterrar el coche, le he vertido agua caliente y alcohol ¡y he estado a punto de arrancarlo! En cualquier caso, he logrado apartarlo a la cuneta y despejar la carretera lo suficiente para que pase el coche de Filmore, por si finalmente decido huir.

De todas formas tampoco funcionará.

Ayer se me acabó la leña. Fui al bosque pero toda la madera está mojada, y la que queda en el cobertizo debe ser del año pasado, porque está podrida.

He decidido hacer astillas con los muebles”.

“Querido Nice: a este ritmo acabaremos la novela en un mes. ¡Recuerda que la editorial nos ha dado todo el invierno e incluso un año si nos hace falta, para presentarles el borrador! ¿Qué prisa te ha entrado de repente? Aunque si tus entregas siguen siendo tan buenas y delirantes, podríamos sacar no una sino tres novelas este año, podríamos ir a Europa, aunque no te aseguro que pueda seguir tu ritmo. Llevo días sin salir, casi sin comer, sin moverme del ordenador, como hipnotizado. No recuerdo cuándo fue la última vez que bajé a la playa.

¡Convertir a dos Santos de la Antigüedad en tus asesinos!

Sólo temo que el borrador sea tan bueno que al final nos lo rechacen”.

Esta noche han venido lobos. Los he oído husmear, gruñir, revolverse en la nieve en torno a la casa. El suelo helado rechinaba bajo sus feroces y cautas pisadas. De pronto se han apelotonado en la parte de atrás, los he oído escarbar. ¡Filmore! He cogido la escopeta. No he podido contarlos en la oscuridad. Un disparo ha sido suficiente para espantarlos como a un revoltijo de sombras. Al bosque. Pero volverán.

Antes de entrar he echado un vistazo, encañonando las tinieblas.

Uno de los brazos de Filmore asomaba entre la nieve sucia.

Con un poco de suerte la Policía habrá oído el disparo.”

“He terminado la novela, Nice, he cambiado algo el final. No me gustaba que devorasen tu cuerpo los lobos, ni que tu asesino, ese tal Valentín Greaves, al final se saliera con la suya: cuando se disponía a huir en la última página, pero no te digo nada, mejor léelo tú. Sé sincero y dime qué te parece, qué efecto te produce como lector.

Creo que es uno de nuestros mejores trabajos, sin duda es diferente de todos los demás. De hecho, no me parece casi nuestro. A veces releyendo el borrador tengo la sensación de estar descifrando la confesión real de un asesino.

¡Dime cuál es tu truco, Nicéforo! Me niego a creer que estés plagiando a Dostoievsky. ¿Desde cuándo nos ha importado a nosotros la Literatura? Acuérdate de cómo me hacías callar cuando yo te sugería que leyeras El Halcón Maltés o El Sueño Eterno, para inspirarte en sus situaciones y personajes. Nuestra próxima novela la empezaremos en Europa.

Empiezo a creer que de verdad te inspiran tus santos.

¡Francia, París, y luego Roma y España! Tengo muchas cosas que preguntarte, Nice, para empezar qué has hecho todas estas semanas, vete preparando para un interrogatorio en toda regla.

¿Sabes lo que se me ocurrió el otro día en la playa, leyendo la escena donde describes cómo tu asesino se abraza llorando a tu cadáver después de espantar a los lobos? ¡Que realmente habías matado a ese millonario excéntrico, amigo tuyo, y que lo habías enterrado en la nieve, en la leñera!

Ah, no te olvides de cambiar los nombres de los personajes, y en primer lugar el tuyo, no creo que el autor deba aparecer asesinado en las primeras páginas de su novela (francamente no creo que le guste al editor).

Otra cosa: mándame algunas descripciones de los bosques y los alrededores de tu refugio para ambientar la historia. Yo estuve hace demasiado tiempo y ya sabes que soy muy despistado.

Llámame si necesitas algo, aunque ¿qué puede necesitar un muerto?”

El bosque se extiende cada vez más tupido, enmarañado, denso, tenebroso y ululante, en todas direcciones. He decidido adentrarme en él.

Por una de las caras se encarama por un rosario de cárcavas y barrancos: este es el famoso desfiladero del Oso que en teoría debe llegar hasta la Península de El Labrador, aunque no creo que nadie lo haya seguido hasta ahora.

Hacia el sur, desciende en valles cada vez más suaves hacia el Hudson, aunque me parece que no llega a tocarlo. Es el camino más fácil, paralelo a la carretera de Nueva York, también el más peligroso.

Hacia el Este forma un pasillo cada vez más estrecho, casi una garganta aluvial, sepultada en algunos tramos por restos de glaciares y arroyos de montaña, que supongo desembocará en el océano; por el oeste conduce de colina en colina hacia los Grandes Lagos hasta Chicago y Ohio.

Seguiré este último camino.

Aunque no tengo mapas ni brújulas, no soy un novato, confío en mis fuerzas y sobre todo en mi desesperación. He cargado con todas las provisiones y mantas que he podido; y tengo fósforos, y por supuesto mi escopeta, que ya me ha salvado una vez la vida.

Sólo temo resbalar, el suelo está helado en todas partes, y lastimarme una pierna y quedar a merced del frío y de los lobos al fondo de un barranco, una garganta, junto a un manantial.

He comprobado que al caer la noche el bosque cobra vida: hay una agitación inusitada, de pesadilla; en cuanto enciendo mi fogata en el primer claro, siento clavárseme en la espalda y en la nuca decenas de ojos; apagados gruñidos, pasos sigilosos, chasquidos de ramas y hojas que se rompen y sacuden las tinieblas. Pero mientras esté en el círculo, en el resplandor de las llamas nada pueden hacerme.

Lo peor es la nieve y el sueño.

La nieve se va amontonando en las copas y las ramas más altas y cae de repente, en pequeños y rápidos aludes. En cuanto al sueño, me asalta nada más acomodarme ante el fuego, en la manta de Filmore.

En cuanto vislumbre un punto practicable hacia el norte pasaré a Canadá.

Supongo que a estas alturas toda la policía del Estado andará persiguiéndome. Habrán descartado las otras direcciones como yo. No tardarán en alcanzarme.

A veces me parece verlos ya sobre mí, entre sueños, irrumpir desde las entrañas de la noche, y poner fin a mis pesadillas.

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Fuentes / Referencias

Texto de Carlos Almira Picazo, publicado por Cañasanta el 3 de agosto de 2009, según la página original. Recuperado de la copia conservada en Internet Archive. Se conserva íntegramente el texto de la fuente y se limpia su formato, sin completar ni reconstruir pasajes.

La firma interior usa «Carlos Almira» y la semblanza desarrolla el nombre como «Carlos Almira Picazo».

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