Bienvenido Sparival, médico odontólogo retirado, emerge de su consulta fresca, umbría, solitaria.
Acaban de pasarle el correo. Se cala los lentes junto a la lámpara. Entre las facturas y la propaganda ve la carta, el sobre amarillo, áspero, donde se le comunica que debe abandonar su cochera en el plazo de un mes.
Al principio no lo entiende. Relee la nota escueta, seca, lacónica: dos líneas anémicas, mecanografiadas sobre papel vasto. De pronto recuerda el Peugeot grandote y anticuado que tiene aparcado allí desde hace más o menos un mes. El piso y la cochera, alquilados por los Sparival desde hace cuarenta años, que han cambiado de dueños.
Con la nota aún en la mano, Bienvenido Sparival busca a su mujer. Acaba de oír sus pasos, ásperos y rotundos, en otra habitación. Vuelve los lentes a su bolsillo y avanza por el pasillo, cauteloso. La llama con esa socarronería involuntaria que tanto la exaspera:
-¡Mercedes!
La luz de la cochera apenas hace justicia a la hermosa máquina. Pese al desuso, por no hablar de abandono, el motor arranca con un sonido dulce, quejumbroso, que parece provenir de otras épocas. Bienvenido reajusta el asiento, acomoda los pies en los pedales ociosos, tras cerciorarse de que el embrague está en punto muerto, abre el retrovisor, mete la primera y levanta suavemente el pie del embrague.
Ante él aparecen la pared desnuda y la conocida columna, listada en rojo, que le fuerzan a maniobrar para salir. Al fin, rozando el muro, acelera lo justo para superar la rampa curva y pronunciada que lo lleva hasta la calle sin más contratiempo.
El motor responde perfectamente. Ya no se fabrican coches así. Se desliza suave, y desemboca en la avenida silenciosa y arbolada. Como es domingo y temprano, apenas hay tráfico. Pero no resiste la tentación de presionar el claxon, que lanza al aire su sonido alegre y rocambolesco.
Bienvenido acelera, el pulso firme en el volante, la cabeza erguida. Prueba los faros, el limpiaparabrisas, la radio, todo funciona a la perfección. El blanco lechoso de la chapa arranca a la mañana destellos insospechados.
Pisa el freno delicadamente, y el Peugeot se detiene a unos centímetros del semáforo. Su mirada risueña repara entonces en el cuentakilómetros que marca 197.345 km.
Mercedes no ha querido acompañarle. Las cocheras que alquilan por la zona triplican lo que ellos pagaban. Él tiene la culpa por no haberla comprado cuando se la ofrecieron, hace años, igual que el piso. Ahora que arrostre solo con las consecuencias.
Por otra parte, un coche como aquel no puede dejarse en la calle, a merced de los vándalos. Bienvenido mira los grafitis que se deslizan veloces a su paso. Subirá hasta la Alambra, luego tomará la carretera de Murcia. La radio resuena alegre, anuncia buen tiempo.
Bienvenido Esparival se acomodó en su espacho. Mercedes había salido y los hijos y los nietos, que todas las tardes, especialmente los viernes, tomaban la casa al asalto, ya se habían ido. Mientras reflexionaba qué hacer sobre aquel asunto de la cochera, miraba distraído la consulta. Los últimos rayos de la tarde se colaban desganados por la persiana. Sobre la mesa se arremolinaban los papeles, el talonario abierto de recetas, el lector de tarjetas médicas roto, dos o tres bolígrafos inservibles, y un tomo desencuadernado, en rojo cereza con letras doradas, del vademécum.
Inmediatamente lo asaltó la melancolía. Tras la puerta descubrió la camilla donde se tumbaban los enfermos, llena de bolladuras. Un resto de esqueleto, más decorativo que útil, regalo antiguo de una casa farmacéutica, le sonrió desde su atril destartalado. Al principio, había mantenido alejados de allí a sus nietos, pero con el tiempo éstos le habían tomado confianza y habían empezado a desmontarlo poco a poco, como todo lo demás.
Dos razones le habían inducido, al jubilarse, a dejar su consulta sólo para medicina general: una, los disparatados impuestos que el Estado cobraba a los dentistas, tuvieran o no clientes; y la segunda, el temblor inexplicable del pulso, que le impedía no ya extraer una muela sino incluso empastar o limpiar una boca sana. De este modo, y habiéndose dado de baja en todas las Compañías de Seguros, como sus antiguos enfermos lo conocían como odontólogo (y los que no habían muerto ya debían tener dentadura postiza), no iba casi nadie a la consulta, que pasaba ocioso de seis a ocho de la tarde, de lunes a jueves, como rezaba un letrero mecanografiado bajo su placa.
Al principio al doctor Esparival le había encantado no tener enfermos. Tenía una pequeña radio, escondida en el cajón (oculta de su mujer y de sus hijos, que atronaban en el comedor vecino), y se pasaba aquellas dos horas solo escuchando los partidos de fútbol de la semana, y a veces las noticias locales. Con el pretexto de la consulta, a la que se accedía por una puerta independiente de la escalera, podía disfrutar a gusto de aquella merecida y balsámica soledad. Desde la hora de comer, agriada siempre por las disputas entre su mujer y su cuñada, miraba su reloj disimuladamente, seis o siete veces por hora, y procuraba prolongar lo más posible la siesta que le dejaban hacer en el sillón, sólo para que el tiempo transcurriera más deprisa.
Pero no hay en este mundo nada más inestable y precario que la felicidad. Un día, cuando ya se levantaba para irse a su despacho, Mercedes le pidió que le ayudara a cambiar un mueble de sitio. “Si viene algún enfermo ya lo oiremos desde aquí”, añadió, con malévolo retintín. Desconcertado, Bienvenido reaccionó bien. Pero al día siguiente, con otro pretexto, la catástrofe volvió a repetirse con idéntico resultado: su estancia en la consulta se fue reduciendo, desde las dos horas iniciales, establecidas en el cartel, a una hora y media, una hora, media, hasta que al fin Mercedes le sugirió que podía esperar más cómodo allí a sus enfermos, en el comedor, y de paso hacerle a ella compañía, aunque luego no intercambiaran una palabra. Ante semejante argumento el doctor Esparival no encontró réplica. ¿Qué podía replicar?
Aquel fue el principio de sus desgracias.
No obstante la fatalidad le daba aún, de vez en cuando, un respiro: un timbrazo claro, juvenil, procedente de la puerta de la consulta, lo arrancaba como un resorte de su sillón. El doctor Esparival prolongaba hasta lo absurdo el reconocimiento de su enfermo providencial, como un relojero ante una pieza antigua o un restaurador ante un lienzo difícil, se entretenía en mil anécdotas y hacía las despedidas interminables. Si le parecía que en el comedor ya había bastante gente o faltaba ya poco para las ocho, cerraba prudentemente la puerta y sacaba del cajón la radio clandestina, a la que el desuso reciente empezaba a estropear.
Entretanto, sus nietos crecían díscolos; sus hijos y sus yernos los animaban a buscar al abuelo en su despacho, para que jugase con ellos, les pusiese la tele o les enseñase sus instrumentos y sus libros de médico; y su mujer y su cuñada Águeda prolongaban la interminable disputa de la sobremesa, que ya tenía más de cuarenta años, ante aquel público entregado, sazonada aquí y allá con los chismes del día, hasta que empezaba a anochecer.
El doctor Esparival lo oía todo perfectamente desde su refugio. Maldecía con lágrimas en los ojos a sus hijos y a sus nueras, crueles y desconsiderados, por echarle a él encima aquella jauría de hijos, cuyos pasos y voces se aproximaban brutales, inexorables, por el pasillo, hasta su puerta indefensa. Y golpeaba la radio, de la que ya no brotaba más que un murmullo casi inaudible, como el rumor de una caracola.
En esos momentos hubiera querido desaparecer bajo tierra, en la luna, o en Australia. La turba infantil llegaba a su puerta, entraba sin llamar, saltaba literalmente sobre él.
Un día, Bienvenido descubrió que sus nietos miraban con recelo al esqueleto y decidió al instante explotar aquel miedo. Pasó una semana de paz. Pero al lunes siguiente Verónica, una de sus nueras, irrumpió en su despacho, rodeada de niños, para explicarles que el esqueleto del abuelo era de plástico y no hacía nada, porque era bueno como el abuelo. El temor se esfumó al instante de los rostros infantiles. Satisfecha, su nuera se volvió y le sonrió. “Aquí te los dejo”, y desapareció en el pasillo.
Como todo mal puede empeorar, su hijo Valerio decidió un día instalarle un ordenador con internet en su despacho. Desde ese momento, Valerio, su otro hijo, Fernando, y sus dos cuñados, se instalaban en las horas de su consulta ante el ordenador. Trajeron sillas, taburetes, ceniceros, latas, y tomaron posesión de lo que ya no parecía una consulta sino un ciber café. Bienvenido tuvo que hacerse cargo de los niños en la salita vecina, donde estaba la televisión que, en otro tiempo, le había servido para ver de vez en cuando un partido de fútbol importante.
Sólo la visita inesperada de algún enfermo le devolvía su despacho por unos minutos, una o dos veces al mes. Así divagaba aquella tarde, mientras el sol se colaba por la persiana rota, ante la nota donde se le comunicaba que debía abandonar la cochera en el plazo de un mes.
En realidad, Bienvenido Esparival había desencadenado todo aquello al vender, de acuerdo con Mercedes (esto, el acuerdo, ella lo negaría siempre, pero era un hecho incontrovertible), el apartamento de la playa que poseían en Torrenueva. Comprado en una época en que acababa de ganar su plaza en el Hospital Clínico, como médico estomatólogo, y repartía su tiempo entre las clases de la Facultad por la mañana, la consulta en el Clínico por la tarde, y su propia clínica privada, que le ocupaba las últimas horas del día. En aquella época los niños eran todavía pequeños. Las vacaciones escolares empezaban a primeros de junio y se prolongaban hasta mediados de septiembre, cuando ya sólo quedaban los veraneantes rezagados, casi todos extranjeros y jubilados, y resultaba más delicioso pasearse por la playa gris y encrespada, porque al doctor Esparival le daba grima el agua, incluso en las horas de más calor. Allí hicieron sus amigos, aprendieron a montar en bicicleta, cometieron sus travesuras, y vivieron sus primeros amores. Al llegar al Bachillerato, a los baúles habituales se sumaron los libros y las libretas de las asignaturas pendientes para septiembre. Bienvenido se instalaba ante la mesa, en la amplia terraza, y les obligaba a repasar la Literatura, la Historia, las Matemáticas, hasta que comenzaba a caer la tarde. Entonces ya no había manera de retenerlos. Cenaban a las diez, tras un largo paseo por el Mirador, y volvían a desaparecer hasta las doce o la una. Al día siguiente el doctor Esparival, que seguía madrugando, presa de un insomnio rebelde a las pastillas, las duchas y las caminatas, atravesaba la casa silenciosa tomada por los durmientes, entre ropa tirada sobre las sillas, zapatillas y chanclas desparejadas, salpicadas de arena, llenas de humedad, con una sonrisa indulgente en los labios. Para no hacer ruido no llamaba al ascensor. Compraba el diario en un kiosko, y se dirigía a la estación de autobuses a beber despacio, saboreándolo, su primer café.
¡Cuántas lecciones tuvo que repasar aquellos veranos! La Historia de las Invasiones Bárbaras, las declinaciones, los verbos irregulares, las derivadas… Valerio, impulsivo y fantasioso, a duras penas le escuchaba, cruzando y descruzando los pies, atento a cualquier cosa que pudiese distraerle. Casi tenía que atarlo a la silla. En cambio Fernando, grande y abúlico, se adormilaba en su silla de anea, pues aprovechaban para repasar las horas de más calor. De la sala les llegaba, intermitente y vago, el rumor del televisor que daba un programa de fiesta o una teleserie de moda.
Cuando eran más pequeños llegaron a tener un perro, un cocker llamado Perry, por Perry Mason, que siempre andaba por la casa malhumorado, ensuciando, mordisqueándolo y desordenándolo todo, y que un día desapareció misteriosamente. Luego vinieron de golpe las chicas, embutidas en bañadores infantiles, armadas de miradas y sonrisas lánguidas y embaucadoras, que jugaban al Cluedo y al Monopoli dándose pataditas por debajo de la mesa, y que al atardecer, transformadas en heroínas enigmáticas, las cabelleras envueltas en sedosos fulás, y los vaqueros apretados y rotos, señalándoles en el bolsillo trasero el primer paquete clandestino de cigarrillos, volvían para hacer el recorrido de las terrazas, a la luz de las estrellas, a cambiar el zumo de naranja por la cerveza y el cuba libre, los juegos de mesa por las manitas y los besuqueos. Bienvenido tenía que soportar entonces, hasta bien pasada la media noche, las aprensiones de su mujer, que miraba cada cinco minutos el reloj, repitiéndole siempre lo mismo, a modo de conjuro: ¡déjalos divertirse, son jóvenes! En su opinión, los sitios de verano eran antros de prostitución, alcohol, y drogas. Ni siquiera cuando un día trajeron a Valerio inconsciente y tuvo que reanimarlo con bencina cambió su punto de vista sobre el tema, tolerante e indulgente. La juventud lo justificaba todo. Mercedes, en cambio, le recriminaba su indiferencia y su apatía monstruosas respecto a su familia. ¿Qué haría si viera a sus hijos al borde de un precipicio? No le perdonaba que él pudiese estar tan pancho y tranquilo mientras ella sufría.
Fue entonces, cuando Fernando ya tenía quince o dieciséis años, cuando Bienvenido cambió al fin su SEAT eterno, irrompible, por aquel elegante PEUGEOT de setenta caballos, que hacía a la gente volver la cabeza y murmurar aquella frase cuyo final invariable, atrapado con delicia por los oidos atentos de Mercedes, era “…del médico”. El primer verano les sirvió para todas sus excursiones, pero al año siguiente los chicos empezaron a cansarse y a escabullirse. Además de avergonzarles el que los vieran con sus padres, preferían las motos, y aquí sus progenitores fueron inflexibles. Las bicicletas según ellos, eran cosa de niños, y los coches, de viejos. Siempre habría de todas formas gamberros dispuestos a llevarlos de paquete, carretera arriba carretera abajo, los faros inciertos, el tubo de escape furioso y estridente.
El PEUGEOT, blanco leche, el color que Mercedes había elegido, por llevarle la contraria a su cuñada, quedó pues para sus paseos, para ir a comprar a Motril o incluso para subir a Granada, cuando a su mujer se le ocurría que habían olvidado algo indispensable, que tal vez la casa estaba inundada o habían entrado los ladrones. En tales casos, como los chicos ya eran grandes, los dejaban a cargo de Virtudes o de una chica del pueblo que les hacía la casa dos días por semana.
Cada año, al llegar el verano, Bienvenido descubría el cambio de sus hijos, y lo diferentes que eran Valerio y Fernando entre si. Ya fuera porque durante el invierno las ocupaciones les impedían verse y estudiarse con atención: la Facultad, la clínica y la consulta privada del padre todas las tardes; el Instituto y muy pronto la Universidad, y los amigotes de los hijos. Por otra parte, al hacerse mayores uno y otro se volvían cada día más suspicaces y reservados. Ahora tenían sus propios mundos e intereses y, en los pocos minutos en que podían franquearse, solía establecerse entre padres e hijos un nuevo e incómodo silencio que anunciaba el fin de la infancia.
Valerio era alto, algo cargado de espaldas, celoso y rebelde: un destello de rebeldía brillaba permanentemente en sus ojos pequeños y turbios. Y, con todo, seguía siendo una buena persona, noble y fantasiosa, obsesionada en el fondo por el éxito social, necesitado del reconocimiento de los demás, y sobre todo, de cariño. Aparte de esto, era mal estudiante, trabajador en lo que le gustaba (destripar y desmontar cables, tornillos, piezas de toda clase de aparatos y motores); alocado a veces, sensato siempre; muy sensible pero de arrebatos imprevisibles y violentos; trasnochador libidinoso, adicto a las mujeres, pero preso en su propia timidez, con un barniz de romanticismo incurable; ateo de ideas rotundas y cristiano partidario del reparto de todos los bienes y tesoros del Vaticano entre los pobres, en el fondo profundamente conservador; abocado a una vida aventurera y rutinaria; dueño de un saber vasto y disperso, sobre los más variados temas, rayano en lo enciclopédico, fruto de su inclinación autodidacta y de su desprecio, de su alergia a las clases, los cursos oficiales, y los maestros. Acabó, a duras penas, el Bachillerato, y no completó el primer curso de la Facultad de Físicas. En el Instituto no tuvo todas las novias que hubiera deseado, pero conoció a la que sería su mujer, Julia, una mujer de carácter, hija de un rico empresario que lo colocaría en una Aseguradora.
Fernando era completamente distinto, y sin embargo nadie hubiera dudado que eran hermanos: esbelto y atlético, de mirada abierta y abúlica, era un hombre atractivo, el típico guaperas que consigue todo lo que quiere sin esfuerzo. La timidez de Valerio era en él casi patológica. Todo lo que su fachada y porte prometían, lo echaba por tierra su carácter, su falta de iniciativa y su baja autoestima. En cambio, era la nobleza personificada: se hubiera arrojado sin dudarlo a las ruedas de un autobús para salvar a un perro vagabundo. Cuando se hurgaba, se descubría en él una fina inteligencia y un criterio original sobre los más diversos asuntos. Asimilaba con la misma facilidad y rapidez con que olvidaba, y el resultado era un expediente académico mediocre que además, en su caso, no se compensaba con la curiosidad universal y la inclinación autodidacta de su hermano. Fue pasando de curso en curso como de novia en novia, sin esfuerzo, y casi avergonzándose de su buena suerte. Quería con locura a su hermano y jamás fomentó su envidia, aunque él era el principal objeto. Aunque durante el año prefería pasarse las tardes, y en vacaciones los días enteros, sin hacer nada, tumbado, fumando como hipnotizado frente al televisor, sin prestarle tampoco demasiada atención, con todo los sucesos más insólitos e inesperados terminaban arrastrándole y enredándole. Tocado por la aventura, carecía por completo de la vocación del aventurero. Siempre iba elegante por una especie de instinto, que se hacía extensible a sus movimientos y sus gestos, aunque apenas se fijaba en lo que se ponía por la mañana. Hasta una edad, frecuentó los mismos círculos y ambientes que su hermano, hasta que éste intentó atraerlo a su pasión por los cachivaches y las mujeres. La reacción de Fernando fue replegarse en su dorada pereza, y dejar que las chicas que revoloteaban a su alrededor, fascinadas por su parecido físico con James Dean, se desengañasen solas y de paso lo fuesen dejando en paz. En cuanto a Valerio, aceptó con desdén esta pasividad inexplicable, pues sus celos carecían de maldad, profundidad y rencor. Así, Fernando se diplomó en Empresariales y se convirtió en un soltero atractivo y noctámbulo; fumador empedernido, siempre con la página de ofertas de empleo del periódico subrayada en balde, junto a la taza de café llena de colillas, pues necesitaba completar con cursos y másters lo que le habían enseñado en la Facultad. Cuando Valerio ya estaba casado y colocado en su oficina, él seguía vagando entre semana, hasta altas horas de la noche, por los pubs de Granada, con sus amigos y sus ex compañeros de Instituto, esperando que la vida, amable con él hasta entonces, siguiera tomando las decisiones.
Bienvenido fue descubriendo todo esto poco a poco, hasta donde un padre puede conocer a sus hijos, y sobre todo en los veranos, cuando la mesa revuelta de libros escolares, gramáticas, calculadoras y libretas, desapareció ante la negativa rotunda de los jóvenes de repasar con él las asignaturas de septiembre. En esto, y en todo, hubo de plegarse. Luego los chicos, que seguían sin querer reanudar sus viejas excursiones, empezaron a pedirle prestado el coche aún antes de sacarse el carné de conducir, con el pretexto de aprender, para lucirse en realidad con sus amigotes ante las chicas. Algunas noches ni siquiera volvían. Bienvenido se vio así, como en el invierno, sólo frente a su mujer y su cuñada, una tarde tras otra, delante del televisor. El sol implacable le impedía salir fuera de la primera hora de la mañana y del atardecer. Por fin, al empezar la Facultad, Valerio y Fernando comenzaron a quedarse en Granada temporadas cada vez mayores, y a bajar a Torrenueva sólo alguna semana en Julio o en Agosto, cuando la ciudad se quedaba desierta o el calor se hacía insoportable.
Cuando cumplió los sesenta, con los hijos recién casados y el primer nieto (hijo de Valerio y Verónica) en camino, Bienvenido dejó de recibir invitaciones a Congresos y regalos de las Casas Farmacéuticas y de las Compañías de Seguros. De repente el buzón, atiborrado hasta entonces cada fin de semana de prospectos e invitaciones, empezó a desahogarse. El teléfono sonaba cada vez menos, y los pocos pacientes que, por un prurito moral profundamente egoísta a juicio de su mujer, había atraído a su consulta privada, comenzaron a desertar a otros doctores de más postín. Bienvenido seguía con sus clases y sus enfermos de siempre pero algo había cambiado, como envejecido en torno suyo. Todos los días, si no acababa demasiado tarde (y cada día acababa un poco antes), invitaba a Mercedes y a Virtudes a dar un paseo en el PEUGEOT, lo único que seguía intacto, impecable, como el resto de un naufragio cada vez más evidente. Normalmente las dos mujeres accedían, aunque a regañadientes: Mercedes se instalaba delante, con la misma pompa que si fuese en una calesa, con aires de señora; Virtudes, eternamente enfurruñada, espiaba desde atrás por el retrovisor los gestos de su hermana pequeña, bajaba la ventanilla o tarareaba un fragmento de zarzuela sólo para molestarla. El doctor Esparival no se había percatado de estos pequeños cambios que acabamos de describir. Pero Mercedes, que pese a su pánico al avión y al barco, y su invencible pereza a alterar lo más mínimo su rutina cotidiana, llevaba cuarenta años quejándose de que su marido no la había sacado jamás de Granada –y subrayaba el singular ante la solterona de su hermana-, guardaba en un cajón de su mesita de noche todos los prospectos de los Congresos a los que los habían invitado en vano: Madrid, Barcelona, Túnez, Roma, ¡París! Ella fue la primera en darse cuenta de aquello, y lo vivió como una catástrofe más: un médico viejo, sin ambiciones, que llevaba seis lustros sin cambiar de silla ni de utillaje bucal, y que se negaba por sistema a recomendar a sus pacientes las últimas novedades científicas, ya no interesaba a la Bayern ni a la Hoesch, ni a esas empresas alemanas de nombres solemnes e impronunciables, que antaño atiborraban su buzón. Para colmo, sus hijos no habían seguido sus pasos. ¿Para qué voy a renovar esto?, decía señalando perplejo en torno suyo una consulta imaginaria, ¿si tus hijos no serán dentistas? Es culpa únicamente tuya que no lo sean, le replicaba su mujer. Aquellas tardes en la terraza de Torrenueva empeñadas en repasar sus dichosas asignaturas pendientes para septiembre, no habían servido más que para alejarlos aún más de los estudios. Ahora resulta, replicaba él, agrio, dando un volantazo, que yo tengo la culpa de que no hayan querido estudiar. Tú y esa de ahí atrás se lo habéis permitido todo. Y la discusión proseguía sin fin, ahora a tres voces, atronando en el cubículo aéreo del coche.
Si a Bienvenido Esparival se le ocurría recordarle a su mujer su aversión a viajar, su pánico al avión y al barco, y aún al tren, ella le interrumpía congestionada. A veces pasaban días sin hablarse. Él tenía entonces que dormir en el sofá del comedor, larguirucho y desmadejado, como un títere triste, y a la mañana siguiente, de un humor de perros, se iba a desayunar solo a la calle y no volvía hasta la hora de comer, ni telefoneaba.
Poco a poco, sin embargo, aunque con sorprendente retraso, el doctor Esparival descubrió que lo mejor, lo mejor para él, era no llevarle la contraria a su mujer en nada. Nada la exasperaba tanto, sin embargo para él la discusión terminaba en la primera réplica y podía entregarse a su soledad. Su cuñada, percatándose de esta artera maniobra, azuzaba a su hermana poniéndose de su parte: ¿no ves que te da la razón como a los tontos? Pero Mercedes la rechazaba y, al principio, salía llorando, se encerraba en su cuarto a oscuras. Conforme fue acostumbrándose, fue acortando sus réplicas y aprendió al arte sutil de herir con el silencio.
Virtudes era la típica solterona desubicada. Había sido guapa de joven, pero las circunstancias, una educación excesivamente ahormada, y unas expectativas desmesuradas, habían espantado uno a uno a todos sus pretendientes, creándole la fama de mujer estrecha y virtuosa. Cuando quiso darse cuenta ningún hombre se acercaba ya a ella. Al borde de la treintena, muertos los padres, se fue a vivir con su hermana pequeña recién casada con un médico. Por esos días entró en una profunda crisis personal: ensanchó sus escotes a lo Pompadur y empezó a usar Wonderbrás; alargó sus tacones; alegró el colorido de sus vestidos y sus medias, atrevidas; cambió de perfume; guardó las estampas de los santos y las vírgenes; modernizó el peinado; empezó a fumar cigarrillos mentolados, a leer novelas y a hojear el periódico en la cafetería de Galerías Preciados.
Para colmo, su hermanita la zahería. No valía la pena tomarse tantas molestias por los hombres. Virtudes no le perdonaba que siendo la más pequeña, y bastante menos guapa e interesante que ella, se hubiese casado antes. Claro que conociendo a su cuñado, un pánfilo mayúsculo, era comprensible. Y Mercedes siempre había sido ligera. Así que, poco a poco, sin darse cuenta, comenzó a darle la razón para sus adentros: los hombres no merecían la pena, tal vez algunos fuesen una excepción, pero ella no los conocería nunca, porque seguramente pertenecían a otro mundo. Al cabo, su cuerpo perdió las últimas redondeces; su cara se alargó aún más; sus ojos se endurecieron y se volvieron penetrantes y fríos; y el tiempo cayó definitivamente sobre ella.
Cuando nacieron sus sobrinos descubrió que le gustaban los niños y que se le daban bien, y eso la consoló de su incalculable fracaso. Los sentaba en sus rodillas, les contaba mil chismes disfrazados de cuentos, y sobre todo les permitía cogerle y romperle todas sus cosas. Para educarlos en el sentido estricto del término, no servía ni tenía vocación. Pero los niños eran felices y despiadados con la tía Virtu, a la que muy pronto no le quedó un joyero, ni un libro, ni un pañuelo, ni un pote de crema intacto. Jamás intentó, cuando era tiempo, que leyeran, o dibujaran o escribieran ni una línea. Con su pequeño sueldo de administrativa, pues tenía el título de bachiller a falta sólo de dos asignaturas, les compraba todos los caprichos a su alcance: entre estos, también libros de moda, como “Los Héroes en Zapatillas”, o “Las Aventuras de Astérix”, que los niños recibían con grandes aspavientos, abrían, desencuadernaban, pero jamás leían. En Torrenueva era ella quien los bajaba a la playa cuando ya no podían aguantar más en el apartamento, bajo un sol de plomo; ella quien acudía a su rescate a la terraza donde su cuñado los encerraba después de comer; y andando el tiempo, ella sería quien taparía sus tropelías, sus primeras borracheras, sus regresos extemporáneos de madrugada, pues tenía el sueño ligero; y quien les suministraría bajo cuerda los primeros cigarrillos pipper mentolados.
Con todo, Valerio y Fernando nunca llegaron a quererla, o para ser más exactos, la querían pero sin apreciarla, como a una señora extravagante o una pariente pobre. Si Virtudes se percató o no de este desprecio nunca llegó a manifestarlo. La ingratitud formaba parte de la remuneración del afecto. Tal vez un hombre, de haberlo encontrado, la hubiera pagado con la misma moneda o tal vez no, nunca lo sabría. En cualquier caso, a ella le bastaba con quererlos a su manera para sentirse feliz. Lo demás no era asunto suyo.
Así, fue ella quien un día les facilitó las llaves del coche. Cuando en una curva desdichada, a las afueras de Torrenueva, el PEUGEOT se estrelló contra un buzón de correos, no dudó en echarse toda la culpa. De haber podido se hubiera autoinculpado como la conductora, pero la policía ya había detenido y tomado declaración a los verdaderos infractores, que pagarían su diablura con una multa (sin paga durante seis meses) y con una reprimenda fenomenal. Aquel incidente reavivó los chismorreos sobre el coche y la familia del médico. Por aquella época, aún eran raros los coches extranjeros, y quien los tenía pasaba bien por rico, o por deseoso de aparentar lo que no era. En este último grupo desdichado se incluyó a la familia del doctor Esparival. Por su parte, Virtudes a diferencia de su hermana nunca participaba en tales coloquios, que solían desarrollarse en el patio al caer la tarde, coincidiendo con el regreso de los bañistas. Prefería sentarse en su silla plegable, algo apartada, pretextando una incipiente sordera, y enfrascarse en la lectura de novelas del oeste clásicas, de Estefanía o de Zane Grey, o en los crucigramas del periódico. La mayoría de los vecinos, también propietarios de apartamentos, eran de Granada, coincidían solo los meses de verano: durante el resto del año, aunque viviesen a pocos metros en la capital, no se trataban, como perfectos desconocidos. Estos vecinos, con sus hijos y sus sobrinos respectivos, vieron crecer a los pequeños Esparival, conocieron al detalle sus idas y venidas, sus compañías, sus aficiones, y sus defectos, y las ventilaron a su gusto noche tras noche en el patio, bajo las estrellas. En cuanto al episodio del coche, fue más aparatoso que grave. Tras una semana en el taller quedó como nuevo, y volvió a reavivar las maledicencias sobre la familia del médico y su coche francés. Mercedes, halagada, se paseaba todos los días por el pueblo con la ventanilla bajada. Con el tiempo, cuando España ingresó en la U.E. y los turismos extranjeros se popularizaron, dejó de provocar comentarios, y a Mercedes empezó a parecerle un trasto inútil, anticuado, y ridículo.
El accidente animó a Virtudes a sacarse el carné de conducir en las vacaciones. Se apuntó a una autoescuela del pueblo, dio algunas clases, pero ni siquiera llegó a presentarse a la prueba teórica. Cuando casi estaba preparada, había que hacer de nuevo las maletas y volver a Granada. Así estuvo tres años, hasta que sus sobrinos, primero Valerio y luego Fernando, se sacaron el carné de conducir, y se sintió eximida de hacer lo propio.
Entretanto, los chicos se hicieron mayores, ellos envejecieron, y el PEUGEOT seguía intacto. Según Valerio, porque era un modelo antiguo, de cuando los ingenieros aún no diseñaban los autos para que se estropeasen al cabo de cinco o seis años, y durasen como máximo, diez. Sea como fuere, cuando el propio Valerio se casó (antes de que su suegro les regalara el flamante OPEL CORSA metalizado), el PEUGEOT del doctor Esparival les sirvió para la boda y para el viaje de novios al sur de Portugal. Durante los diez días que duró la luna de miel, Mercedes acribilló a su marido por permitir que su hijo y su nuera arriesgasen su vida en aquel trasto, nada menos que en las carreteras de Portugal, y sacó a colación el accidente del buzón de Correos y la irresponsable complicidad de su hermana en él. Pero los novios regresaron sin novedad, el coche volvió intacto, sin un rasguño, y con él, el primer nieto en camino, para el verano.
Verónica, antigua compañera de empresariales de Fernando, dos años mayor que su hermano, poseía todo el carácter y la determinación que le faltaban a Valerio a quien conoció a través de aquél: quiso estudiar y estudió; luego, deseó trabajar en uno de los negocios de su padre, cuyas actividades lucrativas abarcaban todos los productos de la vega y la campiña cercanas a Granada, desde el tabaco y el girasol, hasta el aceite de oliva y los jamones, además del negocio de solares en la propia capital, y trabajó con él; se encaprichó con Valerio, por uno de esos humores inexplicables, y porque en el fondo caló al vuelo su docilidad y su bondad, y el chico no carecía de atractivo, era atolondrado, infantil e hijo de un médico, y se casó con él; por último, quiso tener un hijo y pasó por encima de la débil oposición de su consorte, pues para eso entre otras cosas se casaba la gente: el hijo, a quien puso el nombre de su Padre, Dámaso, nació a finales de junio, un día bochornoso y deprimente, en el hospital de la Inmaculada.
Verónica no fue una mala nuera para Bienvenido: lo quería a su modo, al igual que a Mercedes, a la tía Virtudes, y al tarambana abúlico de su cuñado Fernando, a su manera distante y fría, pero sincera. Todos los días, puesto que se habían instalado en la capital, cerca de la antigua estación de autobuses, le hacía su visita a la familia política, antes y después del nacimiento de Dámaso. El ritual se repetía idéntico cada vez: Verónica llamaba con dos timbrazos, ni uno más ni uno menos; subía por las escaleras, pues los ascensores la aterrorizaban, con paso uniforme, y se plantaba en el comedor; tiesa en su silla de respaldo alto, bebía a sorbos cortos su café amargo, dejando caer de vez en cuando alguna observación. De inteligencia rápida, formada (había leído a los clásicos españoles y universales, aunque sin engolfarse en fantasías), solía hacer apreciaciones objetivas, sensatas e inteligentes. Algo rígida en sus principios, cuando consideraba que su marido se apasionaba en exceso, alzaba demasiado la voz o prolongaba misteriosamente sus ausencias junto a su hermano, en el dichoso ordenador, lo llamaba con una voz clara, tranquila y firme, que no admitía réplica. Bienvenido se preguntaba qué habría visto su hijo en ella, pues aunque era guapa, lacia, morena, de ojos grandes, algo seca y metida de hombros, pero bien formada de caderas, piernas y todo lo demás, no podía ser más distinta de su hijo, (claro que tampoco se explicaba qué había visto él mismo en su mujer, allá en su juventud, una chica preciosa pero con la que no tenía ninguna afinidad). Tal vez su falta de firmeza y de objetivos en la vida, heredados por sus hijos hasta donde estas cosas pueden heredarse, le había llevado a dejarse arrastrar en exceso, con fatalismo, por las circunstancias.
Su suegro, Dámaso, sólo puso una condición al noviazgo de su única hija: que el chico, puesto que no era estudiante aunque indudablemente sí de buena familia, trabajara y empezase como había hecho él mismo, desde abajo. Así, aunque hubiera podido colocar a Valerio en cualquiera de sus empresas o en un puesto mejor, pues tenía muchas y muy buenas relaciones en Granada, prefirió recomendarlo para un puesto oscuro y sin porvenir, en Aseguradora local. Valerio se vio así de la noche a la mañana, cumpliendo un horario de mañana y tarde, en un negocio sin encanto y que no entendía, donde era además el último mono, y esperando su primer hijo. Su suegro, principios y pedagogía aparte, era un hombre generoso: en cuanto vio que su yerno cumplía (no se preguntó si era feliz, pues daba por sentado que nadie decente lo es), en cuanto comprobó en definitiva que aceptaba sus condiciones, le regaló aquel OPEL que él apenas había utilizado para visitar de vez en cuando sus almacenes y sus secaderos, y comenzó a buscarles un pisito en Granada pensando ya con regocijo en sus nietos. Gracias a sus relaciones con cierta Caja de Ahorros les consiguió una hipoteca en condiciones excelentes y les ayudó, con sus propios camiones y peones, en la mudanza, que hicieron en una mañana, pocas semanas antes de que naciera Dámaso.
Verónica, dura e inteligente como su padre, llevaba sus principios de trabajo y disciplina aún más lejos que aquél: Fernando, su cuñado, con quien había coqueteado al principio, marchaba francamente a la deriva. Como si todos los días fueran sábados, desaparecía al final de la tarde sin que nadie supiera dónde ni con quién andaba, y sólo volvía a vérsele a partir de las doce o la una del mediodía siguiente, ojeroso, desgreñado, fumando uno de aquellos Pipermint de la tía Virtudes. Esta vida despreocupada y aventurera sacaba en primer lugar de quicio a Valerio, que ya había empezado a engordar y a palidecer en su oficina. Bienvenido, cogido entre dos fuegos, entre los dimes y diretes de Mercedes, Virtudes, Valerio y Verónica, celosa al fin y al cabo de quien fuera su galán de la Facultad, se alegró cuando al fin, ésta última, apareció un día con un trabajo para su ex, como preparador en la única autoescuela de su pueblo. El que menos se alegró fue el propio interesado, que vio en todo aquello una encerrona. ¿Pero qué podía hacer? Recién nacido su sobrino, aquel mismo verano, comenzó a trabajar. Y a las pocas semanas se enamoró de la administrativa de la autoescuela, Lucía, una cordobesa alta, morena y melosa, encandiló también a Valerio. Éste, por primera vez en su vida, se sintió conforme con el derrotero que tomaba la vida de su hermano, y se consoló de la frialdad de su mujer, del sinsentido de su trabajo, y de su pánico de padre primerizo, dándole consejos que a él mismo no le habían servido de nada sobre el trabajo y las mujeres.
Lucía lo convenció para que le enseñara a conducir en el PEUGEOT de su padre. Al principio Fernando dudó. A las horas de trabajo debía sumar, ahora, aquellas clases extras. Prácticamente ya no tenía tiempo libre, pero ¿para qué le había servido hasta entonces? Sentía que su vida se deslizaba por una pendiente y que, al final, haría todo lo que le dijeran. Si no era Lucía sería otra, tal era su destino. Le pidió, pues, el coche a su padre, y éste se lo dejó sin reservas. Los sábados por la tarde o los domingos por la mañana empezaron a subir al Llano de la Perdiz donde, antaño jugaba al fútbol con sus compañeros del colegio, antes de la época del Instituto. Allí seguían las mismas piedras inexplicables, los cimientos rojos, ceñudos como jeroglíficos; el pinar lleno de pájaros que se asomaba a la Alhambra y a la ciudad, envuelta en un velo de suciedad.
Lucía se cansó pronto de las clases, y el coche acabó convirtiéndose en un pretexto, en un refugio para sus juegos. Ahora al caer la noche aparcaban en una curva solitaria, y allí se entregaban una o dos horas a sus escarceos eróticos, a menudo entre otros coches igualmente cerrados, atravesando las fases inmemoriales del descubrimiento, la torpeza, la experiencia y la rutina.
Al principio, era delicioso perderse en el pelo, largo, negro, sedoso, perfumado; la piel exhalaba un olor a almendras y a humo; era delicioso prolongar cada beso en la convicción de que el siguiente, más largo y apasionado aún, sería distinto. Pese a sus respectivas estaturas, casi idénticas, se acomodaban perfectamente en el asiento de atrás, mientras la noche ascendía desde la ciudad. Un coche nuevo parpadeaba en la entrada de la curva; otro, en el que no habían reparado, surgía de la mole negra del pinar. Nadie les molestaba. Ni siquiera tenían que hablar, que entablar esas largas, intrincadas, espinosas y circulares conversaciones de los enamorados. Fumaban medio paquete de Pipermint de la tía Virtudes, en silencio, o entre monosílabos casi suspirados, contemplando las luces de la ciudad, la infinidad de las estrellas.
Al día siguiente en la oficina les bastaba una mirada, un guiño, una sonrisa, para estremecerse. Por su parte, el doctor Esparival comenzó a encontrar en el coche los restos de aquel naufragio amoroso: mechones de pelo, un pendiente, un lacito, una colilla, unas llaves desconocidas. Le devolvía todo a su hijo y le aconsejaba que tuviera mucho cuidado, resignado de antemano como quien ve crecer la antigua riada a las puertas de su casa. De nada servía la experiencia ajena, cada generación repetía puntualmente todos los errores de la anterior, y lo único que cambiaba eran el escenario y las circunstancias. Con todo, su obligación era advertir a su hijo, aunque ello fuese completamente inútil.
Cada pareja sentía el amor, su amor, como algo único, como si fuese la primera vez que tal sentimiento se manifestaba sobre la tierra. Ocurría lo mismo con el resto de las emociones y las experiencias humanas. La vida, sin embargo, era una lucha inacabable y angustiosa, que siempre acababa de la misma manera; la rutina, algo inevitable y previsible. Lo que los jóvenes y los que así se sentían pedían a la vida, ser diferentes, era tan absurdo como esperar del Universo que cambiara sus reglas, aunque fuese por una fracción de segundo, lo que dura una mirada o un beso primerizo de amantes.
Todos estos consejos, más o menos adornados, chocaban a Fernando. Bienvenido no quería ir más lejos, ¿hubiera podido? No era un Filósofo ni un Casanova. En cuanto sentían que alguien se acercaba, cambiaban de conversación como dos ladrones. Por primera vez en muchos años se sentían unidos, aunque fuese en una empresa desgraciada, pero algo era algo.
Un día al entrar en la autoescuela como siempre, a las ocho en punto, Fernando se topó con Lucía y sintió un inexplicable escalofrío. En cuanto se quedaron solos, ella le confesó que estaba embarazada. ¿Estás segura? Claro. Le pidió que la abrazara, y que no fumara pues podía hacer daño al niño, su hijo. Estas palabras, embarazo, hijo, boda, unidas a otras que de pronto cobraban un nuevo significado (trabajo, casa, sueldo, coche), se apoderaron de pronto de sus conversaciones, y se enseñorearon de su vida. ¿Me quieres? Sí. ¿Estás seguro? Claro que sí, chatita. Pero ahora, de pronto, estaba deseando irse, subir al coche, empezar las clases cuanto antes.
Esa misma semana comenzaron a buscar piso. Mayo era un mes difícil para encontrar iglesia, pero tuvieron suerte. Al mes se casaban en San Gil y Santa Ana, en una ceremonia íntima y discreta.
Cuando Damasito daba sus primeros pasos en el comedor de sus abuelos, nació el segundo nieto de Bienvenido, Jorge, y Verónica y Valerio lo apadrinaron en el sagrario de la Catedral.
Hacía tiempo que Dámaso, su consuegro, medio en broma medio en serio, venía convenciéndole de que comprara el piso de Granada donde llevaban alquilados por lo menos cuarenta años. Compra el piso y la cochera y, si te arrepientes, los vendes en un par de años. Según él, los precios de la vivienda iban a subir muy pronto como la espuma. Cuando, en el descanso del partido del Real Madrid que ambos veían, aislados por el prestigio incontestable de Dámaso de la turba familiar, éste último se enteró de que el doctor Bienvenido tenía sus ahorros en obligaciones y acciones de la Telefónica, se echó a reír. ¡Tira eso, compra Bancos y Constructoras! Pese a su apariencia pueblerina, ventrudo, narizotas, colorado, los dedos amarillos del tabaco, Dámaso era un entendido en los negocios de altos vuelos: en efecto, terminaba la década de los ochenta los Bancos empezaron a fusionarse, y poco después empezó el boom de la construcción. Desgraciadamente, Bienvenido no le hizo caso.
Ocurría lo siguiente: su consuegro era íntimo, por haber sido condiscípulos en los PP. Escolapios antes de la guerra, del dueño de la casa. Recordó a voces sus correrías por la vega, sus expediciones al río, sus novillos y sus diabluras. Podía convencerle, aunque tenía un hijo en la Universidad y una hija, la pequeña, trabajando ya en Bruselas, que esperaban que les repartiese en vida, podía intentar persuadirles en nombre de su antigua amistad y de otros intereses, de que les vendiera a un buen precio. Bienvenido dudó, como siempre, ocultó su indecisión tras una sonrisa, y prometió pensárselo. En ese momento el Madrid encajó un gol de penalti y no se volvió a hablar del asunto. Seguirían de alquiler.
Fernando, Lucía y Jorgito se habían mudado hacía poco a un piso próximo, cerca de los abuelos, y el lúgubre comedor de los Esparival se transformó de la noche a la mañana en una guardería clandestina: el parque plantado en el centro, rodeado de carritos; juguetes y peluches esparcidos por el suelo, las sillas y la mesa; biberones, chupetes, toallitas, pañales, cremas, botes de colonia de bebé. Un coche desarticulado y una pelota de Damasito, que ya corría como un explorador por el pasillo y las habitaciones, otrora tranquilas y muertas. El olor dulzón, acre, de los niños; los gritos, el llanto; los colores chillones; las disputas, se enseñorearon definitivamente de la casa.
Un día su consuegro se presentó con una oferta irresistible: tan buena era, que había decidido encargar por su cuenta los billetes y dos habitaciones en el Hotel Pombal de Lisboa y en el Luxor de Madrid. El viaje en autobús, por la Vía de la Plata, y la vuelta en tren, por Madrid, para ver el Museo de Cera y el Prado, duraría aproximadamente una semana. Él ya había estado en Lisboa hacía años, había bajado en el trasbordador del Tajo y conocía todos los castillos y los monasterios de los alrededores. Una preciosidad. Mercedes y Bienvenido no daban crédito, arrollados por su entusiasmo, no acertaban a balbucear una objeción, y acabaron dándole las gracias por pensar en ellos, sorprendidos de sí mismos.
Terminaba el verano que aquel año había sido fresco y tormentoso. Sólo en dos ocasiones, Bienvenido, Mercedes y Virtudes habían bajado a la playa, en el incólume PEUGEOT, para quitarle un poco el polvo al apartamento y dejarse ver. Los chicos hacía siglos que no iban, preferían veranear por su cuenta. Torrenueva, bajo las nubes, aparecía desierta, como fuera de temporada, aunque aún no había acabado agosto. Bienvenido paseó por los cafés, entre las terrazas vacías, recién regadas, hasta el quiosco a por su periódico. Se maldecía por haberse dejado arrastrar tan tontamente a aquel viaje absurdo. Por su parte, Mercedes, que también andaba como sonámbula, se encargó de difundir entre los vecinos, que ya no esperaban verlos aquel año, su próxima aventura, un poco ofendida ante sus rostros incrédulos y escépticos, pero feliz porque su hermana no estaba invitada a aquel viaje extraordinario, y porque sabía que, en el fondo, mal que lo disimulasen, los envidiaban.
Como Julia, su consuegra, estaba delicada desde hacía años, padecía una hepatitis incurable, los iba a acompañar una enfermera. Harían fotografías, un reportaje. Y tal vez el próximo verano fuesen a Marruecos o a Túnez.
Todo estaba preparado y listo cuando, al subir a la altura del valle de Lecrín, el PEUGEOT se paró en seco y empezó a echar humo por los bordes del capó. Una pieza del motor se había fundido. Mercedes ironizó sobre aquel cacharro, emblema de la dejadez incurable de su marido, y siguió refunfuñando bajo una encina hasta que llegó la grúa. Caía un sol de justicia. Virtudes fumaba, la vista perdida en el invisible Suspiro del Moro, más allá de Padul, encerrada en un silencio despechado. Bienvenido paseaba, inquieto, pensando en el viaje inminente, en el apartamento de Torrenueva cerrado, y en el coche estropeado al borde de la carretera.
Al día siguiente, ya entrada la noche, hicieron las maletas. A las seis de la mañana tomaron un taxi que los dejó en la estación de autobuses. Habían pensado dejar su coche en el aparcamiento hasta que pudiera recogerlo alguno de sus hijos. Dámaso acababa de acomodar a Julia en el autobús y los invitó a un café. El bar ya estaba abarrotado. Hablaron del tiempo, del viaje, y del PEUGEOT estropeado, que recogerían del taller a la vuelta.
El viaje de ida les hizo mal tiempo. Hasta Sevilla lució el sol, y el aire acondicionado del autobús apenas les aliviaba el sofoco de afuera. Pero al pasar Huelva hacia Extremadura, por la Vía de la Plata, comenzaron las tormentas. Les cayó un pedrisco, entre truenos y relámpagos espectaculares. La carretera era estrecha, mal asfaltada, llena de curvas y camiones. Así que avanzaban penosamente, y cuando dejaron atrás el último restaurante obligatorio, antes de Mérida, comenzó a hacérseles de noche. Dámaso no paraba de ponderar el paisaje. Les contó por enésima vez el origen de la expresión “Vía de La Plata”, que no tiene nada que ver con la plata americana de los descubridores sino con la que extraían los romanos del norte de Huelva y el sur de Portugal. Bienvenido cabeceaba, sonriendo. Mercedes, los ojos cerrados, simulaba dormir, entre su consuegra y la enfermera, que le daban conversación desde el otro lado del pasillo. Al llegar a Mérida (Emérita Augusta), Dámaso, que debía haber pasado el último mes en la Biblioteca de su pueblo, le explicó al doctor Bienvenido que en su origen, la ciudad fue un campamento romano (de ahí su trazado rectilíneo, en damero, en torno al río); cómo Roma, tras la derrota de Cartago en Hispania, hubo de someter una a una a las tribus montañesas que se habían aliado a Asdrúbal; cómo las ricas y feraces ciudades del valle del Guadalquivir sufrían el asalto periódico de los bandidos, que la leyenda convertía en héroes como Viriato, hasta que Roma los destruyó. El pobre Bienvenido asentía y callaba. Fíjate cómo conforme vamos hacia el oeste afloran las formaciones de granito, esos pedruscos oscuros que emergen entre las encinas, las rocas más antiguas de la Península Ibérica. A Bienvenido, que llevaba veinte horas sin dormir, aquello le importaba un bledo. De vez en cuando echaba un vistazo rencoroso a su mujer que seguía sin despegar los párpados. Al fin, Julia acudió en su auxilio: “¿no ves que está cansado? ¿Quién te ha contratado como guía?” Era una señora menuda, consumida, de pecho y hombros huesudos, pero firme y mordaz. Su marido la temía. “Pero mujer, tal vez no pasemos por aquí nunca más”. “Ni falta que nos hace, cállate ya”. Corrido, fingiendo que se plegaba a una ocurrencia de enferma, Dámaso se sumió en un silencio enfurruñado, en el que a veces movía los labios como si hablara solo.
Entretanto, la noche reflejaba a ocupantes y bultos en las ventanas. Gruesos goterones se estrellaban contra los cristales trazando caprichosos, laberínticos surcos. El fragor rápido, intermitente de la lluvia, los adormecía.
Pasada la media noche, tras una nueva parada ya en Portugal, llegaron al Hotel Pombal, el mejor de Lisboa según la Guía Michelín y el Libro del Trotamundos, que sobresalían del bolsillo de la chaqueta de Dámaso. Alguien les llevó las maletas hasta la habitación. Grandes y pulidos espejos insinuaban sus reflejos entre verdes macetones y enormes y alegres jarrones (el famoso blanco, azul y amarillo) de cerámica de Cafcais. El recibidor y el vestíbulo aparecían adornados con estucos dorados y óleos de marinas. En una mesita incómoda, baja, charlaban algunos turistas extranjeros, colorados, entre grandes mapas y ceniceros con flores. El ascensor, demasiado estrecho, los obligó a subir en dos turnos. Mercedes aprovechó para quejarse del autobús y decir, con mirada entendida y suspicaz, que nadie le quitaba de la cabeza que allí hubiera cucarachas.
Tras rechazar la insinuación de su consuegro de una visita nocturna al Chiado, por fin se fueron a dormir.
A las siete en punto los despertó el teléfono del Hotel. Su grupo ya estaba preparado para la excursión a pie por Lisboa. Tras un desayuno apresurado en el propio Hotel, subieron al autobús que los dejó en la Praza du Comerzo, donde los recogería a la una del mediodía. Dámaso trataba de explicarle cómo funcionaba su cámara Nikon, y la diferencia entre una postal convencional y una buena fotografía. Julia había pasado mala noche, y se les reuniría más tarde. Podías haberme avisado y la hubiese visto. Estás de vacaciones. Así, se adentraron bajo las arcadas que separan el centro comercial del desembarcadero del Tajo: fachadas cubiertas de cerámica, de un colorido suntuoso, alternaban con otras borrosas, carcomidas por el tiempo y la humedad del río. Grupos de turistas se apiñaban ante los tenderetes del rastro permanente que circundaba la Plaza, donde podía encontrarse de todo siempre que fuese inútil; y ante las pastelarias de las que salía un olor a especias y a café quemado.
Mercedes: yo tampoco he dormido bien. He extrañado mi cama. Bienvenido: ¿qué es eso? Dámaso: el elevador, vamos a subir. Dámaso se acercó al guía: quería ir enseguida al Chiado, y coger el tranvía, el famoso eléctrico amarillo que cruza la ciudad alta. El guía, un chico alto con aspecto de mal estudiante, le aseguró bromeando que lo verían todo, todo, “hasta el cementerio de perros del zoológico”. Tenían dos días completos para pasear por Lisboa, antes de hacer el recorrido de los castillos y las iglesias de los alrededores: Cafcais, Sintra, San Pedro. Insensible a cualquier contratiempo, Dámaso se apoyaba ya en un auto para fotografiar, en contrapicado, la alta y esbelta columna rematada por la figura rechoncha del Marqués de Pombal, solitaria sobre el tráfico.
En el Jardín Botánico, plácido islote de trinos y verdor, se les unieron Julia y la enfermera, que trataba en vano de calmarla, estaba furiosa porque su marido no la había llamado por la mañana. El guía procuraba mantenerse alejado de este grupito tumultuoso.
Antes de volver al autobús, que ya los aguardaba aparcado en la praza du Comerzo, se dispersaron para comer rápidamente por las pastelarias del centro. En Lisboa, tal vez en todo Portugal, rige el horario británico. Antes de las doce la mayoría de los restaurantes ya están llenos de portugueses y turistas, que alborotan o comen silenciosos entre un ir y venir de camareros con botellas y bandejas humeantes. Como hacía buen tiempo se sentaron en una terraza medio cubierta por un toldo, cerca del baratillo que habían recorrido por la mañana. La comida, suculenta y especiada, les dio sed y les devolvió hasta donde era posible, el buen humor, y una atmósfera ficticia de aventura.
Al llegar al Hotel, los Esparival se encontraron en recepción con dos llamadas de sus hijos: se quejaban de que no les hubiesen avisado de su llegada la víspera, y les decían que Jorge se había pasado la noche devolviendo y con mucha fiebre. El doctor Esparival sonrió y contempló a sus anchas, por primera vez, los espejos y las marinas del vestíbulo. Después de la siesta, quedaron libres para ir donde quisieran. Dámaso, con ayuda de uno de sus mapas, los llevó hasta el elevador y subieron al Chiado, visitaron el café a cuya puerta está la conocida estatua sedente del poeta Pessoa, junto al que se fotografían todos los turistas. Al fondo de la calle el horizonte se curva suavemente hacia el Tajo. Darían un paseo en el tranvía amarillo, tembloroso y atestado. Como ya era tarde, dejaron el descenso por el Tajo para el día siguiente. Tras una cena a base de mariscos y vino verde, en el famoso restaurante Fray Papiñas, volvieron en taxi al hotel y se fueron a dormir.
Por la mañana al doctor Esparival le esperaba una sorpresa. En la recepción, plantado como un duque, su consuegro le informó de que acababa de alquilar un coche, un biscuit muy gracioso, en el renta car del Hotel. Antes de que pudiera darse cuenta de qué se trataba, Bienvenido se vio examinando un cochecito repintado, semejante a un insecto recién pulido, de un frágil color violeta. Sin saber cómo, se vio sentado poniendo el motor en marcha, acomodándose en el diminuto cubículo del conductor, mientras su consuegro se estiraba a su lado, en una callecita trasera donde el Hotel reservaba aparcamientos a sus clientes. Suena bien, ¿verdad?, hoy no dependeremos de autobuses, iremos a nuestro aire ¿Pero quién va a conducir este trasto! ¡Tú, si me haces el favor, yo no he traído el carné! Mientras metía la primera y probaba la bocina, Dámaso desplegó un aparatoso plano del distrito de Lisboa sobre sus rodillas enfundadas en unos twets juveniles. Con una ancha sonrisa, señaló en rojo el itinerario de Sintra y Cafcais, e informó que iba a buscar a las mujeres. Apaga el motor, creo que la gasolina va en reserva, sólo tardo unos minutos.
Mientras esperaba, el conductor del autobús y el estudiante guía se acercaron, con aire incrédulo, burlón: tenga cuidado, le advirtió el primero, aquí no se conduce como en España. Que disfruten de su excursión, le deseó el segundo con una sonrisa maligna. Y ambos desaparecieron en el vestíbulo del Hotel.
Mercedes lanzó una exclamación. Julia refunfuñó, dejándose caer aún más en el brazo de la enfermera. Las tres se acomodaron a duras penas detrás, yo tengo que ir delante para indicarle, dijo Dámaso. Arrancaron.
A los cinco minutos estaban en pleno atasco lisboeta. El coche resultó ser peor aún de lo que se había imaginado. Las marchas se atascaban, los frenos apenas respondían, y la dirección era tan dura como un torno de molino. Para colmo, la radio no funcionaba, los amortiguadores estaban pasados, y el fragor les impedía bajar las ventanillas.
Debían cruzar el centro, en plena hora punta, para llegar a la primera circunvalación de Lisboa. En el plano esto era claro y sencillo. Pero desde el biscuit no se veía nada claro. Motos y bicicletas serpenteaban entre insultos y bocinazos. Camiones enormes se cruzaban obstruyendo la visibilidad. Un autobús quedó de pronto atravesado en un cruce, en la glorieta de Pombal, con el semáforo cambiado. Cada quien hacía sonar su claxon. Los semáforos cambiaban tan rápidamente que no daba tiempo ni de avanzar diez metros. Los peatones, impasibles, hormigueaban entre los autos en busca de las isletas, las aceras, las paradas del tranvía.
Bienvenido había conducido una vez, hacía muchos años, por el centro de Madrid, pero jamás se hubiese figurado esto. Lisboa, con todo, era bonita incluso en pleno atasco: un trozo borroso de jardín, una fachada cubierta de azulejos, un escaparate lleno de antigüedades, de libros. De súbito tuvo que arrancar, salir, acelerar. Lisboa quedó atrás como un mal sueño, con todo su encanto.
El Biscuit trepaba ahora fatigado por una carretera estrecha, sembrada de baches, que se encaramaba hacia Sintra. De cuando en cuando alcanzaban un camión, un tractor, avanzaban unos minutos a veinte kilómetros por hora. La polvareda los forzaba a volver a subir las ventanillas por donde entrara el fresco de la mañana. Allá abajo serpenteaba la desembocadura del Tajo, plateada entre frescas arboledas, muros manchados, y tejados rojos.
En el primer surtidor de gasolina les explicaron cómo llegar al castillo de Sintra, donde según la Leyenda reposan los restos del Rey don Sebastián. Luego resultó que estaba cerrado, pero pudieron ver el monasterio y el museo de los navegantes. A Bienvenido le gustó mucho el claustro románico, en cuyos capiteles acampanados se representan borrosas escenas del infierno, en medio de una lujuriosa vegetación de rosales, cipreses, y setos floridos. El campanario del crucero, chato y oscuro, se elevaba en el cielo, rozado por escuadrones de golondrinas.
En cambio, a Dámaso le entusiasmó el museo: las cartas y los instrumentos de navegación; los códices miniados; las maquetas, reproducción de la nao de Vasco de Gama y del infortunado Magallanes; los artilugios y amuletos de los Indios del Orinoco y del Amazonas; una serpiente venenosa; un pedrusco que se presentaba como una esmeralda de Gerais… Sacó muchas fotografías, aunque estaba prohibido. Ni Mercedes, ni Julia, ni Celia, la enfermera, mostraron entusiasmo hasta que llegaron al parador de Cafcais.
Allí, mientras sus maridos subían al castillo, pidieron un chocolate con porras y pudieron descansar antes de emprender el regreso a Lisboa. Dámaso ya los había amenazado con visitar la Torre de Belem, hacer la bajada del Tajo y, si había tiempo, visitar el zoológico en el famoso teleférico.
El castillo, empinado y oscuro, esbelto y rutilante desde el exterior, los defraudó. Bienvenido contó más de trescientos escalones, y se negó a ascender hasta la torre del homenaje, desde donde con buen tiempo, se ven los barcos que vienen de América. En cambio, consintieron en pagar al halconero, apostado en la muralla principal en medio de un grupo de turistas, para que les hiciera una exhibición: el halcón, más bien viejo y destartalado, se lanzó en picado y luego hubo de ascender penosamente en círculos.
Con un sol tórrido, partieron a Lisboa. El Biscuit se deslizaba ahora alegremente por una carretera desierta, flanqueada de álamos y castaños. Recalentado, no podían bajar tampoco las ventanillas por culpa del calor, las moscas, y las abejas. Bienvenido se apresuró a devolver las llaves del coche en cuanto llegaron al Hotel, mientras Dámaso guardaba su cámara y sus planos y revisaba por enésima vez la guantera. El vestíbulo fresco, silencioso, le decidió a encargar allí mismo la comida. Pretextaría que estaba cansado y pasaría toda la tarde tumbado en su habitación, con la persiana medio echada y la ventana abierta. Empezaba a estar harto del dichoso viaje.
No obstante durante la comida Mercedes pidió que la llevaran al zoológico: ya estaba más que harta de ver piedras y el río la marearía. Dámaso fingió resignarse, el tenedor con el último bocado en la boca, y aceptó; Bienvenido suspiró, pidió un poco más de vino y pensó que así dormiría mejor por la noche. Al día siguiente partían para Madrid.
Entonces, cuando cruzaban en el teleférico justo encima de los leones, el aparato se detuvo bruscamente y empezó a balancearse como si se hubiese estropeado. Luego les explicaron que era parte del espectáculo. Los leones, al ver aquello sobre sus cabezas, se arremolinaban amenazantes y enfurecidos, e incluso ensayaban absurdos saltos y tirabuzones como si pretendiesen atraparlos en el aire. Pasado el susto, era emocionante. Bienvenido pensó que a más de uno le hubiese gustado dar un empujoncito a alguien desde aquella altura, y se sonrió.
Por la mañana un autobús los llevó a la estación de ferrocarril. Como no habían hecho las maletas por la noche, tuvieron que desayunar en el tren. Bienvenido se refugió después en un libro que había comprado en el mercadillo de la Plaza del Comercio: historia de las princesas de Portugal. El traqueteo, el sueño atrasado, el zumbido del tren, el paisaje monótono, lo fueron adormeciendo.
Cuando despertó estaban entrando en los arrabales interminables de Madrid: naves, descampados, torretas, chabolas, desguaces y cementerios de coches. Por todos lados se extendían enmarañados, los accesos colapsados por toda clase de vehículos, algunos casi parados, otros brillantes y veloces. De pronto aparecieron las primeras colmenas, parques mustios, urbanizaciones. Entraron lentamente, a través de túneles y puentes, en la Estación del Norte.
El bullicio del mediodía, los viajeros, los vendedores ambulantes, los mozos, los familiares que atascaban los andenes de maletas, paquetes y carros, los recibieron de sopetón. Comparada con Lisboa, ya desde el taxi que los llevaba al Hotel Luxor, y que se había detenido, atrapado en un atasco junto a las verjas del Parque del Retiro, Madrid le pareció cosmopolita y señorial, una gran ciudad. Había cambiado mucho en aquellos años.
Comieron en el Hotel, descansaron, y aprovecharon el resto de la tarde para pasear por la Gran Vía y hacer alguna compra. Dámaso consiguió unas entradas para la Ópera. Ya entrada la media noche, tras una función espectacular de La Flauta Mágica, se fueron a dormir, rendidos.
Al día siguiente antes de las siete estaban de nuevo en el vestíbulo, esperando el café. El Prado estaba imposible: a las ocho la cola rebasaba ya la estatua de Velázquez, pero valía la pena: la razón era una exposición itinerante de Maestros Holandeses y Flamencos, desde El Bosco hasta Van Gogh. Cuando al fin alcanzaron las salas en cuestión, resultaba imposible acercarse a los cuadros, así que tuvieron que conformarse con Goya, Velázquez y Murillo. Julia y Mercedes desaprobaron, en general, las obras, todas de santos y vírgenes, que les parecían demasiado grandes y oscuras; por su parte, Dámaso le explicaba a su consuegro con la ayuda de una guía ilustrada, las diferencias entre Ribera (el Españoleto), y Murillo. Cuando al fin se sentaron en el bufé pasaban de la una. Les sirvieron paella, sandía, postre y café. Se les había ido la mañana, y los Museos de Cera, del Ejército y Thyssen sólo abrían por la tarde a grupos organizados. Dedicaron, pues, esa tarde a pasear por el Retiro para hacer tiempo hasta la hora de cenar. En el Hotel les habían recomendado un pequeño restaurante gallego que quedaba cerca, Las Meigas, famoso por sus percebes. Hacía un tiempo espléndido, y el Parque estaba lleno de visitantes. Junto a las verjas se paseaban guardias con galones, como en una zarzuela.
Al día siguiente, ya en el autobús de regreso a Granada, Bienvenido se dio cuenta de repente de que casi todos los viajeros eran mayores. ¿Era él mayor? Miró de soslayo a sus acompañantes, y se percató de que, al igual que el resto de los pasajeros, traslucían una expresión bien amargada, bien excesivamente feliz. Le hubiera gustado tener a mano un espejo. De pronto empezó a angustiarse. La animadora, una rubita muy simpática, cuchicheaba con el conductor y se volvía hacía ellos cada dos por tres en su asiento, bromeando y tuteándolos. Sólo le faltaba ponerlos a cantar como a escolares. Se sintió avergonzado y cerró los ojos. No quería que aquella chica le mirase. ¿Qué edad tendría? Afuera se iban arremolinando los nubarrones.
Qué estúpido había sido, confundir aquel viaje de jubilados con una aventura. ¿Por qué se dejaba arrastrar tan fácilmente? Dámaso dormía junto a él, resoplando plácidamente, sin duda pertenecía al grupo de los felices: el rostro colorado, ¡era insufrible! Las mujeres cuchicheaban. Incluso la enfermera aparentaba más edad de la que debía tener. Se le ocurrió de pronto que aquel autobús los llevaba al cementerio y sintió un escalofrío por todo el cuerpo. Empezó a llover.
Alguien se levantó dos o tres filas por delante: el chófer aceleró, entró en una vía de servicio, mientras hablaba por el intercomunicador. Inmediatamente se formó un pequeño revuelo.
A los pocos minutos apareció la ambulancia. Uno de los pasajeros, un hombre del grupo de los simpáticos en el que no se había fijado hasta entonces, acababa de sufrir un infarto.
Bienvenido se palpó el pecho, y sin saber cómo se vio con las manos de Mercedes entre las suyas, interponiéndose en el pasillo para que no viera cómo sacaban al hombre en la camilla. Julia intentaba despertar a Dámaso, mientras su enfermera ayudaba junto a la rubita, a la que se le había olvidado dejar de sonreír.
El resto del viaje apenas cruzaron una palabra, bajo una cortina de agua. En la estación de autobuses, donde llegaron con más de una hora de retraso, los esperaban Valerio, Verónica y Damasito, dormido en su carricoche. Se despidieron como si en vez de un viaje volvieran de un funeral.
Meses después, ¿o un año?, Bienvenido recibió un paquete en su consulta. Al romper las tablas del envoltorio de madera se encontró con un artilugio moderno, que se acoplaba perfectamente a su silla de dentista: incorporaba éste, además de una potente lámpara (que, no obstante, no deslumbraba al paciente gracias al tipo de cristal de la pantalla, y porque los enfermos cierran siempre los ojos), un pequeño brazo articulado, metálico, rematado en una bandeja para los utensilios y los frascos que estuviese empleando en ese momento.
Al principio, el doctor Esparival se quedó perplejo, sin saber muy bien qué hacer. No recordaba haberlo pedido. Rebuscó, con todo, en su memoria, por si acaso. Antes de devolver aquel aparato debía cerciorarse de no haber firmado ningún pedido. También era posible que se tratase de algún regalo, de alguna promoción. A menudo los prospectos de los laboratorios médicos estaban llenos de semejantes ofertas. Algunas de ellas ni siquiera había que aceptarlas ni pedirlas explícitamente: bastaba con que uno no las rechazase ni devolviese el sobre al correo para que se diesen por aceptadas, y entonces llegaban de sopetón, como un regalo. Hacía muchos años, cuando él empezaba (ni siquiera había puesto aún la consulta ni se había casado), Bienvenido recibió una mesita camarera plegable para las medicinas y el agua, precisamente por este procedimiento.
El artefacto, por otra parte, era muy fácil de armar. En dos minutos se desplegó del extremo de la vieja silla, que traslucía una fina capa de polvo. Como era por la mañana, la casa permanecía silenciosa. En fin, se encogió de hombros y, sin prestar más atención a aquel juguete, salió a la calle.
Lo primero que hizo fue bajar como todos los días, a la cochera, para arrancar el PEUGEOT, que en invierno pasaba temporadas cada vez más prolongadas inmovilizado. Satisfecho, fue a comprar el periódico y la lotería. El frío invernal de primera hora de la mañana flotaba aún en la calle. Aunque era lunes, un pequeño malestar, un dolorcillo en el costado derecho, le había aconsejado tomarse el día libre. Feliz y a la vez extrañado, ocioso en medio del ajetreo invernal, prolongó el paseo sin objeto, la mano en el costado, pensando en aquel artilugio.
Muchas veces, en los últimos años, había recibido ofertas para renovar sus aparatos. Era sorprendente la cantidad de adelantos, la mayoría inútiles, que incorporaban ahora las consultas de los odontólogos. Cada mes salía algo nuevo. Las revistas y los prospectos se apilaban en un pequeño armario, la mayoría sin abrir. A él, además de no entenderlos, le daban risa y un poco de pena. ¿Para qué quiero yo eso? Ni siquiera sé lo que es, ¿para qué sirve? Para empastar un diente o sacar una muela no necesito armar aquí una estación orbital. Se sonreía, indulgente. Naturalmente, no negaba el progreso y nunca reconocía su asombro ni su desconocimiento de aquellos artilugios modernos, brillantes y complicados. Usted podría montar aquí una verdadera clínica, el respeto, el prestigio. ¿Qué tiene qué ver esto con el prestigio? Su argumento final para rechazarlos era siempre el mismo: sus pacientes ya se sentían bastante intimidados con aquel sillón giratorio: si veían más brazos y bombonas saldrían corriendo, horrorizados.
Obviamente, los comerciales ya no volvían más. Jóvenes, mucho mejor vestidos y arreglados que él, desaparecían en sus coches de alta gama con sus cartapacios. En el último año no hubo ya ofertas. ¿Llevarían un registro con la edad de los médicos? Él podía haberse jubilado hacía un año, con el sueldo íntegro. Algo al menos, había tenido de bueno aquel viaje: Mercedes ya no le insistía en que se jubilase como antes. Perdido en sus reflexiones, el doctor Esparival se había sentado en un banco de la Carrera y contemplaba, embobado, las palomas. Un barre calles pasó regando el embaldosado. Al corretear, las palomas movían adelante y atrás la cabeza como autómatas. Abrió el periódico por la página de deportes. Un castaño enorme balanceaba su copa sobre él. Un viejo, un viejo de verdad, sacó un pañuelo de bolsillo, lo desplegó y se sentó a su lado.
Cuando entró a su consulta, cerca del mediodía, sorprendió a Mercedes curioseando en torno al aparato nuevo. ¿Qué es? Se encogió de hombros. No debías comprar estos chismes, si no sabes para qué sirven. Yo no lo he comprado, sólo lo he puesto. Tiene gracia, sonrió ella enigmáticamente, y volvió al comedor desierto.
Esa misma tarde, Damasito se colgó del nuevo brazo de la silla y lo partió haciéndose un pequeño rasguño en la mano con el borde. Ya ves para lo que sirve tu aparato, dijo Mercedes, cáustica. Bienvenido lo desmontó, lo envolvió con cuidado, esa misma noche lo tiró a la basura.
Dos años después de este suceso Bienvenido se jubiló del Clínico. Guardó las clases matutinas en la Facultad como distracción, pero al cabo al terminar el curso siguiente también las dejó. Se confundía cada vez más a menudo; mezclaba unas cosas con otras; de pronto se quedaba en blanco u olvidaba un examen, una práctica de laboratorio, una disección; y se hacía un lío con los estudiantes, que ya no le reían las gracias pero se reían de él. Los estudiantes eran cada vez más groseros, analfabetos y zafios. Sus compañeros y su propia mujer, a la que preocupaban estas distracciones, lo animaban con el señuelo dorado de la merecida libertad. Siempre le quedaría la consulta privada. Por otra parte, el doctor Esparival, que tenía a gala no haber hecho nunca medicina negocio (en realidad no haber hecho negocio con nada), era odontólogo como podía haber sido neurólogo, urólogo o cardiólogo, por un puro accidente.
Entregada al azar, su vida, sin verdaderos problemas hasta la fecha, lo había vuelto fatalista. El que ahora tuviese que dejar la cochera, por ejemplo, era en realidad algo que se veía venir, inevitable y ligado a acontecimientos aparentemente nimios e independientes, como por ejemplo la primera avería seria del PEUGEOT, el desencanto del viaje a Lisboa, o el despego de sus hijos y sus nietos con respecto al apartamento de Torrenueva. Todo estaba concatenado sutilmente: al no trabajar, de pronto, tuvo más tiempo para darse cuenta de que no le gustaba conducir; cada verano y cada fin de semana cuando hacía bueno y bajaban a la playa, su mujer, su cuñada y él, descubría su propia rigidez, su desagrado ante aquel apartamento vacío y silencioso, decorado con una mezcla de gusto tradicional y pop art. Ya no encontraba encanto en sus paseos, ni su café, ni su periódico de la mañana: las calles recién regadas le parecían sucias; aquí y allá afloraban los vasos, las botellas, las papeleras de la noche anterior; los vecinos, insolentes y extraños, murmuraban entre las macetas; la terraza donde obligaba a sus hijos a repasar para septiembre era un cubículo estrecho preñado de recuerdos exagerados, frente a una mole nueva de apartamentos. Al abrir la portezuela de su coche sentía por primera vez, miedo de estrellarse aunque sólo fuese a comprar al supermercado del pueblo vecino.
Al jubilarse, perdió de golpe su crédito como dentista, pero a la vez se convirtió en el esclavo de todas las aprensiones hipocondríacas de los suyos. Cuando protestaba, reivindicando su especialidad, sacar muelas y empastar dientes, sus familiares lo tachaban de médico egoísta e insensible. Pero si, para quitárselos de encima, auscultaba al nieto que tenía tos, o tomaba la tensión a la nuera, recogía sólo escepticismo. Por supuesto, cuando alguno de los suyos tenía problemas con la boca, iba a otro dentista, con el argumento impecable de que él ya estaba jubilado. El doctor Esparival, en estos casos, asentía y se palpaba las manos disimuladamente bajo las mangas de la bata blanca, que le estaban largas.
Mercedes, a quien la falta de problemas no había vuelto fatalista, como su marido, sino perfeccionista y por lo tanto infeliz, lo animaba: ahora que podemos, no quiero viajar, Bienvi -volvía a llamarlo así, como cuando eran novios-, pero me gustaría que me sacaras de vez en cuando en el coche. Y Bienvenido las llevaba a pasear a la Alhambra. Hacía años que su cuñada le había quemado la tapicería del asiento de atrás con los dichosos mentolados, y ahora terminó de arruinarla. ¡Bah! Para lo que le queda. Por primera vez el coche del médico apareció con una pátina de polvo, rallado, con las ruedas o los faros (o ambas cosas), flojos. El motor seguía emitiendo no obstante un sonido limpio, regular, y cantarino. ¿Por qué no lo llevas al lavado ahora que tienes tiempo?
Tiempo, ¿para qué? Bienvenido descubrió la desesperante lentitud de las mañanas sin objeto, la agonía de las tardes, vestíbulo del insomnio nocturno. ¿Tiempo? Reflexionaba con la avidez desesperada de un adolescente; no temía la muerte, a veces la deseaba, o al menos eso creía, pero en cambio le obsesionaba el destino. Por ejemplo, el desahucio de la cochera era la conclusión lógica, normal, de su vida: los hijos se casaron, crecieron; dejaron de ir al apartamento de la playa; él se jubiló y su sueldo, sin complementos ni pagas extraordinarias, se vio seriamente mermado; como tenía más tiempo, empezó a coger el coche más y descubrió que había perdido reflejos y ganado miedo; vendieron, pues, el apartamento; sin éste, el coche se convirtió en un lujo inútil, en un juguete peligroso; por su parte, su mujer y su cuñada se aburrieron de que las llevara siempre al mismo sitio, todas las tardes; los hijos, las nueras y los nietos las entretenían y las ocupaban ahora; el PEUGEOT empezó pues, a pasar días, semanas, encerrado en su plaza de aparcamiento; ahora bien, ¿para qué sirve una cochera si nadie utiliza el coche en cuestión? Conclusión: fue desahuciado de la cochera porque sus hijos crecieron. Ahora bien, como crecer es algo inevitable salvo que uno se muera antes, era inevitable que lo echaran de la cochera.
Todo lo que es inútil acaba por desaparecer. Tal era su razonamiento impecable.
Al fin, llegó el día en que debía abandonar la cochera.
Tras sacar el PEUGEOT que relucía y sonaba como nunca, Bienvenido guardó en un sobre las llaves (una del ascensor y otra de la puerta del garaje), para echarlas al primer buzón, y comenzó a dar vueltas por el centro, sin rumbo. Era lunes y las tiendas estaban a punto de abrir. Pasó de largo ante dos huecos, y tomó la dirección de la playa. ¿Quién viviría en su antiguo apartamento? Seguramente estaba cerrado, estaban fuera de temporada. El aire frío se apelmazaba contra el suelo.
Las marchas entraban con suavidad. El velocímetro marcó cien, ciento veinte, ciento treinta. Bajó la ventanilla. De repente sintió ganas de fumar. Hacía años que lo había dejado. Salió por la primera vía de servicio, a la altura de El Suspiro del Moro, rebasó el restaurante sin detenerse y volvió a la autovía cambiando de sentido.
Conforme pasaban los minutos el acceso a la ciudad se fue descongestionando. Bienvenido pensó que era absurdo meterse a aquellas horas en el centro y tomó el desvío del cementerio. Desde allí podía seguir a la Alhambra o bien volver a la carretera de la Sierra. Los ojos le lagrimeaban de frío. El bus urbano que le precedía, parándose a cada momento, resoplando fatigado, le obligó a subir prácticamente en primera. El parking del cementerio estaba completo, también el de los Jardines del Generalife. Decidió no seguir hasta la Alhambra.
Tomó la carretera vieja, donde cuando era joven había un tranvía que subía hasta Prado Llano. Conectó el calefactor y dejó abierta una rendija para que no se empañara la luna. Tras varios kilómetros de empinadas vueltas y revueltas sin cruzarse con nadie, llegó al primer nevero, absorto en la música que brotaba de la radio.
Le vendería el coche a Valerio y se compraría un biscuit, como el de Lisboa. Uno de esos modelos diminutos que no rebasaban los cien kilómetros por hora, y que podían aparcar en batería en cualquier hueco.
De regreso, se le encendió el piloto de la reserva. Las tiendas volvían a cerrar y la gente se apresuraba entre los coches y los autobuses. Al fin encontró un hueco cerca de la calle Alhamar. Se le había olvidado lo complicado que era aparcar sin montarse en la acera ni quedarse demasiado despegado. Dio un pequeño golpe al coche que tenía atrás y rozó la farola fatídica con la portezuela del copiloto.
La fila de coches volvió a ponerse en movimiento. Bienvenido recordó que había un buzón allí cerca, guardó las llaves y, tras cerciorarse de que la puerta estaba bien cerrada, se alejó ensimismado en sus pensamientos y sus cálculos.
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