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LA MUERTE DE LA PINTURA: CUANDO SABER PINTAR DEJÓ DE IMPORTAR

El arte debía evolucionar, pero algo se perdió durante el camino. Mientras miles de pintores entregan años de su vida al estudio del dibujo, la anatomía, la luz y el color, una ocurrencia acompañada por un discurso incomprensible puede alcanzar los grandes museos y venderse por millones. ¿Ha muerto la pintura o hemos dejado de reconocerla?

 

Puedo pintar un rostro casi perfecto. Puedo pasar horas buscando el tono exacto de una piel, la profundidad de una mirada o la sombra que da volumen a una nariz. Puedo corregir una línea una y otra vez hasta conseguir que sobre una superficie plana aparezca la ilusión de un ser humano.

Después publico la obra en Instagram y recibo un «me gusta».

Al mismo tiempo, alguien derrama una lata de pintura sobre el suelo, coloca junto a ella un texto indescifrable y es presentado como una de las grandes revelaciones del arte contemporáneo.

No escribo esto únicamente desde la frustración. Lo escribo desde la tristeza.

Estudié actuación y dirección, pero mi pasión más profunda siempre fue la pintura. Para mí, pintar nunca ha sido llenar una superficie. Es observar, comprender y traducir el mundo. Es una lucha entre la mano, el ojo y aquello que el artista lleva dentro.

Por eso resulta doloroso contemplar cómo el dominio del oficio ha dejado de ser una virtud y, en ciertos espacios, casi parece haberse convertido en un defecto.

 

Cuando pintar exigía aprender a mirar

Durante siglos, un pintor debía formarse. Estudiaba proporción, perspectiva, composición, anatomía, pigmentos, volumen, luz y sombra. Copiaba a los maestros, dibujaba modelos y repetía un gesto hasta dominarlo.

Nada de aquello garantizaba la creación de una obra maestra. La técnica por sí sola nunca fue suficiente. Pero era el idioma que permitía al artista expresar lo que llevaba dentro.

Leonardo da Vinci no fue grande únicamente porque supiera reproducir un rostro. Rembrandt no nos conmueve solo por su dominio del claroscuro. Velázquez no permanece vivo porque sus figuras se parezcan a la realidad. En ellos, el oficio y el pensamiento eran inseparables. Sabían pintar, pero también sabían ver.

La academia podía ser rígida. Estableció reglas, jerarquías y modelos que en ocasiones excluyeron otras culturas, otras sensibilidades y nuevas maneras de interpretar el mundo. Era necesario romper algunas de esas fronteras. El arte no podía permanecer inmóvil, repitiendo eternamente los mismos retratos, escenas religiosas y paisajes.

El problema no fue abandonar ciertas reglas. El problema comenzó cuando se decidió que aprenderlas ya no era necesario.

 

La revolución que terminó convertida en permiso

Los impresionistas fueron rechazados porque pintaban de una manera distinta. Después llegaron el expresionismo, el cubismo, la abstracción, el surrealismo y muchas otras rupturas. Cada movimiento amplió las posibilidades de la pintura.

Picasso podía deformar un rostro porque antes había aprendido a construirlo. La libertad de muchos grandes artistas modernos no provenía de la incapacidad, sino del conocimiento. Rompían las reglas con plena conciencia de lo que estaban rompiendo. Pero aquella libertad abrió también una puerta peligrosa.

Poco a poco comenzó a difundirse la idea de que la destreza manual era secundaria, que la belleza era sospechosa y que la obra podía sostenerse únicamente sobre un concepto. En el arte conceptual, la idea llegó a considerarse más importante que el objeto terminado. El propio museo Tate lo define precisamente de esa manera.

La propuesta podía ser válida: una obra no tenía por qué ser solo una cosa hermosa colgada en una pared. También podía ser una pregunta, una provocación o una experiencia. Sin embargo, convertir la idea en protagonista no debía significar la desaparición del talento, la emoción ni el trabajo. Cuestionar el oficio no es lo mismo que despreciarlo. Una obra sencilla puede contener una idea inmensa, pero una explicación inmensa no siempre consigue salvar una obra vacía. Ahí comenzó la impostura.

 

El arte que necesita instrucciones para existir

Hoy entramos en algunas exposiciones y encontramos un objeto cotidiano, un montón de desperdicios, una habitación vacía o una mancha colocada deliberadamente sobre el suelo. A su lado aparece un texto.

El texto explica que la obra «interroga los mecanismos de representación», «deconstruye la materialidad del espacio» o «establece un diálogo transgresor con las estructuras hegemónicas de la identidad». El espectador lee. Vuelve a mirar el objeto. Después lee otra vez. Y continúa sin sentir nada.

En demasiadas ocasiones, el llamado statement no acompaña a la obra: la sustituye. Sin aquella acumulación de palabras, no quedaría demasiado que contemplar. El lenguaje se convierte en una cortina de humo destinada a impedir la pregunta más elemental:

 

¿Dónde está el arte?

No todo lo que resulta difícil de comprender es profundo. A veces es simplemente confuso. Tampoco todo lo provocador es inteligente. En ocasiones, la provocación es el recurso más fácil para llamar la atención cuando no existe nada verdadero que decir.

Se nos acusa de ignorantes si no admiramos una instalación incomprensible. Nos dicen que no estamos preparados, que no poseemos la sensibilidad necesaria o que hemos quedado atrapados en una idea anticuada de la belleza.

Pero tal vez el espectador no haya fracasado. Tal vez algunas obras no tengan nada que ofrecerle.

 

Cuando el precio reemplazó al valor

El mercado internacional del arte movió aproximadamente 59 600 millones de dólares en 2025. Las obras de más de un millón representaron menos del uno por ciento de las piezas subastadas, pero concentraron más de la mitad del valor económico de esas ventas.

Esa desproporción revela que el precio de una obra no depende solamente de su calidad. Intervienen el nombre del artista, la galería que lo representa, la casa de subastas, la procedencia, la escasez, los coleccionistas, la publicidad y la posibilidad de revenderla. El mercado no se limita a descubrir el valor: también lo fabrica.

Cuando una obra alcanza una cifra millonaria, el precio comienza a funcionar como prueba de su importancia. Si alguien pagó tanto, pensamos, debe tratarse de una creación extraordinaria. Después llegan los titulares, los críticos, las fotografías y las multitudes que acuden a contemplar aquello que ya ha sido consagrado.

Pero el dinero puede establecer un precio; no puede garantizar una emoción.

Mientras tanto, existen pintores extraordinarios trabajando en habitaciones pequeñas, garajes y estudios improvisados. Dominan el dibujo, comprenden la anatomía y dedican semanas o meses a una sola pieza. Nadie escribe sobre ellos. Ninguna gran galería los representa. El algoritmo apenas muestra sus obras y quizá terminen abandonando la pintura porque no pueden sostener una vida alrededor de ella.

Como ellos hay miles de artistas que podrían ser reconocidos como maestros y cuyos nombres jamás conoceremos. No carecen de talento. Carecen de mercado.

 

Una obra frente a un algoritmo

Antes, el artista desconocido necesitaba llamar a las puertas de galerías, salones y mecenas. Hoy se supone que las redes sociales han democratizado el arte. Cualquiera puede mostrar su trabajo al mundo. En teoría.

En la práctica, la obra compite contra millones de imágenes, videos, anuncios y distracciones. Una pintura que exigió meses puede recibir menos atención que una ocurrencia fabricada en segundos. El algoritmo no mide el esfuerzo, la sensibilidad ni la calidad. Mide la capacidad de detener un dedo durante unos instantes. La contemplación ha sido sustituida por el desplazamiento.

Un cuadro necesita tiempo. Hay que acercarse, alejarse, observar las pinceladas, descubrir la composición y permitir que la imagen actúe sobre nosotros. Las redes nos entrenan para decidir en una fracción de segundo si algo merece existir ante nuestros ojos.

Por eso el problema no pertenece únicamente a los artistas. También estamos perdiendo espectadores capaces de mirar.

Algo similar ocurre con el teatro. En el artículo «¿Estamos presenciando la muerte del teatro?», señalaba que las pantallas y la atención fragmentada nos están alejando de la experiencia humana compartida. La pintura y el teatro parecen morir por causas parecidas: prisa, mercado, distracción y una sociedad que comienza a confundir lo visible con lo valioso.

 

No estoy pidiendo regresar al pasado

Defender la pintura no significa exigir que todos vuelvan al Renacimiento. No significa negar la abstracción, las instalaciones, el arte conceptual ni las nuevas tecnologías. El arte debe evolucionar porque el ser humano también evoluciona.

Existen obras contemporáneas poderosas, honestas y profundamente inteligentes. Existen instalaciones capaces de transformar un espacio y conceptos que modifican nuestra manera de comprender la realidad. También existen pintores figurativos sin alma, virtuosos que solo producen una imitación fría y perfecta. La técnica no garantiza el arte.

Pero su ausencia tampoco lo garantiza.

Lo que cuestiono es la idea de que el conocimiento pueda reemplazarse con arrogancia; que cualquier objeto se convierta en obra maestra mediante un texto pretencioso; que la incapacidad sea confundida con rebeldía y que la belleza, el oficio y la disciplina deban avergonzarse de existir.

Evolucionar no debería significar destruir todo lo aprendido.

Un músico necesita conocer su instrumento. Un bailarín entrena su cuerpo. Un escritor aprende a utilizar las palabras. ¿Por qué, entonces, pedirle a un pintor que aprenda a pintar puede considerarse una exigencia anticuada?

 

El dolor del artista invisible

Pocas personas comprenden lo que siente un artista cuando entrega una parte de sí mismo a una obra y el mundo pasa frente a ella sin detenerse.

No es solamente vanidad. No se trata de exigir aplausos por cada cuadro. Es la necesidad humana de sentir que tantos años de aprendizaje, renuncias, errores y trabajo tienen algún valor.

Resulta difícil no sentirse derrotado cuando el dominio que costó una vida parece importar menos que una campaña publicitaria. Es doloroso observar cómo la destreza se vuelve invisible mientras el escándalo se recompensa. Y es todavía más doloroso preguntarse si el problema está en la obra, en el mundo o en uno mismo. Yo conozco esa sensación.

Sé lo que significa pintar algo hermoso y sentir que nadie lo mira. Sé lo que es preguntarse si todavía existe un lugar para quienes creemos que la estética no es un pecado y que el trabajo debe dejar una huella visible.

Este artículo nace de esa herida, pero no pretende ser una rendición. Es un grito de auxilio.

 

¿Ha muerto realmente la pintura?

La pintura ha sido declarada muerta muchas veces. La fotografía debía reemplazarla. Después lo harían el cine, el video, el arte digital y ahora la inteligencia artificial. Sin embargo, el ser humano continúa tomando un lápiz o un pincel y tratando de representar lo que ve, lo que recuerda o lo que sueña.

Quizá la pintura no haya muerto. Quizá ha perdido el lugar que merecía. Quizá permanece enterrada debajo del espectáculo, la especulación financiera, el discurso vacío y los algoritmos. Quizá miles de grandes artistas continúan pintando en silencio mientras el mercado celebra a quienes ha decidido convertir en símbolos.

Pero mientras una persona sienta la necesidad de dibujar un rostro, de mezclar un color o de convertir una superficie vacía en una presencia humana, la pintura seguirá respirando. Su muerte definitiva no llegará cuando se venda la última tela ni cuando cierre la última galería.

Llegará cuando ya no sepamos distinguir entre una obra y una ocurrencia; cuando el esfuerzo no tenga ningún valor; cuando mirar deje de conmovernos y cuando la belleza necesite pedir perdón por existir. Ese día no habrá muerto únicamente la pintura.

Habremos perdido otra parte de nuestra humanidad.

 

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LAS MUERTES DEL ARTE

Este artículo forma parte de una serie de CAÑASANTA dedicada a examinar la desaparición —o transformación— de las expresiones que durante siglos nos ayudaron a comprendernos.

¿Estamos presenciando la muerte del teatro?

El cine después de cine

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Fuentes / Referencias
Gëlico

Gëlico es escritor, pintor, ilustrador, actor, director y diseñador gráfico cubano-canadiense. Graduado de Actuación y Dirección en la Escuela Nacional de Arte de Cuba, también estudió Diseño Gráfico y Ciencias de la Computación en Toronto, donde obtuvo honores académicos. Su trabajo creativo abarca la pintura, la ilustración, la literatura, el cine y los medios digitales.

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