UNA CULTURA QUE TIENE PRISA
Una persona encuentra un ensayo, mira su extensión y decide que no tiene tiempo. Minutos después lleva media hora deslizando vídeos que apenas recordará al día siguiente. La escena resulta familiar porque expresa una contradicción de nuestra época: disponemos de un acceso extraordinario al conocimiento, pero organizar la atención necesaria para aprovecharlo se ha vuelto difícil. Nunca hubo tantas puertas abiertas hacia los libros ni tantas distracciones instaladas en sus umbrales.
¿Está muriendo la literatura? La pregunta parece exagerada cuando observamos las novedades editoriales, los festivales, las comunidades de lectores y los escritores que siguen apareciendo. Sin embargo, señala una inquietud legítima. Una cultura puede producir una cantidad inmensa de textos mientras debilita las condiciones que permiten leerlos con profundidad. Puede celebrar al escritor y abandonar su obra. Puede convertir un libro en objeto de prestigio, accesorio fotográfico o tema de conversación sin concederle las horas que necesita para existir dentro de alguien.
La amenaza merece examinarse sin desprecio hacia los jóvenes, sin nostalgia automática y sin atribuir a la tecnología todos nuestros problemas. También exige cierta valentía: reconocer que algunas comodidades tienen un coste y que una sociedad acostumbrada a recibirlo todo resumido puede terminar perdiendo interés por aquello que requiere elaboración.
LO QUE LOS DATOS PERMITEN AFIRMAR
En Estados Unidos existen señales claras de retroceso. El National Endowment for the Arts informó que el porcentaje de adultos que había leído novelas o cuentos durante el año anterior descendió del 45,2 % en 2012 al 37,6 % en 2022. Se trata de una pérdida relevante de participación en una práctica cultural, aunque no autoriza a declarar que la literatura esté desapareciendo en todo el planeta. Las encuestas describen poblaciones, periodos y actividades concretas; su valor depende de que respetemos esos límites.
El panorama español obliga a introducir un contrapunto. El Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España 2025 situó en el 66,2 % la proporción de población que lee libros por ocio, frente al 59,7 % de 2017. Entre los jóvenes de 14 a 24 años, el porcentaje alcanzó el 76,9 %. Estos resultados contradicen la afirmación de que cada nueva generación abandona necesariamente los libros. También muestran que la transformación digital puede coexistir con el crecimiento de la lectura.
Conviene evitar una comparación directa entre cifras construidas con preguntas y metodologías diferentes. Pero el contraste permite una conclusión: no existe una única experiencia mundial de la lectura. Allí donde una comunidad pierde lectores, otra puede ganarlos. Tampoco basta con saber si alguien abrió un libro durante el último año para conocer la profundidad, continuidad o diversidad de sus lecturas.
La comprensión constituye otro problema. PISA 2022 registró una caída media de diez puntos en lectura entre 2018 y 2022 en los países de la OCDE. La propia organización señaló que parte del deterioro educativo precedía a la pandemia. Estas pruebas evalúan competencias de estudiantes de quince años, no la calidad de las novelas ni el valor de sus lectores; aun así, el descenso preocupa porque comprender textos es una condición para participar plenamente en la cultura escrita.
Nuestra interpretación parte de esa diferencia: la literatura necesita lectores disponibles, pero también lectores capaces de relacionar, inferir, reconocer una ironía y sostener una incertidumbre. Contar libros resulta más sencillo que medir esa relación íntima con el lenguaje.

LA NOTICIA QUE PREFERIMOS VER
El desplazamiento hacia lo audiovisual es comprobable. En el Digital News Report 2026, el Reuters Institute señaló que el 77 % de los encuestados consumía vídeos informativos en línea. El informe advierte que su encuesta por internet representa mejor los usos digitales que los hábitos de quienes permanecen desconectados. Además, ver noticias en vídeo no equivale a abandonar la lectura: una misma persona puede utilizar ambos formatos.
El dato describe el consumo de noticias; no demuestra por sí mismo una retirada de la literatura. Sin embargo, ayuda a entender un entorno en el que el texto compite con formatos que incorporan voz, rostro, música, movimiento y una interpretación ya organizada. Una noticia explicada en YouTube puede resultar rigurosa y esclarecedora. El problema aparece cuando cualquier esfuerzo de lectura empieza a parecernos un defecto del contenido.
Leer permite detenerse sobre una frase, retroceder y examinar la relación entre una afirmación y sus pruebas. Un vídeo también puede pausarse y analizarse, pero con frecuencia propone un ritmo que el espectador acepta. La diferencia adquiere importancia cuando la velocidad se convierte en costumbre y la costumbre, en exigencia: queremos que toda experiencia intelectual avance sin resistencia.
Lo inquietante es la posibilidad de que esa expectativa termine gobernando también nuestra relación con un poema, una novela o un ensayo. Pedimos que empiecen de inmediato, que se expliquen solos, que no nos incomoden con demasiadas voces. Terminamos juzgando una obra por su capacidad para impedir que la abandonemos durante los primeros segundos.
EL CANSANCIO TAMBIÉN LEE CON NOSOTROS
Sería injusto atribuir esta situación únicamente a la pereza. La lectura compite con jornadas laborales extensas, desplazamientos, cuidados familiares y preocupaciones económicas. Una persona agotada puede desear una novela y carecer de energía para entrar en ella. En el barómetro español de 2025, la falta de tiempo seguía siendo la principal barrera declarada por quienes no leían o leían poco, por delante de la preferencia por otros entretenimientos y de la falta de interés.
Ese cansancio encuentra una oferta de distracciones que apenas exige preparación. Abrir una plataforma requiere menos disposición inicial que comenzar una obra cuya recompensa llegará después de varias páginas. Desde nuestra perspectiva, parte de la crisis se produce en esa desigualdad: el entretenimiento inmediato está disponible en el momento preciso en que la atención se encuentra más debilitada.
Por eso, pedir que la gente lea más sin discutir las condiciones de su vida resulta insuficiente. La defensa de la literatura incluye bibliotecas, educación, acceso económico y tiempo propio. También exige reconocer que la atención merece cuidados. No es un recurso infinito que podamos repartir sin consecuencias entre cientos de estímulos.
¿ES MÁS MEDIOCRE LA LITERATURA ACTUAL?
La sospecha tiene una explicación poderosa: comparamos el pasado que sobrevivió con el presente que todavía no ha sido seleccionado. De otras épocas conservamos una parte de sus mejores obras; de la nuestra recibimos simultáneamente lo extraordinario, lo competente, lo oportunista y lo prescindible. Enfrentar todo lo publicado hoy con los grandes nombres de varios siglos produce una derrota preparada de antemano.
El pasado también tuvo imitaciones, libros olvidables y éxitos pasajeros. La memoria cultural ha retirado buena parte de ese ruido. Al mirar hacia atrás, encontramos una biblioteca ya ordenada; al mirar alrededor, nos enfrentamos al almacén completo.
Eso no significa que toda crítica al presente sea nostalgia. Hay razones para cuestionar una escritura construida mediante fórmulas previsibles, personajes que explican constantemente lo que sienten y conflictos diseñados para confirmar al lector en sus certezas. Pero esos rasgos deben demostrarse en las obras. Ninguna estadística sobre ventas o minutos de lectura permite concluir que toda la literatura contemporánea es inferior.
Nuestro criterio sería otro: una obra se empobrece cuando sustituye la experiencia por su explicación más cómoda, cuando utiliza el lenguaje como embalaje y cuando repite emociones reconocibles sin descubrir nada en ellas. Esa pobreza puede aparecer en una novela reciente o en un libro de hace cien años. La fecha de publicación no concede profundidad.
POR QUÉ YA NO SE ESCRIBE COMO ANTES
Cada época escribe desde sus conflictos, sus lenguajes y sus posibilidades de percepción. Exigir que la literatura actual reproduzca las formas del pasado sería pedirle que ignorara el mundo en el que nace. La ciudad contemporánea, las migraciones, la experiencia digital o las nuevas relaciones familiares necesitan sus propias maneras de ser narradas.
Además, la ampliación del acceso a la escritura permite escuchar voces que durante mucho tiempo encontraron obstáculos para publicar o entrar en el canon. Descartarlas porque no se parecen a nuestros clásicos favoritos puede convertir el amor por la tradición en una forma de sordera.
La cuestión decisiva es qué hacemos con esa libertad. Una forma nueva puede ampliar la experiencia humana o limitarse a seguir una moda. Una novela breve puede contener una enorme densidad; una novela extensa puede estar vacía. La dificultad tampoco garantiza excelencia. Existe una oscuridad fértil y otra que solamente disimula la falta de pensamiento.
La evolución literaria no trae incorporada una garantía de mejora. Describe cambios que debemos juzgar. Cuando el lenguaje encuentra relaciones antes invisibles, la transformación enriquece. Cuando reduce su ambición para circular con mayor facilidad, cabe hablar de pérdida. Ambas cosas pueden ocurrir al mismo tiempo.
LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL Y LA FACILIDAD DE PRODUCIR
La inteligencia artificial introduce una alteración profunda: permite generar rápidamente textos fluidos, estructuras narrativas y variaciones estilísticas. Esa capacidad puede ayudar a explorar alternativas o revisar una página. También facilita la fabricación de una prosa que parece terminada antes de haber sido verdaderamente pensada.
La investigación disponible aconseja evitar respuestas absolutas. Un experimento de Anil Doshi y Oliver Hauser, publicado en Science Advances en 2024, encontró que disponer de ideas generadas por inteligencia artificial mejoraba las valoraciones de relatos breves, especialmente entre participantes con menores resultados en la medida de creatividad utilizada. Al mismo tiempo, los relatos asistidos se parecían más entre sí. El estudio examinó una tarea delimitada de escritura, no el conjunto de la literatura ni el trabajo de novelistas profesionales.
El resultado permite pensar una tensión importante: mejorar un texto individual puede coexistir con una reducción de la diversidad del conjunto. Si numerosos autores parten de sugerencias semejantes y aceptan soluciones semejantes, la corrección puede aumentar mientras disminuye la sorpresa.
Nuestra preocupación se concentra en esa posibilidad. La literatura necesita decisiones que una herramienta puede proponer, pero cuya responsabilidad corresponde al autor. Importa por qué permanece una frase, qué experiencia sostiene una imagen y qué está dispuesto a arriesgar quien firma. La facilidad técnica exige más criterio, porque vuelve menos visible la distancia entre una página convincente y una página necesaria.
PUBLICAR MÁS NO GARANTIZA DECIR MÁS
La abundancia de textos plantea un problema de selección. El lector dispone de un tiempo limitado, mientras la oferta puede crecer sin una proporción equivalente de lectura, crítica y edición. En ese escenario, la visibilidad corre el riesgo de funcionar como sustituto del juicio.
Un libro puede circular porque su autor domina la promoción; otro puede quedar oculto aunque contenga una experiencia valiosa. El éxito comercial merece estudiarse como fenómeno cultural, pero no resuelve la cuestión estética. Tampoco el fracaso concede excelencia: hay libros ignorados que merecen ser descubiertos y libros ignorados que simplemente no funcionan.
Por eso necesitamos mediadores capaces de argumentar. Una crítica útil explica cómo trabaja una obra, dónde alcanza intensidad y dónde fracasa. Una revista literaria cumple su función cuando abre espacio a voces distintas y acompaña esa apertura con lectura y exigencia. Publicar sin discernimiento puede aumentar el volumen de una conversación mientras reduce su sentido.
También los escritores tenemos una responsabilidad incómoda: desear lectores implica leer a otros. Una comunidad compuesta por personas que únicamente promocionan sus textos termina pareciéndose a una sala donde todos hablan y nadie escucha.
LO QUE PERDEMOS CUANDO SOLO BUSCAMOS EL RESUMEN
Un resumen puede orientar, recordar un argumento o ayudar a estudiar. Su utilidad termina donde comienza la ilusión de que conocer lo ocurrido equivale a haber vivido la obra. Saber qué sucede en una novela no reproduce su respiración, sus silencios ni la transformación que produce una perspectiva sostenida durante muchas páginas.
La literatura trabaja precisamente en aquello que una sinopsis suele retirar: la vacilación, el detalle, la contradicción y el tiempo. Un personaje puede obligarnos a permanecer cerca de alguien a quien habríamos rechazado de inmediato fuera del libro. Una voz puede desordenar nuestras categorías sin ofrecernos otra clasificación tranquilizadora.
Nuestra defensa de la lectura nace de esa experiencia. Una cultura que exige respuestas instantáneas necesita lugares donde la comprensión pueda demorarse. El valor de una obra incluye la posibilidad de que todavía no sepamos qué pensar cuando llegamos a la última página.
LA LITERATURA QUE DECIDAMOS SOSTENER
La evidencia revisada permite hablar de retrocesos lectores en determinados contextos, dificultades de comprensión y una expansión del consumo audiovisual. También muestra crecimiento de la lectura en otros lugares y posibilidades creativas que impiden anunciar una muerte universal. Ninguna de esas investigaciones demuestra que toda la literatura actual sea mediocre ni que la inteligencia artificial vaya a sustituir inevitablemente al escritor.
La interpretación que defendemos es más concreta: la literatura pierde fuerza cuando las condiciones culturales premian sistemáticamente la rapidez, la repetición y la visibilidad por encima de la atención y la elaboración. Ese riesgo afecta a lectores, autores, editoriales, escuelas y revistas. No se resolverá culpando a una generación ni esperando que una tecnología desaparezca.
Defenderla requiere decisiones cotidianas y también institucionales: leer con continuidad, enseñar a comprender, editar con cuidado, sostener bibliotecas y conceder espacio a obras cuya recompensa no es inmediata. Requiere aceptar que el acceso a una herramienta no sustituye la formación de una voz y que publicar constituye el comienzo de una responsabilidad.
La literatura seguirá encontrando formas nuevas. Algunas merecerán permanecer; otras se agotarán con su novedad. Nuestro trabajo consiste en desarrollar el juicio necesario para distinguirlas y la paciencia necesaria para descubrirlas.
Quizá la pregunta más urgente sea cuánto estamos dispuestos a concederle. Porque una obra puede estar disponible en todas las pantallas y continuar esperando, intacta, que alguien cierre las demás ventanas y empiece a leer.



